Sábado bajo la oscuridad. En la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México se viven dos atmósferas de emociones casi opuestas.

En la Sala A 15 personas están de pie con la mirada fija en las puertas de cristal que no permiten distinguir a los pasajeros que se mueven del otro lado: lucen como cuerpos fragmentados debido al diseño sutil de cuadrículas blancas. Los que esperan tienen tics de ansiedad. Una joven vestida con pantalones ajustados apoya el peso de su delgado cuerpo entre un pie y otro, sus botas cafés se mueven como si estuvieran haciendo ejercicios de calentamiento antes de correr. Una joven recién bañada se empeña en arreglar el ramo de flores que carga y en evitar que la cartulina que trae doblada a la mitad tenga algún doblez; un joven sentado en un rincón apoya su mano izquierda en la rodilla del mismo lado y muerde las uñas de la mano derecha; un joven de más de 1.80 de estatura y el cabello tipo afro scrollea la pantalla del celular; un hombre vestido con playera blanca y pantalón de mezclilla marca insistentemente un número que “le manda a buzón”; una señora juega con sus sandalias rojas y envía mensajes por Whatsapp; un hombre de más de 50 años y con el cabello crespo se jala el lóbulo de una oreja; una joven sentada en el piso lee sus apuntes de la escuela escritos en hojas de carpeta e ignora a los demás con los audífonos en sus oídos. Entre este grupo también hay otros que sobresalen, aquellos que llegan de la calle con el cabello enredado o con el rostro soñoliento.

Los pilotos salen con el semblante tranquilo, incluso algunos bromean con otro compañero. Las azafatas aparecen erguidas, impecables y con paso firme arrastran sus maletas. A ellos nadie los espera. No al menos en este punto.

Los diableros están expectantes. Quieren subir y bajar maletas sin parar, para que del mismo modo entren los billetes o las monedas a sus bolsillos.

Los que llegan empiezan a salir a cuentagotas.

—¡Qué pedo, güey!, le dice un amigo al joven con peinado tipo afro. Estrechan las manos de manera sonora, chocan los hombros y se marchan.

La joven que leía sus apuntes recibe un mensaje en el celular, lo lee. Acomoda las hojas, se quita los audífonos y se levanta. Le da instrucciones a un hombre que está detrás de ella y caminan velozmente hacia otra de las salas. El hombre alto y fornido sobresale entre los que avanzan a su lado, la joven se ha desvanecido.

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Ilustración: Patricio Betteo

El joven con onicofagia abandona su rincón y da pasos veloces para abrazar a otra chica que tiene como 20 años de edad y una mochila roja. Ella lo estruja, feliz. Lo besa en una mejilla y en los labios. Él le dice algo al oído y le da un beso en la frente. La abraza y le pide la mochila. Ella le limpia la mancha roja de lápiz labial que le dejó en los labios. Avanzan tomados de la mano.

Suena un teléfono celular. Es el de la chica con pantalones ajustados. Ella contesta: “Estoy aquí, en la Puerta 1, Letra A… ¿En qué aeropuerto estás?”. Escucha con atención más detalles, cuelga y empieza a caminar con hastío. Sólo tenía que llegar a la Sala B para recibir a una señora con el cabello teñido de color rojizo, que podría ser su madre.

Los que esperan a veces miran hacia el piso: imitación de mármol color beige, bien pulido. Si levantan los ojos hacia el techo, no encuentran ningún prodigio arquitectónico. Sólo una red de vigas de acero que se unen entre ellas de una manera tan compleja que es difícil seguir un patrón.

A la joven recién bañada se le ha esponjado un poco el cabello. Hay humedad en el ambiente por la lluvia vespertina. En cuanto ve a un joven delgado con mochila azul y playera blanca se lanza sobre él. Se olvida de tratar con cuidado las flores y la cartulina. Parece como si él hubiera estado ausente por mucho tiempo. Se besan con euforia, se abrazan y él le susurra cariños al oído. Ella lo deja hablar y se rinde cuando la besa en la frente. Le entrega los obsequios. Él le agradece, y cuando están fuera del centro de la Sala A lee el mensaje en el cartel. La letra es pequeña y hay un dibujo de una pareja de enamorados sentados debajo de un árbol.

Al otro lado del aeropuerto, los que esperan ya no caben en su espera.

En la Sala E la añoranza se transforma en felicidad. Ahí se percibe una sacudida emocional que en las salas de llegadas nacionales no tiene igual. Familias del mismo árbol genealógico se reúnen para dar la bienvenida al viajero que se ha trasladado desde otra región del mismo continente o desde otro punto del planeta. Padre y madre. Hijos. Primos. Compañeros de escuela. Todos ellos intentando sobrepasar la línea de seguridad que los separa de las puertas de salida.

En esta sala hay una mezcla de perfumes con toque dulce, suenan los tacones, se observan mujeres con trajes o con vestidos. Rostros maquillados. Bolsos de distintos tipos. Los hombres visten “casual”. Saco, pantalón de mezclilla y zapatos cómodos.

Quienes están aquí sí van contando los minutos desde que el avión tocó la pista. Toman fotografías a las pantallas con la información de los vuelos. Algunos se arremolinan debajo de ellas, ubican el punto de partida y repiten la hora en la que su ser querido ha llegado a México como si se tratara de un conjuro. Se paran de puntas para ver si distinguen algo de lo que sucede adentro.

Esta noche llega Carlitos, un joven de aproximadamente 18 años, que hizo un intercambio académico en Alemania. Su madre está a punto de un colapso emocional porque ha dejado de ver a su hijo durante un año. Todos los familiares sostienen globos metálicos de colores que dicen: “Bienvenido, Carlitos. ¡Lo lograste!”.

Hay otro grupo de padres y madres que destierran la calma por instantes. Llevan casi una hora esperando. Cada que se abren las puertas en vano extienden los brazos, agitan las manos o despliegan carteles con mensajes amorosos: “Te extrañamos, Pato”. Llega la hora. Estudiantes del Colegio Alemán Campus Sur salen en fila escoltados por sus profesores y las madres empiezan a gritar el nombre de sus hijos. Hay abrazos, preguntas, besos y cabellos despeinados. La tendencia de las lágrimas es mayor en los que esperan que en los que llegan. Los profesores sonríen a su supervisora y le dicen: “Misión cumplida”.

Hijos que esperan a sus padres: “Hola, ma’. Hola, pa’”. Abuelos que ya no pueden cargar a los nietos: “Has crecido y creo que estás más delgadita”. Amigos de la universidad: “Para nada has cambiado”. Una mujer que se abanica los ojos al ver a su novio extranjero: “Disculpe, podría tomarnos una foto por favor”.

Chocolates, flores, globos, letreros, abrazos, besos, gritos y lágrimas. Nada es suficiente para entregarle a quien se fue la certeza de que ha vuelto a casa.

 

Kathya Millares
Editora y periodista.

 

Un comentario en “20:00
Sala de espera

  1. Cuantas historias de diversos matices pueden haber en una sala de espera, llámese aeropuerto, estación de autobuses, hospital. Historias llenas de alegría, esperanza, tristeza, dolor. Como lo es la vida misma ¿no? ¡Muchas felicidades por este estupendo trabajo!

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