A la distancia, por sus puentes y torres estilizadas, el complejo de oficinas de Santa Fe me recuerda la caricatura de los Supersónicos. Altos edificios que se conocen por sobrenombres como La Lavadora o El Pantalón, o complejos corporativos integrales de empresas extranjeras alrededor de monstruosos malls, funcionan como referentes de este paisaje futurista en una ciudad que, en otros puntos, pareciera tener siglos de atraso.

En 400 años Santa Fe pasó de ser la comunidad utópica de Vasco de Quiroga en la época de la Colonia, de donde salía el agua más pura que llegaba a la Ciudad de México, a los inmensos arenales y basureros del siglo XX, salpicados de las ciudades perdidas en las que germinó la banda de Los Panchitos. Hoy lo que se respira en el ambiente de este enclave renovado del siglo XXI es soledad y tedio, y una de sus grandes paradojas es que a pesar de que alberga durante horas laborales a cientos de miles de personas, no resulta amigable con la gente. Los servicios de alimentos que ofrecen los centros comerciales, además de los muchos restaurantes que hay por los alrededores, no son suficientes ni adecuados para el nivel de ingresos de la mayoría de los trabajadores que pasan el día atrapados en esta isla de la vida contemporánea, rodeados de lujos inaccesibles a su bolsillo. Por eso las opciones alternativas han crecido exponencialmente: en los camellones es posible encontrar desde tacos de canasta hasta chorizos argentinos, y en al menos una docena de esquinas estratégicas hay food trucks que ofrecen desde hace un par de años una variedad interesante de comida gourmet por menos de 100 pesos, que es el tope diario máximo del presupuesto de muchos oficinistas.

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Ilustración: Patricio Betteo

Transportarse por Santa Fe tampoco es fácil: las distancias son demasiado largas para caminar y el tropel de autos es tal que fácilmente se enfrasca en embotellamientos absurdos para recorrer un par de calles. Un estudio de movilidad realizado en 2015 por la ONG CTS EMBARQ México registró que al poniente de la ciudad hay un desplazamiento diario de 850 mil personas, de las cuales 87% ocupa su auto particular. Y aunque esto no sólo implica a Santa Fe, sí habría que tomar esta zona como punto de referencia porque es la más focalizada. El estudio destaca que cada uno de estos trabajadores pasa 2.6 horas en el tránsito para ir y volver a su oficina y gasta en ello aproximadamente 20% de su sueldo. Yo uso el EcoBus que sale de Balderas, y que por cinco pesos me deja en la Universidad Iberoamericana en una hora y 40 minutos. Pero este servicio no tiene ni una década: comenzó en noviembre de 2010.

Recuerdo que antes de que existiera el EcoBus no había otra opción que llegar en Metro hasta Tacubaya y de ahí tomar un “taxi de la muerte” colectivo que costaba 35 pesos, y en media hora de un recorrido cargado de adrenalina te llevaba a Santa Fe. Otro camino era subir a un autobús que hacía más de dos horas de camino.

A esta hora, sin embargo, no hay “taxis de la muerte”, porque éstos se rigen por la ley de la oferta y la demanda y las legiones de oficinistas ya llevan varias horas en la soledad, el silencio de sus escritorios. Para algunos, incluso, este es el momento justo de salir por un café. Por eso se les ve caminar en grupos, uniformados casi todos en azul o en gris, con trajes sastre las chicas, y los hombres en mangas de camisa con corbatas, llevando al cuello una cinta de la que cuelga un gafete de identificación en el que se lee: Tresmméxico, o Allergan, o Kua Mex Foods, o Williams Scotsman.

No hay razones para apresurarse porque en este sitio sólo existen tres momentos cruciales: la llegada, la salida y la pausa para comer.

El resto del día todo tiene un aire plácido, y sobre todo próspero, en estas calles hechas sólo para los autos —en las que abundan agencias que venden coches de lujo.

Alguno que otro solitario se acomoda en una banca, bajo la sombra de un árbol, y extrae de una bolsita de plástico un tupperware que contiene su almuerzo. Otro más opera su celular hasta que de pronto se le une alguien con quien comienza a cuchichear algo. Nada, sin embargo, parece tener verdadera importancia aquí abajo. Porque lo único importante parece gestarse allá, detrás de las ventanas, en las altas torres.

La calle es sólo el impasse que precede al momento de incorporarse otra vez a los lentos ríos de coches que al caer la tarde se alejan lentamente de la ciudad del futuro.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

 

2 comentarios en “12:30
Santa Fe

  1. naci y me crie en el pueblo de SANTA FE, y pues me gusto tu enfoque sin embargo dejas de lado todo lo que hemos perdido, con la llegada del centro comercial, ya que la mayoria de las familias de SANTA FE de alguna manera nos conociamos, tal ves en el mercadito, en la escuela, la secundaria, el kinder, el establo por la venta de la leche, los taquitos, por su celebracion en la iglesia, sus costumbres, su fiesta patronal, las reuniones d futbol, en fin una vida muy buena, muy feliz, vivencias de niños, de jovenes. y ahora ocupan nuestros espacios, nos reducen el transporte al pueblo de SANTA FE no nos veneficio el centro comercial y la zona residencial los impuestos de las viviendas subieron, por favor retoma la historia de la gente, del pueblo que vive que es feliz en SANTA FE.

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