Junto a las oxidadas vías del tren se extiende un muro gris y una reja azul cielo. Con fuerza toco una puerta. Sólo ladridos responden. A lo lejos, una camioneta que dice “Emergencias” se acerca.

Dos hombres viajan al frente. Uno, de espalda ancha y brazos fuertes, se presenta como Julio. Es buzo, lo acompaña su asistente. Lleva más de 33 años sumergiéndose y reparando el cauce de las aguas negras.

“Todo esto es el Gran Canal”, Julio señala detrás de la reja. Parece una carretera desolada que atraviesa la ciudad. Tubos gigantescos, como gusanos jorobados, salen de un lado y se clavan al centro del pavimento. Toca la puerta con fuerza. Estamos en una de las plantas de bombeo.

Cuando los perros se callan, Jorge, el operador, aparece y abre la puerta. Al igual que el río de la Piedad y el río Churubusco, al Gran Canal también lo encajonaron. Jorge era niño cuando el río corría a cielo abierto con agua limpia. Ahí pescaba y agarraba ranas.

La población aumentó, construyeron más unidades habitacionales y el agua oscureció. Comenzaron a usarlo de basurero. Tiraban de todo, hasta autos. Cuando llovía se bloqueaba, desbordaba e inundaba las colonias.

Con la extracción del agua del subsuelo la ciudad se hundió y la gravedad dejó de ser suficiente. Las aguas negras comenzaban a salir de los retretes, lavabos, cloacas, y la gente demandaba al gobierno para que cubriera los daños. El olor también era detestable.

De San Lázaro a Ecatepec, en los más de 18 kilómetros de canal encajonado, hay 63 plantas de bombeo y chimeneas por donde respira el agua y agarra velocidad. Pasando el Reclusorio Norte el desagüe continúa una carrera subterránea por el Drenaje Profundo, a cientos de metros bajo tierra, para llegar a su destino final: la presa Endhó en Hidalgo. Ahí la utilizan para riego.

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Ilustración: Patricio Betteo

Julio me pide que lo acompañe al cárcamo. Una alberca profunda donde se acumulan millones de litros de drenaje de las colonias aledañas. Las aguas negras se transportan por un sistema de tubos subterráneos de distintos diámetros. Llegan del retrete, coladeras, lluvia, cloacas que salen de restaurantes y hospitales, que escurren con bolsas flotando, vasos aplastados, ramas, empaques y hasta una rata inflada de cola calva.

Todo está conectado y el agua siempre busca salida. Jorge, el operador, debe estar alerta. Cuando el agua del cárcamo rebasa un cierto nivel hay que encender el motor y comenzar a bombear con velocidad al canal. Lo repite cada hora, a ojo de buen cubero. De no hacerlo, litros regresarían y saldrían por calles y casas.

Unas rejillas filtran los residuos del drenaje antes de entrar al cárcamo. Jorge, con una pala, sube la rejilla, limpia lo que se va atorando y la vuelve a bajar. En una carreterilla empuja a un contenedor los kilos de desperdicios que encuentra.

Pero la basura delgada, la que no flota y otra más sólida se va quedando atorada. Llantas, troncos, rines, costales se quedan abajo y pueden llegar a dañar las bombas. Entonces Julio debe sumergirse y resolver el problema.

Jorge le explica que una de las rejillas no baja. Algo la atora. A simple vista es imposible concluir algo. El agua es completamente turbia y con varios metros de profundidad. Su constante movimiento genera gases y no para de burbujear. A menos de 10 centímetros ya es imposible visualizar algo.

Julio se prepara en la parte trasera de la camioneta. Su asistente le ayuda. Entra en un traje de hule vestido con sus pantalones de trabajo y camiseta debajo. Una sola pieza de pies a cabeza. Se cierra herméticamente para que nunca entre en contacto con el agua. Los guantes se sellan aparte. Con cinta canela. Para sacarle el aire, si no flotaría.

A la pieza del cuello le llama “la tapa de escusado” pues se asimila. La escafandra pesa casi nueve kilos. Por un micrófono y audífono se comunica con el asistente afuera. Su voz sale por una consola con altavoz para que lo escuchen todos.

El traje es de confección noruega. Diseñado para los trabajadores de las plataformas marinas que se sumerjen en temperaturas gélidas. Afuera del agua, Julio camina pesado y pausado. En la mano carga su herramienta: ganchos, palos, picos, cables. Como 80, 90 kilos encima.

Un arnés con mosquetón a la cintura lo conecta al cordón umbilical: tres mangueras y un cable. Una con aire, otra comunicación, profundímetro y línea de vida. La última es la más resistente, lo sujeta por cualquier emergencia. Cada tanque dura media hora. El asistente se lo suministra, sólo él puede leer cómo van los niveles. Llevan hasta 10 tanques llenos como prevención.

Julio se prende de los barrotes de la rejilla y Jorge comienza a bajarla. Cuando el nivel del agua le llega hasta el pecho Julio anuncia “¡alto!”. Debe revisar que el traje no esté roto. Que no le salga ninguna burbuja. Que él respire bien y si siente agua salirse rápido para parcharlo.

“Estoy bien sellado”, confirma Julio por el altavoz, “ya bájenme hasta el fondo”. Su asistente le va soltando la manguera conforme se va alejando. Tiene hasta 40 metros. Se sumerge y desaparece entre agua pesada, viscosa, con bolsas de mandado, de tortillas, ramas, un gallo muerto y flores marchitas. Sabemos por dónde se mueve por el rastro que dejan sus burbujas.

Julio trabaja a ciegas. Revisa con las manos. Toca, avanza y vuelve a tocar. No puede nadar como los buzos del mar. Debe moverse a gatas, de rodillas, agachado, arrastrado. El fondo es lodo. El agua siempre está en movimiento. Una llanta o un tronco pueden pasar y golpearlo. Ya está acostumbrado. En la cabeza, por el casco, no le pasa nada.

Lo peor es quedarse atorado, no poder salir. Va por un lado, luego otro, en los cárcamos hay varillas, su manguera se puede quedar atrancada. Entonces debe regresar jalando su línea de vida hasta encontrar el nudo y desatorarlo.

La lluvia llega cuando nadie se imagina. Entonces, los respiraderos del Gran Canal parecen volcanes de agua enfurecida. Los envases de PET, con tapa cerrada y rellenas de aire, viajan como proyectiles. Romperlas es casi imposible. En otra planta han recolectado hasta 100 kilos de PET en un día.

Las bombas son capaces de mover miles de litros cúbicos por segundo. Cada vez requieren más. Durante tormentas que inundan, los vecinos se acercan a la planta y gritan fastidiados “¡bombeen!”. Pocos entienden que no es el drenaje sino los kilos de basura compactada que anidan.

Algunos buzos han muerto, también operadores. Intentando destapar. Porque se electrocutan o caen al cárcamo y las bombas los rebanan. Otros se enferman, agarran virus, bacterias.

Hace unos años Julio hizo una revisión en la presa Mixcoac, el agua no se movía. Se encontró con que se atoró una rama, luego una botella, y otra, y así hasta compactarse tanto que formó una barrera tan gorda y fuerte que trajeron a expertos y tuvieron que dinamitarla.

Julio también se zambulle en al Gran Canal pero sólo cuando la corriente no está muy fuerte. Pueden formarse rápidos. Abajo está solo. Aunque es emocionante también siente miedo, es peligroso, nunca sabe con lo que se va a topar.

Un día lo cruzaron tres cadáveres. Ni idea de dónde venían. Algunos rompen las rejas de las chimeneas por la noche y avientan cosas prohibidas. Primero, los cuerpos se llenan de agua y se van al fondo. Después, los gases de la descomposición los regresan a flote.

Los cuerpos que caen por accidente y los reportan, Julio debe encontrarlos. Otros desconocidos, sorprenden flotando, pálidos e hinchados, abriéndose paso entre la inmundicia de la presa Endhó.

A un compañero de Jorge, cuando subió la rejilla, le apareció un soldado parado. Llamó a la policía. Lo interrogaron y liberaron hasta el siguiente día. Con el próximo cuerpo que se topó se compadeció y lo dejó seguir flotando.

Por las noches los indigentes se meten y duermen arrinconados sobre el canal. Intentan robarse el cobre y vidrio de las plantas de bombeo. Lo venden y con eso se drogan. Dejan botellas compactadas y reventadas. Por eso los operadores tienen perros.

 “Aquí hay algo”, anuncia Julio desde abajo del cárcamo, “un costal atorado”. Lo quita y continúa su recorrido. Por el centro, por debajo de todas las rejillas. Una llanta también obstruía.

Hace no tanto un indigente que se había instalado entre unos árboles junto al canal mató a su novia aventándola por un puente vehicular. Luego se metió por las rejillas y escondió el cuerpo en el cárcamo. La policía no daba con él. Los operadores tuvieron que señalarlo.

Julio anuncia que terminó la revisión y se vuelve a prender de la rejilla. Jorge lo sube. La rejilla obstruida ya no lo está. Julio abandona el cárcamo y su asistente comienza a enjuagarlo con agua, jabón y cloro. Poco a poco se quita cada pieza del traje intentando no contaminar.

“El agua potable y el drenaje son las venas de la ciudad”, me dice Julio con un cigarro y encendedor en la mano, “toda el agua la metemos y sacamos bombeando. Es caro pero nos mantiene con vida”.

En una libreta escribe la fecha, la ubicación y el reporte de los daños. Es para los jefes, explicarles lo que se atendió y de qué se trató. Luego cierra la cortina de la puerta trasera de su camioneta y arranca el motor. Debe seguir su camino. A otra estación. La ciudad siempre está al borde de la inundación.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

 

3 comentarios en “10:00
El canal del desagüe

  1. Gran, gran relato. Al tiempo que leía controlaba la nausea. Me he quedado con los pelos de punta al conocer un poco del submundo sobre el que se asienta la Ciudad.

  2. Me gustó tu relato de una parte tan desconocida pero de suma importancia para la ciudad. Sólo una aclaración, mencionas “Las bombas son capaces de mover miles de litros cúbicos por segundo”; Litro es una unidad de volúmen por lo que ya está implícito que son cúbicos. Saludos.

  3. Teresa, te aventaste un viaje en vilo entre ironía, desencanto, curiosidad implacable y descarada fidelidad a la materia. Qué ojo tienes: obstinado y filoso. Espero que nos compartas pronto otra odisea por el alucinado purgatorio en que habitamos, y que a duras penas queremos conocer. La inmersión en el desagüe es una piedra lanzada en las aguas muertas de la mente. Que los círculos se amplíen…

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