Diez de las ventanas del Palacio Nacional reflejan la luz artificial de los candelabros. Los guardias lucen marciales, aunque un poco desvelados.

Es la hora en la que de la estación del Metro salen los trabajadores que van rumbo a Santo Domingo, a las calles Cinco de Mayo y Tacuba, Madero, 16 de Septiembre, 5 de Febrero, Pino Suárez y 20 de Noviembre. La salida que da a la Catedral comienza a hervir con hileras de adultos y jóvenes que estarán al menos ocho horas en alguno de los comercios que tienen las cortinas abajo. Sale una mujer con una sudadera rosa e interior de peluche. Da pasos cortos y veloces. Un joven se detiene en el improvisado puesto de periódicos que atiende una mujer como de 50 años y pide un cigarro. Tres hombres con mochilas, gorras y botas de construcción caminan hacia la Plaza del Seminario y se sientan en una banca. Esperan al “ingeniero”. Un adolescente aparece por las escaleras con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

Su vestimenta tiene rasgos comunes. Las mujeres llevan pantalones de mezclilla ajustados, chamarras de poliéster, tenis o zapatos bajos, bolsos grandes de tela o de imitación de piel y una pequeña lonchera. Los hombres usan sudaderas o chamarras de mezclilla, algunos con pantalones amplios y otros ajustados, tenis, gorros tejidos y mochilas de colores oscuros. Los tacones y los trajes todavía no aparecen.

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Ilustración: Patricio Betteo

La Catedral está cerrada pero los campaneros tañen las campanas centenarias cada tanto.

Es una de las pocas horas del día en que las banquetas lucen despejadas. Las jardineras están limpias. En cada uno de los cuadrantes de la Plaza Mayor hay al menos una persona barriendo y jalando un carrito gris con tonos rosas.

Los primeros en llegar para “buscar el pan” son dos boleros de cajón. Uno atiende a una señora y el otro a un caballero que se recarga en la reja de la Catedral con aire de tener todo el tiempo del mundo.

En la esquina de Monte de Piedad, el señor Víctor vende postales (12 pesos) desde hace 30 años y revistas (60 pesos). En su puesto de lámina se pueden adquirir antiguas imágenes de la Catedral, el Zócalo, el Palacio de Bellas Artes, de cantinas tradicionales y retratos de iconos mexicanos como Madero, Zapata, Villa, Frida Kahlo, entre otros. Los paisajes son color sepia y los rostros aparecen en blanco y negro. Entre las revistas que oferta: Arqueología Mexicana y Relatos e Historias en México. Cada una de ellas “con temas muy interesantes”.

En la Plazuela del Marqués (Guatemala y Monte de Piedad) el señor Andrés lleva 40 años ofreciendo sus servicios. Es albañil. Sabe colocar azulejo y loseta. Forma parte de esa enigmática hilera de desempleados que despliegan pequeños carteles en espera de una oportunidad. Recuerda cuando “por ahí” pasaban los camiones que iban para la Villa, cuando “todo era más bonito”. Hoy sólo ve “edificios arrumbados que nadie recupera”. Si la lluvia no lo corre cumplirá su horario de 7:30 a 15:00 horas.

Entre Cinco de Mayo y Tacuba los comercios todavía están cerrados. Nadie está formado en el Monte de Piedad. Las joyerías que por la tarde se enorgullecerán de sus anillos de compromiso y relojes de moda, no tienen más oferta que una cortina de hierro.

En el Portal de Mercaderes, en la esquina donde estuvo el popular Café El Cazador, una familia de turistas espera un taxi. Tienen un vaso de unicel en la mano y sus maletas rozando las piernas. En este tramo tampoco se ha comenzado la vida. Ni joyerías, ni sombrererías abiertas. Según los cronistas no había hora del día en la que en el Zócalo no se escucharan los pregones de vendedores de todo tipo. Hoy ya nadie pregona, todos pasan con prisa. La puerta de la Asamblea de la Ciudad está abierta: sólo vigilantes y personal de limpieza están disponibles.

En el lado que ocupa el edificio del Gobierno de la Ciudad de México la recepcionista apenas acomoda su bolso y los encargados de seguridad dan instrucciones a quienes han llegado temprano. “Pase de este lado. No puede estar entrando y saliendo”. Al cruzar la calle, en las oficinas de las secretarías, en el también nombrado edificio gemelo, hay menos movimiento que en el resto del Zócalo. Los vigilantes platican en voz baja y observan a los caminantes.

El asta no tiene bandera. La plancha del Zócalo está tapiada debido a una remodelación. La antigua y verdadera base que mandó a poner Santa Anna para un fallido monumento —y por el que la Plaza Mayor también tomó el nombre de Zócalo— ya no puede observarse, ha sido cubierto por un sofisticado cemento. Debajo de todo lo que están removiendo las excavadoras quedan las huellas de Tenochtitlan, de la traza principal de la ciudad, del mercado El Parián, de un espacio arbolado, de los tranvías de mulitas y de los eléctricos, de un estacionamiento, de las manifestaciones y de las sombras de quienes toman la plaza pública como un lugar de paso o de encuentro cotidiano.

Son casi las ocho. Por fin va despertando el centro tradicional del poder.

 

Kathya Millares
Editora y periodista.

 

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El Zócalo