OBREGON: LA PASIÓN DEL CAUDILLO

POR CARMEN COLLADO

La pasión por el poder dio impulso a la existencia misma de Alvaro Obregón. En la vida pública del caudillo sonorense sobresalen dos récords: fue general invicto durante la Revolución y el primer presidente que logró terminar su periodo después de la caída de Porfirio Díaz. No obstante, esa misma pasión que lo sacó de Huatabampo, Sonora, y lo llevó al escenario nacional, lo condujo a la muerte cuando ya era presidente electo y se preparaba para llegar por segunda vez a Palacio Nacional, dejando de lado el antirreeleccionismo que dio bandera a los revolucionarios de 1910. Fue asesinado por el joven católico José León Toral quien, poseído de mesianismo, cambió su vida por la del caudillo, en una inmolación que paradójicamente buscaba poner fin a la persecución religiosa, ignorante de que Obregón había estado negociando calladamente un pacto con el clero que terminaría con la guerra cristera.

Además del innato talento militar que lo llevó a convertirse en el caudillo indiscutido de la Revolución, después de la derrota del poderoso ejército villista el sonorense hizo gala de un pragmatismo político que le permitió hacer pactos con los militares malquistados con Carranza y aliarse con los obreros y los campesinos, al vislumbrar que este era un camino seguro para hacerse de una base de poder político propio, en una periodo en el que la legitimidad no nacía del sufragio sino del binomio conformado por el apoyo de las masas y las armas.

Alvaro Obregón llegó a la presidencia a los 39 años y pese a su aparente juventud su cuerpo mostraba ya las huellas de la guerra; había perdido el brazo derecho durante una de las batallas del Bajío y tenía una salud precaria que, de cuando en cuando, lo obligaba a retirarse de sus funciones. Con todo, conservaba su gran carisma, el gusto por hacer bromas, la prodigiosa memoria, la brillante mirada verde y su gran afición por la comida. Alvaro, el menor de dieciocho hermanos, provenía de una familia de agricultores en decadencia, pero gracias a su tesón, olfato para las oportunidades y a sus relaciones políticas devino próspero empresario agrícola durante su retiro de la vida política entre 1917 y 1919.

En su gobierno inició la reconstrucción del país, regresaron la mayor parte de los exiliados de la Revolución y, gracias a la colaboración de José Vasconcelos al frente de la recién creada Secretaría de Educación Pública, dio impulso a uno de los proyectos educativos y culturales más generosos del siglo XX. Bajo el mecenazgo de Vasconcelos, Diego Rivera y José Clemente Orozco pintaron murales en la Escuela Nacional Preparatoria y el edificio de la SEP, en los que floreció un nacionalismo romántico que presentaba a la Revolución como una gesta popular, creadora de una nueva sociedad mestiza más igualitaria. Era una pintura vanguardista de contenido político radical, inspirada formalmente en el nuevo clasicismo.

Durante los dos y medio primeros años de su gobierno se respiraba optimismo, la mayor parte de los intelectuales del Ateneo y de la Generación de 1915 confiaba en que al fin se harían realidad las promesas de la Revolución. El Estado apenas estaba por consolidarse y los proyectos reformistas caminaban lento. El caudillo tenía que negociar con los poderes locales, con un congreso independiente, aceitando con dádivas la centrífuga maquinaria política del México posrevolucionario. También tenía que buscar acuerdos con los empresarios nacionales, con el clero católico y con los poderosos petroleros extranjeros para consolidar su poder. El reconocimiento de los Estados Unidos, en el verano de 1923. dejó un sabor agridulce, pues se consiguió después de un largo jaloneo, mediante la firma de los acuerdos de Bucareli. El régimen había logrado someter a las empresas petroleras a la soberanía impositiva, pero a cambio reconoció su derecho a continuar explotando los yacimientos mexicanos, dejando en suspenso la aplicación del artículo 27 constitucional.

La sucesión presidencial ocasionó la ruptura del triángulo sonorense. pues Obregón dio su apoyo a la candidatura de Plutarco Elias Calles, ocasionando el levantamiento de Adolfo de la Huerta. Este movimiento fue aplastado sin grandes dificultades, pero seguramente dejó un amargo sabor de boca en el caudillo, sacrificó a su amigo para garantizar sus ambiciones personales. Al tiempo que realizaba jugosos negocios agrícolas y envejecía prematuramente desde Sonora, el ex presidente preparaba su retorno al poder. La pasión que lo acompañaría a lo largo de su vida dejó una oleada de sangre entre sus viejos compañeros de armas y lo llevó a encontrar la muerte el 17 de julio de 1928.    n