Manifestación en la Ciudad de México con las consignas de cajón y una que otra espontánea rima que tímidamente intentará volverse el nuevo jingle de la protesta.

“Se reporta una marcha en Eje Tal; vialidades alternas son tal y tal”.

Bienaventurados aquellos que tomaron sus previsiones porque tú ya te amolaste, atrapado en el simulacro de oficina/casa/butaca/sala de estar en que se convertirá tu auto.

Una marcha más, a la misma hora de otras cuatro que hay en diversos puntos de la ciudad. ¿Las causas de estas expresiones? Motivos sobran. Corte de agua en colonia, gasolinazo, matanza en Guerrero o Oaxaca, elecciones cuestionadas, reforma estructural (ponga aquí la de su elección), millennials disfrazados de zombies, otro periodista asesinado, diversidad sexual, México ante Trump, inocencia de Kalimba, defensa de la moral, conmemoración del 68.

21-marcha

Ilustración: Patricio Betteo

En México, hasta las causas que tienen un solo seguidor son capaces de generar embotellamientos. Ideas recurrentes:

“Maldita sea la hora que pasé por aquí”.

“¿Por qué diablos no me enteré de esta marcha? Maldita e inservible Ley de Movilidad. En teoría debía saber de ella desde hace 48 horas”.

“No quiero ni pensar si anda por aquí una ambulancia, una mujer embarazada o alguien que deba hacer un viaje importante”.

A la media hora, como marinero en puesto de vigía, sales del auto y miras al fondo de la mar del tráfico, esperando ver tierra a la vista. Sólo visualizas autos humeantes varados.

“¡Ya no llegué!”. Golpeas el tablero. “¡¿Qué estos cabrones no piensan en la gente?!”.

Un taxista, a tu lado, viejo lobo de estas batallas, te mira:

“No se enoje, déjelos que hagan su desmadre. Total, el gobierno no hace caso”.

Dicho lo cual, con un aire de relajamiento absoluto, apaga el motor y se pone a hojear un diario (deportivo, obviamente).

En medio del tráfico recuerdas esos días en que tú marchabas. “Seguramente crispé a muchos automovilistas. ‘Ni modo, se aguantan’, les decía, ‘mejor apoyen’”. Vuelves a verte corriendo en aquellos contingentes, gozoso, joven y bello, con esperanza en la causa y la vida.

El recuerdo te ablanda. “Está bien que la gente se manifieste. Es su derecho. Seguramente pasará pronto”.

20 minutos más tarde:

“Pinche bola de holgazanes. Hay gente que sí tiene obligaciones y que sale a trabajar y a partirse la madre. Cómo quieren cambiar a México afectando a los otros con estas chingaderas que no llevan a nada”.

Sabes que esto va para largo, una fila de vendedores pasa a tu lado —maestros de la oferta y la demanda— con agua embotellada, cacahuates, cocas, diarios, todo eso que saben sirve para matar el maldito tiempo.

La estación de radio actualiza el estatus de la protesta: es el mismo reporte de hace rato. Las marchas son el hartazgo de una ciudad hundida todo el tiempo en embotellamientos sin fin. En el tráfico diario todos somos el mismo nudo sin rostro.

“A ver, pinches manifestantes, si una máquina que fue inventada para correr kilómetros se queda encendida sin moverse un centímetro, es que algo anda mal”.

Algo te dice, sin embargo, que el problema no son las marchas, sino los coches; que la marcha que más atenta contra la ciudad es La Megamarcha que diariamente hacen los autos.

“No somos uno, no somos cien, pinches IMECA cuéntennos bien”.

Diez minutos más de tráfico. Hay un cambio de opinión:

“Tampoco me romantices las marchas. Ya están agotadas, son la pura catarsis, las acepta el gobierno y no logran nada, sólo nos confrontan. Oh no, y ahora me anda del baño”.

Las hélices de un helicóptero hacen sombra sobre tu auto y avanzan en dirección al bloqueo. ¿Serán los granaderos? Una sensación de justicia recorre tu ser, pero la reprimes.

¿O serán los del radio? ¿O los de Gobernación dando vueltas? Recuerdas un dato de la Secretaría de Seguridad Pública que te apabulla: de 2014 a 2015 hubo en la urbe siete mil 696 movilizaciones, con una asistencia total de aproximadamente cuatro millones de encabritados ciudadanos.

Marchar y los autos. Dos formas contrapuestas de estar en la ciudad.

Te vas escabullendo hacia las calles cercanas, finalmente logras escapar, claro es, hasta la marcha del día siguiente.

 

Iván Cadín
Periodista.

 

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