“¿Tiene algún familiar aquí?”, le pregunta el abogado al frente del Módulo de Atención Oportuna a un hombre que aparenta estar desorientado. En la sala de espera predominan las caras largas, los cuchicheos y los cabeceos.

La gente cruza la puerta principal y pregunta. Unos están desesperados, precisan de un par de oídos. Otros se quejan gritando “¡maldito gobierno!”. Todos necesitan compañía, sentirse arropados, protegidos. La mayoría están dolidos, desconfiados, han perdido a un ser querido.

Una mujer entra pues su hijo borracho la golpeó y sacó de su casa. No tiene a dónde ir y busca levantar una demanda. El abogado le explica puntualmente. Al entender que su hijo puede ir a la cárcel, se arrepiente y parte.

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Ilustración: Patricio Betteo

Los prepotentes exigen como si lo merecieran todo. Otros son más sumisos. Un viejo, mientras espera a que liberen a su hijo, acomoda periódicos en una banca y con una cobija se cubre. Junto a él, una pareja se toma de la mano. Pese a todo, demuestran seguir enamorados.

Para los abogados que atienden el módulo el turno de trabajo es de 24 por 48 horas. Agotador. Deben atender completas las quejas y agonías de la población. “¡El vecino pone el coche enfrente!”, lamenta uno nuevo. El abogado le explica que ese no es un delito, no es tema del Ministerio Público, y lo dirige con un juez cívico.

Sobre la pared, junto al mapa de la zona, cuelgan retratos de cadáveres sin identificar y vivos que andan perdidos. “A algunos parece gustarles, pues siempre regresan”, asegura la que afuera vende dulces, galletas y cigarros. Favoritos de los más ansiosos y disgustados.

Un hombre robusto exige justicia: le robaron el celular a su hijo. El abogado canaliza su denuncia de manera electrónica y le explica que su hijo debe pasar a declarar para darle seguimiento a su caso. Sólo un asesor jurídico puede acompañarlo, tiene más de 25 años.

El joven, en calidad de víctima, pasa a una habitación contigua donde se encuentran los escritorios de los agentes del Ministerio, conocidos como los de toma. Ellos toman las primeras declaraciones e inician la carpeta de investigación. Cada caso puede estar conformado por uno o más delitos.

Los agentes de toma deben escribir rápido, estar atentos, fijarse y guiar al entrevistado al hecho, para que no divague. Deben recopilar lo más posible, si dicen apodos o “ya valió madres” así registrarlo. No es fácil plasmar intenciones y ser fiel a la puntuación. Con esa historia comienza el caso.

Deben transformar el lenguaje callejero en penal, “me lo quitaron en la calle” significa que lo desapoderaron. De ahí revisan el código penal para esclarecer la sanción. Todo queda en computadora y luego impreso. El caso, más adelante, se puede ir ampliando. Eso lo decide la mesa de investigación encargada de cada caso.

Cuando se trata de un delito como homicidio, por un lado comparecen las víctimas y por otro los detenidos, es mejor evitar que se encuentren. Las familias están rabiosas y algunos creen que sus gritos y puños pueden compensar su desencanto.

Los detenidos entran por la puerta trasera. Siempre vigilados, esposados y guiados por policías. Atrás está el estacionamiento de patrullas y las galeras o separos. Pasan a rendir su declaración, ver al abogado o al médico. Un hombre, con camisa a cuadros, camina malencarado. Lo dirige un policía de investigación que porta pantalones vaqueros.

El detenido es un “fardero”, tercera vez que roba prendas en la misma tienda, y debe volver a comparecer antes de ser trasladado al reclusorio. Ahí esperará hasta el día de su cita en los tribunales o hasta que el juez le dicte una sentencia.

El Ministerio Público tiene hasta 48 horas para resolver la situación jurídica de cada detenido. El tiempo cuenta a partir de que entran por la puerta. Los agentes deben obtener las pruebas necesarias.

Revisar si el detenido tiene antecedentes penales para vincularlo y solicitar una petición, un oficio, para obtener una audiencia. La audiencia es por persona y por delito. El tribunal tiene hasta 72 horas para resolver. De no encontrar pruebas, el detenido es liberado.

El policía sienta al fardero en un escritorio. Lleva casi 30 horas detenido. El agente comienza a preguntar, quiere ampliar el caso. El fardero responde con dificultad. Todas las computadoras están encendidas y ocupadas. El ventilador también. Alrededor, otros varios, también son entrevistados.

Cada agente de las unidades de investigación recibe, lee y trabaja en una historia distinta. Ellos intentan ser imparciales, dudar de todo. Deben conocer cada recoveco del caso, estudiar entre líneas. Descifrar detalles, fallas y particularidades. Su imaginación dictará las futuras líneas de investigación y su posible resolución. Entonces el fardero se muestra nervioso. Se muerde los labios, rasca la cabeza, pellizca los dedos y arranca los padrastros. Usan tanto las sillas que la parte acolchonada se ha vuelto dura.

“¡Flaco!, él, ¿en qué situación está?”, pregunta un policía a otro sobre uno nuevo que acaba de entrar, “¿Lo vas a presentar?”. El Flaco responde con señas que todavía está esperando. El proceso es una cadena, va pasando de mano en mano.

A los policías que atienden un llamado y acuden al lugar de los hechos se les conoce como primeros respondientes. Ellos, al entregar al detenido, también son entrevistados. Deben seguir un protocolo y llenar formatos especificando las señas particulares de cada imputado, color de cabello, tipo de nariz y ojos. Si traen objetos deben embolsarlos y entregarlos sin contaminar.

Una joven delgada también pasa esposada. De tanto llorar tiene la nariz roja, escurrida. La sientan sobre una banca y piden que espere. Le toca revisión médica. Junto, está la oficina del abogado defensor. Todos los imputados tienen derecho a uno, privado o proporcionado por el Estado.

Ella espera pensativa. Luego observa el techo, el suelo y el pasillo. “¿Qué colonia es?”, le pregunta a otra mujer que también espera ser revisada. Esta mujer es víctima, no está esposada. Durante un asalto sufrió agresión física.

Un señor con camisa bien planchada y bigote peinado pide a un agente que le apure. Ya está cansado. También es víctima, le han robado la cartera en el Metrobús y espera al perito para realizar un retrato hablado.

A veces los agentes tienen todos los elementos para vincular rápidamente al detenido. Cuando no hubo flagrancia la investigación debe continuar. Los robos son más rápidos de procesar. Delitos como fraudes toman mucho tiempo, hay que hacer más diligencias.

Las diligencias dependen del delito. El agente encargado de diseñar la teoría del caso debe solicitarlas con base en qué quiere probar y cómo. La policía se encarga de esa parte operativa, como recabar datos básicos y testimoniales. Los peritos huellas y fotografías. La conducción de la investigación de forma legal es responsabilidad del Ministerio Público.

Casos muy particulares se canalizan a otras fiscalías. Delitos ambientales, financieros, secuestros, homicidios y de menores, entre otros, tienen agencias de investigación especializadas. Para los peritos lo más difícil es cubrir homicidios de niños.

Hace poco asaltaron un banco y los ladrones salieron como si nada. Un policía regresó días después. Por un testigo supo las placas del auto en el que escaparon los delincuentes. Con las cámaras los siguieron hasta su casa. Consiguieron las pruebas necesarias y los atraparon.

Los peritos de guardia esperan junto a las galeras. Son expertos en ciencia o arte. Tienen sus propias metodologías de investigación. En espiral, de izquierda a derecha, de lo general a lo particular. Abren los ojos ante cualquier indicio.

Las fotografías dan una idea de cómo se encontró el lugar de los hechos. También sirven para convencer durante el juicio. La misma gente del lugar da pistas, “esto no estaba aquí” y así se guían los peritos. Buscan huellas, tejas rotas, varillas o si está pisado el césped. Sus trajes blancos les cubren todo el cuerpo.

Las armas de fuego se fotografían. Si se detonaron balas, la culata del casquillo y cuerpos también. Hace unos meses un fotógrafo atendió un parricidio. Fueron más de 500 fotografías impresas que adjuntó a la carpeta del caso.

Entre los escritorios se escuchan las manos de los agentes que juguetean nerviosos sobre las superficies de madera desgastada. Nunca saben a qué hora descansan. Sobre las paredes hay más archiveros. Ahí no guardan las carpetas de investigación, ésas se protegen en otro lado. Son otros documentos como oficios y papeles de seguros.

La joven esposada sale de su revisión con el médico y un policía la guía rumbo a uno de los escritorios. Ahora le tocará comparecer a ella. Tiene derecho a no decir nada. A no dejarse revisar, ni que le tomen las huellas o fotografías.

Ante ese derecho, muchos aprovechan y engañan. Nadie quiere aceptar haber cometido un delito. Dicen ser extranjeros cuando en realidad son carteristas. El policía libera una mano de la joven para que pueda firmar. Ella aprovecha para peinarse, limpiarse las lágrimas y rehacerse una trenza.

El área de galeras permanece segregada y en silencio. Herrería y mallas la encierran. Los detenidos esperan incomunicados y custodiados. La puerta de acceso es verde limón. La luz, por segundos falla. Algunos se lastiman o fingen estar enfermos. Ahora los detenidos suman 14. El número siempre varía. En quincenas y fines de semana son más.

Van a dar las 23:00 horas, todos están fastidiados. Una nueva pareja de policías entra, llegan sudados. Un hombre armado amenazó a los pasajeros de un pesero. El chofer se percató de que el arma era de diábolos y contraatacó. El asaltante trató de escapar pero los policías lo interceptaron. Llegó bañado en sangre por los golpes que los pasajeros le acomodaron.

“Pasa”, el policía guía a la joven delgada rumbo a la salida. Una camioneta la espera. Sin ventanas y en silencio nadie en la calle sabrá que la transportan adentro. El motor arranca y cierran la puerta. Dentro de unos minutos llegará a su destino: Santa Martha Acatitla.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

 

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