Los ancestros sirven para todo y son un material extraordinario para dar respuesta a algunos enigmas familiares. Cuando los vecinos le preguntaban a mi madre el motivo de los gritos con que mi padre despertaba al vecindario, ella argumentaba con las razones de la sangre y de la herencia:

-Es que su abuelo era italiano. Los Gay de Piamonte. Grita mucho, pero es bueno. Durante sus años difíciles, este hombre tuvo que ganarse la vida con un órgano y un oso manso al que hacía bailar en las calles.

Los vecinos nunca supieron si el hombre que se ganaba la vida con el oso bailarín era mi padre o mi bisabuelo. Por este mal entendido, mis amigos me preguntaban si teníamos un oso en la casa. Yo contestaba que sí, que vivía en la azotehuela y que comía carne cruda. Así gocé de una pequeña fama fugitiva, aprendí a sostener una mentira y robé la leyenda de mi bisabuelo.

Como todo pasado lejano, construimos el de Peter Gay con mentiras y admiraciones; por lo mismo, llegó a mi vida agobiado por la leyenda. Cuando el oso se murió de tristeza y el órgano dejó de tocar, Peter Gay estableció un bar en el centro de la ciudad de México. Años después, en su cama de muerto italiano, su esposa, una alemana hermosa y apasionada, le hizo firmar un papel con el que se adueñó de su fortuna y aseguró su futuro feliz de viuda rica. Con este raro equipaje decidimos su vida y su pasado.

Peter Gay fue un italiano emprendedor y grabó algo de poder empresarial en sus descendientes. No se puede entender de otra forma uno de los grandes negocios que emprendió su hija, mi abuela Guadalupe, el día en que concibió la empresa de los guantes baratos. Este negocio, que le daría a ganar a la familia carretadas de dinero, era así: ella compraría una gran remesa de guantes, pero no de guantes comunes y corrientes; eran peculiares por una razón, todos fueron hechos para la mano derecha. Aquí empezaba el gran negocio. Cuando le preguntaron que cómo los vendería, mi abuela dijo que el gran secreto estaba en la elegancia, usar los dos guantes puestos es un signo inequívoco de mal gusto, que uno siempre debía llevarse en la mano, razón por la cual los guantes baratos serían, ambos, derechos, sin que esto ocasionara problemas al usuario: un guante puesto con gran elegancia en la mano derecha y el otro, en un gesto de fineza sin precedentes, sostenido por cualquiera de las dos manos, la enguantada o la desnuda. Cuentan que cuando la abuela pidió ayuda capitalista a un pariente, Juan Argomedo, elegido socio de la empresa, éste le dijo:

- ¿Como cuánto necesita para el negocio, Lupita?

Ella respondió una cantidad y el señor Argomedo le dijo cariñosamente:

- Lupita, le doy el doble, pero olvide el negocio de los guantes derechos y baratos, el pueblo mexicano nunca ha entendido la elegancia.

Sé que aquel impulso de doña Lupe obedeció a la herencia, a la sangre de Peter Gay que corría por sus venas.

Tardé algún tiempo en entender que más que una secuencia genética, el poder de Peter Gay que dominó a sus descendientes era una venganza, una maldición a cambio de la leyenda con que sepultamos su vida. De esto se trató la fiebre de las lápidas de mármol que emprendieron mi padre y otros miembros de la familia.

El negocio de las lápidas era simple y estaba basado en el amor y el olvido. Hay familias que han olvidado a sus muertos, en parte porque todo lo cura el olvido, en parte porque hay pecados que no se perdonan ni con la muerte. A esos familiares tocados por el rencor y el olvido se les compra la lápida de la tumba de su muerto y se le vende a una familia a quien el paso del tiempo no derrotó el amor. La operación es así: Al anverso de la lápida, donde dice:

Juan Vicento Gomesrial

años de nacimiento y muerte

No te olvidamos porque fuiste tan bueno y tan generoso se le da vuelta y se le inscribe esta leyenda:

Pedro Sánchez Montoya

años de nacimiento y de muerte

No te olvidamos porque fuiste tan bueno y tan generoso

Fue así como un tío de la familia tuvo bajo tierra, frente a él, hasta la eternidad, el nombre de una señora James, aunque en el anverso -o reverso, según se vea- decía frases conmovedoras sobre su persona y su vida. Este uso doble de las lápidas era un gran idea y un buen negocio. No prosperó porque los deudos consideraron, al final, que mezclar para siempre los nombres y las vidas humanas no honra la memoria de los muertos. De esta forma hermosa se cumplió el designio de Peter Gay sobre el negocio de las lápidas.

Una trampa del optimismo me hizo pensar que la maldición no me tocaría, un poco porque me separaban muchos años de Peter Gay, otro poco porque entonces creía ser mejor de lo que era. Una noche, las horas excesivas del bar trajeron la consecuencia de una tormenta conyugal. Entonces me oí decir este misterio ancestral:

- Debes saber que Peter Gay, mi bisabuelo, era dueño de una de las mejores cantinas del México de fines del siglo XIX. El bar es para mí un espacio originario, común y mágico.

- Tu hermano no bebe -dijo ella cuando la tormenta amainaba y con la fuerza que da el manejo de las leyes de la herencia.

Entonces logré este argumento:

- La culpa es de Mendel. Según Mendel, un chícharo rugoso (abstemio) combinado con otro liso (ebrio), dan por resultado uno rugoso (ebrio, que soy yo) y uno liso (abstemio, que es mi hermano). Es decir, a la cuarta generación aparecen los rasgos dominantes del primer chícharo.

No me hubiera detenido hasta que ella señaló a la psiquiatría en el horizonte. Le dije:

- Por cierto, no hay que confundir a Peter Gay, mi bisabuelo, con Peter Gay, el magnífico biógrafo de Freud. Aunque Peter Gay era un gran freudiano.

Y ella intercaló un comentario muy pertinente:

- ¿Por qué entonces Peter y no Pietro?

- Locuras de la familia.

Que Peter Gay era un freudiano formidable lo supe la noche en que lo encontré. Yo regresaba de la hemeroteca donde juntaba pedazos de un pasado literario desconocido para mí. Le hablé de la maldición de Peter. Me extrañaron su asombro y su tranquilidad. Me dijo que nadie está encerrado en la maldición de sus ancestros, que no corre por las venas el gene de la repetición, que nadie copia en el pasado futuro, y que cuando así sucede es por un simple azar del tiempo.

- Por otro lado -me dijo mientas se acomodaba el gorro rojo con el que aparece en las fotografías de la familia-, no estamos obligados a nada que implique la desdicha. No tenemos mas obligación que la de querernos.

Así nos libró Peter Gay de la maldición.