“Cuando ustedes abren, nosotros cerramos”, dice don Marco, el hombre detrás de la barra de madera iluminada. A medianoche la pista de El Gitano estaba vacía, apagada. Ahora con dificultad se puede pasar.

El piso de alfombra se pierde entre la oscuridad. Iluminan luces negras. Las prendas blancas parecen moverse como fantasmas. Los dientes brillan, las porcelanas no. Las pupilas y cervezas reflejan azules. Todos han llegado por recomendación, porque su borrachera los ha jalado, porque lo demás está cerrado, porque han terminado de trabajar y quieren seguir bebiendo, bailando y gozando.

El local fue antes un restaurante que operaba de día. Los mismos que hoy bailan sobre la pista comían ahí de pequeños con sus papás. Hace 30 años que inauguraron El Gitano. Las paredes están cubiertas con espejos. Plantas y flores artificiales también decoran. A una cuadra está uno de los tables más conocidos de la Zona Rosa.

La pista, elevada del suelo, se ilumina con luces que cambian de color incrustadas al techo. Todos son siluetas que platican, beben y bailan. Para fumar hay que salir. El volumen de la música obliga a gritar. Suena Ricky Martin o las bachatas de Luis Miguel del amargue. “¿Pa’ qué me llamas?”, dice uno con playera y pelo en pecho cuya cadencia pone a algunas a temblar.

Alejado de la pista, sobre un sillón púrpura y acolchonado, un hombre observa a su alrededor con un whiskey en la mano. Se presenta como El Diablo. Es callado y a pocos les invita un trago.

En su mesa tiene hielos, vasos, refrescos y un pomo recién destapado. “Aguado”, recomienda don Marco desde la barra, “carga con fierro, es sicario”. Sobre su cuello cuelga un collar con anillos. Todos distintos. “Es de cada uno que ha matado”.

Una pareja de lesbianas pide “un cartón de cerveza”. Las jotitas “una margarita”. Su presupuesto viene de la cartera de sus madres o de los clientes que a pocas cuadras satisfacen. Pasan las noches en las esquinas de la colonia Juárez. Sombras que seducen y satisfacen las obsesiones de los extraños que vagan en sus autos.

En El Gitano bailan. Ante una buena oportunidad manosean. La barra sólo acepta efectivo, antes de todo, hasta vales pero a don Marco dejó de convenirle. Afuera, junto a la entrada, está el cajero automático. El cubetazo es la promoción.

Sobre las mesas algunos se van quedando dormidos, como bultos, con vasos tirados y botellas escurridas. Las meseras los zangolotean. Si no despiertan, van por El Guarro para que los intimide, “¿te acompaño al cajero?” y entregan la cuenta.

Desde la cabina del DJ se proyectan rayos verdes tipo láser, van cambiando y se reflejan por todos lados. Un joven le ofrece 500 pesos al DJ para que le ponga sus éxitos. Sus amigos bailan en grupo, luego en parejas o solos, acompañándose del espejo.

La puerta de entrada está frente a una avenida. Los autos, por la hora, transitan rápido. El recibidor es un pasillo iluminado con rejas rojas y un guardarropa al fondo. Nadie cuelga abrigos ni deja sombreros. “Abrimos de martes a sábado”, advierte su letrero.

El hombre que cuida la puerta es alto y robusto. A los que llegan los examina y a algunos les niega el paso. Sólo amigos o amigos de amigos, se justifica. Sobre la calva tiene unas marcas. Presume son la consecuencia de un roce de balas. Al encargado anterior lo acuchillaron. Vendía perico en la entrada. Una grapa en 100 varos. Aunque no había cover si no comprabas la grapa, te hacía mala cara.

A don Marco le urge remodelar el muro junto a la barra. Falta el espejo. Tiene programado hacerlo de día, entre semana. La otra noche llegó un padrote con dos chicas. Un cantante, cliente frecuente, pensó que una era su novia y la otra una amiga. Cuando invitó a la amiga a bailar, el padrote se alebrestó y le sacó una pistola. El cantante, al no saber qué hacer, aventó una cerveza.

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Ilustración: Patricio Betteo

El casco voló y reventó en uno de los vidrios. Más botellas volaron también. La música continuó y el cantante abandonó el lugar. A la mañana siguiente don Marco le marcó a su teléfono. “¿Cómo estás?”. “Bien”, respondió con voz herida.

“Algo pasó ayer don Marco, perdón”. “No, perdón nada”, continuó don Marco, lo estimaba, lo veía como una persona respetable, “como eres cliente frecuente ya teníamos tu tarjeta clonada”, le advirtió, “pero no la usábamos”. Don Marco se vio en la necesidad de hacer un cobro por la reparación.

Los baños, tanto de mujeres como de hombres, son cubículos con letrinas rotas y cubetas de agua. Con puertitas tipo cantina. Todos aparentan estar fuera de servicio. Sólo se escuchan jadeos e inhalaciones profundas. Papeles de colores y bolsitas con restos de polvo blanco están regados y acumulados en las esquinas.

Durante periodos largos al Gitano le cubren sellos de clausurado. Luego se los quitan y el ritmo vuelve a la pista. “Este es un lugar donde te puedes enamorar de una prostituta, de verdad”, dice don Marco, “es tan de la noche que no necesitas dinero”.

Músicos, políticos, actores, empresarios, prostitutas, todos cruzan la puerta de El Gitano para bailar, beber y olvidarse del mañana. Nadie quiere despertar. Por la ahora, ya casi todos balbucean. También han perdido la cartera.

Otros siguen coqueteando, necean por otro trago o pelean con el novio. Don Marco me pasa una cerveza y se la pago. Luego me entrega un papelito con el número de mi mesa y de las personas que vienen conmigo.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.