Se puede ver la cuenca del Atoyac en toda la extensión del valle. El río es múltiple, en él van todos los ríos que bajan del monte. Y los pueblos y las ciudades. Los moles y los coliformes. Y las legumbres y los automóviles. Y los textiles y sus colores. El agua que corre en el vertedero explica nuestra existencia. En el agua del Atoyac corre la historia de la ciudad de Puebla. Pero en México la naturaleza no tiene derechos. El Atoyac es un río clínicamente muerto, como lo prueban las cifras de los análisis bioquímicos. Y en el desgobierno que ronda los esfuerzos de saneamiento está la causa principal de su desgracia.

¿Cómo entender que el jueves 27 de abril de 2017  inspectores de la Comisión Nacional del Agua en el estado de Puebla clausuraran la fábrica Maritex por las descargas ilegales al río Acotzala, afluente del Atoyac, en la región de San Martín Texmelucan?

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Ilustraciones: Kathia Recio

La textilera produce más de 16 millones de toallas al año, y con sus 450 trabajadores es una de las fábricas textiles más grandes del país. Emplazada entre el reguero de invernaderos y campos hortícolas de San Salvador El Verde, ya en las faldas de la montaña Iztaccíhuatl, es el ejemplo más reciente de la devastación provocada por las industrias en la cuenca alta del río Atoyac, la que contiene la zona metropolitana de la ciudad de Puebla. Miles de empresas y centenares de pueblos de 18 municipios poblanos y 50 tlaxcaltecas arrojan en todo momento sus desechos contaminados a los arroyos, a los canales de riego, a los drenajes, ¿qué tuvo que ocurrir entonces para que la dependencia federal responsable de las aguas nacionales se decidiera al fin a someter a la planta Maritex?

Una respuesta: hoy el río es defendido por grupos civiles que se organizan, investigan, denuncian, demandan y exigen a los jueces la aplicación de la ley. Agua y saneamiento han dejado de ser territorio de funcionarios y políticos. Dale la Cara al Atoyac, A.C. en la ciudad de Puebla es un grupo ciudadano que ha invertido tiempo y recursos propios en la investigación clínica de las aguas, la defensa legal del río y la comunicación social a través de un sitio de denuncia (dalelacara.org), que ha dado lugar a una demanda de amparo indirecto presentada por civiles contra la Conagua y demás autoridades responsables, empezando por alcaldes y gobernadores. El Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos y Desarrollo Local A.C., en Tlaxcala, aliado a un equipo de científicos de la UNAM, lleva más de 10 años de difundir las consecuencias para la salud de la contaminación del río en San Martín Texmelucan. En marzo de 2017 este centro logra una recomendación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos contra las autoridades omisas.

Movilización y ley.

 

¿Cómo mirar al río si sólo se le cruza por puentes urbanos grafiteados y sucios? Hay que verlo como un cuerpo vivo, con derechos plenos, con historia propia. Ha saciado la sed y construido sistemas alimenticios, ha regado campos, impulsado máquinas y transformado energías desde los tiempos coloniales. Ha levantado ahuehuetes, ailites, fresnos y pinos más allá de los 40 metros, y ha retratado contra su corriente el ramaje libre de los sauces.

La cuenca del Alto Atoyac es un tendido de campos y pueblos atado por mil corrientes a los montes de Tlaxcala y Puebla. ¿Cuál de todas esas barrancas es el Atoyac? ¿La más densa de árboles sobrevivientes? ¿En qué momento los arroyuelos dejan de ser llano y se desparraman hacia el sur de Apizaco? ¿Dónde empieza el río, entonces? ¿Ahí donde la estría alcanza el punto más alto entre las peñas del Iztaccíhuatl?

Lo podemos ver en su densidad demográfica: 22 municipios poblanos y 47 tlaxcaltecas, 108 centros urbanos y más de 2.8 millones de habitantes en un territorio de 401 mil hectáreas. Y en el manchón que ahoga al valle: la zona metropolitana de la ciudad de Puebla.

Al poniente, en el cerco de la Sierra Nevada y la serranía en la que se diluye desde Nanacamilpa hacia la ciudad de Tlaxcala, decimos que nace propiamente el Atoyac entre cientos de escurrideros que van a dar al valle. Si se mira bien, el río no es un solo río, cada ojo de agua disputa a esa altura de los dos mil 800 metros su calidad de fuente originaria.

Al oriente, el mojón de la Malinche que deja libre en su costado occidental el derrotero del Zahuapan que arrastra las aguas que han logrado escurrir desde los llanos al sur de la laguna de Atlangatepec. El río tlaxcalteca no viene en un solo hilo, los arroyos que acaban formándolo en plena ciudad de Tlaxcala se pelean por el nombre en los alrededores de Apizaco, contra las estrías de la vieja montaña.

En el extremo sur del valle el Atoyac se arrempuja contra la serranía del Tentzo, en frontera norte de la montaña mixteca, ahogado por la metrópoli poblana que tiene sometidos, al centro y al oriente, sus ríos San Francisco (entubado a lo largo de seis kilómetros en el centro de la ciudad) y Alseseca. El Atoyac choca ahí contra el monte y corre hacia el oriente hasta la presa de Valsequillo, el pudridero en el que se convirtió el sueño cardenista del agua para los pueblos campesinos. A estas alturas, el río es el vertedero de toda la inmundicia producida por la sociedad poblano-tlaxcalteca (ver imagen 1).

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Las rutas gruesas son las del Atoyac a la izquierda, que baja del Izta, y la del Zahuapan, por la que desagua Tlaxcala. Las líneas tenues son los otros ríos, los arroyos y barranquillas con sus nombres antiguos, como las del Xochiac y Xopanac que cruzan los campos de Domingo Arenas, San Lorenzo Xiautzingo, Huejotzingo y San Pedro Tlaltenango.

El río Atoyac es un río sobrediagnosticado. Por Semarnat desde 1986, por Conagua en 2008, por la UNAM en 2006 y de nuevo en 2014. Y en el 2015 por las estaciones de monitoreo instaladas a lo largo de su cauce con recursos federales. Todas concluyen: el río está clínicamente muerto.

En diciembre de 2015 la asociación civil Dale la Cara al Atoyac financia sus propios análisis químicos del agua del Atoyac en dos puntos de la ciudad, justo donde mal operan dos de las cinco plantas de tratamiento construidas en los años noventa. Los resultados son demoledores: el color está cinco veces fuera de norma; los sólidos suspendidos y disueltos doblan la norma; la demanda biológica de oxígeno va más allá 10 veces; la demanda química de oxígeno, nueve veces; fósforo y nitrógeno, cuatro veces; grasas y aceites, seis veces; coliformes, 24 veces por encima; fenoles dos veces; los sulfuros 35 veces; y de dos a tres veces los metales pesados cobre, zinc, aluminio, manganeso y fierro. No es nuevo este diagnóstico: las autoridades lo tienen desde los años noventa (ver cuadro 1).

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El estudio de Conagua en 2008 había concluido: “La evaluación cualitativa del riesgo sanitario ambiental, derivado de la contaminación química y microbiológica del río Atoyac, permite concluir que a una distancia de dos kilómetros a partir del cauce del río las consecuencias adversas, inmediatas y futuras para las poblaciones humanas se manifestarán en daños a la salud, integridad y seguridad en tanto los daños ambientales están provocando alteraciones del equilibrio ecológico de la cuenca”.

Las aguas del Atoyac contienen ocho cancerígenos, 13 compuestos que pueden serlo y un teratógeno relacionado con malformaciones congénitas (ver cuadro 2).

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En marzo de 2017 un grupo de 42 ciudadanos interpuso una demanda de juicio de amparo indirecto que puede cambiar la historia del río. Tiene por registro el 303/2017-VII. El juez tercero de distrito en materia administrativa en la Ciudad de México, Martín Adolfo Santos Pérez, a cargo del juicio, demanda como prueba el trabajo Estudio de identificación de factores de riesgo para la salud en localidades ribereñas de los ríos Atoyac y Xochiac, elaborado por el equipo de la doctora Regina Montero Montoya, del Departamento de Medicina Genómica y Tecnología Ambiental del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, que ha trabajado muy cerca del Centro de Derechos Humanos Fray Julián Garcés. El juez analiza si las autoridades demandadas han sido omisas en el cumplimiento de la normatividad en materia de residuos contaminantes a los cuerpos de agua que integran la cuenca hidrológica río Alto Atoyac. Y, por mientras, concedió la suspensión provisional.

El mismo mes de marzo la Comisión Nacional de Derechos Humanos emite la recomendación CNDH/6/20111/9437/Q contra Semarnat, Conagua, Profepa, Cofepris, los gobiernos de Puebla y Tlaxcala y los alcaldes de Texmelucan, Huejotzingo, en Puebla, y Tepetitla, Ixtacuixtla y Nativitas, en Tlaxcala, “por ser omisos en garantizar los derechos humanos a un medio ambiente sano, al saneamiento del agua y al acceso a la información”.

Tanto el juez Santos Pérez como los abogados de la CNDH valoran los compuestos que aparecen en el análisis químico elaborado por los científicos de la UNAM: cloruro de metileno o diclorometano (solvente industrial, posible cancerígeno, permanece en el aire hasta 127 días), cloroformo (posible cancerígeno que se evapora y permanece largo tiempo en el aire y puede llegar al agua subterránea), tolueno (componente de gasolinas, neurotóxico y nefrotóxico, no carcinogénico, provoca abortos) y anilinas (colorante natural o sintético, más pesado que el aire, combustible en vapor, se absorbe rápidamente por inhalación o ingestión), probablemente carcinogénicas.

Pero el análisis de la doctora Montero Montoya va más allá: a mediados de la década pasada su equipo investigó el daño producido por la exposición crónica a estos compuestos en el material genético de las células a través de muestras de sangre de 105 personas de 11 comunidades de la ribera de los ríos Atoyac y Xochiac en San Martín Texmelucan. Por eso se les llama genotóxicos, pues producen mutaciones genéticas y cromosómicas precursoras de cáncer, daños cardiovasculares, envejecimiento prematuro, infertiliad, abortos, además de teratogénesis (malformaciones en el embrión en desarrollo y leucemia). La muestra incluyó a amas de casa, estudiantes, comerciantes y maestros en localidades cercanas al río dentro de la franja de un kilómetro de las descargas de la Petroquímica Independencia, de los agricultores en las zonas de descargas de las lavanderías de mezclilla y de trabajadores cuyas ocupaciones los exponen a compuestos químicos en las industrias.

Los resultados fueron presentados en la revista Mutagenesis desde el año 2006.

“Se estudió el daño genotóxico en células somáticas de individuos que viven dentro de una franja de un kilómetro de distancia con respecto de los ríos Atoyac y Xochiac o sus canales de riego, de individuos que viven a distancias superiores de estas fuentes de agua y de habitantes de la Ciudad de México. Aquellos mostraron mayor cantidad de ese daño, que es representativo de eventos en los que los cromosomas se han roto y se han rearreglado y las células pudieron sobrevivir con esos cambios en su información genética”.

 

Glaciares perdidos. La memoria blanca es corta. Ni siquiera se nos ocurre que ahí empieza el río. Nos llega con las tormentas de invierno, cuando los vemos desaparecer por unos días envueltos en esas nubes densas que traen los vientos del norte para permitirnos imaginar su retorno en el esplendoroso azul de enero, cuando la lluvia se ha ido y ellos amanecen para nosotros. Nuestros volcanes, los que convierten esta casa nuestra en un lugar extraordinario en el mundo. Intensos, plenos, cristalinos. La fuente de agua para 30 millones de personas en la Faja Transvolcánica Mexicana: el Popo, el Izta, la Malinche y el Citlaltépetl, con su ahijado Sierra Negra, todos a la vista desde la ciudad de Puebla.

Pero sus hielos ya no son eternos. Y su depredación no se entiende sin la sociedad humana, la de la memoria corta, que no tiene para ellos una estrategia. La montaña espera nuestra mirada larga, que escuche las voces de alerta.

Por ejemplo, la voz de Hugo Delgado Granados, especialista del Instituto de Geofísica de la UNAM: “Se han perdido ocho glaciares del Popo y cuatro del Izta durante los últimos 15 años. En 1995 el Iztaccíhuatl contaba con 11 glaciares, para 2010 quedaban tres. El Popocatépetl tenía cinco, le queda uno”.

Delgado ofrece datos precisos: en 1999 se hizo una medición de los glaciares del Izta, tenían 70 metros de profundidad. Para 2004 eran únicamente 40 metros, perdiendo 30 metros de espesor. La transformación de estos colosos es un síntoma del cambio climático mundial. Entre las consecuencias de la extinción de los glaciares está la disminución de entre 10% y 30% de los recursos hídricos y de entre 20% y 30% de especies de plantas de los ecosistemas de montañas. Entre el año 2000 y 2005 el volumen del agua que bajaba del Popo al Izta disminuyó en más de 45%. El líquido que llegaba a los cinco sistemas de captación se redujo en 832 millones 275 mil litros.

 

Municipio de Santa Rita Tlahuapan, cerca del Puente del Emperador que cruza el Alto Atoyac. Un domingo de enero de 2016, a media mañana, y justo a la altura de los dos mil 900 metros el jeep deja atrás los campos de cultivo y se mete en el bosque por la brecha que desde San Rafael Ixtapaluca trepa hacia la montaña. El ojo es diestro, perfila los encinos, los ailes, los huejotes, y sabe que más arriba encontrará ayacahuites y ocotes, y poco a poco los montezumaes, los oyameles y los hartwegiis, los pinos que por mayoría sombrean estas laderas hasta más allá de los tres mil 700 metros. Pero pronto encuentra lo que los ojos urbanos no miran: la tala que aprovecha desde siempre las secas para filtrarse por las viejas brechas abiertas por la papelera que explotó por décadas estos montes el siglo pasado. Ni siquiera es un claro. A la vista están los tocones que dejaron las sierras. Los cuatro camiones ya están cargados y esperan la llegada de la noche para bajar al llano. Madera en rollo, con diámetro de 1.5 metros, que una cuadrilla de taladores ha terminado de acomodar en las estrechas plataformas de unos vehículos exactamente iguales a los que de cuando en cuando se retratan quemados en alguna de las comunidades que colindan con el bosque. Se pueden ver así en San Juan Atzompa, en San Felipe Teotlacingo, en la Preciosita Sangre de Cristo, en el propio San Rafael a lo largo de los últimos 20 años.

No hay tiempo de tomar fotografías. El jeep ha sido inmediatamente rodeado por hombres machete en mano. Alcanza a ver un rifle, pero el apremio es inmediato: “Qué chingaos quiere, qué hace en nuestros terrenos, órale, siga su camino, aquí no se le ha perdido nada, ándele cabrón, jálele pa’rriba, siga la brecha, como lo oye, no se regresa por donde vino, a ver cómo sale, no nos importa que usté venga de Puebla, lárguese, que no lo volvamos a ver aquí”. El jeep sigue la brecha hasta encontrar el corte en la frontera con el Estado de México. Es un 4×4 y logra saltar el zanjón para iniciar el descenso.

Los talamontes de Puebla, y sobre todo del Estado de México, han asolado el bosque del Izta desde mediados de la década pasada. Ejemplos: San Lorenzo Chiautzingo en 2008, en Ignacio López Rayón en 2013. Por lo menos seis camiones a la semana contabiliza entonces el Consejo de Vigilancia del ejido en San Rafael. Y en los últimos tiempos en el paraje “Hoja Blanca”. Los vecinos de Santa Rita han llegado a organizar grupos de autodefensa, y se han enfrentado a balazos con los mafiosos —en junio de 2014 un talador fue ejecutado en el paraje “La Chichorra”, en San Juan Cuauhtemoc, en la misma camioneta en la que transportaba cinco trozos de madera talados unas horas antes—. Son las pequeñas guerras civiles que ha prendido en la sierra el crimen organizado. La Profepa ha tenido que recurrir al ejército y a la PGR pues sus inspectores trabajan desarmados.

La historia de siempre: taladores armados cada vez más ligados al crimen organizado; autoridades federales sin recursos para frenar a las mafias; policías de todos los órdenes muchas veces involucrados; comunidades campesinas enfrentadas pues entre unos y otros pueblos identifican y señalan a los criminales; medios de comunicación que dan cuenta de las cifras de decomiso y que al día siguiente pasan página a otro desgarriate. Y aquí y allá, parajes como el que encuentra el jeep: árboles centenarios, con troncos de metro y medio de ancho, que habrán alcanzado los 40 metros.

 

Cada quien mira al pasar su río Atoyac. El Xochiac y el Xopanac bajan desde la falda del Iztaccíhuatl en dirección poniente-oriente y van a dar a un río mojigato y recto que desde Texmelucan avanza hacia la ciudad de Puebla, al norte de la autopista a México, ya herido de muerte por la contaminación que le provocan industrias y agroquímicos. Tres municipios (Domingo Arenas, San Lorenzo Chiautzingo y Huejotzingo), con alrededor de 87 mil habitantes de 108 localidades y pueblos, y uno diminuto, San Pedro Tlaltenango, cercado por el aeropuerto y el territorio de Xoxtla. Todos son resguardos prehispánicos tras sus nombres de santos y héroes zapatistas, algunos de ellos ya ciudades enteras, como Huejotzingo (26 mil habitantes) y Xalmimilulco (16 mil 200). El progreso se acomodó entre los ríos: más de 10 kilómetros cuadrados de territorio cubierto de invernaderos, dos parques industriales con más de 50 fábricas textiles y de autopartes, un aeropuerto (ver imagen 2).

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Esta historia viene de lejos. Una de tantas voces perdidas, la del sembrador en Moyotzingo, en la periferia de San Martín Texmelucan, que mira en 1987 su campo hostigado por los herrajes de la planta petroquímica “Independencia” de Pemex.

“La verdad se descontroló la vida del pueblo con la petroquímica. En todo ese descampado que tapa la barda que ya no es campo, se sembraba cilantro, cebolla, lechuga, ameyaba el agua, se hacían pocitos y brotaba, ora ya no. Antes era pobre uno, pero al menos había de dónde cortar algo pa comer, ora ni modo que vayas a morder un tubo. Aquí la gente se arrepiente de haber vendido a Pemex, y quién quita ese rezumbido toda la noche. Pemex dijo que no iba a faltar trabajo pa la gente de Moyotzingo, pero a lo mucho unos 100 son de por aquí los que chambean allá dentro, a mucha gente la cortaron, puro contrato de unos días y vas pa fuera, que no saben hacer nada, que son campesinos, que ahí solicitaban soldadores, gente experimentada. Por eso está lleno de veracruzanos, cuates de Huauchinango que los fines de semana arman su desmadre en las cantinas”.

Y en una conversación, reconstruida en una crónica del autor en noviembre de 1989, entre los funcionarios de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología (SEDUE) y los ingenieros de Pemex que enfrentan la posibilidad de clausura por contaminación (Cambio, 20/XI/1989).

“Primero el diagnóstico: Pemex acepta que no cumple los parámetros establecidos para las descargas de aguas al arroyo San Bartolo y al río Atoyac en 13 puntos todos graves, pero uno extremo, el 12, que dice ‘Acondicionamiento del sistema de neutralización de ácido fluorhídrico, combinado NaOH (hidróxido de sodio) por CaO (óxido de calcio), en la planta de Akiltolveno, con el objeto de abatir la descarga de residuos con flúor’. El problema de los fluoruros es más grave. Así se llevó a cabo la discusión entre técnicos e inspectores:

—Sí efectivamente —dice uno de los ingenieros de Pemex—, no hemos podido meterlo a valores. No queremos que se formen fluoruros de sodio sólidos que se vayan al Atoyac.

—¿En qué plazo se puede resolver el problema en su origen? —pregunta Pablo Loreto, ingeniero de la SEDUE.

—Falta el proceso en la cabeza principal de desfogues en la planta de Akiltolveno. Nos falta el equipo, que es caro. No tenemos presupuesto, tenemos dos cotizaciones del orden de los 800 millones de pesos. Y falta complementar un proceso, cómo vamos a manejar esos sólidos.

—Pero ustedes tienen que entender que a esto hay que darle prioridad.

—Pero es que tenemos que cambiar el proceso tecnológico, no es tan fácil —volvió a decir el ingeniero.

—Pero esto nos mete en un callejón sin salida —cuestionó el delegado federal de la SEDUE Francisco Castillo—, ¿qué tan difícil es que se autoricen esos recursos?

—Se está considerando en México —dijo el superintendente—, a nivel central.

—Ustedes tienen que entender —continuó el ingeniero—, al cambiar ese sistema de calcio nos van a quedar de 20 a 30 toneladas de yeso, no sabemos qué se va a hacer con él…

—Pero yo no veo ahí tanto problema —cortó Pablo Loreto—. Tenemos que irnos a la descarga de agua, a su tratamiento.

—Ingeniero —dijo el superintendente de Pemex López Blumenkron—, si cambiamos a calcio vamos a afectar el proceso de la planta. El complejo tiene un diseño del Instituto Mexicano del Petróleo a partir de una tecnología europea que no contempló los parámetros de desechos. Ese es el problema, no es cuestión económica, es tecnológica.

—Por eso yo les propongo que mejor se traten los fluoruros a la salida del proceso, no en su generación —dice Loreto.

—Tal vez —aceptaron los ingenieros—, había que ponderar que es lo que más nos conviene.

—La ponderación es que están arrojando verdaderos tóxicos —responde Loreto.

—Así es —añade el representante de Tlaxcala por la SEDUE—. Se arrojan, según las cifras que ustedes presentan, 228 toneladas al año de residuos de flúor. La gravedad del problema no está a discusión. Señores, aquí las multas se quedan cortas”.

 

En los años setenta los pueblos y barrios de San Martín encontraron la ruta de la maquila. En los ochenta vino el auge de la mezclilla, con las fábricas gigantes, los pequeños talleres. En unas y otros el teñido y el lavado y las descargas a los arroyos y ríos.

El tianguis de Texmelucan es considerado uno de los más grandes de América Latina, ocupa una extensión de 35 hectáreas en la comunidad de San Lucas Atoyatenco, con entre 12 mil y 16 mil puestos de venta. Acuden unos siete mil vehículos que pagan una cuota de 200 pesos por unidad. El INEGI ubica al tianguis de Texmelucan como el lugar que más empleos genera en el estado de Puebla. Una vez a la semana, entre el lunes y el martes, pasan por ahí 200 mil personas. Inseguridad y pleitos endémicos por el control de las organizaciones de comerciantes caracterizan un proceso económico vital en la región central de Puebla, tanto por la producción de la industria de la confección vinculada al tianguis, como por el movimiento económico que produce la venta de ropa.

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La planta de tratamiento de aguas residuales en San Martín Texmelucan lleva 16 años parada. ¡16 años! La narración es de Tony Peregrina, de Dale la Cara al Atoyac:

“La hicieron en 1995, se dejó de operar en el 2000 y lleva 16 años parada. El municipio paga multas por 400 mil pesos al mes a Conagua por descargar fuera de parámetros, lo mismo que les costaría operarla, ¿dónde está la lógica? El grupo identifica puntos de descargas municipales de San Martín y San Baltazar Temazcalac, y cuando llegamos estaba gris normal, pero en un momento se empezó a pintar por alguna descarga de taller mecánico. Luego encontramos un  cultivo de brócoli regado con el agua contaminada de un canal. Lo peor de todo fue ver y hablar con los campesinos que afirman que riegan sus cultivos (lechuga, habas, cilantro) con aguas del río. Para citarlos, dicen: ‘Sabemos que nosotros estamos envenenando a la gente, pero no tenemos pozo’ ”.

 

Cuando se encuentran el Atoyac y el Zahuapan ya la metrópoli ha copado sus riberas. Tres plantas de tratamiento esperan sus aguas en el río poblano; el tlaxcalteca viene natural, con las descargas de todos los municipios que atraviesa.

Los ríos bajan de la Malinche para morir. Se desprenden uno a uno de lo que queda del bosque, más allá de los tres mil 500 metros, y se van abriendo camino. Se desparraman entre los cultivos y los primeros caseríos de una ciudad que los perseguirá inclemente una vez se encuentren con ella. Su suerte es terrible en cualquier caso: las fábricas y los albañales de los barrios, todas las descargas que producimos van a dar a ellos.

En un extremo, hace tiempo que decidimos enterrarlos, pero todavía algunos, como el que llaman la Barranca del Santuario, van dar con sus miasmas al Atoyac.

Son los ríos del norte. Con sus nombres prehispánicos y coloniales: El Santuario, Barranca Honda, El Conde, Xaltonac. Serpentean y como pueden llegan a los nombres conocidos: Atoyac, San Francisco, Alseseca. La Barranca del Santuario recoge las aguas negras de la Central de Abasto y corre a todo lo largo de la autopista México-Puebla desde el nororiente hasta encontrar a su vecina que arrastra las miasmas del Rastro Municipal, para ir a dar finalmente al Atoyac.

Los activistas de Dale la Cara al Atoyac, A.C. han recorrido la Barranca del Santuario, que recoge gran parte de las descargas de la zona comprendida entre la Central de Abasto y el Rastro Municipal, en San Gerónimo Caleras, pero a la que van a dar gran parte de los escurrimientos de San Pablo del Monte.

Esto encuentran: en el Rastro Municipal opera una planta de tratamiento —¡sí, funciona!—, y por ahora sólo tiene matanza de cerdos, por lo que los bovinos son sacrificados seguramente en rastros clandestinos que operan en la zona. Hay un colector que lleva las aguas residuales a la planta de tratamiento de La Constancia.

Otra es la situación en la Central de Abasto, un espacio por el que circulan todos los días cerca de 50 mil personas. Y con ellas sus necesidades físicas, que se suman a las aguas residuales que se descargan sin misericordia a la barranca.

 

Es un jueves cualquiera. Otra crónica de la destrucción cotidiana de un río. Es el jueves de ayer en la ciudad de Puebla. En un paraje de tantos cruzado por un arroyo que desde la Malinche va a dar al Atoyac hacia su muerte. El río Barranca Honda. Aquí la descarga es claramente textilera, y se ve desde arriba del puente que lo cruza en la carretera a fábricas y que pinta con el mejor espíritu alquimista de rojo el río. Son 48 litros por segundo los que caen rojos intensos sobre el cauce del arroyo Barranca Honda, a cinco metros del puente de la carretera a fábricas, antes de llegar a la vieja textilera Covadonga. Y en un instante el rojo todo lo tiñe. Más tarde sabremos que la planta textil Acafintex, ubicada un kilómetro arriba por la carretera, es una fábrica especializada en productos teñidos, que de hecho ese es el punto que la distingue en el competido mercado de la industria textil mexicana. “Contamos con la más alta tecnología en el teñido de telas —presumen en internet—, así como versatilidad para lograr la mejor penetración durante el proceso […] Podemos teñir con los siguientes colorantes: indatherenos o a la Cuba, dispersos, reactivos, directos, naftoles, sulfuros, ácidos…”.

No se sabe si son ellos los responsables. Conagua y el organismo que opera el sistema de agua en Puebla (SOAPAP) se echan la bolita. Pero el río rojo —o amarillo, o verde, o azul o el que le guste al marchante— está a la vista todos los días. Y la descarga proviene de un drenaje que sale al aire en un caño unos 50 metros antes de desfogar sobre el río Barranca Honda. Y fotos satelitales indican que la ruta del drenaje apunta hacia el norte, el rumbo justo en el que se ubica esta fábrica. La existencia de esta descarga —según los técnicos del gobierno del estado de Puebla responsables de las estaciones de monitoreo— está registrada por la Comisión Nacional del Agua desde hace varios meses. Y que la descarga es continua y sistemática en su coloración multicolor. Y que, lamentablemente, no ha ocurrido nada. Y a la vista los datos que veo en una de las pantallas de la estación de monitoreo que el gobierno del estado de Puebla ha construido —nueve en total, desde Texmelucan hasta el sur de la ciudad de Puebla, más allá del Periférico—: cero oxígeno; conductividad en mil 568 puntos.

Es un jueves más en la historia del río Atoyac. Las lluvias hoy no han provocado que una nube densa de tóxicos se disemine en la rompiente que existe atrás de la fábrica Hilaturas Los Ángeles. La carga de amoniacos y nitratos está a la espera de ser analizada por los técnicos de las plantas de monitoreo. Ahora escurren hacia la ciudad inconsciente.

Y uno tras otro de los ciudadanos que los huelan dirán como si nada: “Cómo apesta el río Atoyac”.

 

Sergio Mastretta
Periodista. Editor del portal mundonuestro.mx