Es la costumbre: a una cantina se llega caminando. Entonces tienes derecho a una cerveza. De lo contrario algo comienza a salir mal: sentarse allí sin la sed suficiente. ¿De qué clase de hombres o mujeres estamos hablando? Caminé desde la colonia Escandón a paso de huesos fuertes y atravesé las colonias Roma y Doctores hasta el Centro Histórico. Tales pasos me llevaron a la calle Buen Tono la cual reconozco porque hasta allí se extiende el olor agudo de los pollos muertos. Estos cadáveres implumes se ofrecen al marchante y expelen un olor a miasma y a letrina. Crucé Lázaro Cárdenas y luego de zanjar unos metros observé y toqué el Palacio de las Vizcaínas, desde mi opinión el más hermoso edificio del periodo colonial, casi destruido. Alma y espejo ante mis ojos. Finalmente llegué a La Mascota, en la calle Bolívar. Elegí una mesa y tomé asiento antes de que un mesero de aspecto funerario, el más viejo y arrogante, me preguntara cuántas personas habrían de acompañarme. Tal es un cuestionamiento, en mi caso, difícil de complacer porque mis mesas, luego de que el tiempo camina, pueden verse rebosantes de personas, o no. El tétrico personaje me ordenó marcharme a la barra, pues le parecía un desperdicio dejar, en viernes, tres sillas desocupadas: un tercio de trampas en espera de su presa. En una cantina en la que no eres bien recibido los asientos se convierten en cadalsos y los comensales en mártires de la rapiña. Yo estoy acostumbrado a no ser bien recibido y a que mi aspecto desaliñado incomode a los bípedos implumes de cualquier clase social. Sin embargo, no puedo andar pregonando a los cuatro vientos que soy una buena persona y que todavía, en caso de ser agredido, puedo responder como los más severos cánones de la defensa lo indican.

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Ilustración: Patricio Betteo

Son las cuatro de la tarde y estoy en una mesita en el rincón de La Mascota. Algún samaritano se ha apiadado de mí y me ha ofrecido esa pequeña mesa desde la que puedo observar ampliamente el escenario. Me doy cuenta de que mi barba incipiente ha crecido. Recuerdo entonces que en su novela La mano cortada Blaise Cendrars narró que durante un mes en el campo de batalla, en la Primera Guerra Mundial, se afeitaba con vino pues los soldados carecían de agua en el frente. En cambio, les sobraba el vino. Me entran unos deseos enormes de afeitarme utilizando la espuma de la cerveza. Es un impulso idiota, pero genuino. Ante mí tengo un espejo y dada mi posición en la cantina y la creciente gritería o algazara de los comensales mi acto habría pasado inadvertido. Las cuatro de la tarde suele ser una hora discreta en la cantina, hemos sobrevivido a la mayor parte del día, la euforia aún no hace acto de presencia y las botanas se consumen con cierta parsimonia. Los meseros han asegurado su mínima ganancia, se han conformado y llevan a cabo su trabajo abstraídos y resignados a su suerte. La diferencia palpable es que estamos en viernes y la vida se transmuta: las “peores” personas se divierten este día y el vino fluye como un manantial que inunda la trinchera. Las paredes amarillas me recuerdan la tintura orgánica de los pollos muertos, y los ornamentos murales de color rojo provocan un contraste estridente e injusto para los ojos. A menos de un metro de mi mesa se ha reunido un grupo de oficinistas y su vocinglería opaca cualquier conversación. Uno de ellos es el encargado de detonar las risas y su mente no cesa de parir ocurrencias que suelta a los oídos de sus compañeros. Me pregunto, desde mi posición arrinconada, de qué intensidad será el sufrimiento de ese hombre cuando deja de ser el responsable de la alegría ajena. Incluso hace esfuerzos descomunales para que lo comprenda una sordomuda que forma parte del elenco y que sonríe atenta a todo lo que sucede a su alrededor.

Un anciano pertrechado con una guitarra intenta hacer valer su oficio, pero el ruido es abrumador, aunque la televisión se mantiene en silencio y el Español ha vencido ya al Granada dos goles a uno. La rocola se enciende de forma aleatoria y su sonido viola cualquier derecho humano a la tranquilidad. Un mesero, Pedro, y quien ha sospechado que quizás no sea yo un indeseable me ofrece amablemente algo de comer, mas yo sólo acepto un caldo gallego y una quesadilla. No deseo comer en un lugar donde el maltrato es moneda corriente. Las cinco de la tarde está a punto de sonar cuando descubro a un hombre de edad bastante seria comer engarzado en una camiseta de algodón. Recuerdo a mi padre cuando desde su recámara bajaba a desayunar a la cocina en camiseta y bermudas, y me tropiezo con la melancolía, probablemente el sentimiento más estúpido e inútil al que nos vemos sometidos los seres humanos. Antes de irme me exigen propina, no sólo Pedro —quien la merece— sino el garrotero. Por un momento temo que el hombre ocurrente de la mesa vecina me pida también una propina por hacer más placentera la tarde. La Mascota: la cantina más ruidosa del mundo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.