HIDALGO: SIN BOTAS DE CAMPAÑA

POR ANDRÉS LIRA GONZÁLEZ

Miguel Hidalgo tenía 58 años cuando lo fusilaron en Chihuahua el 29 de julio de 1811. Lo que más se cuenta de él corresponde a cuatro meses de su vida, que van de la madrugada del 16 de septiembre de 1810 al 15 de enero del año siguiente, en que derrotados los insurgentes en el Puente de Calderón emprende la huida al norte. Se habla algo de sus actividades como conspirador, de 1808 a 1810, haciéndole aparecer más influido por el pensamiento de la Ilustración y la Revolución francesa de lo que en realidad parece haber sido; también, de la huida, del juicio y la ejecución, pero lo central ha sido la campaña insurgente en la que la historiografía se ha empeñado en mantenerlo después de muerto, descubriéndolo como iniciador y campeón de causas impuestas por la historia política nacional hasta llegar a consagrarlo precursor de la revolución de 1910 y reivindicándolo frente a las acusaciones que historiadores del siglo XIX hicieron para condenarlo a él y a la insurgencia. De esa suerte, Edmundo O’Gorman se preguntaba en 1964: “¿No será ya tiempo de rescatarlo de sus estatuas y quitarle las botas de campaña?”.

Frente al héroe revolucionario urge saber algo más del pre-insurgente. Se han apuntado la agudeza que lo distinguió como estudiante y sus méritos como teólogo en Valladolid de Michoacán. donde llegó a ser rector del Colegio de San Nicolás. Se dice que luego fue separado del cargo y que se le castigó obligándolo a asumir un curato en Colima, del que pasó a San Felipe y que fue del de Dolores de donde salió encabezando el movimiento que habría de convertirlo en numen tutelar de nuestra historia.

Carlos Herrejón, buen historiador de la cultura y de la sociedad del gran obispado de Michoacán, donde transcurrió la vida de Hidalgo, nos acerca a su familia en la que hallamos un buen número de parientes dedicados a las labores del campo en diversas jerarquías y maneras (su padre como administrador de la hacienda de Corralejo) y a las eclesiásticas que. como en el caso de Miguel, pudieron compartirse con las intelectuales, y adviniendo que hubo además algunos abogados, como el hermano menor, que hizo alguna fortuna y compró una hacienda en Taximaroa. que anualmente visitaba Miguel, cura de Dolores, para tomar cuenta al administrador. Nos revela además una carrera en ascenso, pues la rectoría de El Colegio de San Nicolás era un cargo de poca remuneración (500 pesos anuales), que Miguel, urgido por las necesidades del padre viejo y los hermanos más jóvenes, tuvo que complementar buscando ingresos en clases y actividades pobremente pagadas para llegar con mucho esfuerzo a los 1.400 pesos anuales. De esa suerte, los curatos representan un ascenso; el de Colima, que ejerció por medio año, significaba 3,000 pesos anuales, lo mismo que el de San Felipe, al que pasó luego y que ofrecía la ventaja de acercarlo a su familia, ventaja acrecentada en Dolores pues a la cercanía familiar se sumaron 8,000 pesos anuales. Esto le permitió darse el gusto de deliberar tiempo para aficiones tan gratas como la lectura y la música, encomendando parte de las pesadas tareas del ministerio a otro sacerdote, a cambio de la mitad de sueldo, dejando para sí la misa dominical, la prédica y el ejercicio de la caridad, entendida en buena parte como festiva generosidad y acompañada del teatro y la música, así como a empeños ilustrados en empresas como la industria de la seda, de la alfarería y otras actividades que desempeñó como instrucción práctica a sus feligreses.

Aquel ejercicio placentero tuvo sus contrariedades. Acusaciones ante la Inquisición, de las que salió bien librado, y contrariedades judiciales por el cobro de ciertas deudas en Colima y San Felipe, aclaraciones de cuentas de su rectorado en San Nicolás y, lo más grave, el embargo de la propiedad de su hermano en Taximaroa como consecuencia de la consolidación de vales reales, verdadera confiscación dispuesta a fines de 1804, en virtud de la cual se obligó a la iglesia a exigir a los deudores el pago de capitales cuyo importe se debía entregar al real erario a cambio de títulos de la deuda pública, para auxiliar a un gobierno ahogado por las guerras en Europa, por la mala administración y corrupción. Si bien la operación fue suspendida al final, para 1809 había causado males irreversibles a la sociedad novohispana, particularmente a la familia de Hidalgo, cuyo hermano menor enloqueció ante el amago de la subasta.

Tal es la cañera y tales algunos datos del ambiente en que se movía Miguel Hidalgo, personaje condenado por Lucas Alamán en la Historia de México, pero pintado ahí con los mejores colores del recuerdo que nos hacen ver al cura de Dolores como un ilustrado, divertido y querido personaje que en enero de 1810 departe amigablemente “sentado en el mismo canapé” con Manuel Abad y Queipo, obispo electo de Michoacán, y con el intendente de Guanajuato. José Antonio Riaño (el primero moriría en los primeros enfrentamientos y el segundo excomulgó a Hidalgo). Después vendrá el levantamiento, el desastre y la matanza de españoles en Guanajuato, luego de la cual aparece el cura de Dolores convertido ya en cabeza de una chusma a la que no domina, y al que Alamán recuerda vestido con improvisado atuendo militar en el que el resto de la estola servía de tahalí para aportar la espada de aquel eclesiástico llevado del frenesí de la revolución —como aceptaría el propio Hidalgo en el juicio, al confesar que consintió el asesinato de españoles inocentes en Valladolid y en Guadalajara.

Esa transformación fascinante como espectáculo no se explica según lo han querido hacer ver los constructores de los héroes, por un dictado ideológico. Hay indudablemente cuestiones ideológicas, pero éstas afloraron en el conjunto de malestares que se manifestaron violentamente al conjuro de la crisis de la monarquía española. La figura del sacerdote transformado resulta inexplicable fuera de una sociedad llena de desigualdades en la que el cura, por su lugar preeminente, ejerce un liderazgo impotente frente a la violencia popular, sin orden posible, pues se articulaba por el señalamiento de enemigos: los gachupines que querían aquí, como en España, entregar la tierra al invasor francés, según se los figuró el cura y otros jefes insurgentes. Así, el único camino era la guerra de la que tendrían que hacerse cargo combatientes bisoños y militares profesionales. Después de las primeras derrotas había pasado el tiempo propicio para el improvisado general que fue el cura de Dolores, personaje trágico al que hay que acercarse y liberarlo de las botas de campaña, suavizando el rigor de testimonios y de la crítica que atan a muchos historiadores y recreándolo con la imaginación bien informada y gustosa, como lo hizo Jorge Ibargüengoitia con el cura Periñón en Los pasos de López.

(Transcribo aquí los datos de tres trabajos breves que pueden acercarnos a un Hidalgo de carne y hueso: Edmundo OGorman: “Hidalgo en la Historia”, discurso de ingreso, en Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, correspondiente a la Real Academia de Madrid. Tomo XXIII, No. 3, pp. 221-239. Carlos Herrejón: “Hidalgo, razones personales”, en Jean Meyer (coordinador): Tres levantamientos populares: Pugacbov, TúpacAmaru, Hidalgo. CEMCA-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1992, pp. 161-172. Luis González: “El Gran Seductor”, Idem, pp. 151-160).    n