II. VISIONES Y REVISIONES DE HISTORIA PATRIA.

Ofrecemos las versiones editadas de cuatro de los programas televisivos de Zona abierta, conducidos por Héctor Aguilar Camín dedicados a explorar algunas zonas de nuestra historia patria. De la guerra de Independencia a las conquistas sociales de la mano del general Cárdenas, las visiones de la historia oficial exigen revisiones a conciencia que tomen en cuenta la complejidad de los hechos humanos cuando entran en movimiento. La reflexión y la enseñanza de la historia patria, como se ve, deben alejarse ya de los cuentos de hadas.

LA INDEPENDENCIA

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: El 15, el 16 de septiembre se da una ceremonia digamos canónica del nacionalismo mexicano, de la afirmación de cada año de la patria, de la nacionalidad, de la independencia, del orgullo y de la borrachera. ¿Cuándo empieza este rito que para nosotros es eterno, que no empezó nunca, que no tiene edad, de celebrar la noche del 15 de septiembre?

JEAN MEYER: Parece que lo inició un rubio de barba partida: el emperador Maximiliano, austriaco, a quien se le ocurrió incluso hacer el viaje a Dolores, Hidalgo, para dar el grito. Lo cierto es que Maximiliano hizo mucho para, si no inventar, por lo menos consolidar el festejo de ese aniversario, que en los primeros treinta años de la república independiente no se festejaba de esa manera y, para empezar, probablemente no debió haber sido el 15 de septiembre: aunque los padres de la patria debieron estar muy nerviosos, esa noche no creo que hayan dormido muy bien, y en realidad el grito se hace el 16. Luego, es probable que el 15 sea la fecha escogida por don Porfirio Díaz porque es el día de su cumpleaños, y él en su tiempo hizo coincidir las dos cosas.

ENRIQUE FLORESCANO: La primera polémica sobre el grito se da inmediatamente después de la Independencia. Un cronista como Carlos María de Bustamante. ya en la época en que han muerto Hidalgo y Morelos, decide que hay que festejar al iniciador del movimiento. Entonces Bustamante crea el primer panteón de héroes de la Independencia. Luego viene Iturbide y entonces hay la primera colisión entre las interpretaciones del grito y de quién fue realmente el héroe que inició la liberación del país, quién es el padre de la patria. Ahí viene la disputa que se da inmediatamente en el momento iturbidista. El primer Congreso, el que instituye la república federal, tiene una primera resolución: se inclina por Hidalgo y deturpa a Iturbide, y a la independencia de Iturbide del 21 de septiembre de 1821. Edmundo O’Gorman hizo esa historia de manera magnífica: recorre todas las distintas interpretaciones que se dieron y las primeras mistificaciones. Ahí viene el otro problema: el gobierno que toma las funciones del Estado es el que empieza a declarar oficialmente a los héroes, y luego vienen las reacciones de los distintos movimientos; Santa Anna, desde luego, se levanta en contra de esto y ahí viene una serie de nuevas interpretaciones.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN:

Pero ¿quién es el padre de la patria?

LORENZO MEYER: Junto con Hidalgo, viene un personaje que a mi juicio quizás es más interesante: Morelos. El ya no es criollo, es mestizo, y es el primero que dice: “Nosotros queremos y debemos ser independientes”. En estricto sentido debíamos celebrar a Morelos como el padre de la patria. Es una proposición.

ENRIQUE FLORESCANO: Esta discusión tiene que ver con la disputa entre los liberales y el grupo conservador. Los liberales, que son los triunfadores en la disputa por la nación que se da en la primera mitad del siglo XIX, entran en pugna con el grupo nacionalista indigenista abanderado por Servando Teresa de Mier y también se oponen al grupo pro-hispanista, encabezado por Lucas Alamán. Se trata de una discusión muy intensa sobre el legado que debe sustentar la nación independiente. Los liberales rechazan las propuestas indigenistas e hispanistas y se pronuncia por Morelos, la Constitución de Apatzingán e Hidalgo, a quien atribuyen la liberación de España. Es un pensamiento liberal influido por el liberalismo europeo el que declara: este país desciende de Hidalgo, no del mundo indígena ni del hispánico: venimos, dicen, de Hidalgo, del movimiento de liberación nacional y de la república federal.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: ¿Eso ocurre cuántos años después de los acontecimientos?

ENRIQUE FLORESCANO: Cincuenta años después, con Juárez, con el triunfo de Juárez sobre el imperalismo francés. Entonces se reivindica la idea de la nación como proyecto republicano y como Estado nacional autónomo.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: En 1840, no había tal cosa como ir el 15 de septiembre a dar el grito.

LORENZO MEYER: No, pero sí había una ceremonia, cuando viene la tristísima derrota de 1847. En 1848 hay reuniones en septiembre en donde más de una gente lanza discursos lamentando la inminente destrucción de la patria. Ese mes de septiembre, ya con un país derrotado y sin mucha confianza en sí mismo, lanza la pregunta: ¿qué hacer?, ¿vamos a seguir siendo país o nos vamos a perder?

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Hay un problema que sigue pegado al grito de Independencia, y es el tema de la relación con España. Los liberales dicen: “no queremos el pasado español, queremos el pasado más nacional, más mestizo, más indígena”. Hay a lo largo de todos esos años procesos históricos que convierten a España en una especie de bestia negra para los mexicanos cuando España es realmente su cultura matriz, o por lo menos una de sus culturas matrices. Entonces se da el problema de que durante muchos años en el grito se dice: “Mexicanos, viva México; mueran los gachupines”.

LORENZO MEYER: En los documentos españoles del siglo XX, y de fines del siglo pasado, hay muchas quejas de españoles de a pie y de la delegación española (todavía no era embajada) respecto a que cada 15 de septiembre tienen que resguardarse en sus casas porque están en peligro, porque los apedrean, porque algunas veces los han dejado mal heridos y es un momento terrible para todos ellos. Un poco más de alcohol y en una mina matan al encargado español. Es hasta el porfiriato en que, según la delegación, ya no hay ninguna actitud oficial en contra de los españoles. Pero ¿quién mantiene viva la tradición contraria? Las bases, los mexicanos de abajo siguen apedreando, insultando. Mi madre, que era hija de español, todavía recordaba que allá en San Pedro de las Colonias el 15 de septiembre tenía que refugiarse en la casa porque no era posible salir. Y eso ocurría aún en 1930.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Midamos esta distorsión viendo el plan que funda la Independencia de México, que es el Plan de Iguala. El artículo primero del Plan de Iguala dice que son parte de la nación primero los europeos, es decir, los españoles; luego los criollos, luego los mestizos, y va incluyendo a todos en un plan político fantástico porque, en efecto, reparte para las expectativas de todo mundo. Por eso es que Iturbide puede tomar el poder. Según Lucas Alamán. Iturbide sólo tuvo 56 bajas en campaña. ¿Cómo es que se pasa de este momento de reconocimiento de la diversidad real de la Nueva España que se quiere independizar, al otro momento de la querella contra España? Ha sido una querella costosa en todos sentidos: cultural y sicológicamente. Y desde luego es una de las grandes distorsiones de nuestra historia porque odiamos a los españoles y hablamos español. Algo por lo menos extravagante.

ENRIQUE FLORESCANO: Creo que es la intensidad de las luchas políticas entre liberales y conservadores lo que explica el ataque a España. Entonces los liberales identificaron a los conservadores con España. La lucha interna volvió a revivir la conquista española, los tres siglos de dominación española, y esa pugna convirtió a España y al gobierno virreinal en la página negra de la historia mexicana.

LORENZO MEYER: No niego lo que dice Enrique Florescano pero hay también una alternativa: que en los años mil ochocientos veintes, cuando dos veces se expulsa por decreto a los españoles y se los manda a su tierra, generalmente se trataba de los menos protegidos. Los ricos se quedaron porque compraron. ¿Por qué se expulsa a los otros? Porque el rey Fernando VII tenía esta idea un tanto absurda, pero que mantuvo hasta el día de su muerte, de reconquistar México, y como San Juan de Ulúa estaba en poder de los españoles, y Cuba estaba en poder de los españoles, la idea de que ellos pudieran regresar no le parecía una idea estúpida. El Estado mexicano apenas estaba formándose y tenía un enemigo militar enfrente; por eso se expulsa a los españoles, por ser la quinta columna. Eso no ocurrió en otras partes de América Latina.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Expulsan también a los españoles por la crisis fiscal, para quitarles sus caudales. Hay también ahí un asunto de estabilización económica.

JEAN MEYER: Lorenzo Meyer tiene toda la razón de complementar la dimensión política interna con la responsabilidad, en este caso, del Estado español, que tardó muchísimo en aceptar regularizar las relaciones. Casi podemos decir que creó artificialmente una crisis, que fue después muy difícil de remontar y se hizo recurrente. Todavía cuando ocurrió la intervención francesa, al principio de ella estuvieron los españoles acariciando la idea de una eventual reconquista. El general Prim, si finalmente se portó muy bien, al principio soñaba con ser un nuevo virrey en México.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: A eso venía, y de pronto se da cuenta de que no tiene sentido.

JEAN MEYER: Y de manera inteligente se transforma en amigo de México. Ahora, Prim es muy representativo de esas ambigüedades, porque su esposa era mexicana. Tenía información de primera mano; hubiera podido ser un nuevo conquistador pero, al mismo tiempo, en el sentido biológico era familiar de los mexicanos. Esto se ha mantenido constantemente. Incluso en los años de expulsiones que a veces eran aberrantes, ¿como se iba a expulsar al padre de familia cuyo hijo era diputado mexicano? ¿Expulsar al papá, gachupín, casado con una mujer de León o de Aguascalientes? Son problemas de familia.

LORENZO MEYER: Pero los españoles tienen una culpa fantástica en esto. ¿Cuántas veces el ministro español no se siente ofendido? Y entonces ordena que los buques salgan de Cuba a bombardear Veracruz por haber sido humillado. El problema era que ya no había buques en La Habana, a él se le olvidaba que ya no tenían barcos. Pero si por él hubiera sido, habrían arrasado Veracruz cuando mataron a los españoles en Morelos. Así que cuando Héctor Aguilar Camín dice que los mexicanos tienen esa relación tan mala con España, los españoles también la tienen con México. Pero hay otros casos como el de Francisco Javier Mina, español, que viene a liberar a México. Luego están los curas carlistas —que no son, digamos, santos de mi devoción— que vienen a México a pelear contra los norteamericanos. El padre Jara arma una guerrilla que causó dolores de cabeza al ejército norteamericano por las emboscadas que les ponía. Y a la hora de la intervención francesa hubo militares españoles, liberales, que se alistaron en las tropas mexicanas de Juárez, y hay también guerrilleros españoles luchando contra los franceses.

ENRIQUE FLORESCANO: El asunto que está detrás de todo esto es el trauma de la conquista; ahí comienza a acumularse ese odio, a veces irracional, contra todo lo español, que se centra en la figura de Hernán Cortés.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: El trauma de la conquista es también una cosa construida después de la Independencia. Hubo una pléyade de historiadores que empezaron a decir: “Cortés no, Cuauhtémoc sí; la raíz española no, la raíz indígena sí”. Finalmente acabamos en el “trauma de la conquista”, aunque esas generaciones ya no lo recordaban.

ENRIQUE FLORESCANO: Esa interpretación fue tan fuerte que acabó por contaminar las otras interpretaciones de la historia mexicana. Desde entonces, en lugar de tratar de explicar los acontecimientos por sus propias causas y condiciones internas, era común explicar los males que padecía la nación achacándolos a la herencia española, al pasado colonial.

LORENZO MEYER: Romana Falcón señala que el hecho de tener tal odio a los españoles en Guerrero y en Morelos tiene una relación muy clara con que los encargados de las haciendas azucareras eran españoles que venían de Cuba, y como estaban, digamos, socializados en la relación esclavo-amo, en la mitad del siglo XIX, en el México ya independiente trataban a los mexicanos como esclavos sin que lo fueran. De vez en vez se extralimitaban y terminaban sus días de una manera no esperada. Hubo algo real, verdadero, una actitud de discriminación y brutalidad de los españoles en la vida diaria. De ahí que el trauma de la conquista fuera una verdad cotidiana.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Si tuvieran que escoger una distorsión de esta historia que ustedes conocen, no la de los historiadores profesionales sino la que se enseña en las escuelas y que la gente tiene en la cabeza, ¿cual sería la distorsión mayor?

ENRIQUE FLORESCANO: Quizá la distorsión mayor de la historia mexicana sea la fabricación de héroes y de mitos elaborados por la historiografía oficial. Antes que a los historiadores o a los propios movimientos sociales, debemos nuestros mitos de identidad, los héroes y los símbolos patrios, al gobierno en turno o a sus ideólogos. Desde los tiempos más remotos, pero especialmente bajo el régimen de la Revolución mexicana, el Estado y los órganos del gobierno definieron el panteón de héroes, las fiestas y ceremonias físicas y los mitos de la identidad posrevolucionaria. Se trata de un fenómeno universal pero en nuestro país atraviesa todas la épocas de su historia, desde la antigüedad prehispánica hasta nuestros días. Es un tema que ha suscitado una polémica intensa.

LORENZO MEYER: Yo destacaría una distorsión: la revolución mexicana como un esfuerzo democrático, la revolución como el verdadero momento en que los mexicanos entran a la democracia. Así empezó, y terminó muy pronto. Rápidamente se quitaron los ardores democráticos —como diría Luis González y González—; esos ardores pasaron a mejor vida con Carranza. Luego los presidentes han recurrido a la historia en busca de elementos para reivindicarse. Dijeron un montón de veces que la revolución había sido una revolución popular, democrática, que cumplía los anhelos mexicanos por la libertad. Y al examinar cada uno de los momentos de la revolución y de los resultados políticos hechos ya poder, encontramos que la democracia no anduvo por ahí para nada.

JEAN MEYER: La historia patria, en realidad, no es conocimiento; la historia patria es celebración y me parece correcto. No se puede criticar eso. El problema es que si se trata de una celebración, debería ser una celebración positiva y resulta que hemos levantado, hemos construido una dicotomía: es lo que Luis González llama la historia de bronce, donde a mi derecha están los buenos que van al paraíso de la historia patria y a mi izquierda están las ovejas negras, los malos que van al infierno. Y no hay grises con la idea de que los niños —porque supuestamente se está pensando en los niños— se aburren si les enseñan la historia de otra manera. Los niños son más finos y más inteligentes de lo que pensamos los profesores de historia. En la historia de bronce hay el peligro de tomar la historia y cambiarle la cabecita; se le quita la cabecita al busto, se le pone la otra, y listo. Ni siquiera cambiar la cabeza hace falta, porque ya nadie reconoce al héroe; basta con cambiarle el nombre a la placa que está debajo.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Los historiadores profesionales perciben muy rápidamente la diferencia entre la versión oficial y la versión piadosa de la historia. La realidad histórica siempre es más complicada y un poco más dura en general que las versiones para consumo de los ciudadanos, pero yo creo que los ciudadanos —y los niños— también perciben las contradicciones muy fuertes en la historia. Estos cuentos de hadas de la historia patria, ¿qué consecuencias tienen a la hora de formar una cultura cívica desde niños?

JEAN MEYER: Tienen tres consecuencias graves. Una es que los niños rápidamente se dan cuenta de que es más complicado y tienen la sospecha de que la historia es mentira, que lo que les están enseñando en la escuela no vale. Dos: tuvimos la tendencia quizá romántica, quizás infantil, de la celebración de los vencidos, de los derrotados. Cuando estábamos hablando del trauma de la conquista, ¿cuál fue el trauma de la conquista, por ejemplo, para los tlaxcaltecas? Si ellos fueron los beneficiarios: sin ellos Hernán Cortés se habría hundido después de la noche triste. Y la tercera y quizá más grave consecuencia: el cultivo o la exaltación irresponsable de la violencia revolucionaria. Al escuchar la alabanza del levantamiento, “el grito”, el joven no sabe la realidad trágica que está escondida detrás de todo eso.

ENRIQUE FLORESCANO: Para reafirmar lo que dice Jean, podría decirse que ni los profesores, ni los historiadores le dan el lugar debido al otro aspecto de la revolución, que es la construcción continua, a largo plazo, de un proyecto histórico. El mito de la violencia revolucionaria empieza con los movimientos de la Independencia y la Reforma. Los ideólogos de la Reforma dijeron: venimos de una revolución, de la revolución de Independencia. Más tarde los impulsores de la Reforma y los revolucionarios de 1910 afirmaron: venimos de la revolución de Independencia, de la revolución de la Reforma y de la Revolución mexicana. Así se fue construyendo la idea de que México fue forjado principalmente por la violencia, por la disrupción. La consecuencia de esta interpretación es que carecemos de una historia de la construcción cotidiana de la nación, la familia, los partidos o las clases sociales. Es decir, ignoramos la formación de las estructuras más importantes de la sociedad. Hemos privilegiado la ruptura violenta y le hemos asignado el papel de partera de la realidad que llamamos México, sin recordar que detrás de esas erupciones, violentas, ocurre el movimiento silencioso de construcción de la realidad cotidiana.

LORENZO MEYER: Yo difiero un poco en relación a lo negro y lo blanco de la historia. Cuando yo era niño, esa historia patria me dio una enorme confianza en México; me dio mucho optimismo la visión simple y sencilla. Había algo bueno en la esencia de la vida, y la historia te podía decir que en el largo plazo las cosas iban a estar bien. El desencanto brutal vino al término de la adolescencia, al darme cuenta no sólo de que la historia patria estaba asentada en unas simplificaciones terribles, cuando no en mentiras, si no la vida en su conjunto, cuando también en la familia ocultaron ciertas cosas de las abejitas y las florecitas y los papas y los santos reyes. Te enfrentas a la corrupción, a que el ejército no es necesariamente glorioso, a que la policía no necesariamente te protege. Pero para un niño de seis, siete, ocho años, meterle todas las complicaciones históricas desde ese momento, ¿no seria también una manera de meterle una inseguridad terrible?

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Edmundo O’Gorman decía, me recordaba Jean Meyer, que a los niños había que enseñarles una historia a los ocho años y otra a los diecisiete. Lo que pasa es que a los diecisiete se sigue enseñando la misma que a los ocho años. Ahora: si el presente va indicando nuevas maneras de ver la historia, y lo que sucede en el presente le añade significados al pasado, el 2 de julio del 2000 terminó una historia no democrática del país. ¿Cuál puede ser el cambio más importante, de nuestra mirada hacia atrás, debido a este hecho decisivo de nuestro presente más reciente?

JEAN MEYER: Volverá un personaje como Madero. De él nos decían que su único mérito era haber sido el niño que dijo “el rey anda desnudo”; qué bueno que haya muerto como mártir porque en el fondo era un tonto e ingenuo, quien cavó finalmente su propia tumba. Ahora que terminó la transición democrática vamos a ver cómo se retoma un hilo cortado en febrero de 1913. La historia de los veinte últimos años permite recuperar esa continuidad histórica, totalmente borrada por la enormidad del acontecimiento militar violento que fue efectivamente la revolución mexicana. Para el siglo veintiuno. Madero volverá, indiscutiblemente.

LORENZO MEYER: Yo destacaría el hecho de la no violencia. El 2 de julio mostró que existe la posibilidad de transformar a fondo, transformar un régimen sin que tenga que haber una solución catastrófica, sin que termine por venirse abajo el Estado, sin que la sociedad tenga que pagar con miles de muertos. Hasta el 2 de julio nos habíamos quedado con el idea de que si había posibilidades de cambio en el régimen tenía que ser pagado a un precio altísimo y pasar por el bautizo de sangre para que pudiera redimirse una situación política negativa. La violencia ya no queda como la única alternativa.

ENRIQUE FLORESCANO: En los últimos años se ha acentuado la posibilidad de construir una nación plural, acorde con la diversidad social. El nacionalismo revolucionario creó la idea de que el país debería tener un solo sistema político y educativo, una sola identidad y un solo proyecto histórico. Todo esto implicaba una negación de los intereses regionales, locales, étnicos y de grupo. En el proyecto que ahora tenemos por delante se trata de construir una nación que admita su diversidad política, social y cultural. Esto abre la perspectiva de aceptar la nación real; que el Estado se ajuste a la nación, no que la nación diversa se ajuste al Estado monolítico.    n