Dicen que en las ventanillas de trámites quedan varados los que no irán al infierno, pero tampoco han hecho méritos suficientes para ir al cielo. La religión llama a esto Purgatorio. En términos administrativos podríamos hablar del Registro Público de la Propiedad y de Comercio.

Son las nueve de la mañana y aquí debería haber un cartelón que dijera: “Abandonad toda esperanza”, porque la gente que llegó temprano con la ilusión de no tener que pasarse la mitad del día “haciendo cola” se va a llevar un fiasco. Todo se desmorona desde el primer filtro, en donde el policía de la entrada orienta al recién llegado sobre la primera “cola” que debe hacer para que lo atiendan: la de Informes.

“¡¿Toda esta fila es apenas para informes?!”, exclama una mujer, señalando a un grupo de 50 personas que, separadas por unifilas, conforman una serpiente de desolación.

Ella y el hombre que la acompaña siguen la línea con intención de formarse, pero la fila sigue hasta una escalera, donde baja y termina dos escalones antes del sótano.

Los ciudadanos que buscan corregir, actualizar o regularizar algún predio o inmueble deben esperar a que un funcionario se acerque a ellos para canalizarlos a otra fila, de acuerdo con el trámite que van a realizar.

07-tramites

Ilustración: Patricio Betteo

“Un folio real”, dicen algunos y el empleado los envía al primer piso, con “pago original, formato original y copia de identificación”.

Aliviados, los que van por ese trámite salen de la fila. Pero sólo para hacer otras dos: la del banco y la de las copias.

El banco más próximo está sobre Paseo de la Reforma, a dos cuadras grandes del Registro (que se ubica en la calle de Villalongín, colonia Cuauhtémoc). El contribuyente debe pagar 200 pesos por el documento membretado y sellado con el folio real de su inmueble, pues la oficina del Registro no recibe efectivo. Más tarde hay que ir a la única papelería cercana, cuyo local consta de poquísimos metros cuadrados. Ahí las personas que necesitan una copia de su identificación hacen otra fila que se extiende por la acera.

De regreso en el Registro, los solicitantes ascienden al segundo piso por unas pequeñas escaleras eléctricas. Un policía le indicó a uno de ellos que debía subir a “la unifila”, pero en el letrero con esa palabra no hay fila alguna. Ante la confusión, el usuario se acerca a una funcionaria para preguntarle en dónde la atenderán. “Si le dijeron unifila es unifila”, responde la empleada.

Resulta que la fila de “la unifila” es otra, y el trámite de folio real no se hace en ésa, sino en la fila contigua. Los usuarios se van separando según el documento que necesiten tramitar, pero cada “cola” se compone de al menos 30 personas.

—¿Lo puedo molestar si me lo aparta tantito? Sólo un minuto en lo que voy por algo —suplica un hombre a otro.

—Tengo hambre —dice un niño a su abuela.

—Ya nada más que termine esta fila —responde ella—. ¿Me esperas un ratito así de chiquito?

El niño asiente, pero deberá esperar que pasen al menos 15 personas más.

¿Cómo eran las filas antes del teléfono celular? Sólo recuerdo gente abanicándose con fólderes y documentos. Hoy, la mayoría teclea en sus teléfonos. La tecnología no logra, sin embargo, arrancar a los solicitantes ese aire de hastío y resignación.

Un usuario me cuenta qué vino a hacer aquí. Vive en un condominio de 400 departamentos, cuyas cuentas de predial aparecían con la misma dirección, sin especificar la torre ni el número del inmueble. Acudió a la delegación para registrar la dirección completa de su departamento, y allí empezó un viacrucis que lleva un año de duración: de la Gustavo A. Madero a la Tesorería Central (Catastro) en la colonia Doctores; de ahí a la oficina de Sullivan e Insurgentes y de regreso, en un ping-pong cuyo último tiro lo mandó al Registro Público de la Propiedad, porque en el Catastro cambiaron arbitrariamente el domicilio de los 400 departamentos.

—Los tiene que traer acomodados así y engrapados, señorita —le reclama a una chica una empleada de la ventanilla.

—No lo sabía y no tengo grapas —se excusa ella.

—No hay problema, se lo comento para la próxima vez.

Nadie espera venir una próxima vez.

Aburridos, los tramitantes resoplan, cambian de pie. No sé si se abanican. Miran con hastío sus teléfonos celulares.

El Purgatorio, pues.

 

Claudia Altamirano
Periodista.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>