¿Se puede vivir sin esperanza? ¿Sin la ilusión de que las “cosas”, privadas y públicas, pueden mejorar? Suprimir la esperanza puede ser un buen recurso para asomarnos al mundo tal como es y no como desearíamos que fuera.

Buena parte de la insatisfacción con eso que llamamos vida se desprende del ensueño de que podemos modificar a las instituciones, usos y costumbres, concepciones, relaciones y personas que nos rodean. Y sin esos resortes (el del disgusto y la voluntad de transformar) quizá la vida no sería vida. Porque si se destierra el aura que construyen las ilusiones, lo que queda es la existencia pura y dura, una especie de vida animal.


Ilustración: Jonathan Rosas

Pero veámoslo con calma: si fuéramos capaces de una operación como la enunciada, estaríamos afinando la vista, normalmente empañada por el vaho que despide el deber ser, y ajustando el juicio, rutinariamente obnubilado, por la comparación entre lo que las “realidades” son y lo que desearíamos fueran. Esa es la cara virtuosa. Pero, claro, ahí no acaba la historia, dado que estaríamos prescindiendo de una dimensión fundamental de la existencia: la de los anhelos, expectativas, deseos.

Los que de manera cotidiana navegamos por eso que a falta de mejor nombre denominamos ciencias sociales, lo sabemos bien: con su fuerte carga prescriptiva, en muchos casos prescindimos de acercarnos a los “fenómenos” para describirlos y entenderlos, porque es más “fácil y sencillo” adjetivarlos y ¿por qué no? condenarlos. Piénsese, sólo como ejemplo, en el llamado clientelismo, tan vilipendiado en el circuito de las capas medias ilustradas y tan potente y festejado por los beneficiarios en ambos lados de esa relación asimétrica y en no pocos casos abusiva (¡Ya saltó el catequista!).

Pero no me distraigo más en ese asunto que quiere ser sólo un botón de muestra. En su novela El periodista deportivo, Richard Ford (Anagrama, 1990) pinta a su personaje central como un hombre apático, que ha renunciado a múltiples posibilidades que le abría el futuro, que sabe que resulta imposible conocer realmente a las personas, lo cual le permite mirar “la vida de forma más sencilla y literal” pero también preservando su “misterio incondicional y placentero”. Quiere acortar la distancia, quizá incluso borrarla, entre lo que siente y lo que también podría sentir, porque ese desfase sólo le genera tensión y al final desilusión. Él mismo pone un ejemplo: “Es la diferencia que hay entre un hombre que deja su trabajo para convertirse en guía de pesca en el lago Big Trout, y que un día, mientras rema hacia el muelle al atardecer, deja de remar para contemplar la puesta de sol y se da cuenta de lo mucho que desea ser guía en ese lago; y otro hombre que ha tomado la misma decisión, deja de remar al mismo tiempo, siente la misma alegría, pero al mismo tiempo, piensa que podría hacerlo también en el lago Windigo, y que también podría ganarse la vida vendiendo canoas”. La esperanza del primero, si así se le puede llamar, es inercial, asequible, minimalista. Casi no es una ilusión sino una realidad. La del segundo requiere forjar nuevos horizontes, alejarse del hoy pensando en el mañana. La primera es plácida, la segunda reclama de una voluntad que hará que el momento se transforme en tirante, marcado por la tensión natural entre lo que se tiene a la mano y lo que se desea.

Esa actitud que suprime conscientemente la esperanza creo que se emparenta con las premisas del budismo, y escribo “creo” porque muy poco (casi nada) sé de él. Sólo lo que leí en el libro de Fernando Solana Olivares, en el que nos ilustra que la causa del sufrimiento no es otra que la del deseo: “Sed de placeres de los sentidos, sed de existencia y de devenir y sed de no existencia (autoaniquilación)”. Porque las desdichas, públicas y personales, según el Buddha, provienen de esa “sed” que no puede ser saciada. (El budismo, Tercer Milenio, CNCA, 1997.)

Vivimos con una sobrecarga de expectativas de todo tipo. Algunas, las menos, se cumplirán. Y las más, se verán frustradas. Y no se necesita ser el Buddha para concluir que eso alimentará el malestar. Leo cómo la esperanza depositada en Emmanuel Macron en Francia se encuentra en una caída vertiginosa. Quizá era de esperarse. Situamos nuestras ilusiones en una persona como si de ella dependiera el futuro, nuestro futuro. Es un resorte bien aceitado. Al parecer, necesitamos creer así como necesitamos comer. Es difícil sobrevivir sin alguna ilusión, alguna meta. Requerimos colocar en alguien o en algo o en nosotros mismos la posibilidad de un porvenir mejor. La mayoría demandamos de esa zanahoria para seguir tirando. Sólo un puñado de hombres puede vivir sin esperanza. Son los amantes del silencio, aquellos que no empañan nuestra existencia con sus prédicas.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

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