Nadie viene a Chapultepec a esta hora. En este momento el bosque es más que nunca un bosque. Se fueron los deportistas que corrían o pedaleaban por el circuito; desaparecen rumbo a sus casas los alumnos que se “volaron” las clases. Quedan algunos novios entrelazados, algunas parejas que reman suavemente en el lago. Y quedan, sobre todo, grandes techos solitarios en los que el sol se filtra entre los árboles.

Desde lejos llega el murmullo apagado y monstruoso de la ciudad: el tráfico de Constituyentes, Reforma, el Circuito Interior, con su cortejo interminable de cláxones. Pero todo eso se difumina, se disuelve, en las copas de los truenos, de los ahuehuetes, de los liquidámbares.

Hay 105 especies de árboles en el Bosque de Chapultepec. Algunas han llegado desde lejos, atravesando el tiempo. Unas cuantas, incluso, lo habrán visto todo, esos años que Novo resumió en un relámpago: “Aquí los reyes aztecas, finos y civilizados, vivieron, se bañaron; aquí los adustos virreyes meditaron la conveniencia de transportar la ciudad a la firmeza seca de las lomas; aquí murieron los héroes niños bajo las balas del invasor; aquí Carlota escandalizó a las damas gordas de su corte de honor al madrugar para —¡Jesús mil veces, Carlotita!— montar a caballo; aquí Elihu Root, aquí don Porfirio, aquí don Pancho, aquí Obregón, aquí Calles (cuando Anzures: aquí vive el Presidente; y el que gobierna, allí enfrente), aquí Portes y Abelardo…”.

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Ilustración: Patricio Betteo

El Chapultepec que hoy conocemos fue diseñado por José Yves Limantour, el ministro de Hacienda de don Porfirio, para que la ciudad de México tuviera su propio bosque de Bolonia. El ministro había creado una junta, a cuya cabeza estuvo Miguel Ángel de Quevedo, y a la que le encargó embellecer el paraíso silvestre de la capital que, desde la muerte del trágico Maximiliano, había caído en el abandono. Bajo la supervisión de Limantour el bosque renació. Se le pusieron rejas, se sembraron cincuenta mil árboles, se trazaron nuevas calzadas, se le implantaron sólidas estatuas traídas de Europa, se le crearon lagos artificiales sobre los cuales se tendieron puentes colgantes, y se abrió una multitud de quioscos destinados a la venta de aguas frescas, tortas compuestas y diversas golosinas.

La inauguración sucedió en octubre de 1907 y la reseñaron todos los diarios: el Castillo, que en 1785 ordenó construir el virrey Bernardo de Gálvez, se iluminó por vez primera; del lago brotaron cascadas multicolores; canoas repletas de flores atravesaron las aguas, mientras la orquesta típica de Miguel Lerdo de Tejada amenizaba el espectáculo.

Espectros de aquel mundo se han quedado en el bosque y aparecen sobre todo en esta hora solitaria en la que sólo se escucha cantar a los zanates, los pinzones, los tordos, los mirlos, las tórtolas.

Hay una parte del bosque tomada por el comercio ambulante. Es una parte ruidosa en la que los vendedores ofrecen a gritos chicharrones y “cueritos” bañados con salsa Tabasco, y en la que se vende de todo: máscaras de luchadores, camisetas de futbol, chicles y cigarros de broma. Pero hay otra parte en la que a esta hora sólo grita el tiempo. Está en el obelisco escondido entre ahuehuetes que Ramón Rodríguez Arangoiti erigió en memoria de los cadetes caídos durante la invasión norteamericana de 1847.

Está en los desgastados relieves de la época prehispánica, labrados en las rocas del Cerro del Chapulín, que contuvieron las efigies de tres gobernantes mexicas —Moctezuma Ilhuicamina, Axayácatl y Moctezuma II—, y que el arzobispo Zumárraga hizo destruir en 1539 (hoy sólo queda la silueta, fantasmal, del último).

Y está también en la misteriosa Calzada de los Poetas, en donde se erigen los bustos —creados por Ernesto Tamariz, Ignacio Asúnsolo y José Santiago León— de los poetas favoritos del Parnaso mexicano: sor Juana, Manuel Acuña, Manuel Gutiérrez Nájera, Antonio Plaza, Manuel José Othón, José Joaquín Fernández de Lizardi, Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón, Juan Ruiz de Alarcón.

El sol se mueve en el agua verdosa del lago. La luz traspasa las ramas, y no se oye más que el viento. La belleza, como felicidad, es frecuente, según escribió Jorge Luis Borges. “No pasa un solo día en el que no estemos, al menos un instante, en el paraíso”.

En una de las ciudades más ruidosas, más pobladas, más grises del mundo, ese instante ocurre a esta hora en la quietud ancestral, milenaria, de Chapultepec.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

 

3 comentarios en “13:30
Bosque de Chapultepec

  1. Excelente publicacion, muchos detalles de la construccion del hermoso bosque de chapultepec!!!!!

  2. Héctor, me encantó!!! como todo lo que escribes incluyendo tu reciente libro. Todo, que no sea Vs @lopezobrador_ que se volvió tu obsesión