La gente va y viene frente a la virgen de la Central del Norte, y uno piensa siempre en los enjambres de hormigas negras. Por estos pasillos, dispuestos en un área de 69 mil metros cuadrados, circulan 15 mil personas en un día de poca afluencia. Pueden transitar más de 25 mil al comienzo o final de las vacaciones.

La Central es un lugar repleto de embarques y desembarques. De adioses y bienvenidas, y también de nada: de gente que camina sin hablar, como sobrecogida.

Unos cuantos pasajeros han arribado hoy a la ciudad. Como en todas las estaciones de autobús, muchos de ellos tienen un aire desorientado. Pasa un hombre con el sombrero puesto, que carga una caja de cartón amarrada con un mecate. Entra en la ciudad como si temiera perderse.

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Ilustración: Patricio Betteo

Un tumulto proveniente de los andenes ingresa en la sala de llegadas, la pasa de largo y se dispersa en una especie de coreografía: hacia los baños, que son automáticos, ya que liberan la puerta-jaula-torniquete de gruesos tubos de acero al recibir cuatro pesos; rumbo a la oficina de resguardo de equipajes; a alguno de los kioscos de taxis autorizados; a realizar una compra de emergencia, como un refresco, un cepillo de dientes, una revista, el periódico o unos kleenex, o directamente hacia la luz que proviene de la salida principal y marca la frontera entre este espacio autónomo y la Ciudad de México.

Me quedo de pie justo antes de llegar a esa gran puerta, al centro de las dos alas que se extienden a derecha e izquierda para albergar 35 líneas de autobuses, cada una con una docena de taquillas expendedoras de boletos en las que hay al menos cinco personas nerviosas esperando turno: algunas revisan su reloj de pulso y luego fijan su mirada en los monitores que indican los horarios de las corridas.

Hay grandes bultos, carriolas, jaulas de mascotas, maletas de todos tamaños esparcidas por el suelo. Estoy debajo del hexágono que marca el punto más alto del edificio, a un lado del módulo de café, frente a una tienda de regalos y un expendio de tamales y atole. Por doquier hay gente tendida en el suelo, recargada, sentada o usando su equipaje como almohada, suspendida en la cárcel de una espera indefinida. El camión puede salir en un par de horas o, como en el caso de los que viajan a la frontera norte, en un par de días.

Uno que otro desbalagado se apresura, incluso corre, cargando una pequeña mochila, porque su autobús está a punto de partir. Sin embargo su impulso se verá detenido al llegar al módulo de revisión, antes de ingresar a la zona de andenes. Es preciso colocar el equipaje en una banda para que éste sea escaneado por los oficiales que se encuentran al pendiente de un monitor; caminar de uno por uno a través de un arco y someterse luego al somero escrutinio de otro oficial que pasa una paleta detectora de metales por el cuerpo de los que pretenden abordar un autobús.

Los bultos son de formas y tamaños irregulares (bolsas de lona amarradas en un extremo, gigantescos envoltorios transparentes repletos de objetos de plástico de colores vivos, canastas, costales, macetas) y tantas veces suena la alarma sin que los oficiales hagan nada que este ritual parece más un trámite absurdo que un filtro efectivo.

Siento, por las viejas máquinas tragamonedas, por las idénticas tiendas de servicios, por las descoloridas estaciones de boleros de zapatos y por las maltrechas sillas de las salas de espera, que aquí no ha pasado el tiempo y seguimos instalados en la década de los setenta, cuando esta y otras dos centrales camioneras (la TAPO y la de Observatorio) fueron inauguradas en la Ciudad de México para dar orden al caos que provocaban las 127 oficinas de autotransportes desperdigadas en distintos puntos de la urbe.

¿Cuántas historias habrán pasado por estas puertas? Ni siquiera tengo tiempo de pensarlo, un nuevo enjambre de gente que camina sin hablar, como sobrecogida, me obliga a quitarme del paso.

Miro a los nuevos pasajeros. Viajaron toda la noche, jamás sabré para qué, y ahora se pierden en la ciudad enfebrecida.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

 

2 comentarios en “08:00
Central del Norte

  1. Seguramente hay otro sentido en la frase “El camión puede salir en un par de horas o, como en el caso de los que viajan a la frontera norte, en un par de días.”, y es posible que se refiera al tiempo que falta para que los viajeros lleguen a su destino: pueden ser una horas, o hasta dos días de viaje si van a la frontera.
    Muy interesante la postal, muy interesantes observaciones de quienes no sabemos de dónde vienen ni a dónde van pero están en un centro no-lugar, un sitio de arranque o llegada. 🙂