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Sus comentarios a la encíclica Fides et Ratio no me convencieron mucho. Me parece que se excedieron en el análisis textual con copiosas citas y en la búsqueda de contradicciones internas al texto. Hoy en día el adversario más peligroso contra el que debería combatir la Iglesia no son las diversas filosofías dominantes, sean éstas fuertes o débiles que se oponen, como siempre se han opuesto, a la filosofía perenne. ¿Qué sentido tienen hoy en el mundo estas filosofías si no el de alimentar discusiones entre doctos? El adversario más peligroso de las verdades transmitidas por la Iglesia a través de la revelación es el progreso tecnológico siempre más rápido, irresistible e irreversible, producido y continuamente alimentado por el enorme desarrollo de las ciencias. En breve, lo que amenaza las verdades transmitidas no es la razón filosófica, sino la razón científica. El proceso de secularización, la llamada edad del desencanto, no nació con la rebelión de Lutero sino con los descubrimientos de Galileo. Para poner un ejemplo, el concepto de alma es puesto en discusión no tanto por las viejas disputas entre filósofos, sino por los desarrollos de la investigación neurológica, de la siempre más vasta y avanzada investigación en el vastísimo, y aún sólo en parte penetrado, mundo de la “galaxia mente”, por usar la expresión de Rita Levi Montalcini.

¿Cómo se puede dar una dirección a la historia del próximo milenio sin tomar una posición clara, por ejemplo, ante la llegada de armas siempre más mortíferas y siempre más fáciles de usar; ante el aumento de la población; ante la destrucción del ambiente; ante la globalización salvaje que corre el riesgo de producir desigualdades siempre mayores y de hacer siempre más marginados, y destinada a desaparecer a gran parte del continente más pobre, África, como sucedió hace unos siglos en el “nuevo mundo”; ante la difusión de los tráficos ilícitos (mafiosos), en los que sólo cuentan las relaciones de fuerza (¡y en lo absoluto los beneficiosos efectos del mercado!)?

¿Qué tiene que ver todo este trastocamiento de la vida de nuestro planeta, trastocamiento producido —repito— por el progreso técnico-científico, con el viejo tema abordado por el Papa de las relaciones entre fe y razón?

¿No sería más bien conveniente invitar a la Iglesia, y a lo mejor incluso a las otras religiones, a tomar conciencia de manera más realista de las transformaciones en curso que constituirán el tema de discusión y el punto de confrontación del tercer milenio?

En la encíclica el saber científico es siempre considerado como un saber parcial, limitado, utilitario, incapaz de plantearse “las preguntas acerca del sentido”, y por eso debe estar continuamente sometido al control de la filosofía y de la revelación, las únicas capaces de responder a las preguntas últimas. Casi siempre se le asocia al saber cotidiano.

Fundamentalmente es el §30, en el que se señalan rápidamente las diversas formas de verdad. En el nivel más bajo están las verdades científicas: “Las más numerosas son aquellas que se apoyan en evidencias inmediatas o encuentran confirmación por la vía de la experimentación. Es éste el orden de verdades propio de la vida cotidiana y de la investigación científica”. En un nivel más alto se encuentran las verdades de carácter filosófico y las de tipo religioso.

Estrechamente vinculada a la desvalorización de la investigación científica está la crítica radical de la mentalidad positivista “que no sólo se alejó de toda referencia a la visión cristiana del mundo, sino que también, y sobre todo, dejó caer toda referencia a la visión metafísica y moral”. Con la consecuencia de que algunos científicos ya no poseen un interés específico en la persona y en la globalidad de su vida. Hasta habría científicos que, “conscientes de las potencialidades ínsitas en el progreso tecnológico”, parecen ceder, además de a la lógica del mercado, “a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el mismo ser humano” (§46).

Todo un parágrafo (§88) está dedicado a la crítica del cientificismo, que rechaza la admisión de otras formas válidas de conocimiento y relega los valores a simples productos de la emotividad. De tal manera la ciencia “se prepara a dominar todos los aspectos de la existencia humana por medio del progreso tecnológico”. Son los “irrefutables” éxitos de la investigación científica y de la tecnología contemporánea los que contribuyeron a difundir “la mentalidad cientificista, que parece carecer de límites”. Las preguntas por el sentido son relegadas al dominio “de lo irracional o de lo imaginario”.

En las últimas páginas el pontífice se dirige también a los científicos con estas palabras: “El camino recorrido por ellos especialmente en este siglo ha alcanzado metas que siguen sorprendiéndonos”. Por lo demás, aun expresando su admiración e infundiendo ánimo, el pontífice siente “el deber de exhortarlos a seguir en sus esfuerzos permaneciendo siempre en aquel horizonte de sabiduría en el que, junto a las adquisiciones científicas y tecnológicas, se ponen los valores filosóficos y éticos” (§106).

En realidad, la primera referencia a la ciencia se encuentra en el §25, donde partiendo del aristotélico “todos los hombres desean saber” se concluye: “Aquí está el motivo de tantas investigaciones, en particular en el campo de las ciencias, que condujeron en los últimos siglos a resultados tan significativos, favoreciendo un auténtico progreso de la humanidad entera”. No se dice sin embargo en qué consiste dicho progreso moral, material o social.

Del conjunto de estos pasajes se extrae la impresión de que, por una parte, el progreso científico y tecnológico es objeto de admiración, aunque a la vez de preocupación, lo cual es perfectamente comprensible. Pero al mismo tiempo se tiene la impresión de que no se evalúan hasta el final sus efectos arrolladores también con respecto a las “verdades” transmitidas y recibidas por la tradición. Ninguna de estas verdades, desde el número de los años de la creación que ha sido la primera en caer, hasta la visión general del universo con sus infinitas galaxias, todavía por descubrir, resiste frente a los admirados y a la vez temidos éxitos del saber científico, considerado inferior y en consecuencia controlable por las formas superiores de saber. Parece que no haya la mínima sospecha de la autonomía del saber científico con respecto al saber filosófico y con mayor razón con respecto a las verdades de la fe, una autonomía que se ha ido extendiendo y reforzando conforme el saber científico ha extendido su respectivo campo de indagación desde la naturaleza física a la mente humana. En medio de este trastocamiento, ¿cómo se recuperan las “verdades” tradicionales? Y de no ser recuperables en modo alguno, como nos enseña la dramática experiencia de Galileo, ¿no habría que reconocer que el saber científico en sus distintas formas impone a los así llamados saberes superiores el esfuerzo de revisión, del cual no hay indicio alguno en el documento examinado?

Entre los comentarios leídos, me parece que sólo el de Giulio Giorello concentre la atención en el tema de la ciencia (Aut Aut. mayo-agosto 1999, pp. 10-13). Después de poner en particular relieve los pasajes en los que el documento considera a la ciencia, especialmente los §§25 y 106, observa que la ciencia y la religión son inconciliables, porque la ciencia es falible, mientras que la religión es infalible. Escribe: “La verdadera cuestión no atañe tanto a la desgastada contraposición entre fe y razón, cuanto a la de falibilismo e infalibilismo. entre una verdad que no es capaz de salvarse siquiera a sí misma y una verdad que promete la salvación a todo el que se adhiera a ella, entre una razón que pondera su propia gratuidad y finitud sin necesidad de culpa ni de gracia, y una razón que en la culpa y en la gracia encuentra su sustento y su justificación” (Ibid., p. 12). Frente a dicha oposición, sostiene el autor, hay que tener el valor ético y también político de elegir. Citando la imagen bruniana del ave fénix, que elige su nido en el fuego que la destruye, “con la duda de volver a ver el sol”,1 concluye que quizás esta “duda”, en toda su potencia, encierra la experiencia más dramática del pensamiento.

 

Norberto Bobbio


1 En el texto citado: “con dubio de reveder il solé”.