Siete de la noche, un martes de mayo. Abordar un camión en la línea 1 del Metrobús —que recorre la avenida de los Insurgentes— pone a prueba toda resistencia. A pesar de la hora, el sol sigue reluciendo, nos recuerda a todos que aún es primavera. En la ciudad, ningún espacio del transporte público queda a salvo del tsunami humano. Mucho menos —aunque muchos varones imaginan que aquí la vida es bella, perfumada y relajada—, los exclusivos para mujeres y grupos vulnerables: las personas con discapacidad, los adultos mayores y los niños.

Destinados a evitar tocamientos abusivos disfrazados de involuntarios, estos vagones conducen sin embargo a las usuarias hacia otro pozo. Y en él, los cuerpos no suelen reaccionar bien a la proximidad.

En la céntrica estación Nuevo León pasa un autobús con dirección a la norteña terminal Indios Verdes. No cabe ni una sombrilla. Pero en términos de movilidad, para los capitalinos no hay imposibles. Una mujer apoyada en su propio pie empuja con espalda a las que ya vienen dentro e intentan sostenerse de lo que tengan a mano, ya que a esa altura del camión no hay tubos y los laterales son bloqueados por las puertas al abrirse. La mujer apretuja más a la masa que ya venía comprimida. Las puertas se cierran. Donde caben 160, caben 161.

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Ilustración: Patricio Betteo

Pasa otro autobús rumbo a Tepalcates. Luego otro más que llega a Buenavista, uno de esos hormigueros humanos que llamamos Centros de Transferencia. Las que encabezan la fila de espera no lo abordan y tampoco se mueven, así que dos jóvenes que vienen atrás las empujan para poder entrar. A veces hay que dejar pasar hasta 10 camiones si una no quiere empujar a nadie, y adentro un sauna espera.

La mayoría de las pasajeras son mujeres adultas pero hay algunos niños y un hombre mayor, que lucha por alcanzar un tubo para no ser arrastrado en cada enfrenón. En Chilpancingo baja un par de usuarias y suben otras intentando acomodarse. “¿Bajas tu mochila para que me pueda meter?”, pide una de ellas a otra más joven. “Ay señora”, se queja la otra en respuesta e intenta mover la bolsa. “Es que no se puede, señora”, le dice una más.

Casi todos viajan sumergidos en su teléfono. Repudiado siempre por aislar a las personas, este dispositivo salvador hace más soportables los largos e incómodos trayectos. Flotan en el aire cientos de voces: algunas hablan con compañeros de trabajo, “la neta lo que me molesta es su actitud”; otras conversan con la amiga que viaja a su lado, “es muy tranquilo porque casi no hago nada, pero cuando me mandan a bancos o así es muy pesado porque no sé caminar muy bien con tacones”. En las bocinas del autobús se escucha otra voz de mujer: “próxima estación Álvaro Obregón”. Entre los remolinos de conversaciones destacan algunas risas suaves. El silencio es un pasajero que ya no cupo y se quedó en el andén.

Un hombre mayor mira a la chica que se interpone entre él y la salida. Ella le pregunta si va a bajar, él asiente y le sugiere pasarse al fondo. “Pues si quepo”, responde ella, incrédula. “Ustedes se acomodan donde sea… Yo la empujo”, concluye el señor mientras la joven atraviesa la masa desafiando las leyes de la física.

No todos los varones que van en el “vagón rosa” tienen una justificación para estar ahí. Aquí va uno que no es mayor, ni niño, ni discapacitado. Y aunque muchas lo miran con recelo, nadie dice nada. A diferencia de la tarde en que una usuaria de redes sociales, Verónica, atestiguó que a un hombre le decían: “¿Se baja o lo bajamos?”.

Algunos hombres se legitiman en el uso de este espacio porque vienen acompañados de sus parejas. En la estación Durango, un joven cubre con el cuerpo a su novia para evitar que la apretujen, aunque él mismo se adhiere a ella. “Te juro que esta vez no es a propósito”, le dice con mirada cómplice —que ella devuelve acompañada de una carcajada.

Quien intenta viajar un poco más cómoda pero no tiene a nadie que la “proteja” es la señora que, aferrada a los tubos de la zona para discapacitados, intenta mantener a salvo su mano vendada. “Me vienes apachurrando, me vienes acalorando, amiga”, le reclama a su vecina de atrás, que es más alta que ella y trae un bolso. En el vagón de mujeres los bolsos de mano ocupan su propio espacio y suelen ser motivo de discordia. “Ay, ¡me está lastimando con su bolsa!”, grita otra a dos metros de ahí. La mayoría lleva el cabello recogido por el calor, y a las que lo dejan suelto se les atora en los brazos, los antebrazos, las axilas y lo peor, la correa del bolso de las demás.

“Una cosa es que vengamos juntas y otra que me estés asfixiando”, insiste la mujer mayor.

No pocas veces el Metrobús se vuelve un ring en donde las mujeres liberan su estrés en la cabellera de las otras. No ocurre esta vez.

El autobús avanza, llevándose la tensión, el calor, la caldera del diablo del olor humano.

 

Claudia Altamirano
Periodista.

 

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El Metrobús