“¿Qué buscas amiga?”, pregunta el que atiende el puesto de discos, “¿esposo o amante?”. El mercado de Tepito parece laberinto. Es mejor caminar por el centro de la calle. Sobre las banquetas esperan los raterillos que atracan y se esfuman. Son cientos las vecindades que les favorecen.

“¿Huevos de laúd?”, ofrece una mujer, cada uno en 10 pesos. “Proteína natural que con limón son el mejor afrodisiaco”. Un hombre medio tilico pide tres y los toma de un trago.

Las motos cruzan rápido. Las manejan jóvenes, la mayoría tatuados. La cerveza de barril y michelada con sales de sabores está de moda. Entre los toldos que ocultan el cielo aparece una torre y una cruz inclinada. Es la iglesia junto al Deportivo Tepito. Llegar es difícil, hay que descubrir la entrada entre puestos de correas y relojes.

Sobre el cuadrilátero del gimnasio “José, El Huitlacoche, Medel”, dos jóvenes inician un combate. Andan cerca del peso mosca. Junto con los gallos son la división favorita de Raúl, el entrenador de gimnasio. “Por su tamaño, tienen más técnica”, dice.

Los jóvenes se enfrentan con guantes y careta. Uno con camiseta, el otro a pellejo sudado. “¡Ya se cansó!”, grita el padre de uno desde su esquina. El cuadrilátero está elevado.

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Ilustración: Patricio Betteo

“¡Diez!”, silba Raúl desde abajo y su voz rebota por todo el espacio. “¡Tiempoo!”. Todos descansan. Un minuto después regresan los impactos de guantes, costales y exhalaciones alrededor del cuadrilátero. Raúl venda a los que van entrando, también quita los guantes de los que quieren ir al baño.

Los más pequeños refunfuñan de cansados. Sobre los muros blancos del gimnasio cuelgan retratos de grandes boxeadores mexicanos y de orgullos de Tepito. Beto Ojeda con sus trofeos. Mantequilla Nápoles saludando. Rodolfo Martínez, el Famoso Gómez, José Jiménez, el Ratón Macías. Julio César Chávez sobre hombros y con el cinturón en la mano.

Kid Azteca en guardia, se inclina sobre la puerta de entrada. Visitaba el gimnasio cada 4 de octubre, fiesta de aniversario. Llegaba de traje, siempre elegante. Le gustaba platicar con Enrique García, campeón nacional. Como ya estaba viejo caminaba despacio, tomaba del brazo a Enrique para poder seguirle el paso.

“¡Tiempoo!”, vuelve a exclamar Raúl cronómetro en mano. Los jóvenes bajan del cuadrilátero y se quitan la careta. La madre de uno, con papel de baño, le limpia gotas de sudor y sangre. Tiene 14 años, es el único que no es del barrio. Viene desde Huehuetoca con su familia. Allá no encuentra rivales. Sus padres prefieren llevarlo a entrenar a que sea un vago.

Frente al espejo los pequeños aprenden a definir su sombra. Se ven, tiran golpes, piensan estrategias, delinean su victoria. Una decena de guantes apilados esperan en una esquina del cuadrilátero. Cada quien debe llevar sus vendas. La mensualidad está en 64 pesos.

“El boxeo es un baile”, explica Raúl a otro joven mientras le señala dónde está el error de sus pasos. A los buenos golpes los evidencia su sonido. Rectos, directos, sólidos. Los boxeadores deben pensar. Saber leer lo que viene, adelantarlo, evitarlo, mantenerse alejados, en guardia. Siempre hay que estar preparado pues el golpe que tumba es el que no se ve.

“¡Vamos!”, grita Raúl y comienza otro round. “¡Eso! ¡Gancho!”. Dos niños cruzan la puerta y comienza a vendarlos. Tienen 12, uno va a la secundaria y el otro abandonó la escuela. Llevan un mes entrenando. La administradora les permitió asistir a clases sin pagar, no quiere que anden rondando las calles, enviciándose.

Calientan corriendo alrededor del cuadrilátero y saltando la cuerda. Después costal, pera loca y pera fija. La última falta, la semana pasada se metieron y la robaron pero la nueva está por llegar. Luego abdominales y si se quieren rifar, suben minutos a boxear.

“¿Les doy agüita?”, pregunta Raúl a los muchachos al terminar el round. Uno por uno pasa y les da de una botella. De lejecitos, evitando que sus labios toquen. “Vente tú…”, reorganiza a las parejas. “Cruzado, cabecea, cruzado, cabecea”, explica y lo ejemplifica con las manos. Luego se quita el reloj y lo guarda en la bolsa. Marca lento cada movimiento. Así deben repetirlo, con sufriente práctica mañana saldrá rápido. 

Raúl también es de Tepito. De chiquillo, el mercado sólo se montaba los sábados y domingos alrededor de la iglesia. Vendían ropa usada, vieja. Eran puros ayateros que compraban en las casas y revendían. También arreglaban camas. De latón, bases. Las pintaban, reconstruían y ofrecían como nuevas.

Él jugaba futbol en el ahora bautizado Estadio Maracaná cuando sólo era un terreno baldío con porterías de palos. Raúl dejó la secundaria y comenzó a entrenar en el extinto gimnasio Gloria. Dos veces ganó el torneo Guantes de Oro. A los amigos que le llamaban “joto” por no fumar mota en la azotea los dejó callados. A los 18 debutó como profesional.

Cuando se retiró llegó al gimnasio. Finito López lo llamó. Ahí hicieron 10 defensas del campeonato del mundo y se quedó. Han pasado 26 años. Al principio no le pagaban. Ahora sí, pero sigue siendo poco. Durante algunas horas debe moverse a la Condesa, allá pagan mejor. También es comerciante, tiene una zapatería.

Coronar le ha dejado billete. Como a César Bazar, campeón del mundo. Se lo compró al Pinocho, antiguo entrenador del gimnasio. El Pinocho Gutiérrez. Raúl se quedó como entrenador pues estaba disponible durante un horario que El Pinocho no podía.

Alrededor el mercado creció. La gente comenzó a viajar a Laredo, compraban mercancía y las venían a vender. Así se fue haciendo la fayuca. Él también fue fayuquero. “El boxeo es pasión pero también negocio”, continúa Raúl mientras un pequeño se acerca y le pide que le vuelva a amarrar la agujeta de sus guantes, “los que llegan juntan, los que no, no. Somos muchos pa’ tan poco”.

“¡Tiempoo!”. Raúl inculca disciplina. Explica a unos chicos cómo moverse alrededor del costal y a hacer guardia. “Aquí, aquí, combinados y rectos cabeceados”, les levanta las manos, “¡dale!”.

Un bolero entra y Raúl voltea. Hace señas de que lo espere. Todos los días pasa a darle grasa. El hombre es mudo. Raúl ya sabe cuándo bajar el pie, cuándo cambiarlo. Sobre una mesa de madera se acuestan los boxeadores cansados y se masajean. Así relajan los músculos. Otro se ayuda del poste del cuadrilátero para hacer abdominales.

“Debes ser boxeador no ser fajador, ¿entiendes?”, grita Raúl a uno que acaba de subir al cuadrilátero, “el fajador dura poco y recibe más golpes, el boxeador es el arte del boxeo: pegar y que no te peguen”. Junto, un bebé comienza a llorar. Es su hermano menor que espera y ya está fastidiado.

Sobre la placa que cuelga en la puerta de entrada se lee “La grandeza de los hombres no se mide por las victorias obtenidas sino por los sueños alcanzados… sueña y siempre lucha por aquello en lo que creas”. Es un reconocimiento al fallecido Pinocho Gutiérrez, que aparte de entrenador era vecino del barrio.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

 

Un comentario en “15:00
Tepito

  1. Es una verdadera pena que se siga viendo a Tepito como hace 50 años, eso demuestra una sola cosa: la pereza para ver más allá de sus narices……

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