Un mediodía de 1949, exilado ya voluntariamente en Caracas y en el preciso instante en que abordaba un taxi, Alejo Carpentier concibió la idea de un relato.

Haciendo el trayecto hasta su casa imaginó minuciosamente un cuento que estaría dividido en siete capítulos y calculó que escribirlo le tomaría unos 20 días.

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Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

La entrada del 14 de octubre de 1951 precisa que comenzó a escribir el relato el 7 de diciembre del 49. “Contaba [con] tenerlo terminado para comienzos de enero”, dice. “El libro ha cobrado 40 capítulos y pronto se cumplirán dos años, desde el momento en que su tema se me impuso de manera ineludible”. Ya en aquel primer momento Carpentier dio el título de Los pasos perdidos al cuento que creció hasta convertirse en novela, la primera de las tres grandes obras que escribió en Venezuela. Las otras dos son El acoso y El siglo de las luces.

El diario fue publicado por vez primera en La Habana, en 2013, y fue la foto de portada lo que me llevó a comprar un ejemplar en una librería bogotana aquel mismo año. En la foto, un Carpentier cercano ya a los 50 años, muy bien trajeado, fresco, vigoroso y con la mano izquierda en el bolsillo, camina por una calle blanca de puro sol caribe.

Algo (¿una ceiba que se ve al fondo, semejando las que aún se alinean frente el Palacio de las Academias, antigua sede de la Universidad Central?, ¿las arcadas de una ya desaparecida galería comercial en la esquina de La Bolsa?) me llevó a reconocer el aire caraqueño de esa estampa y pensé sin palabras en la Concha Acústica de Bello Monte.

Trato ahora de explicarme esa instantánea unión libre y me digo sin mucha convicción que acaso sea porque fue allí, en la Concha Acústica, donde Carpentier presidió las veladas del Primer Festival de Música Latinoamericana, en 1954. Forzosamente, ha de ser un falso recuerdo pues yo tenía sólo tres años en aquella época y todavía no me dejaban ir solo a los conciertos ni a ninguna otra parte. Es algo que he sabido ya adulto.

Lo cierto es que Venezuela tiene muchos nombres en el lenguaje privado de mi exilio: José Ignacio Cabrujas, beisbol, Teodoro Petkoff, valles de Aragua, bahía de Mochima, Eugenio Montejo, “Miss Venezuela” 1976, Rafael Bolívar Coronado, aragüaney, el Bar “La Cita” de La Candelaria, la Gran Sabana, el museo de las palmeras del capitán Gibson, el vals Natalia de Antonio Lauro…). Ahora, desnudo en Bogotá, se ha sumado el de Alejo Carpentier a quien no contaba entre mis autores dilectos, pero esto último ha cambiado luego de leer y releer su diario caraqueño.

 

Bogotá cuenta con una las mejores bibliotecas públicas de Hispanoamérica, la “Luis Ángel Arango”. En su sede de la calle 81 he vuelto a El siglo de las Luces y, navegando con Víctor Hughes, me ha enceguecido otra vez la ventosa resolana de la playa de Puy Puy, en la península de Paria, al oriente de Venezuela.

 

En Caracas, Carpentier escribe el que parece haber sido el único diario en toda su vida, al tiempo que anota lo que van dejando sus lecturas. La de otros diarios, por ejemplo, como los de Ernst Jünger, Franz Kafka o André Gide, entre otros: “Tristeza, tristeza infinita la pederastia de Gide. […] ¡Qué vacío, qué yermo, qué desierto, la vida de ese hombre sometido a la mirada acusadora de una mujer infecunda, virgen a pesar de ella…!”.

Carpentier es lector sistemático que, en el curso de apenas tres semanas, se zampa y comenta un verdadero catálogo de la picaresca española. Va de la Vida de Estebanillo González, hombre de buen humor hasta el Marcos de Obregón, de Vicente Espinel, “el más fino, el más penetrante de la gente de la picaresca había de ser músico. Una vez más me pongo de acuerdo conmigo mismo”.

El jueves 18 de marzo del 54 recibe carta de la editorial Gallimard solicitando los derechos de traducción de Los pasos perdidos. La misma carta informa que la versión francesa de El reino de este mundo aparecerá en el verano. Desde París le escribirán constantemente durante estos años muchos de los amigos que dejó atrás cuando regresó a Cuba, en la anteguerra: Queneau, Malaquais, Jean Cau, Nadeau. Con el músico cubano Juan Orbón las comunicaciones son permanentes, aunque Carpentier rara vez estará al día con la correspondencia y esto lo desazona tanto como la gravosa rutina en la agencia de publicidad en la que ocupa un alto cargo. El 3 de febrero de 1955 Carpentier, exitoso publicista, hace una gruñona anotación: “Lecturas dispersas. Gran necesidad de trabajar, contrariado por la bendita campaña anual contra la Parálisis Infantil, ineludible, pero cuán molesta…”. Anda enfrascado en El acoso.

 

El diario ofrece largos, larguísimos trechos de vida caraqueña cuya cifra hoy leo aquí en Bogotá como quien lee La novela de una novela, de Thomas Mann, esa bitácora del vaivén entre la íntima, secreta, enigmática ebullición de la creatividad de un autor inmerso en una gran obra y el mundo exterior que, a pesar de sus importunas solicitaciones, también le ofrece todo el tiempo sugestivas señas, pistas, mapas camineros.

 Carpentier recurre muchas veces a expresiones como “mi nuevo modo”, “mi nueva manera”, en alusión al sostenido estado de exaltación creadora que lo anima desde fines del 49. Su bitácora pasa tan ágilmente del español al francés y viceversa que es natural imaginar al autor pensando fluidamente en ambos idiomas, sobre todo cuando discurre sobre la “obra en progreso”. ¡Y todo el tiempo hay una obra en progreso! El acoso, El camino de Santiago y, ya entrado 1957, El siglo de las luces.

Me detengo a menudo en la música y los sueños de Carpentier en Caracas. La noche del 26 de febrero del 55, durante una pausa en la escritura de El acoso, escucha Lulú, de Alban Berg. Imagino esa música invadiendo la sala de su vieja y espaciosa casona de La Pastora, al pie del Ávila, la elevación de dos mil 150 metros sobre el nivel del mar que flanquea y singulariza a Caracas. Esa misma noche Carpentier soñó con Arnold Schoenberg.

Lo soñó “semejante al retrato de Man Ray que me regaló su viuda, está comenzando a ensayar Moisés y Aarón, en una casa colonial cubana, destartalada, de paredes desconchadas, muy abandonada. La orquesta no puede colocarse como es debido. […] Schoenberg empieza. En re. Me conmuevo, […] Paso debajo de su batuta, doblado en dos para no entrar en su ámbito. Me agazapo en un rincón…”.

El diario habla de escuchas y avistamientos inimaginables para mí en el “boom town” que era mi ciudad natal en aquel tiempo: Wilhelm Furtwängler, dirigiendo la Orquesta Sinfónica Venezuela la noche inaugural de un festival organizado por Carpentier.

Otro Wilhelm, el pianista Backhaus, observado por Carpentier, una noche de noviembre del 51: “luego del concierto vuelvo a verlo, a alguna distancia, en una pequeña boite done hemos ido a tomar algo, mi mujer y yo. La cara, tan lisztiana a la luz de las candilejas, ha vuelto a ser la de un industrial viejo, un tanto amarga, que conocí en París hace veinticuatro años”.

Carpentier se sienta a tocar un fragmento del padre Soler en un armonio del siglo XVIII, hallado en una pequeña ciudad de los Andes por el músico caraqueño, Freddy Reyna, lotiero a sus horas, gran coleccionista de instrumentos y juguetes antiguos. O bien sostiene, en junio del 53, una larga conversación con Heitor Villalobos, en una tasca cerca de la iglesia de los padres mercedarios. Se despiden, larga y emocionadamente, en la céntrica esquina de Veroes, de madrugada ya, ante el hotel donde se hospeda el brasileño.

 

Durante todos aquellos años Carpentier publica una columna en el diario El Nacional de Caracas: la llama Letra y solfa y mi madre la colecciona religiosamente. Letra: comenta novedades literarias europeas; Solfa: discurre sobre música, discografía, reseñas de conciertos, apuntes de sus profundos viajes por el interior de Venezuela, en compañía de Juan Liscano, poeta y folklorista, o de Antonio Estévez, compositor.

 Mi vieja intercaló en los cinco volúmenes del álbum, en cuya cubierta escribió Letra y solfa, programas de mano de los recitales y conciertos a los que llevaba a sus tres hijos y que Carpentier ha comentado. Mi hermano mayor, concertista, figura en algunos de ellos. El diario de Carpentier, leído en Bogotá, me ha devuelto a ese álbum, una de las pocas cosas que traje de Caracas, junto con algunos libros. Paso constantemente de uno al otro.

 Carpentier se torna melancólico y augural cada mes de diciembre. 26 de diciembre de 1951: “Esta noche cumpliré 47 años. Mi verdadera obra está aún por hacerse. Pero esa obra bulle en mí. […] Si no surgen escollos propios de la época para impedirlo, el año 1952 habrá de ser, literariamente, el más importante de mi vida”.

A Carpentier le gusta nadar. ¿En la alberca del Country Club, al que pertenecen sus amigos caraqueños? “A la hora del crepúsculo. Desde hace tres días el Ávila se tiñe de un verde enmohecido, absolutamente maravilloso”.

Hace meses hice mía esa imagen: de ahora en adelante será mi idea de Caracas. Nadar al atardecer, teniendo el Ávila a la vista.

 

Ibsen Martínez
Escritor y periodista. Ha publicado El mono aullador de los manglares y El señor Marz no está en casa.

 

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