Roger Bartra. Ensayista y crítico. Su último libro: Las redes imaginarias del poder político (Era, 1979).

La cultura política de la izquierda mexicana es un vasto espacio ocupado por una rica y heterogénea amalgama de corrientes que, en el curso de un siglo, han ido formando un tejido lleno de contradicciones. A mi parecer este espacio se encuentra cruzado por dos grandes coordenadas históricas que -en forma simbólica- se expresan en la vida y en la obra de dos hombres: Vicente Lombardo Toledano y José Revueltas. Con el correr del tiempo estos dos personajes han acabado por encarnar los límites históricos extremos -y opuestos- que definen el espacio de nuestra cultura política. En este ensayo me permitiré forzar un poco la compleja vida política de Lombardo y de Revueltas, para dar paso al simbolismo que representan en la conciencia colectiva de la izquierda mexicana. Lombardo pasó por muchas facetas antes de convertirse en la imagen del Gran Revisionista; Revueltas, igualmente, pasó por innumerables vicisitudes antes de encarnar en la figura del Gran Izquierdista. Para muchos, a la inversa, Lombardo fue el más importante marxista y dirigente obrero que ha dado la historia de México; y para muchos otros, Revueltas fue el revolucionario más lúcido y penetrante que ha generado la izquierda mexicana. Cada uno de los extremos contribuye a configurar la leyenda negra del polo opuesto y a quemar incienso aturdidor ante la imagen de su propio ídolo.

Es necesario agregar otro elemento de juicio a esta situación: mal que nos pese a muchos, es preciso reconocer que Lombardo y Revueltas constituyen, desde muchos puntos de vista, los pilares más sólidos sobre los que se sostiene la cultura política de la izquierda mexicana. Para empezar, creo que sin estos pilares nuestra cultura política simplemente no sena mexicana: es decir, parte constituyente de la cultura nacional. Si la izquierda mexicana no es hoy una triste subcultura extraña y marginal es precisamente gracias a que la corriente lombardista tiene en su historia el hecho fundamental de haber gestado el primer esfuerzo exitoso de unificación del movimiento obrero y que Revueltas es el símbolo del gran parteaguas de 1968, que nos abrió perspectivas políticas insospechadas. Esto y mucho más hay detrás de estos dos hombres; sus imágenes a veces ocultan a otros hombres que igualmente contribuyeron a generar un espacio nacional para la izquierda. No quisiera aquí minimizarlos: varias generaciones de contradictorios y talentosos intelectuales, de campesinos y obreros perseguidos cuyos nombres han sido olvidados y de políticos intuitivos y resistentes han levantado los cimientos de nuestra cultura política. Lo que ellos han construido nos permite sospechar que, si bien Lombardo y Revueltas constituyen los dos polos históricos extremos de la izquierda mexicana, hoy en día ya no representan alternativas viables para el movimiento revolucionario.

SUMA Y RESTA

El 1o. de octubre de 1968 Lombardo escribió una breve advertencia a la edición de un folleto suyo sobre “La juventud en el mundo y en México”. Allí atacaba a los jóvenes estudiantes que “diciéndose reformadores del marxismo para calumniarlo” impulsan una nueva revolución y una nueva izquierda “por un camino que no es el del marxismo-leninismo”. Al día siguiente ocurrió la masacre de Tlatelolco. Seis semanas después Vicente Lombardo Toledano moría”, sin dejarse deslumbrar -como escribió en el folleto citado- por las palabras sonoras ni por las frases brillantes y audaces” de los “ideólogos de la nueva revolución”. En cambio José Revueltas sí quedó deslumbrado por el movimiento de 1968: los últimos años de su existencia fueron iluminados por la originalidad de esa experiencia, al punto que sus concepciones ferozmente marxistas-leninistas fueron seriamente erosionadas; en 1973 le escribe a su hija Andrea que “la teoría leninista del partido -así como la teoría del Estado y de la dictadura proletaria- deben, a la luz de las experiencias de esta mitad del siglo XX, deben y pueden ser superadas”. Revueltas murió en 1976 con la obsesión no satisfecha de escribir un nuevo prólogo a su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, en donde debería revisar abiertamente sus antiguas ideas leninistas sobre el partido.

Los papeles se habían invertido: el “revisionista” insistió en terminar sus días en olor de santidad ortodoxa y el “revolucionario” acabó tirando por la ventana al marxismo-leninismo. Esto tiene su explicación en las formas de acción y de pensamiento de ambos personajes; el marxismo de Lombardo es un universo cerrado que prácticamente permanece inmutable desde la época de su polémica con Antonio Caso (1935). En cambio, el marxismo de Revueltas es un universo abierto que cambia constantemente. El marxismo de Lombardo se constituye con una obsesión permanente de formular una suma global de verdades opuestas al pensamiento teológico cristiano; tan grande en su obsesión que escribe en 1964 un célebre libro cuyo título ya es sintomático: Summa. Allí Lombardo, en 90 páginas, lleva su racionalismo al extremo de ofrecer a las nuevas generaciones, que a veces optan “por el aturdimiento o por la fuga” en una época confusa, el camino que ha de “llevarlos de la caverna en que todavía sufren por su ignorancia, a la luz esplendorosa de la verdad”. En este libro Lombardo declara infinito al universo, define la esencia del hombre en su espiritualidad pavloviana, revela que hay otros seres inteligentes en otras partes del universo, explica que el verdadero pecado es la explotación del hombre por el hombre, define a la propiedad privada y al trabajo, señala el camino de la ascención socialista, formula una estética optimista según la cual la belleza está en todas partes, subraya que el amor auténtico es una categoría intelectual más que biológica, que el laberinto del mundo moderno se debe a la crisis del imperialismo, que el socialismo es una doctrina homocéntrica y que el hombre es inmortal.

Lombardo expresa la lógica simple y feliz del progreso inexorable; en contraste, Revueltas vive perturbado por la conciencia trágica de una carencia fundamental. Por eso el gran tema de Revueltas es el de la enajenación. A todo le falta algo, nada está terminado: a los escritores mexicanos les falta con frecuencia la palabra, al país le falta democracia, al marxismo le falta leninismo, a la conciencia le falta organización y, para colmo de males, al proletariado le falta la cabeza. A su manera, Revueltas imagina -o, más bien, desea- un universo cerrado como el de Lombardo: pero cada vez que mira a su alrededor se percata de sus carencias, toma conciencia de la distancia entre la realidad y su utopía de una conciencia organizada y verdadera del proletariado, de la clase llamada a construir el futuro socialista. En su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza Revueltas dibuja el ansiado “cerebro colectivo” más por lo que no debe ser que por trazos positivos. En su demencial búsqueda del “verdadero” partido de la clase obrera Revueltas va dibujando las aristas del cráneo vacío de la vanguardia: acaba resultando un mundo ideológico ausente e imaginario de ideas que se escapan cada vez que intenta atraparlas.

LA ORGANIZACIÓN DE LA CONCIENCIA

Para Revueltas como para Lombardo la clase obrera no puede existir como clase revolucionaria sin su partido político. Para Revueltas el partido es fundamentalmente la “conciencia organizada” del proletariado y por tanto los ideólogos constituyen la vanguardia política de la clase. De allí que para él la dificultad principal, en México, radica en la contaminación ideológica democrático-burguesa que sufre el movimiento obrero. La verdadera constitución del partido revolucionario, pues, radica en la organización del cerebro dirigente sobre la base de un conjunto de ideas definidas en el esquema marxista-leninista. Esta concepción vanguardista y voluntarista chocaba violentamente con el pensamiento lombardista, que tendía al populismo y al mecanicismo. Por un lado es el acto consciente previo que aglutina; por otro lado tenemos la conciencia política como expresión inevitable del movimiento obrero. Esta última afirmación se concreta en México antes que nada como un frente amplio que aglutina a todas las fuerzas nacionalistas y antiimperialistas; al interior de este frente se va formando -como uno de sus componentes- el partido marxista-leninista, en cambio, para Revueltas la creación del partido es un acto fundacional consciente a partir del cual se define la organización del movimiento.

El partido, a fin de cuentas, es visto como un embrión de Estado. Lo que diferencia radicalmente a Lombardo de Revueltas es el modelo a partir del cual se diseña al nuevo partido revolucionario. Lombardo inscribe a su partido al interior de la lógica del Estado mexicano; Revueltas lo concibe como engarzado en el modelo de la futura dictadura proletaria. Para Lombardo, el partido marxista-leninista se desprende lógicamente de la historia de la revolución mexicana; para Revueltas esa historia es la de la organización burguesa de todas las conciencias: en consecuencia, el nuevo partido se crea precisamente para resistir y aniquilar a la ideología democrático-burguesa de la revolución mexicana.

Durante toda su vida Lombardo concibió al partido como un educador de masas ignorantes. Desde 1924, como dirigente de la CROM, Lombardo dice que “la escuela del proletariado no puede ser… ni laica ni católica, ni tradicionalista ni “de acción”. Debe ser dogmática, imperativa…”. Más tarde, en 1933, en polémica con Caso se manifiesta por limitar la libertad de cátedra en la Escuela Nacional Preparatoria, ya que los estudiantes no tienen suficiente capacidad para discernir: de allí que es necesario formarles un criterio. Lombardo siempre fue El Maestro y concibió al partido a su imagen y semejanza. No en balde su historia es la de un intelectual universitario que hace carrera política al interior del movimiento obrero: trató a los proletariados como un grupo de alumnos congregados en el aula.

Para Revueltas el problema principal radicaba precisamente en la constitución misma de la “verdad política”. Estaba convencido de que si un estado mayor de ideólogos lograba definir con precisión la verdadera alternativa política, ello era suficiente para iniciar el proceso de desenajenación de la masa proletaria. Es sintomática su afirmación de que “el proletariado comienza por actuar, ante todo, en la propia cabeza de Marx; en su pensamiento teórico”. De aquí su preocupación por el funcionamiento del partido como equipo de ideólogos que operan como las neuronas de un “cerebro colectivo que piense por la clase, para la clase y con la clase”. En el fondo el planteamiento es similar al de Lombardo: la diferencia radica en que Lombardo admite la existencia de un corpus doctrinario ya conformado, mientras que Revueltas considera que todavía no existe. Por ello, a Lombardo le interesa principalmente la irradiación de su pensamiento, en tanto que Revueltas se preocupa esencialmente por la manera de estudiar y comprender la realidad de México. 

Esto último implicaba el máximo de libertad de discusión e investigación en un partido que aceptase cerrarse, como capullo, en un círculo de estudios para investigar la realidad mexicana. La propia Liga Leninista Espartaco que él fundó lo expulsó de sus filas cuando dejó de aceptar el rigor de la disciplina ideológica. La trampa sectaria marxista-leninista que él mismo armo acabó por enjaularlo. Nunca pudo escapar a este problema, salvo cuando soñaba en una suerte de República de Sabios marxistas, una “democracia de los ideólogos que discuten hasta morirse, hasta precisar un problema”. Esa era la “democracia cognoscitiva” que preconizaba en los últimos años.

LA CABEZA DEL MONSTRUO

La tragedia del pensamiento de la izquierda mexicana -como demuestran Lombardo y Revueltas- radica en que ha permanecido atrapado en la lógica estatista, oscilando entre el espectro stalinista de la dictadura del proletariado y el despotismo del gobierno de la revolución mexicana. Poco espacio le quedaba a la democracia política, que acababa siendo sustituida por la institucionalización de las ideas que representan verdaderamente al pueblo, sea por el modelo de la democracia de los cerebros o por el paradigma del Maestro que ilumina las tinieblas.

El pensamiento de Revueltas siempre tuvo una encarnación real: el Partido Comunista Mexicano. Jamás dejó de ser su ideólogo, a pesar de que lo convirtió en su bestia negra. Por otro lado, Lombardo siempre fue un teórico del Estado de la revolución mexicana. Ambos fueron teóricos de un partido y de un Estado que “deberían existir” y que por razones diversas no llegaron nunca a conformarse. Sus teorías políticas, a fin de cuentas, nunca dejaron de ser más que versiones corregidas, respectivamente, de la realidad del más antiguo partido de la izquierda y de las peculiaridades del Estado mexicano: uno construyó la idea de un proto-Estado proletario y el otro diseñó un mega-Estado nacionalista. Fueron dos proyecciones imaginarias de la realidad mexicana, formuladas con ayuda del instrumental marxista.

Lombardo interpretó la política mexicana a partir de la disposición de dos grandes ejes: las fuerzas de la nación y las fuerzas del imperialismo. Todos los acontecimientos e instituciones se podían clasificar de acuerdo a la mayor o menor presencia de estos dos ingredientes. Incluso llegó a hablar de la existencia de una “provocación antinacional” en el movimiento estudiantil y popular de 1968. Así pues, con la ayuda de sus dos sencillas varas para medir la política (nación e imperio) definió tanto al Estado mexicano como al frente unido que debía ser la vía por la cual el país transitase pacíficamente al socialismo. En realidad el frente, para Lombardo, no era más que una prolongación o proyección depurada del propio Estado. El Estado mexicano era concebido como heterogéneo, pero dominado por la “burguesía nacionalista” enfrentada -con algunas vacilaciones- al imperialismo. La lógica lombardista no es muy complicada: esta burguesía impulsa a un creciente capitalismo de Estado, basado en la nacionalización y estatización de los recursos naturales y de las principales ramas de la economía; el capitalismo de Estado impulsado por la burguesía nacionalista, que opera sobre la base del “interés general”, es obstaculizado por las fuerzas de la burguesía proimperialista y por los agentes directos del imperialismo. El frente de liberación nacional, en consecuencia, debe unir a la clase obrera, a los campesinos y a sectores de la pequeña burguesía con la burguesía nacionalista: es claro que este frente debe incluir al gobierno o, al menos, a sus sectores nacionalistas. De aquí se desprende naturalmente la posibilidad de un tránsito pacífico al socialismo, basado en la continuidad del Estado de la revolución mexicana conducido -a partir de cierto momento- por la clase obrera. En el fondo, para Lombardo el socialismo era la prolongación y extensión del capitalismo de Estado.

La viabilidad de este proceso parecía confirmarse cuando se constataba la inexistencia en México de verdaderos partidos representativos de las diversas clases: el partido oficial no era más que un apéndice electoral del gobierno; las dos cabezas de la burguesía (la nacional y la proimperialista) carecían de partido; el campesinado y las capas medias estaban en la misma situación; y los representantes de la clase obrera se encontraban divididos y enormemente debilitados. La única esperanza real debía buscarse al interior del Estado encabezado por esa burguesía sui generis que parecía tener tendencias suicidas y anticapitalistas.

Lo más trágico de la opción lombardista no es -como se ha creído tercamente- su carácter reformista. Su aspecto profundamente negativo radica en el hecho de que subordina la lucha por el socialismo al desarrollo del Estado y, en consecuencia, elimina todo el potencial revolucionario de la democracia política: es decir, subordina la sociedad al Estado. El resultado es una completa disociación entre socialismo y democracia; esta última es reducida al nebuloso carácter “representativo” de los intereses populares que se supone tendrían las medidas económicas y sociales que pondría en práctica el Estado. De aquí arranca ese terrible vicio de la izquierda que consiste en definir como “democrática” toda reforma que, así sea parcialmente, tienda a satisfacer algunas necesidades populares, aunque el pueblo mismo no participe en la decisión de dichas reformas. Se suele decir que ello sólo hace referencia a la “forma” en que se adoptan las reformas políticas, pero que es necesario tomar en cuenta su “contenido”. De este razonamiento vulgar y stalinista se desprende el famoso carácter “formal” de la democracia. En realidad lo que realmente se ha desprendido de estas ideas es un socialismo tan deformado que no es posible reconocerlo como tal.

El frente unido de Lombardo es concebido como un macro-Estado alternativo que va diluyéndose paulatinamente en el gobierno real, en la medida que misteriosamente el capitalismo de Estado se va convirtiendo en socialismo de Estado. Puesto que se desprecia la “forma” en que ocurre el proceso, se escamotean los mecanismos democráticos que permiten que el pueblo efectivamente se autogobierne. Esa cáscara formal que es desechada, con objeto de llegar al “meollo”, contiene nada menos que lo único verdaderamente revolucionario del socialismo: su fusión con la democracia.

EN BUSCA DE LA NACIÓN

A pesar de todo, la interpretación de Lombardo hacía referencia a un problema clave ante el cual la izquierda se sigue rompiendo la cabeza: ¿de dónde proviene la heterogeneidad política del Estado mexicano? Más precisamente, lo que la izquierda ha buscado durante decenios son las bases sociales de los aspectos nacionalistas y progresistas de la política gubernamental. La respuesta tradicional explica el fenómeno por la existencia de una burguesía fragmentada y dividida ante la necesidad de impulsar las reformas democráticoburguesas que requiere todo país subdesarrollado; se supone la presencia de una “burguesía nacional” (o algo equivalente) ubicada al interior del Estado o en su contorno inmediato, capaz de ejercer presiones considerables sobre la política gubernamental… si el pueblo la apoya. Revueltas, en contraposición a estas ideas, plantea que en México ya se ha logrado la unidad nacional de la burguesía. Las páginas más brillantes de su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza están dedicadas a demostrar la forma extraordinaria y singular que en México se desarrolla la unificación de la burguesía. Este es uno de los grandes méritos de Revueltas: subrayar la importancia del hecho de que México logra identificar la unidad nacional con la unidad de la clase dominante, caso tal vez único en América Latina; más aún: la unidad del Estado nacional contiene a partes significativas del movimiento obrero y campesino. Pero Revueltas explica la naturaleza del fenómeno principalmente por sus aspectos ideológicos: el demiurgo unificador es la conciencia organizada de la burguesía, que adopta la forma de una horrenda macrocefalia democrático-burguesa. De esta manera, Revueltas intenta resolver el problema de la heterogeneidad del Estado por medio de la lógica de la ideología burguesa, por medio de la pura dialéctica de los conceptos. Así, los aspectos “progresistas”, “nacionalistas” y “populares” de la política gubernamental se explican de hecho como una astucia mediatizadora de la ideología burguesa, que logra engullir a la misma “conciencia socialista” y reducirla a su ala izquierda. La lucha de clases, por tanto, tiende a aparecer como una guerra desigual entre la conciencia enajenadora demo-burguesa y la verdadera conciencia marxista-leninista. La ideología se “enseñorea de las masas” y por ello se convierte en una “fuerza material”: debido a ello la ideología democrático-burguesa, convertida en fuerza material, “debe poner en acción y satisfacer a las masas de que se ha enseñoreado”. He allí la clave del comportamiento “progresista” del Estado: la burguesía y la nación se han identificado.

Cuando Revueltas afirma que la conciencia demo-burguesa llega a ser hegemónica, no sólo se refiere a una experiencia histórica: habla de su experiencia personal. Un ejemplo: después de 1943, cuando es expulsado del PCM, Revueltas acaba refugiándose en el Partido Popular de Lombardo y trabaja en la redacción de El Popular. En 1949 publica su novela Los días terrenales, que merece una estúpida reprimenda de Enrique Ramírez y Ramírez, quien califica a Revueltas de nihilista, antihumanista, existencialista, disolvente y antisoviético. Revueltas escribe una lastimosa carta autocrítica a Lombardo y a Ramírez en la que rinde un homenaje al realismo socialista y confiesa sus desviaciones sartreanas, que sirven a las fuerzas reaccionarias. A consecuencia de este incidente Revueltas pide a su editor que retire su libro de la circulación: seguramente sintió que una ideología extraña su enseñoreaba de su conciencia con todo el vigor de una fuerza material. Pero esa ideología extraña fue algo muy diferente al “demo-marxismo” -como él llamaba al lombardismo y a las ideas de los comunistas-: fue marxismo-leninismo puro, es decir: stalinismo. La ideología que deformaba y enajenaba a los revolucionarios mexicanos no provenía exclusivamente de la burguesía nacional; el nacionalismo mexicano confluía con las tendencias dogmáticas y autoritarias que emanaban de la forma trágica en que el socialismo se construía en la Unión Soviética. El drama de Revueltas radica en que la ardiente defensa que hizo de los principios marxistas-leninistas contenía las mismas semillas despóticas que habían engendrado a ese monstruo escurridizo llamado “burguesía nacional”.

LA TERCERA OPCIÓN

Lombardo y Revueltas aparecen como dos polos casi irreconciliables en muchos sentidos. Lombardo siempre fue un hombre de Estado, mientras que Revueltas fue carne de presidio desde temprana edad. Es cierto que sobre Lombardo pesó siempre una mayor responsabilidad: por ello mismo los juicios sobre él han sido más duros. El desenfado y la torpeza política de Revueltas le ocasionaron muchos problemas, pero le dieron un margen de libertad que dio vuelo a su incontenible imaginación.

Cuando Lombardo decide -o es obligado a- abandonar la dirección de la CTM ya ha creado en la más importante central obrera del país las condiciones para su viraje a la derecha. Lombardo le abrió el camino a Fidel Velázquez, se sometió sumisamente a su viejo amigo Avila Camacho e incluso participó activamente en el lanzamiento de Miguel Alemán. Jamás se salió de los parámetros estatales; ni siquiera se opuso a las reformas alemanistas a la legislación agraria, lo que contribuyó a que Narciso Bassols y Víctor Manuel Villaseñor abandonasen posteriormente el Partido Popular. Por su lado, los erráticos zigzagueos de Revueltas también dejaron secuelas; pero tal vez la única secuela verdaderamente grave fueron las actitudes enormemente hostiles a prácticamente toda organización de izquierda que se generalizaron entre muchos intelectuales; durante los años sesenta llegó a cristalizar un terrorismo sectario superideologizado que terminó por despolitizar a una gran parte de la intelectualidad durante muchos años.

También en su actitud frente a la nación los dos hombres se opusieron. Por un lado el nacionalismo casi religioso de Lombardo, que lo llevó a, por ejemplo, iniciar su campaña presidencial invocando a la patria en el lugar donde creía que se hallaban los restos de Cuauhtémoc (en Ixcateopan): “Padre Cuauhtémoc: tú nos legaste, con tu conducta y tu sacrificio -dijo, o más bien rezó, el 13 de enero de 1952-, el mandato eterno de defender a México contra la opresión venida de afuera. Yo te prometo, en nombre del Partido Popular y en el mío propio, creyendo ser fiel intérprete…” etc. etc. A Revueltas, en cambio, le repugnaba el patrioterismo barato y odiaba más que nada a la opresión venida de adentro. “El nacionalismo -escribió-, en su esencia última, es la negación del hombre”. Por eso pensaba que la literatura nacional debía ser, ante todo, una literatura antinacionalista.

Si continuásemos el contrapunteo Lombardo-Revueltas iríamos reconociendo los hitos más importantes de la historia de la izquierda y del movimiento obrero en México. De las dos madejas podríamos sacar hilos para tejer el tapiz de la lucha popular: pero sería como tejer la mortaja de Laertes, que Penélope destejía todas las noches. Sólo un pensamiento anclado en la fidelidad, en espera de la llegada del Ulises proletario, podría llevar a cabo esta tarea. Pues durante los últimos veinte años fue creciendo una nueva alternativa: con enormes dificultades, y enredada en el denso tejido de una ideología doctrinaria y dogmática, fueron surgiendo formas de acción y de pensamiento cuyo lema bien podría ser: íNi Lombardo ni Revueltas!. Al interior de todos los grupos y partidos políticos de la izquierda fueron surgiendo voces y hechos que se internaban por nuevos caminos. La organización más grande y más antigua de la izquierda, el PCM, se debatió durante veinte años entre la indecisión de un Hamlet-Revueltas interrogándose ante el espectro del cráneo proletario y la seguridad de un Santo Tomás-Lombardo que dibujó con índice de fuego el círculo oficial del Leviatán obrero. Pero al final el PCM supo reconocer el momento de terminar radicalmente con una etapa de su historia para fusionarse en el PSUM. Pero ello no ocurrió sin convulsiones: algunos sectores henchidos de añoranzas intentaron restaurar o renovar las viejas telarañas stalinistas y doctrinarias, aterrados por la “confusión ideológica” que acompañaba la difícil búsqueda de un nuevo espacio vital para la izquierda. 

Ese espacio existe ya, pero se parece poco a los esquemas que nos dibujaron Lombardo y Revueltas. Por principio de cuentas es un espacio cuyo eje es la lucha por la democracia y en el que impera la pluralidad marxista, lo cual es un acontecimiento irreversible: la confluencia de diversas corrientes teóricas no se dirige hacia la unificación en una suma doctrinaria o en un corpus marxista-leniñista. La unidad se da en el terreno político sobre la base de principios democráticos que preservan el libre desenvolvimiento de las minorías. Este espacio tiende a ser globalmente alternativo al Estado capitalista actual: pero hoy ya muchos saben que es necesario dar la batalla también en el terreno gubernamental sin que ello implique la existencia de misteriosas “fracciones” burguesas o burocráticas con las que sea posible hacer una “alianza”. El hecho de que la izquierda independiente pueda apoyarse en ciertas instancias estatales forma parte de una guerra de posiciones y no de una política de alianzas. El misterio de las facetas “progresistas” de la política estatal resultó ser algo más claro que lo que se pensaba: obedece a la presencia de fuerzas populares al interior del Estado y no a la influencia de facciones estrafalarias de la burguesía: sin embargo, este hecho, aparentemente tan sencillo y obvio, ha abierto la puerta a nuevas interpretaciones sobre la compleja hegemonía burguesa y las formas laberínticas del consenso político. El cierto que se pueden apreciar importantes síntomas de fragmentación de la clase dominante, pero no se explican con las coordenadas fijadas por los conceptos de imperialismo y nacionalismo.

Las ideas sobre las alianzas y los frentes han envejecido notoriamente, pues así como hemos abandonado la concepción instrumentalista sobre el Estado, también tenemos que reconocer que el sujeto revolucionario se expande y desborda al “núcleo fundamental” de la clase obrera. Ya no es posible pensar que la alternativa revolucionaria se construye como una serie de eslabones subordinados al “núcleo proletario” y al partido de vanguardia, en la que campesinos, intelectuales y pequeño-burgueses se encadenan a un destino histórico predeterminado en las instancias “superiores” de la lucha de clases.

El nuevo espacio de la izquierda intenta escapar de la rígida lógica de los bloques políticos, militares e ideológicos. Asimismo está demostrándose cada día con más fuerza la inutilidad de levantar castillos teóricos repletos de jerarquías; por ejemplo, todo el andamiaje de estructuras y superestructuras -en el que la metáfora de Marx quedó anquilosada- dificulta la comprensión de los estrechos vínculos entre la vida cotidiana, la cultura, la política y la economía. Someter estas instancias a una jerarquización abstracta nos ha provocado grandes deformaciones de la realidad nacional y nos ha dejado ciegos ante coyunturas cargadas de significados nuevos.

Pero no creo que haya llegado el momento de hacer un catálogo de los rasgos de la nueva izquierda, que en gran medida -pero no exclusivamente- se concentran en las contradicciones que vive el PSUM. Todavía es necesario mirar hacia atrás y saldar cuentas con el pasado: comprender a Lombardo y a Revueltas, que representan las coordenadas que surcan las dimensiones estrechas de un universo marxista-cartesiano perdido: comprenderlas desde la multidimensionalidad de nuestra época.