Se vuelven policías en los vestidores de la estación. Ahí se ponen los uniformes, los hombres con los hombres, las mujeres con las mujeres. Salen emparejados.

El día inicia con pase de lista y revista. Cada policía debe lucir limpio, peinado, con las botas boleadas y los dientes lavados. Portan chaleco con identificación, gafete y placa con el número de empleado. Visten tocado, camisola y pantalón. Todo se los proporciona la Secretaría de Seguridad Pública dos o tres veces al año.

En la armería les entregan pistola, balas, cargador adicional y candados de mano (esposas). Todo debe estar numerado. En la fornitura, un cinturón especial, acomodan el equipo. El chaleco pesa tres kilos y con el protector casi cinco.

La bandera nacional también se custodia en la armería. Cada estación tiene la suya. Mientras la tropa se arma, el jefe confirma cuántos de los elementos están presentes. Quiénes son faltistas y quiénes vacacionistas. Dispone de 450 en total. A los ausentes se les castiga: cuando terminan su siguiente turno no pueden salir de la estación y les descuentan el día.

La estación vigila por cuadrantes. En cada uno debe haber una patrulla. Áreas con un promedio de 800 metros a la redonda, que abarcan comercios, bancos, centros comerciales, restaurantes, casas y oficinas.

Cuando el reloj marca las seis, los elementos recién preparados abandonan la estación y se agrupan en el estacionamiento.

—“¡Flanco derecho!” —ordena con un grito ronco y preciso el jefe de la estación.

Al unísono la tropa se forma. Frente a ellos se acomodan los mandos superiores. Silencio. Junto están el asta bandera y los ocho elementos de la banda de guerra.

El jefe continúa dictando órdenes. A la voz de “¡Ya!”, todos las ejecutan. Algunos portan armas cortas, otros largas. Depende de su servicio. Unos saldrán por tierra, otros en patrulla.

Cada paso es un desplante. “¡Firmes!”. Luego saludo. La mano debe llegar a la altura de la ceja. “Vamos a pasar con la bandera por favor”, me dice un policía. Soy la única que no está en formación. Otro da un paso al frente y hace sonar una corneta.

El himno nacional se entona cuando la bandera ya está en la punta del asta. La banda de guerra marca el ritmo, la cadencia, retumban los tambores al final de cada estrofa y el coro.

“¡Atención! La orden del día”, retoma el jefe con su voz rasposa y otro responsable de la estación comienza a leer a todo pulmón.

“Orden particular número […] Del día […]. Seña para hoy yoga, contraseña Yucatán […] mandos…”. Y comienza a enumerar nombres, conductas generales esperadas y conceptos que deben cuidar como no infringir el reglamento de tránsito, regirse bajo principios legales, con objetividad, eficiencia, honradez, respeto a los derechos humanos y sobre todo no estar con el celular en la mano: la ciudadanía se está quejando.

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Ilustración: Patricio Betteo

Todos mudos. Inertes. Algunos ojos agotados vagan. “¡En descanso!”, ordena el jefe y rompen formaciones. A cada oficial le entregan una consigna específica. Una hoja con horarios y misiones descritas. Se diseñan con base en incidencias anteriores, un suceso específico, un robo, describen características de algún individuo o cómo y dónde se cometió un delito.

También les designan un radio. Los de tierra lo amarran al chaleco. En las patrullas lo instalan al centro, junto al mando del aire acondicionado. “Perdón, está lloviendo, ¿bajo la bandera, señor?”, pregunta un oficial al jefe que responde afirmativo.

Las parejas ingresan a su patrulla, su unidad. Los del turno anterior les ceden el mando. Son 12 horas de guardia por 24 de descanso. Para algunos más. La barra de luces siempre debe estar encendida.

Rojo, azul, rojo, azul. Iluminan todo a su alrededor. Cualquier decoración personal está prohibida. Con un tag cargan gasolina y lo paga la secretaría. Accidentes o errores mecánicos corren a cargo de su fortuna.

Por una frecuencia se comunican las unidades a nivel local. Por otra, los altos mandos de la ciudad. Usan claves e indicativos. R10, enterado. R13, radio. K4, salir del lugar. Z4, golpes o riña.

Algunas parejas han estado juntas por años. Son casi hermanos. Saben lo que comen, angustias, mañas, romances, enfados y ronquidos. Cada seis meses deben someterse a un examen de control y confianza. Los más jóvenes llegan recién graduados del instituto. Entran por curiosidad, por familiares o por carencias. De cada 100 que intentan ingresar quedan 70. La mayoría reprueba el examen psicológico. También hay veteranos. Se retiran alrededor de los 65 años.

El chaleco nunca se lo pueden quitar. Dentro de la patrulla es incómodo. También afuera. Cuando hace calor, peor. Las unidades comienzan a rodar, a barrer su polígono. La sirena se enciende cuando hay una emergencia.

Deben transitar atentos. Fiarse de sus instintos. El que se ve tranquilo puede ser agresivo. Las patrullas están equipadas con GPS y vigiladas con cámaras. También graba sonidos. Desde un escritorio en la estación y otros centros de mando las vigilan. Se monitorean al igual que las distintas redes sociales y las cámaras de vigilancia de las calles. Saben cuándo hubo agresión o abuso.

Comienzan por las entradas de escuelas, bancos. Luego se desplazan a puntos vulnerables, de conflicto. Atienden bloqueos, marchas (son más de seis mil al año).

Ante un sospechoso, toman medidas preventivas. A quienes encuentran bebiendo en la vía pública, drogándose en parques, orinando o tirando basura los remiten con un juez cívico por haber cometido una falta administrativa. Robo a transeúnte, a casa habitación y de vehículos son delitos de todos los días. Los detenidos tienen que ser llevados al Ministerio Público.

En la estación de policía no hay comedor. Ante el hambre deben detener su patrullaje y comprar algo. Las unidades van rodando, los policías intentan detectar lo que esconde la oscuridad. Los transeúntes voltean, las luces molestan a sus ojos. El propósito es que la gente los pueda identificar. Cada vez más, a lo lejos, el sol se asoma.

Cada minuto puede significar peligro. Los delincuentes los conocen y buscan. Su ventaja es el factor sorpresa. Dentro de cada patrulla la radio no deja de sonar. Las estaciones de música comercial están prohibidas o no escucharán los llamados de emergencia. Ninguna patrulla está blindada.

 “El mayor riesgo es no saber lo que depara, lo que está a la vuelta de la esquina”, me dice un oficial antes de dirigirse al siguiente objetivo del día. “El ratero de antes, el mal vestido, es hoy uno de traje que también anda robando”. Asegura que los mitos han cambiado e insiste que lo acompañe por una una torta de tamal (guajolota), “la mejor de la zona”.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

 

7 comentarios en “06:00
Patrullando la ciudad

  1. Gracias, Teresa. Con tu excelente prosa no solo me hiciste vivir el inicio de la jornada, también ver a los policías como los seres humanos que son

  2. La realidad es que los oficiales de seguridad y transito también son personas que sienten y sufren.

  3. Un relato muy entretenido en el cual nos hace ver lo organizados que este grupo es, que son personas que están a la orden y resguardo de nuestra seguridad lo cual debemos agradecerles siempre.