Los niños salen del kínder del Instituto Ovalle Monday a las 13:30 horas, pero los padres empiezan a formarse desde la una. En la fila la mayoría son mujeres. En Guillermo Massieu Helguera, una calle del fraccionamiento La Escalera, hay seis escuelas: una de natación, dos jardines de niños, una primaria, una secundaria y una profesional; todo a una cuadra de la Unidad Zacatenco del Poli. Así que todos se encuentran “a la salida”.

Con sólo un carril para circular y dos más para estacionarse, esta calle forma parte de esa “ciudad estudiantil” ubicada en la zona de Lindavista, al norte de la Ciudad de México. Es un área residencial apacible, en la que los vecinos se han habituado al bullicio de los escuelas. Algunos, incluso, le han sacado provecho económico: hay puestos de fruta, de ropa, uniformes para los alumnos de la escuela de Homeopatía del IPN, locales de comida, un café internet, una enorme papelería y un expendio de agua potable en garrafones rellenables. El vecino que vive frente al Politécnico montó en su cochera un negocio de paquetes para graduaciones, con fotos y marcos para los diplomas. Otro más pegó una cartulina afuera de su domicilio: “barbacoa para llevar”.

A las 13:30 en punto se abre la puerta del kínder Ovalle Monday para que ingrese la larga fila que se ha formado en la banqueta. Esta es la primera escuela en salir en bloque, ya que los estudiantes del Poli entran y salen, de manera irregular, a lo largo de todo el día. Los locales de comida se llenan a esa hora. Un hombre que vende manzanas caramelizadas se acerca a la puerta para ofrecerlas a los pequeños. Los carros que pretenden circular por la calle deben esperar a que se acomoden las señoras que van llegando y se estacionan en diagonal, dejando la parte trasera del auto a la mitad de la calle. Deben esperar también a que salgan las camionetas de la acuática Nelson Vargas —a un costado—, y a que crucen las señoras con sus niños, que apenas les llegan a medio muslo. Un hombre intenta subir a su camioneta —bien estacionada— pero se lo dificulta el auto que está parado en doble fila. Los vecinos colocan garrafones, cubetas, cajas de cartón y botes de basura para evitar que los padres que van por sus hijos invadan “su” espacio.

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Ilustración: Patricio Betteo

Justo en la entrada del kínder hay un letrero grafiteado que prohíbe estacionarse porque la puerta no sólo es peatonal: por ahí salen los niños, los vehículos, y los chicos de nivel secundaria de la misma escuela, que saldrán hora y media más tarde. Sin embargo, todos los autos se detienen ahí para recoger a los niños. “El vigilante los deja siempre que no se bajen del carro”, explica Marisa, una mujer de 65 años que ha llevado niños a esa escuela por varias generaciones: sus hijos —hoy de 40 años— y varios de sus sobrinos, cuyas edades hoy van de 8 a 22 años.

Es mayo y el nivel de radiación solar es peligrosamente alto, así que muchos niños salen con sombrero y corren hacia el carrito de los helados. La colonia está arbolada pero los pirules no alcanzan a cubrir a todos del ineludible sol, por lo que algunas madres llevan sombrilla aunque el camino al coche sea corto. A esta hora del día y de sus vidas los gritos de quienes aún gozan el privilegio de no ser adultos son de intensa felicidad porque se encontraron a la salida a algún compañero o alguna maestra, “¡adiós, adiós!”. Igual de intenso es el llanto cuando los papás se niegan a comprarles algo.

Sólo 90 minutos después —tan pronto como se va la infancia— los ruidos en Guillermo Massieu se transforman en voces graves y grandes risotadas, en un chillido de nervios de alguna adolescente o en un estridente “¡no mameeeees!”, pronunciado por un joven que hace pocos años salía por esta misma puerta pidiendo un helado.

¡Cuántas cosas pasan en una sola calle! Algunos abuelos recogen a sus nietos. Aunque no bajan del carro, tardan en irse y los de atrás no logran avanzar. Los cláxones resuenan. Algunos eligen opciones más complicadas: un señor llega en una moto, la detiene entre los garrafones que “apartan lugar” y entra resuelto en el kínder. Más tarde sale con una bella rubia de cinco años, a quien pone un pequeño casco rosa. Se van sin el menor contratiempo.

Una señora viene a rellenar garrafones de agua, pero ni a ella se le permite estacionarse afuera del expendio, por lo que se para en la entrada de la Nelson Vargas y cruza la calle. El local está lleno, la mujer debe hacer fila. Cuando alguien intenta salir de la acuática la obligan a moverse, así que ahora pone el coche afuera del kínder, bloqueando también su entrada. Quizá no era esta la mejor hora para visitar esta calle. Un auto avanza en sentido contrario. Por si no hubiera suficiente ajetreo en Massieu Helguera, una pozolería cercana a las escuelas tiene una larga lista de espera.

A las 15:10 todo se ahoga en una efervescencia adolescente. La secundaria termina su jornada y una estampida se apodera de la calle. Los chicos la cruzan sin fijarse si vienen autos, correteándose, gritándose groserías. Algunas parejas van tomadas de la mano. El carrito de afuera ya no es de helados, sino de papas fritas. Aunque no hay nadie en doble fila ni estorbando, un solo carril es poco para tantos autos. Los padres aprovechan los minutos de parálisis para que sus hijos aborden los carros sin prisa. Nadie avanza pero nadie se queja, pues todos vienen a lo mismo. Una camioneta tras otra bloquean la salida de la acuática. Los locales y puestos están llenos de jóvenes que compran y se quedan charlando. Señoras que coinciden a la salida, aprovechan para ponerse al día.

Un hombre que fue por su hijo a pie va diciéndole: “Si no es con una carrera no vas a salir adelante”, y el chico no responde. Una mujer con discapacidad motriz, quizá enfermera por el atuendo blanco, le da la mochila a su hijo de unos siete años para que la ayude. “Llévate tu mochila, hijo, así no te me echas a correr”, le dice y me sonríe.

Después de las 15:30 la calma regresa a Guillermo Massieu Helguera. Ahora las aulas están vacías, supongo que las casas llenas.

 

Claudia Altamirano
Periodista.