“Raúl, ¿sabes si los de El Tri tienen una rola que se llame ‘Atrapado en el Periférico’?”, pregunta mi compañero de trabajo, José.

Si la banda de Alejandro Lora se caracteriza por componer (es un decir) melodías de cualquier situación de La Vida Nacional, la tradición mexicana de ver cómo se va tu vida mientras intentas avanzar por el Anillo Periférico sería un tremendo hitazo musical que se le está yendo vivo al rocanrolero que grita a su mamá que prenda la grabadora porque etcétera, etcétera…

El máximo circuito vial metropolitano, que en otros tiempos fue triunfo de movilidad, hoy es un Anillo colapsado, como si el dedo que lo porta se hubiera hinchado, desparramando autos por sus bordes.

José y yo somos fieles creyentes de la idea romántica de un mañana por el que hay que trabajar y por ello intentamos cultivar una mística en este mundo de prisas y estrés. Optamos por compartir auto cada vez que podemos. Salimos del trabajo y vamos ahora a una clase que tomamos juntos.

“¿Qué dice Waze, cómo está el tráfico?”, pregunto cuando subo al auto de José.

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Ilustración: Patricio Betteo

“Jolínez, pero cómo creez que va a eztar. Hazta el gorro”. El forzado acento español supuestamente imita la voz femenil de la aplicación vial. Ya mexicanizado, continúa José:

“La tía me dará buenas noticias cuando me comunique lo improbable: San Ángel Inn despejado”.

El tráfico sobre Periférico se ve intenso. Debemos tomar rumbo al sur, unos 10 minutos más adelante de San Jerónimo. Le digo a José si no ha corrido por Periférico pasadas las 12 de la noche, donde hasta sientes que la vía fue construida para ti solito.

“¡Cuál 12 de la noche! Una vez un lunes a las tres de la mañana no sé a quién se le ocurrió cerrar la lateral. Era gente de limpia o de obras públicas, no sé, pero qué manera de molestar también a esas horas”. José comienza ya a perder la paciencia, igualito que ha pasado en los otros viajes, siempre con tráfico, aunque sea el primero en negarlo.

Nuestro destino está geográficamente cerca, pero en un viernes de quincena a las seis y media de la tarde por la lateral de Periférico se vuelve un viaje que hasta la NASA pensaría dos veces antes de hacer.

“¿Imaginas la suma de horas gastadas aquí desde que manejas? ¿Lo que no habríamos podido hacer en este tiempo perdido?”, reflexiona José, el físico cuántico.

Truenos y una inmensa nube negra se asoman en lontananza. Y es para donde vamos. Sabemos lo que significa esa lluvia y los dos guardamos silencio. Como si callar cambiara el pronóstico del tiempo.

Taxistas, empleados, autobuses que hacen base donde no deberían y paradas en doble fila: más leña al asador. Un convoy de guaruras custodia una camioneta blanca. Va dando volantazos bruscos, acelera/frena, busca meterse a los carriles “rápidos”. “Llegó la prepotenc…”.

“Ah, si serás pendejo”, dice José, manotazo al volante y freno intempestivo. Un taxista a nuestro lado izquierdo da un giro brusco a la derecha frente a nosotros, como queriendo escapar de este suplicio por la calle de San Bernabé. “Pinche gente, por brutos como estos no avanzamos”.

La histeria de José halla fácil cauce en el Periférico. Odia religiosamente a los energúmenos viales, pero termina convertido en uno de ellos: “por las prisas” justifica uno que otro cerrón y siempre viola la ley no escrita del “uno sí, uno no” del flujo vehicular. Un viento fuerte sacude la inmensa bandera de San Jerónimo.

La cuenta @TraficoTodoElTiempo anuncia que por las lluvias que azotan la Ciudad de México quedarán liberadas las entradas de cuota del Segundo Piso. Reímos cuando los guaruras se dirigen a éste. Allá, arriba, muy cerca del cielo, encontrarán un infierno igual o peor que éste.

Anunciada la gratuidad del Segundo Piso, las pulsiones de los conductores se agravan: frenones, volantazos, mentadas. La claxoniza como piquete en las sienes. Nos toca ver incluso una pelea a puño limpio entre dos automovilistas, se dan con todo, quizá por el centímetro robado, por una mirada retadora o por el simple hecho de querer bajar del auto y estirar las piernas.

José no sabe pelear, pero sí claxonear. Ahora entiendo por qué me invitó a tomar esa clase de yoga que está por comenzar, y que podremos tomar si es que algún día llegamos.

 

Iván Cadín
Periodista.

 

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