En 1676 la Real Aduana abandonó sus antiguas oficinas y se mudó a la Plaza de Santo Domingo, donde ocupó unas casas grandes y espaciosas que habían pertenecido al marqués de Villamayor.

La vida en aquella plaza, que hasta entonces solía ser empleada para la ordeña —la gente iba muy temprano a hacerse de baldes de leche espumosa— cambió para siempre.

Los comerciantes que llegaban a la ciudad y debían pagar impuestos o registrar sus efectos en la Aduana tomaron por asalto Santo Domingo. La plaza más grande de la ciudad, luego de la que hoy conocemos como el Zócalo, se llenó de recuas de mulas, de carretas cargadas de mercaderías, de gente obligada a esperar a que los lentos trámites fiscales se pudieran llevar a cabo.

Con aquellas mulas y aquellas carretas llegaron a la plaza unos personajes que hasta entonces prestaban sus servicios frente al palacio de los virreyes. La gente los llamaba los “evangelistas”, como a los apóstoles que escribieron aquel libro del Nuevo Testamento.

09-santodomingo

Ilustración: Patricio Betteo

En un tiempo en que poquísimas personas eran capaces de manejar los símbolos del alfabeto, los “evangelistas”, sentados en un banco, con las gafas caladas hasta las narices y echando mano de la pluma, la tinta, el papel: los chismes propios de su oficio —así los retrata Luis González Obregón en un libro célebre: México en 1810—, rendían declaraciones, extendían solicitudes, preparaban relaciones, documentos, oficios.

Practicaban, también, el hoy olvidado arte de la epístola: con un tabla sobre las rodillas, describían los celos, las cuitas, los amores mal correspondidos de sus clientes.

En 1855 Juan de Dios Arias los llamó “los secretarios particulares del público”. En Los mexicanos pintados por sí mismos dejó una muestra del tipo de carta que estos nobles caballeros solían escribir: “Ya te hicites el ánimo de dejarme (como si no tubieras Hijos que mantener) después, de yo sabe. Dios lo que el trabajo para darles de comer, y luego a ti también que nomás ocurres a mi cuando estás en la cárcel”.

En una novela corta ambientada a finales del siglo XIX, El evangelista, Federico Gamboa narra las transformaciones que los escribanos de Santo Domingo atestiguaron desde la oscuridad de los portales: las turbulencias del siglo XIX, la fuga de las carretas que colmaban la plaza, y la llegada, por ahí del año 1900, de “un enemigo invencible y sin entrañas”: la máquina de escribir.

Relata Gamboa:

“Primero, fue uno, de avanzada; y menuda gresca la que se ganó el que la llevaba, al desenfundarla y ponerse a recorrer su teclado; porque se trataba de una máquina de escribir, remozada y que sonaba a vidriera rota. Hubo carcajadas, silbos, malas palabras, amontonamiento de mercaderes y compañeros de oficio para contemplar de cerca cómo funcionaba aquel ‘chisme de hoja de lata’”.

En la novela, los “evangelistas” que miran aquel armatoste apuestan a que los marchantes del portal despreciarán la máquina, no picarán “ese anzuelo”. Pero están equivocados. Al poco tiempo llega otra “endiantrada” máquina, y luego otra, y luego tres de un golpe, y los “evangelistas” comprenden que, para que no los triture el Progreso, están obligados a volverse “progresistas”.

Así nació la imagen de los escribanos que aporreando una Olivetti terminaron por convertirse en clásicos del siglo XX. Santo Domingo sería durante la centuria siguiente la plaza de los mecanógrafos —y lentamente, también, la de los impresores de recibos, facturas, tarjetas de presentación, invitaciones de boda y de toda clase de papeles “chuecos”.

Me interno en la plaza preguntándome cuántas historias se habrán narrado bajo sus portales. González Obregón describió a una mujer “de falda blanca y rebozo colorado de bolita” que en 1810 narraba a un “evangelista” su historia de amor mal correspondido. Desde entonces, ¿cuántas vidas, cuántas palabras, cuántas páginas?

Los “evangelistas” continúan anclados en la sombra. Es como si una época entera hubiera quedado ahí. Los veo desde la distancia como un cortejo de fantasmas detenidos.

Pero ahora sí se los está llevando el Progreso con sus arqueológicas Remington, sus vetustas Olivetti, y con esos tanques de guerra llamados Smith Corona. “Ya nadie escribe cartas. Algunos días no viene nadie”, me dice uno de ellos.

En algún momento de esplendor y analfabetismo en los portales llegó a haber cien mecanógrafos. Hoy sólo quedan menos de diez y José González es el más antiguo. Pregunto por él. Lo encuentro mirando hacia el Palacio de la Inquisición un poco con la mirada perdida. Podría pasar por un fantasma que recuerda con nostalgia las recuas de mulas, las carretas cargadas de mercaderías.

Me cuenta que aprendió el oficio hace 50 años y que de entonces a la fecha ha consumido diez potentes máquinas de escribir.

—Escribí de todo, menos novelas, y mi fuerte fueron las cartas de amor —dice don José con una sonrisa y una pose de secretario particular del público imposibles de resistir.

Le pido que escriba una. Él teclea rabiosamente durante varios minutos. Lo hace sólo con dos dedos. Sin saber por qué pienso en Leñero, mientras el tac-tac-tac de la máquina parece un eco que vuelve de un mundo ya desaparecido. Los teclazos cesan al fin, y son como las pisadas de alguien que se detiene.

A esta hora atraviesan la plaza empleados de la SEP, clientes del Salón Madrid, señoras con bolsas, gente que visita Santo Domingo o la Inquisición, personas que preguntan precios en las imprentas y jóvenes de brazos tatuados que ofrecen a los transeúntes cualquier cosa: invitaciones, facturas, calendarios, tarjetas de Navidad, recetas médicas, colgantes publicitarios y dicen que hasta títulos falsos.

La carta va a costarme cuarenta pesos. Me imagino al “evangelista” que pudo haber visto González Obregón y me imagino al “evangelista” del tiempo de Juan de Dios Arias. Me imaginó también a don Moisés, el triste personaje arrasado por el Progreso de la novela de Gamboa.

José González me mira desde su máquina. Recibo mi carta. Dice así:

“Hace años que nos conocemos, usted sabe bien que soy tímido, su personalidad me cautiva, en forma callada ha ido incrementando mis sentimientos de amor. Lo que en principio fue admiración, amistad, ahora se ha trocado en un irrefrenable e inaguantable amor”.

—Nomás ponga arriba el nombre de la muchacha —me dice—. El efecto está garantizado.

Dejo un billete en el escritorio.

—También sé escribir cartas de despedida —murmura González.

Doblo la carta con cuidado y camino por Brasil entre el ruido de los coches, la música de las tiendas de ropa, las vociferaciones de una ciudad en la que ya no caben tantas cosas. Siento como si regresara a la luz luego de estar en un sótano lleno de objetos antiguos

 Lo que llevo en el bolsillo del saco es una tradición. Y tiene más de cuatrocientos años.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

 

3 comentarios en “10:30
Plaza de Santo Domingo

  1. Se le olvido citar a mi estimado Héctor que La Plaza de Santo Domingo durante muchos años fue parte del festivo barrio universitario y centro de la disputa intelectual entre facciones políticas…..además de otras y muy cachondas situaciones y lances que ahí concurrían y ocurrían, era pues el corazón mismo de la ciudad…….! Por cierto la parte más hermosa del México Colonial que aún queda…!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>