El INEGI publicó hace unos días los resultados de la encuesta del “Módulo de Movilidad Social Intergeneracional 2016” (MMSI). Esta encuesta pretende medir los obstáculos a la posibilidad de que una persona pueda mejorar su posición socioeconómica en la sociedad”. Entre ellos, cito: “su origen social, sexo, pertenencia étnica, racial, nivel educativo, socioeconómico y la ocupación de los ascendentes económicos”. Coincido con el INEGI en que, en un país como el nuestro, en el que 40% de las personas viven bajo el nivel de la pobreza, es importante  medir esto.

raza

Ilustración: Víctor Solís

Sin duda muchos de los resultados de esta encuesta son interesantes y cumplen con el objetivo propuesto. La metodología aplicada es excelente en aquella parte que trata de determinar la relación entre nivel educativo del proveedor principal y ya sea el logro educativo de la población o su ocupación actual, o la relación entre la ocupación del proveedor principal y la ocupación actual de la población. Es de celebrarse también que el Estado mexicano empiece a externar, a través del INEGI,  una inquietud por la discriminación étnica o racial y sus consecuencias.

En estas páginas me concentraré en este último ámbito de la encuesta. Combatir el racismo y la discriminación étnica en México es sumamente urgente. Por ello, la polémica que estas reflexiones entablan con el MMSI y sus asesores no tiene sino un afán: coadyuvar a que este instrumento logre convertirse en un futuro no lejano en una herramienta pertinente y eficaz  para la construcción de políticas públicas que ataquen la desigualdad, la justicia, la discriminación y el racismo en nuestro país.

I. Para saber si el encuestado y quién lo crío (madre, padre o tutor) son indígenas, el MMSI formula la siguiente pregunta: “¿Hablan ustedes algún dialecto o lengua indígena?” Aquí, la encuesta incurre, desde mi perspectiva, en tres errores:

• Únicamente hace uso del viejo criterio lingüístico de medición para determinar quién es indígena y quién no. Pierde así la riqueza de información alcanzada en el censo del 2010 a partir de la pregunta de auto-adscripción identitaria indígena.

• No pregunta a cual pueblo indígena mexicano se auto-adscribe el encuestado, lo que nos conduce a pensar en los indígenas mexicanos como una unidad monolítica sin diversidad. Además, sería muy útil saber si la movilidad social es mayor o menor, dependiendo de cuál pueblo originario se trate.

• Al usar el concepto “dialecto indígena” en lugar de “variante lingüística indígena”, el MMSI no se apega a las disposiciones del artículo 20 de la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas (LGDLPI). Este establece que, “con el propósito de evitar la discriminación lingüística, las variantes lingüísticas deben ser tratadas como lenguas”,  y no como dialectos, entendidos generalmente en forma peyorativa, como sistemas lingüísticos que no alcanzan la categoría de lengua (Alvar, 1996: 13).

II. La pregunta 10.2 del cuestionario se refiere a la “autopercepción del encuestado/a acerca de su color de piel”. El encuestador le muestra una escala cromática de once pantones: uno negro, dos cafés muy oscuros, dos cafés un poco más claros, uno café con leche, uno amarillo claro, uno rosa pastel, uno rosa blancuzco y uno blanco. Ante la pregunta “¿cuál considera que es el color de piel de su cara?”, el encuestado/a tiene que escoger uno de esos once tonos. Tres gráficas ilustran las respuestas a esta pregunta, mostrando la importante correlación existente entre el color de la piel y la igualdad de trato y de oportunidades. En 2001 el Dr. Néstor Braunstein escribía:

En los 25 años que tengo de práctica psicoanalítica en México, […] es un sujeto individual, él y otro y otro más, el que me dice que él, por ser de tez más oscura, era ocultado por la madre cuando tenía que ir a una ceremonia social o religiosa […]. Mientras que otro sujeto individual es el que me habla de su pesar por haberse casado con una mujer morena. Y el que me dice de su fascinación por las güeras, y que él sólo puede tener una mujer rubia si paga por sus servicios. […] Y la lesbiana, segura […] de su elección [que se] define como lesbiana sin problemas, de pelo oscuro, que está dispuesta a todos los sacrificios y humillaciones para conservar a su compañera de ojos claros porque nunca volvería a conseguir otra así”. (Braunstein, 2001: 54-55)

El que el INEGI reitere esta triste realidad es importante (ver Jablonski, 2012), y sin duda esta encuesta logra establecer correlaciones interesantes —no regularidades causales o determinantes— entre color de piel y movilidad social. Ahora, el uso de la paleta de colores como herramienta de una encuesta es muy cuestionable, ya que las respuestas difícilmente pueden ser objetivas: a) La autopercepción del encuestado/a acerca de su propio color de piel está sujeta a muchos factores que no pueden ser incluidos en esta pregunta; b) Cada una de las personas encuestadas proviene de la forma en la que nuestra sociedad actual -situada dentro una compleja geografía histórica, social, económica y culturalmente determinada- carga de ideología y de cultura el color de la piel, y hace que éste adquiera significados distintos para cada grupo humano y para cada persona de esta sociedad. Un primer ejemplo: para un nigeriano negro, que reside en Nigeria, el color de su piel no será un factor de discriminación, mientras que quizás puedan serlo su clase social, su nivel socioeconómico o de instrucción, o su pertenencia étnica. Sin embargo, si ese mismo hombre se traslada a Alabama,  el primer factor a través del cual será visto y juzgado será la negritud de su piel (Maalouf, 1999). Un segundo ejemplo: en muchas sociedades el tono de la piel tiene consecuencias más significativas para las mujeres que para los hombres, porque los medios, las empresas y el imaginario sobre las aspiraciones sociales han asociado la belleza femenina a los tonos de piel más claros.

III. La pregunta 10.3 lee lo siguiente: “En nuestro país viven personas de múltiples orígenes raciales. ¿Se considera usted una persona negra o mulata, indígena, mestiza, blanca, de otra raza (asiática, eurodescendiente)?”

• El MMSI define entonces como “razas” o “grupos de origen racial” a todas las categorías de población enumeradas en esta pregunta. Sin embargo, la gráfica que emana de esta parte del estudio se titula “Distribución porcentual de la población de 25 a 64 años por autoadscripción étnica, según percepción de cambio en su situación socioeconómica actual respecto a la de su familia de origen”. Entramos aquí a un terreno confuso y cuestionable:

• El MMSI sostiene que las “razas” existen o, lo que es lo mismo, que las personas tenemos, cito, “orígenes raciales”.  Los asesores de esta encuesta han declarado que de ninguna manera sostienen que las razas son agrupamientos biológicamente unificados y genéticamente distinguibles de otros agrupamientos humanos, sino que son construcciones sociales. En efecto, en el año 2000 la ciencia genética demostró que  los más de siete mil millones de seres humanos somos genéticamente idénticos en un 99.9%, y que nuestras diferencias sólo están alojadas en un 0.01% de nuestro genoma. Dentro de estas diferencias están sobre todo la propensión que tenemos a contraer alguna enfermedad. Quienes son propensos a contraer, por ejemplo, Alzheimer, pueden ser de piel negra, blanca, rosada, morena, tener los ojos rasgados, etc. Dentro de ese 0.01% están alojados los marcajes genéticos de nuestras diferencias en cuanto a color de piel y fisonomía. Sin embargo, éstos ocupan un lugar tan ínfimo dentro de ese porcentaje, que no son significativos a la hora de afirmar, como lo ha hecho la teoría de la existencia de las razas, que entre seres humanos de diversos colores de piel existen diferencias esenciales en cuanto a sus caracteres biológicos. Las ciencias de la vida corroboraron lo que muchos en las ciencias humanas y sociales habíamos estado defendiendo por varios años: que la creencia en la existencia de razas humanas no es sino una mera construcción cultural específica de la diferencia; y que seres humanos que se pueden distinguir a simple vista de otros seres humanos por su color de piel y fisonomía no pueden ser de ninguna manera llamados razas ni son, en ningún sentido, inferiores o superiores a los demás.

• A pesar de que la “Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas” (2007) —misma que el Estado mexicano ratificó— define el ser indígena como una pertenencia étnica, el MMSI empieza haciendo lo propio y acaba definiéndolo como una raza.

• El MMSI define como “raza” a grupos humanos cuyos integrantes tienen en común un color de piel: los negros, los mulatos, los mestizos y los blancos. Esto significa que en el fondo sostiene que “raza” y “color de piel” son sinónimos.  Al proceder de esta forma, niega todas las investigaciones serias que demuestran que el concepto “raza” designa un conjunto de elementos entrelazados en forma compleja, entre los cuales el color de piel es sólo uno de los componentes. El racismo  no se agota en la discriminación por color de piel, ya que es una forma estructural de poder que es ejercida desde la dominación de un grupo que se define como étnico-racialmente determinado, en contra de otros grupos considerados por él como inferiores. ¿Y qué debe entenderse entonces por esta construcción cultural llamada “raza”? Peter Wade, reconocido antropólogo de la Universidad de Manchester especializado en la investigación sobre racismo, piensa que el concepto raza está vinculado con una serie de criterios, como color de piel, rasgos faciales, tipo de cabello, discurso sobre la “sangre”, la ascendencia, la genealogía y los orígenes ancestrales, y que “no hay una definición sencilla del concepto […] A veces la misma palabra no aparece, pero las ideas asociadas con ella sí parecen estar presentes” (2014: 36). Así, coincido con Wade en que, “en vez de producir una definición simplista del concepto, es necesario siempre intentar esbozar cuál ha sido en cada sociedad  su trayectoria, desde el punto de vista en que los científicos de la naturaleza y de la sociedad lo han entendido”. (Ídem)

• El MMSI parece definir como razas a conjuntos humanos agrupados en enormes regiones geográficas del planeta. Por ejemplo, los asiáticos. Sugiere así que todos los habitantes de Asia forman parte de una misma raza, a pesar de que ahí viven pueblos tan diversos como los chinos, japoneses, indios, afganos, sirios, turcos, israelíes, etc. ¿O es que, para quienes diseñaron esta encuesta, “asiático” y “de piel amarilla” son sinónimos?

Reflexiones concluyentes

No hay duda de que la elaboración y aplicación de esta encuesta tiene intenciones altamente loables. Pretende ser, como lo ha dicho Julio Santaella, Director del INEGI, una primera guía lo más objetiva posible para construir  políticas públicas anti discriminatorias que permitan luchar contra los factores que obstaculizan la movilidad socioeconómica de muchos mexicanos.  Las confusiones en las que esta primera aproximación ha incurrido entre “color de piel”,  “orígenes raciales”, “razas”, “pertenencia a una etnia indígena”, “grupos fisonómicos” y “grupos regionales”, puede y debe corregirse, ya que una institución de la importancia del INEGI no debería incurrir en ellas, ni debería, desde su posición de autoridad y legitimidad, transmitírselas a la población nacional.  

Es importante no olvidar que han sido los racistas los que califican de razas a algunos grupos humanos. Son los racistas quienes –lo externen verbalmente así o no- conciben a las razas como entes cuya irredimible inferioridad biológica se les filtra por todos los poros, bajo la forma de costumbres, tradiciones y calidad moral. Bien decía Jean Paul Sartre (1948) que los nazis concibieron como “raza” al pueblo judío, agrupado en realidad en torno a factores culturales o étnicos. Ahora, si bien es cierto que algunos grupos que han sido víctimas de racismo reivindican el uso de la palabra ‘raza’ para referirse a sí mismos, lo usan únicamente como una bandera política de lucha antirracista.

Repudio el uso de la palabra “raza” para nombrar —como se hizo con los judíos, como se hace con los afrodescendientes— a cualquier grupo humano, y como, en México ningún grupo víctima del racismo usa la palabra raza como bandera de lucha política, no veo por qué ésta deba instaurarse como si fuese una categoría políticamente correcta, desde donde combatir la desigualdad, la injusticia, la discriminación étnica y el racismo.

 

Olivia Gall

Investigadora titular del CEIICH-UNAM y coordinadora de INTEGRA, la Red de Investigación Interdisciplinaria sobre Identidades, Racismo y Xenofobia en América latina, una Red Temática de Investigación CONACyT.

Bibliografía

Alvar, Manuel, “¿Qué es un dialecto?”, en Manuel Alvar (director), Manual de dialectología hispánica, Ed Ariel, Madrid, 1996: 5-14,

Braunstein, Néstor, “México en psicoanálisis”, en Olivia Gall (Editora invitada), Racismo y mestizaje, Debate Feminista, oct. 2001, pp. 54-55, Ed. Debate Feminista, México

Jablonski, Nina, Living Color: The Biological and Social Meaning of Skin Color, University of Californa Press, Los Angeles/London, 2012:

Maalouf, Amin, Identidades Asesinas, Ediciones, Alianza Editorial, Argentina, 2004

Massin, Benoit, “From Virchow to Fischer: Physical Anthropology and Modern Race Theories”, in Wilhelmine Germany”, en George W. Stocking, Jr. (Editor), Volksgeist as Method and Ethic. Essays on Boasian Ethnography and the German Anthropological Tradition, History of Anthropology, Volume 8, The University of Wisconsin Press, Madison, Wisconsin, 1996. PP. 79- 154

Sartre, Jean Paul, Reflexiones sobre la cuestión judía, Ediciones Sur, Buenos Aires, 1948.

 

Un comentario en “Del INEGI y algunas riesgosas confusiones entre pantones de piel, raza y etnicidad

  1. Además de combatir el racismo, debemos combatir el “estadistismo” (cf. “Abuso estadístico”, Víctor M. Guerrero, aparecido en esta misma revista el 01/12/2011). A propósito del INEGI, de sus encuestas y de sus metodologías, me gustaría señalar algunas opiniones personales, ya que muchos estudiosos, a partir de ellas, llegan a conclusiones que dan lugar a otras confusiones, además de las que muy lúcidamente señala usted.
    En 1995 colaboré con el INEGI, en su encuesta poblacional, como un simple encuestador que de casa en casa va cosechando información. De aquella experiencia rescato algunos recuerdos. Uno de ellos es que, habiendo ya entonces tecnología electrónica suficiente para elaborar datos con mayor rapidez y confiabilidad, nos apoyábamos básicamente en el papel impreso (No es necesaria mucha imaginación para “maliciar” cuánto papel se desperdició entonces y se sigue desperdiciando en encuestas similares. Sólo de pensar en años electorales, ese rubro da escalofríos…). Pero lo más importante –y que aquí viene a colación– es la metodología que se apoya en la pregunta directa al encuestado, sin ponerse a considerar, ni por un momento, el ruido implícito en la comunicación oral…
    En aquel año llamó mi atención esa pregunta: “¿Habla usted algún dialecto indígena?”. Recuerdo a una persona excepcional que, ante tal pregunta, se soltó emitiendo una lengua que no reconocí. Me quedé asombrado y, ante la imposibilidad de reconocer un idioma, pensé que aquel sujeto estaba tomandome el pelo. No recuerdo en qué terminó aquello, pues las instrucciones de nuestros superiores eran que, ante casos extraños, nos limitáramos a consignar el hecho y otro encuestador “de mayor jerarquía”, se encargaría del caso.
    Preguntar si la vivienda contaba con los servicios básicos (como techos de concreto o drenaje sanitario), ante evidencias notorias, me parecía una necedad. Pero nuestros superiores alegaban: “No importa. Las instrucciones marcan muy claramente que debemos emitir esas preguntas completas y claras, tan como se hallan formuladas en la encuesta” (Muchas veces he pensado que hay otra maneras de averiguar datos de la gente, dado lo imaginativos que somos ante preguntas inesperadas y a deformar la realidad ante cualquier posibilidad de ser “etiquetados”…). Finalmente, en algún otro artículo de Nexos con este mismo tema, envié un comentario acerca de una situación parecida en donde la autora expresaba algo relacionado con una discapacidad física, cuando el entrevistador pregunta si “¿padece usted alguna disfuncionalidad visual?” ante una persona que notoriamente usa lentes…
    El punto de mi comentario es que las metodologías que aparentemente son muy confiables, a veces no lo son tanto; pero, en este caso, apoyo totalmente el combate al racismo y a la xenofobia. Muchas gracias.