Lo que recuerdo de ese antro de mala muerte en la Plaza Garibaldi es que la gente se emocionó más con el imitador de Juan Gabriel que con el show de sexo en vivo que esa noche se anunciaba como centro del espectáculo. 20 años después la celebración de esa pantomima me sigue pareciendo descriptiva de “algo”. Aunque no sé de qué. Tiene que ver, sin embargo, con esa de manera de arrodillarse de un pueblo machista como el mexicano cada que suena el nombre, de “resonancias arcangélicas”, como anotó Carlos Monsiváis en su ensayo de Escenas de pudor y liviandad, de Juan Gabriel.

Lo excesivo fue que ni siquiera Juan Gabriel en persona se robó la noche, sino otro que estaba fingiendo ser Juan Gabriel.

A mi parecer acababa de ocurrir un acto tremendo: Una chica se subió al escenario y solicitó un voluntario para su show, que consistía en realizar el acto sexual en mitad de la pista. Entre bromas y alardes se subieron tres incautos. La chica les bajó los pantalones, los sentó en sus respectivas sillas, y con la boca estimuló el pene de cada uno de ellos. Luego se subió la falda y se fue sentando sobre cada uno. No hubo por parte del público ninguna reacción; privaba el desinterés. Ahora que lo pienso, el show no merecía la menor atención, aunque en aquel momento de mediados de los noventa parecía cool y underground asistir a espectáculos de sexo en vivo. Vino luego el imitador de Juanga y la gente se puso frenética. Tal vez fue por obra del marketing que esos shows dejaron de existir y el negocio del entretenimiento en los alrededores de Garibaldi se enfocó en la simulación más que en la realidad cruda. Hoy Garibaldi sigue siendo, tal como era en 1923, cuando se inauguró el Tenampa, una plaza atiborrada de turistas que van y vienen entre músicos de la tradición vernácula de México: hay mariachis, por supuesto, pero también hay norteños y jarochos. Está rodeada de comercios de comida y souvenirs, e incluso hay un mercado en donde se concentran esas dos necesidades turísticas.

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Ilustración: Patricio Betteo

A la entrada de la plaza hay un edificio de cristal blanco, que desde 2010 se ostenta como el Museo del Tequila y el Mezcal. Cualquier turista se sentirá satisfecho de haber llegado a las raíces de lo mexicano tras una visita al museo, donde se explica el proceso de producción del tequila y se catan distintos tipos de mezcal, para luego entonar por cinco dólares una canción acompañado de mariachis en vivo, ya sea en plena calle o con los coloridos murales de la cantina el Tenampa como escenografía. Después, ya achispado por el espirituoso nacional, tras haber probado las cualidades conductoras del cuerpo sosteniendo los nodos de la cajita de toques eléctricos, el turista podría cruzar al otro extremo de la plaza para ingresar al Tropicana y experimentar los ritmos afrocaribeños de la salsa. Si es un poco arriesgado, en vez de partir rumbo a su hotel, contento y satisfecho, quizá decida caminar rumbo a la calle de Allende, que es la prolongación de Bolívar, rumbo al extremo de Garibaldi que colinda con La Lagunilla. En la esquina de República de Perú encontrará la pulquería la Antigua Roma, que es un pequeño local con media docena de mesas cubiertas de melamina y sillas blancas de plástico donde se reúne un grupo heterogéneo de jóvenes que echa monedas a una rocola electrónica. La mayoría de ellos son punks introspectivos que no se meten con nadie. También hay millenials, que son quienes le dieron al pulque el revival que ahora tiene, y teporochos habituales del barrio. La Antigua Roma sirve la bebida “preferida por los emperadores aztecas desde el siglo XI”, según frase escrita con mosaicos impresos en inglés sobre un muro exterior del Tenampa. Un poco más allá, en el número 45 de la calle República de Cuba, la cual lleva un par de décadas albergando antros gay que son “heterosexual friendly”, hay un bar, el Pecado, que presenta el show de la fantástica drag queen Kaleido. Las drag queens están de moda en Garibaldi, y son reales: cantan con su propia voz y se producen como artistas originales. Ya no son los travestis viejos, gordos y peludos que imitaban a Gloria Trevi o Paquita la del Barrio y se reunían, con el rímel y las prótesis caseras corridas, a embriagarse hasta perder el estilo en la Cantina 33. Sin embargo, a esta hora de la madrugada, y al pasar enfrente del teatro Garibaldi, donde los jueves hacen un concurso de drag queens, no puedo evitar la sensación de estar saliendo de un parque temático.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

 

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