“¡10 pesos!”, pide el hombre que atiende la caseta de acceso al estacionamiento de la Central de Abasto y extiende la mano. En horas de vigilia los párpados pesan. La poca luz que nos rodea proviene de la lámpara de su caseta.

Una avenida principal con varios carriles conecta las diferentes áreas de la Central. Los distintos señalamientos dirigen hacia los pasillos: J, F, M, OP, WX, V, QR, L. Camiones de todo tipo transitan feroces con las luces encendidas. Desniveles y bajo puentes están inundados. Los choferes deben maniobrar. “¡Échale!”, se estacionan y comienzan a descargar.

La Central de Abasto trabaja todos los días del año. Cierra puertas a las 18:00 horas y vuelve a abrirlas a las 20:00 horas. Baches, vados, topes, hoyos. En el área de flores y hortalizas se apilan rosas, gerberas, tulipanes, lilis.

Ruedan diablitos atiborrados con zanahorias, papas, legumbres. La gente empuja. Unos, sentados, cabecean entre cientos de ramos. Otros, protegen su barbilla con el calor de la bufanda. Pocos focos alumbran. Se respira frescura de los tallos recién cortados y el hedor de la suciedad apilada. Al fondo, una montaña de coronas funerarias.

Desde un puente peatonal defino el contenido de más de 30 camiones estacionados. Con gis, sobre las puertas traseras, han escrito el nombre del propietario: Edgar, El Pulgas, Juan, El Chilli, Javier. Todos cargan naranjas. Es pasillo de subasta de cítricos. Por la temporada, las naranjas vienen de Veracruz. Luego de Tamaulipas, Mérida, Tabasco. Los camiones más grandes son Torton.

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Ilustración: Patricio Betteo

Los propietarios, o coyotes, esperan sentados a que aparezcan los clientes. Café, pan y cigarro en mano. La venta acaba de comenzar, mejorará alrededor de las 04:30, por ahora está floja. Pueden tardar hasta dos, tres días en sacar su producto.

“¿Cuál es el tuyo?”, pregunta un comprador, un bodeguero de La Merced. Un coyote, El Chilli, lo guía hasta su camioneta. Ha amarrado un lacito a las puertas traseras. Las abre lentamente evitando que se le vengan las naranjas encima. El cliente las inspecciona. Busca que no estén cuadradas; maduras y aplastadas.

El coyote nota que al bodeguero le gustan así que le mejora el precio. Sólo vende mayoreo; medio camión o camión completo. La tonelada anda en cuatro mil pesos. Cuando hay más oferta, mayor regateo. En noches de poca fruta, se la pelean.

Los coyotes son árbitros. Transportan el fruto, cobran a los clientes y pagan al productor. Mueven efectivo. Deben andar con los ojos bien abiertos, ser cautelosos y hacer transacciones rápidas. Cuando viajan, envuelven con lonas los camiones. Es mejor que no se note qué traen. La merma la cubre el productor.

A los productores les liquidan conforme al precio de venta. Algunos coyotes hacen parada en su casa y agrandan la merma. Suelen ser 200, 300 kilográmos de pérdida. Una báscula vigilada por la Policía Federal se encarga de dictaminar el peso final de la transacción. Con el número de las placas acceden a su historial.

Cada pasillo vende un producto distinto. Plátanos, papas, manzanas, frutas finas. El reloj marca las 04:35 horas. Los que venden alimentos preparados todavía están cerrados. Uno está abierto. Ofrece tortas de milanesa, queso de puerco, longaniza y huevo.

“Señores Carretilleros cuiden
sus carretillas no se
dejen sorprender de los
rateros de carretillas
ojo”.

En un bajo puente, frente a una guardería cerrada y apagada, rentan carretillas. Un viejo con lentes escribe serenamente con pluma el número de la carretilla y el nombre de quien se la lleva. 20 pesos por usarla de 01:30 horas a 18:00 horas. Tiene más de 150. Los carretilleros salen apresurados, empujando, con delantales gruesos y zapatos de casquillo.

En noches de luna llena es más fácil moverse por el estacionamiento. De la puerta trasera de un viejo y oscuro Topaz se asoma un chamorro desnudo con plataformas blancas. El conductor cobra y la vigila. Están por irse. Llevan más de seis horas esforzándose y la jovencita debe descansar.

Gatos empachados velan los pasillos. Acostados ondean la cola. Maúllan. “Llegaste a la mera hora”, advierte Plácido, policía, ya van a dar las 05:00, “el mero movimiento”.

Plácido rueda en su motocicleta por las jorobas que conectan los pasillos. Su moto es pequeña, de llantas delgadas, él de cintura ancha. Anda contento pues no siempre se la prestan. Tiene tez morena, le faltan unos dientes. Usa lentes. Pequeños, estilo John Lennon. Su radio, amarrado a la altura del corazón, no deja de sonar.

También es la hora de los chiles, de los tomates. Cientos de cajas suben y bajan. “Ayer hubo una balacera, una compañera le pegó de tiros a la rata. Com-pa-ñe-ra”, recalca Plácido. Las ratas a las que se refiere no son simples raterillos, “son asesinos”.

Cuando algo pasa todos callan. Luego anuncian “banda de los limoneros y de oaxacos se mataron entre ellos”. Saben que es mentira. Dentro de la Central hay Ministerio Público, albergue, tribunal superior de justicia, oficina de tránsito y centro de vigilancia. Los compradores llegan del Estado de México, Hidalgo. Plácido viene de cuidar a uno que llegó desde Morelos. Salió con 300 mil pesos en camiones de chiles secos.

Deben estar pilas. Observando. Los ojos de halcones están acechando. Hay chamacos venadeando que mandan la señal. Son de distintos grupos. Los compradores ya se la saben, a unos los han plomeado. Deben ser rápidos. Vendedores y coyotes también, ante cualquier emergencia, se agrupan y salen armados.

Entre los pasillos hay sombras como bultos. Son los que duermen acostados. La mayoría carretilleros. Se cubren con cartones, cobijas. Es fácil resbalar. Hay lechugas enlodadas y más. Para transitar hay que esquivar jícamas, costales, limones, toronjas, sandías, mameyes, camiones con seis mil piñas.

En cada local se escucha música distinta. Predomina el color de las frutas y los ritmos de banda, rancheras y románticas. Mientras acomodan tararean. Miles de mangos en cajas, huacales, aguacates criollos, haas. Los carretilleros sudados advierten su paso chiflando. Imágenes guadalupanas adornadas con luces y estrellas azul neón. Un guacal de guayaba está en 120 pesos, viene desde “la tierra bendita de Michoacán”.

“Aquí es la confianza”, insiste Plácido. Algunos carretilleros son bien pagados. Los compradores contratan al que menos robe. Unos se ven fuertes, otros no. Hay viejos, flacos. Accidentados. Les quiebran y abren los pies y brazos. El camino tampoco está bien trazado. Desniveles por todos lados.

“Son el vicio andando”, continúa Plácido, pues puede ver en muchos los ojos acristalados. Los ve con piedra, solventes y “mota de a madres”. Entonces los encara. “Es que me puse una madriza de bajar dos camiones”, se defienden. Plácido no sabe qué hacer. Tiene claro que está mal. Igual cuando los encuentra meando.

Plácido recorre y recorre todas las noches la Central de Abasto. Asegura nunca haber visto nada raro. En una ocasión, un compañero, reportó por el radio estar viendo a un extraño caminando dentro de uno de los bancos. Pensaron sería un ratero y se apresuraron. Revisaron todo pero no lo encontraron.

A los pocos días, durante otro turno, el compañero volvió a avisar por el radio. Ahora el extraño que veía era “un cabrón altísimo, con cuernos”. Nadie fue. Todos se burlaron. “Aquí hay tanta maldad que hasta los espíritus se abren”, concluye Plácido.

Aunque los pasillos siguen oscuros los vendedores no paran de ofertar. Olores, gritos, chiflidos, colores. Minimangos de Chihuahua y nopales en paca por 50 pesos. Los clientes reaccionan ante el mejor postor. Intentan negociar pero cada voz cuenta una historia y se aferra a su versión.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

 

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