Si la calzada Ignacio Zaragoza fuera una persona, no conocería la vanidad.

Zaragoza, con su Metro férreo como columna vertebral y autos del año sobre su asfalto, pero también con sus combis chaparras y sus buses con el cacharpo asomado en la puerta, cantando el destino y pegando en el vehículo para avisar al conductor que ya nadie más sube (“¡súbale, súbale, hay lugares atrás!”, “¡Esos que iban a bajar en Acatitla, ya nos pasamos…!”). Un transporte público muy de los noventa.

En el cansancio de la noche en la calzada Zaragoza hago la parada a un bus con destino a Chalco, la capital de la Solidaridad. Miles y miles más hacen lo propio en el mismo sentido, en Metro, auto, combi o bus, más aquellos —ingenuos o masoquistas— que decidieron justo en estos momentos salir rumbo a Puebla o Veracruz.

A decir de la experiencia colectiva, tomar transporte público en esta arteria del rudo oriente capitalino se ha convertido en una disciplina más de deporte extremo por dos factores principales.

El factor interno puede surgir de los choferes, quienes sienten como ultraje a su virilidad que otra unidad los rebase, reivindicando aquella con el acelerador a fondo. Las improvisadas carreritas suelen terminar con volcaduras, muertos y heridos. Gran parte de las varias cruces de hierro que puntean la calzada, colocadas por familiares en recuerdo de su difunto, son fruto de estos siniestros.

El factor externo puede subir en la otra esquina en forma de uno, dos o tres pasajeros con un arma, cuchillo o punta entre sus ropas, porque, por más que sabemos que aquí nos tocó vivir y hacemos gala del orgullo barrial, no ignoramos que la Ignacio Zaragoza circula por colonias con fuerte índice delictivo como la Agrícola Oriental, Cabeza de Juárez, la Modelo, Santa Martha, el famosísimo El Hoyo (“yo vengo de El Hoyo, hirviente caldera”) y más adelante, en su extensión con la autopista México-Puebla, con Chalco, Ixtapaluca, Los Reyes.

Por eso ahí vamos todos, con la cabecita dando vueltas. Cientos de pasajeros a esta hora de regreso recordando los videos de YouTube que pasan en los noticieros (“Difunden nuevo asalto a transporte público en Ignacio Zaragoza”), haciendo propias por proximidad, experiencia y por la poca empatía humana que aún nos queda las penurias de ese puñado de pasajeros que se asoman en el video, en las primeras filas, con sus rostros de impotencia que bien podrían ser los nuestros, el mío, el de todos en este bus.

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Ilustración: Patricio Betteo

El paso es lento dada la afluencia vehicular. Hospitales, tiendas de conveniencia, entradas de Metro, bancos, salones de fiesta, edificios que prometen bachillerato y secundaria en cuatro meses, llantas en equilibrio semiótico en las que adivinamos una vulca cercana, innumerables cortinas llenas de grafitis de todos colores, moteles (el “Pistolas”, todo un clásico), muros con la próxima cartelera musical (El Haragán, Sonido La Changa o Banda La Arrolladora), ferreterías, un viejo balneario de pasadas glorias veraniegas hoy locación perfecta para una película de terror Serie B, locales de fritangas y tacos de guisado, mueblerías, panaderías. En fin, todo cabe en una calzada Ignacio Zaragoza sabiéndolo acomodar.

Pensar que hace 150 años este mismo trayecto que ahora hago, México-Chalco, se podía hacer en un buque de vapor. Qué melancolía, esa que nace del recuerdo de lo que jamás se vivió.

¿Se imaginan eso? ¡Un buque de vapor! El trayecto gris y medio paranoico de estos tiempos hace décadas fue digna postal de un Misisipi con mi otro yo en estilo Huckleberry Finn mexicanizado con su sarape.

Lo más lacustre que llegamos a tener hoy es el Río de la Piedad, cruce donde tomé el bus, y las lagunas que brotan en la calzada con la llegada de lluvias, inundaciones donde los autos devienen eléctricas canoas con luces intermitentes.

Veo mi celular. Una aplicación me informa que, para variar, la marcha seguirá siendo lenta. ¿Un choque? ¿Una protesta? ¿Un bloqueo de vecinos por falta de agua? ¿El linchamiento de algún ratero? ¿O sencillamente que somos miles en una misma dirección sobre una avenida con cinco carriles que ya no basta?

Un nuevo pasajero sube. Por instinto, todos los que vamos sentados y él hace lo mismo con nosotros. Silencio. Todos interpretando detalles, tal cual pasó conmigo cuando subí.

El nuevo viajero es un joven moreno de facciones proletarias y cara de desconfiado. Igualito a los que aparecen en los videos de los noticieros.

Pero igualito a mí también.

 

Iván Cadín
Periodista.