Sólo venía por unas tortillas, pienso a medio mercado mientras cargo dos bolsas repletas de comestibles. Es difícil no dejarse llevar por las tentaciones que ofrece un mercado de la Ciudad de México. En cada sección hay tesoros de lo cotidiano que precisamente por su condición —superflua, efímera— parecen volverse de pronto indispensables.

Aunque los puestos de frutas parecen más glamorosos que los de verduras (veáse el caso de pintores y muralistas mexicanos), los montones de brillantes y blancas cebollas, las lucientes calabazas alargadas y los redondos y rojos jitomates me han atraído siempre como imanes. Las gradaciones lorquianas del verde se antojan infinitas entre los chiles, los pimientos y los tomates. La gente parece que anda distraída, pero todo lo contrario, se encuentra profundamente concentrada, hipnotizada por lo que el escritor argentino Ernesto Sábato llamaba “una fiesta de la naturaleza en mitad de la ciudad”. Señoras que caminan con presteza hacia objetivos determinados, y eliminan de su lista mental los ingredientes que ya han obtenido; hombres de aspecto fatigado que acaso cargan los excesos de la noche anterior, y andan en busca de una birria o una pancita reconfortante en el oasis de los puestos de comida; trombas humanas que pasan entre la gente con “diablitos” cargados de huacales. Gritos, ruidos, el machetazo de los carniceros sobre la tabla.

Hay que decir que tantos colores aturden un poco. Entre la perfección geométrica de los mangos o los duraznos alineados, salta una piña, con toda su bella irregularidad, sobre un montón de ciruelas en una canasta circular. Es increíble la cantidad de formas y colores que hay en el mercado. Todas entonan una sola sinfonía: La posibilidad vegetal de la forma y el color. Debo aclarar que no me encuentro en un mercado especial, sino en uno común y corriente, que es el que me toca, en la esquina de Salto del Agua y San Juan de Letrán. No tiene el toque excéntrico que ha adquirido su vecino, el mercado de San Juan, sobre Ernesto Pugibet —construido en 1952 en lo que fueran las bodegas de la fábrica de cigarrillos El Buen Tono.

Ese mercadillo es famoso mundialmente porque en sus 300 locales (que son pocos, si se toma en cuenta que grandes mercados como La Merced, por ejemplo, tienen tres mil) se ofrecen rarezas exquisitas: carne de tigre, de jabalí, de búfalo; quesos curados de oveja de muy alto añejamiento; embutidos finísimos, de Jabugo, por ejemplo; cualquier verdura por extraño que sea su origen o cualquier producto del mar, ya sea mantarraya o anguila. Pero sobre todo, lo que no falta en el mercado de San Juan, son los ingredientes de algunos platillos prehispánicos, como hormigas chicatanas o escamoles o gusanos de maguey. Todo ahí es fuera de lo común y creo que podría satisfacer el gusto del más quisquilloso gourmet en busca de lo exótico.

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Ilustración: Patricio Betteo

Mi mercado, en cambio, al que he ido desde que tengo uso de razón, ya que de pequeño me mandaba mi madre con unos cuantos pesos apretados en la mano —justos para pagar las tortillas— es el mercado de San Juan de Letrán, que a mí me parece el más cercano al mundo terrenal. Recuerdo que a veces me quedaba mirando los juguetes de plástico y apretaba las monedas que llevaba en la mano, tal vez para vencer la fuerza magnética que las urgía a ser entregadas a cambio de un muñeco de El Santo. Llevo 40 años recorriendo sus pasillos. Muchos dependientes me llaman por mi nombre y me ofrecen al paso que pruebe una fruta o me informan cuáles son las verduras más frescas. Y, por supuesto, después de despacharme, me dan mi correspondiente pilón. Trato de no hacer mucho caso, pero heme aquí, de vuelta a mi casa con un montón de tesoros que el día de mañana se habrán marchitado.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.