¿Quién camina esta vez durante la noche en el Centro Histórico? El joven ansioso y testarudo o el anciano cuyas noches ya no significan descanso. No existe lugar para una edad o un estadio intermedios: o es el descubridor y aventurero, o es aquel que transita los cementerios de su memoria. Yo me he convertido en ambas cosas; me he disuelto en ambos extremos y la curiosidad me arrastra al mismo tiempo que la prudencia me aleja y desvanece. El centro de esta ciudad ejerce una gravedad intensa que te atrae, te arrebata la fuerza y después te lanza en cualquier dirección. Sí, como una estrella agonizante, una enana blanca en camino de convertirse en una supernova o en una oquedad oscura. Son las once de la noche de un jueves caluroso y mis pasos se cuelan en la calle República de Cuba. Me asomo y tomo un par de tragos en La Purísima y después en el Marrakech (el orden no altera el desorden); mi bostezo de dinosaurio se acompaña de los residuos de mi memoria; ambos se unen al presenciar el baile de cuerpos temblorosos, las bebidas exuberantes y vulgares, el coqueteo incesante de los gay y la muerte de toda novedad: existe un tren que partió hace muchos años de esta misma estación y no se ha detenido: La Perla, El Oasis, El Famoso 42. Una pareja de jóvenes que apenas si rebasan los veinte años me observa, me he convertido en el centro de su conversación y de su sospecha. Hay algo que no persevera en mí, lo sé y no es sólo que mi actitud de perdona vidas sea evidente, sino también la mirada muerta, reptil y rastrera. Mi memoria me traslada al Oasis muchos años atrás, en la misma República de Cuba, aquel lugar donde por primera y única vez en mi vida observé bailar danzón a dos policías de caminos, uniformados, sobrios y amorosos. ¿A dónde se dirige un alma desangelada y en los albores de la embriaguez? Pienso en el Bombay, en la calle Ecuador, ahora convertido en una ergástula tecnológica, en una pirámide en la que se sacrifica el silencio y el buen sonido: estoy a punto de sentir el dolor de la melancolía y los intestinos mezclados. Descarto al Divina, junto al Teatro Blanquita, porque conozco lo que encontraré allí, como lo hice hace veinte años en Los Rosales o en El Queens: el desfile de travestis amoratados por el maquillaje y las sustancias espirituosas, los tacones y los vestidos entallados, salchichas parpadeantes, coloridas y dispuestas.

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Ilustración: Patricio Betteo

Descarto mis intenciones de acercarme al Casa Blanca, en la esquina de Vizcaínas y Lázaro Cárdenas. Lo mismo hago respecto al antro vecino, el Azteca Men´s Club. ¿Acaso deseo que me vejen, me roben o de que una prostituta tenga compasión de mí y se empeñe en ofrecerme la noche más asombrosa de mi vida? Es necesario torcer el camino y volver a la ecuanimidad y a la mesura, a la libertad y a la conversación; mi mente me ofrece tres destinos cuando la medianoche va quedando atrás. El Bósforo, la mezcalería de la calle Luis Moya, donde escucharé allí a algún dj amansado y culto. O mejor andar hacia el Bandini, en Bucareli, pues sé que allí seré bien recibido por los anfitriones; sin embargo, me he tomado un par de tequilas y algunas rondas de cerveza y aunque sé que encontraré gente de bien, joven y atenta es posible que pese a la buena música, distinguida, me encuentre con una lectura de poemas o un performance y en ese momento mi sentido del arte se haya fragmentado en asteroides irreconocibles en su forma y dirección. Encamino entonces mis pasos hacia La Bota, en San Jerónimo, en pos de tomar un par de jägersmeisters, como acostumbro hacer siempre que me acomodo en una de sus sillas de madera y dejo que la luz de taberna oculte mi ánimo y mis intenciones. Es entonces cuando una idea genial, estupenda, se enciende en mi cabeza; dejaré de andar el Centro que he recorrido como un beduino alucinado los recientes treinta años. Me he enterado que La India, en República de El Salvador y Bolívar, deja abiertas sus puertas hasta las tres de la mañana. Y aún más; y si incluso quieres dormir bajo los senos de esa india colosal que se muestra a un lado de la rocola puedes hacerlo porque los meseros son amables, experimentados y saben que el paso por la jodida vida es breve y cruel. Al final, ebrio y acongojado por mi displicencia y ausencia de convicción y decisiones salgo de La India y atravieso rumbo al Hotel Isabel (alguna de mis novelas ocurrió en ese lugar). Y si el portero adecuado cuida del edificio esa noche me ofrecerá, sin que medie conversación, las llaves de una habitación para que pernocte y sueñe con cadáveres, balas perdidas y pasos indecisos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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