Una visita hecha y derecha a la Basílica de Guadalupe debe incluir la lectura de la suerte con el canario, la compra de gorditas de maíz cacahuazintle y una foto en cualquier punto del recinto.

El canario puede predecir cómo le irá al interesado en el amor, la vida o el trabajo. Envidias y traiciones, personas que juegan con los sentimientos de los demás, sugerencias de números para jugar a la lotería, dolores físicos a causa de estrés o depresión. Oráculos escritos en español. Quien abre y cierra la jaula del ave estira la mano y cobra cuatro pesos por cada papelito, o 49 por el paquete más completo.

Las gorditas de maíz cacahuazintle son redondas y se envuelven en papel de china colorido. Cuenta la historia que este alimento tiene una larga tradición prehispánica que luego pasó a la Colonia. Sin importar el nombre del dios o la diosa, estas gorditas de maíz eran parte esencial de las ofrendas. Hoy siguen cerca de lo divino y cuesta 20 pesos el paquete.

Al pie del cerro del Tepeyac y a un costado del recinto a Cristo Rey hay dos escenarios montados en las columnas de las escaleras que llevan a la Capilla del Cerrito. En uno aparecen el retrato del papa Juan Pablo II, una imagen de la virgen de Guadalupe de casi dos metros de altura, una pared de flores artificiales y un caballo blanco de utilería. En el otro escenario, el fondo es la cascada donde aparece la representación de una de las cinco apariciones de la virgen a Juan Diego, una ofrenda de flores y una pila de sombreros de charro de todos los tamaños.

—Pásele, joven. Tómese la foto con su familia —invita Rodolfo Coronel Ramírez, uno de los fotógrafos que ha ejercido el oficio en este lugar durante más de 60 años.

En 20 minutos dos familias preguntan los precios y aceptan posar en alguno de los escenarios. Dos llaveros con dos fotos cada uno: 50 pesos. Una foto digital grande: 60 pesos.

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Ilustración: Patricio Betteo

Los menos entusiastas son los niños a los que acaban de derramar agua bendita sobre la pila bautismal. Uno da la espalda a la cámara, pese a que los brazos de su madre intentan controlarlo, y otro llora en cuanto lo colocan en el caballo blanco. Es tan pequeño que sus piernas no rebasan la silla de montar. Padres, madres e hijos mayores sonríen. En los adultos se observa la certeza de que ese momento no volverá a repetirse. Quieren atesorarlo de cualquier manera. Recogen bolsas y suéteres, y se dirigen al lugar en el que les entregarán el retrato. Las mujeres caminan casi de puntas al no poder controlar los tacones de sus zapatillas en el camino empedrado.

Detrás de una pequeña reja está el refugio y centro de trabajo de los integrantes de los Fotógrafos de la Villa Lado Poniente. Ellos portan una bata gris con su nombre bordado en el lado izquierdo. Y su competencia, los del lado oriente, visten un chaleco color caqui.

Quien lleva la voz cantante entre los fotógrafos con bata gris es Salvador Sánchez Serna. Ha trabajado en la Villa durante más de cuatro décadas. Según lo que sus antecesores le han dicho, la tradición del fotógrafo de la Basílica comenzó entre 1928 y 1934. De ese momento a la fecha la evolución tecnológica los ha llevado a experimentar con el ferrotipo, con otro proceso más complicado por el que se les conocía como “fotógrafos de agua”, con la Polaroid y con la fotografía digital. Aclara que nunca usaron cámaras de sistema análogo.

A Sánchez Serna el oficio le viene de familia. Su padre, originario de Guadalajara, trabajó en la Villa como 40 años. Se escapó del destino que sus padres le habían planeado: ser pianista reconocido. Al llegar a la Ciudad de México se inició como ayudante de otros fotógrafos en Tepito y luego en la Basílica. En este lugar conoció a su esposa. De las enseñanzas transmitidas de padre a hijo quedan “el respeto al cliente” y “el respeto a los compañeros”.

El visitante en medio de sus plegarias y agradecimientos se encuentra con estos personajes que le facilitan a la memoria guiarse por el papel en el futuro. “Nosotros no obligamos a nadie a que se tome la foto. Le ofrecemos nuestro trabajo para que el visitante acredite que estuvo en la Villa”. Ellos trabajan los 365 días del año, en turnos de 7:00 a 13:00 horas y de 13:00 a 19:00 horas. De los días soleados se cuidan porque “la resolana nos va dañando la vista; por eso usamos sombrero y lentes oscuros”. De los días con lluvia prefieren huir porque su equipo puede dañarse, “pero si hay alguien que quiera tomarse una foto salimos con el paraguas y se la hacemos”.

Para Salvador Sánchez Serna la vida de su oficio depende de dos cosas: de que ellos vayan al mismo paso que evoluciona la fotografía y del interés de los peregrinos o visitantes de alimentar el álbum familiar. Para la compra de sus nuevos artefactos tienen que dividir el costo entre todos los integrantes de la unión y luego guardar las aportaciones en una alcancía. Si el costo es muy alto recurren al sistema de enganche y de mensualidades. Y para llamar la atención de las personas cuentan con su experiencia y con la bendición de la melancolía. No faltará quien decida guardar el celular y posar para la foto del recuerdo.

 

Kathya Millares
Editora y periodista.

 

3 comentarios en “12:00
Foto en la Basílica

  1. La mayoría de las personas que vamos a la Villa siempre buscamos a los fotógrafos para inmortalizar nuestra visita a la Villa.

  2. Fui a la villa a pecar. Me tomé la foto de rigor, pero no comí mi gordita de maíz cacahuazintle. Muy buena crónica, extraordinaria idea de los editores de nexos: “cronicar” hora por hora los lugares, personajes y sucedidos de la ciudad.

  3. La crónica en extremo: imágenes hilvanadas una tras otra en una trama que de el templo, el cerro, el pajarito de la suerte, el fotógrafo hereditario. Estamos en los ojos de la cronista. Ella no necesita emocionarse. Para eso estamos nosotros sus lectores.

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