No es lo mismo dar el “changazo” desde el techo de una casa de una planta que de un edificio de seis pisos, me va diciendo el Chéspiro mientras abre la boca para embutir en ella un taco de chicharrón con aguacate. Sus manos son pequeñas, pero gruesas y resecas por el contacto continuo con el cemento y la cal. Le faltan casi todos los dientes de enfrente. Es chaparrito, pero de espaldas anchas, y renguea al caminar. “Es que tuve una caída fea”, me explica limpiándose la cara con la manga de su camisola caqui, de Pemex, rota y mugrosa. “No estudié, aprendí viendo, pero después de 16 años en el oficio uno sabe cosas”. Y es cierto: él es el maestro albañil, sólo da instrucciones y con su cuchara aplana la superficie del cemento fresco que media docena de muchachos vacía, cubeta a cubeta, sobre un techo cuadriculado de varillas de acero. Estos cuadros tienen 20 centímetros por lado, él mismo lo ha verificado con un flexómetro antes de comenzar el colado, que consiste en llenar esta superficie de mezcla.

De tanto en tanto, el Chéspiro sumerge el escantillón, que no es otra cosa que una varilla con una marca a los 11 centímetros para uniformar el grosor de la plancha. El colado se tiene que hacer rápido y no se puede parar la labor a la mitad. Así como se empieza, se debe de terminar. “Si no, no cuaja”, concluye el Chéspiro. El colado constituye una de las pruebas mayores de la albañilería, porque esa plancha unitaria de concreto armado será el techo de la casa.

Los muchachos suben caminando sobre un grueso tablón al que se han improvisado escalones clavando trozos de madera en forma transversal y que forma un ángulo de quizá 30 grados del suelo a la parte superior de los muros. Cada albañil carga no menos de 15 kilos de mezcla en cada viaje, tratando de acoplarse con pasitos cortos al ritmo que marca el tablón al pandearse por el peso. Luego baja de un salto hasta el suelo, para llenar la cubeta y subir de nuevo. Llevan un plástico amarrado a la espalda y una gorra, porque en el trayecto la mezcla salpica en todas direcciones y se escurre de la cubeta; eso y unas botas de hule o unos tenis rotos constituyen su equipo de seguridad industrial. No me extraña que en las estadísticas del INEGI se registre el de albañil como uno de los oficios más peligrosos en México. Ellos, sin embargo, no parecen prestar importancia a ese detalle, están poseídos por una especie de trance de adrenalina, y trajinan sin parar.

17-trabajando

Ilustración: Patricio Betteo

A la hora de la comida, cubiertos de sudor y salpicados de mezcla del pelo a los dedos de los pies, mientras recuperan la respiración y se acicalan un poco, bromean, se empujan, se pican las nalgas, dicen albures, se carcajean. Hoy no hay pulque, sino cervezas y cocacolas de tres litros. En una esquina, sobre unas piedras, han improvisado un comal sobre una tapa de tambor, y ahí fríen cebollitas, cuecen nopales y doran cinco kilos de tripa que trajo el patrón. Yo saco un kilo de chicharrón, un queso fresco y una docena de aguacates que he traído para convivir con estos personajes que me miran con desconfianza. Me doy cuenta de que en algunos rincones de la obra, entre herramientas y materiales de construcción, hay camas improvisadas con cajas de cartón. Algunos albañiles viven lejos, incluso en provincia, y se quedan a dormir aquí mientras dura la chamba, al menos de lunes a viernes. Vuelven a sus casas el sábado en la tarde, luego de cobrar la raya, y están de vuelta el lunes temprano.

Ahora que los vuelvo a mirar, sentados, sosteniendo un taco en la mano, masticando con la mirada fija en la pared que tienen enfrente, me preguntó a dónde van, qué hacen después de la obra, cómo reconfortan los músculos cansados.

“Es una chinga”, aclara el Chéspiro, “pero gracias a Dios trabajo no falta”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

 

Un comentario en “14:30
Hombres trabajando

  1. La noble labor de la albañilería, recuerdo que cuando construían mi casa mi papá me decía que les ayudará a los trabajadores porque así sabría valorar las cosas. Al final, no aguantaba y mi papá me mandaba por los refrescos.