Tenía 18 años. Cursaba el primer semestre de medicina veterinaria y me ofrecí como voluntario en el Zoológico de Aragón. Conocía de memoria Chapultepec pero Aragón no.

Llamaban mi atención sus diferencias, Aragón era extenso, espacios abiertos, jardines, pasillos con camellones. Espacio para caminar, bancas para platicar. Encierros, circulares, fosas que contenían al animal y permitían verlos directamente sin rejas molestas. Aragón fue diseñado para corregir los defectos de Chapultepec.

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Ilustraciones: Estelí Meza

Empecé los fines de semana, acompañaba a los veterinarios en sus recorridos. Más allá de ver, observábamos. Poco a poco fui conociendo el parque, sus vericuetos y todos los albergues. También a los animaleros, hábiles manejadores de animales. Comprobé que tanto animaleros como veterinarios se apoyan mutuamente, pues la integridad física e incluso la vida dependen de la cooperación durante los manejos.

Las visitas a las áreas de manejo me impactaban mucho. Eran muy funcionales, aunque entonces no lo sabía, las más eficientes del país. Durante mi primera visita al patio de leones estaba encantado por el olor, los sonidos y su gran tamaño. Desde afuera los veía grandes como un gran danés, pero junto a ellos descubrí que pesan entre 150 y 200 kilos, simplemente gigantes. Hipnotizado me acerqué demasiado a la reja, un león saltó en dos patas y emitió un tremendo rugido. Brinqué y creo que grité “¡Miami!”. Era demasiado tarde para aparentar aplomo. A mí alrededor todos reían, fue la primera parte de mi novatada.

La segunda parte sucedió una semana después. Nos avisaron que había un antílope para necropsia (cuando diseccionas un cadáver para conocer la causa de muerte). Era un hermoso antílope de color arena, franjas negras y blancas en la cara y dos impresionantes cuernos rectos como espadas.

El animal yacía con la cabeza hacia el fondo de la sala, “¡este no está muerto todavía, sólo está timpanizado!”, gritó el médico al llegar y percutir con el puño sobre el flanco izquierdo. “¡Pronto! ¡Una sonda, un abrebocas, y tú (o sea yo) agárrale la cabeza fuerte!”. Alguien colocó el abrebocas de madera y pasaron la sonda gástrica. Podía ver cómo navegaba el instrumento desde la boca del antílope hasta pasar por el esófago, notaba cómo se movía hasta llegar al rumen. Una lección práctica de anatomía.

Salía gas, espuma y contenido ruminal. El animal eructaba. Poco a poco comenzó a revivir, abrió los ojos y mordió el abrebocas jalando la lengua. “¡Agarra esa lengua!”, me ordenaron, “¡mantén el abrebocas en su sitio!”. Obedecí pero el animal recuperaba conciencia, empezó a levantarse y a jalonear la cabeza.

Mientras, me gritaban “¡agarra fuerte la cabeza que si se saca la sonda se asfixia!”. Cabeceaba furioso. Entonces noté que todos trabajaban en el tren posterior del animal, junto a la puerta abierta, y yo había quedado junto a la cabeza, arrinconado entre la espada y la pared. Si el animal se levantaba quedaba atrapado, me vi atravesado por esos tremendos cuernos.

El antílope se recuperó pero no actuó como temí. Le retiraron la sonda y el abrebocas cuidadosamente. Luego lo trasladamos al corral del hospital. Aprendí cómo cargar a un animal con cuerdas y siempre sujetando ferozmente los cuernos, hasta posarlo en el piso. Dos animaleros me relevaron de cargar los cuernos y logré salir ileso del corral. Detrás de las rejas veía la delicada maniobra de soltar los cuernos sin ser cornado, maestría que repetiría y enseñaría a mis aprendices en el futuro.

Durante los recorridos tenía que identificar los nombres científicos, a los machos de las hembras, juveniles y crías, conocer a cada individuo. Saber cuántos había en cada albergue y si uno nació o murió durante la semana, preguntarle al médico. Ponía mucha atención pues cada semana el doctor me hacía preguntas y debía responder correctamente si deseaba continuar como voluntario.

Entre mis responsabilidades estaba cuidar a los cachorros, animales enfermos y en cuarentena. Los animales de nuevo ingreso se deben cuarentenar. En fauna silvestre si los animales están enfermos ocultan los signos clínicos. Los enfermos son presa rápida de los depredadores. Por eso los animales de zoológico se ven normales un día y al siguiente amanecen muertos. En la necropsia muestran lesiones muy severas incompatibles con la conducta normal que manifestaban. Sólo una minuciosa observación puede detectar a un animal enfermo, y cuando se nota generalmente ya no hay tiempo para tratarlos.

Por ello no se reciben animales nuevos, por riesgo de contagio, aunque se vean bien. De ahí la importancia de la cuarentena. Yo atendía a los cuarentenados y hospitalizados. Lavaba jaulas, trastes, preparaba raciones, ponía agua, aseguraba que las jaulas quedaran bien cerradas, daba medicamentos a la hora y la dosis exacta, según la prescripción del médico.

En las tardes y noches cuidábamos a los más pequeños. Los trabajadores terminaban su turno y partían a casa, los voluntarios pasábamos las noches en vela dando leche cada cuatro horas, llenando registros. Era una delicia, también un gran esfuerzo. Años después, a mis alumnos, impuse las mismas obligaciones.

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Conocí la Panleucopenia Felina, una infección viral de felinos salvajes, especialmente leones. Vi cachorros enfermos que morían en pocos días. Un azote para felinos en zoológicos y circos. Vacunábamos cada seis meses pero llegaban cachorros de otros zoológicos enfermos o que se enfermaban al poco tiempo. Sólo vacunando se podía mantener a felinos en cautiverio.

Era todo un rodeo la vacunación. Había leones, tigres, leopardos, jaguares, linces, ocelotes y también hienas manchadas. El procedimiento para vacunarlos era diferente. Para los grandes felinos usábamos la jaula de compresión con barrotes de metal. Una pared se desplazaba lateralmente para comprimir al animal. Inmovilizado, se le inyectaba manualmente.

El primer problema era que el león se metiera a la jaula. Se colocaba la jaula en la puerta de una de las casetas, perfectamente amarrada, para evitar que se moviera. Luego se trataba de guiarlo a la jaula, con alimento, gritos, súplicas, y si todo fracasaba se les lazaba y jalaba. Éramos seis personas para jalar a un león adulto. No era raro que jalando el león mordiera la cuerda y nos íbamos de sentón al piso.

Cuando el león entraba a la jaula se cerraban las puertas y se recorría la pared movible. Ya sujeto, los veterinarios lo inyectábamos manualmente a través de los barrotes. Los leones no se quedaban quietecitos, giraban, tiraban mordidas y garrazos para alejarnos. Desarrollamos la habilidad de inyectarlos muy rápidamente y muy atentos, para evitar perder una mano u otro apéndice.

Los felinos pequeños eran capturados con redes, o un domador entraba a la caseta y los capturaba físicamente. Mientras el lince u ocelote luchaba contra la red o el domador, nosotros los inyectábamos en vivo y en directo.

A principios de los ochenta llegaron a México las primeras cerbatanas con dardos de inyección remota que permitió vacunar sin tener que atraparlos. Era más fácil cargar un dardo, esperar a que el animal estuviera quieto y dardearlo, menos estresante que la lucha cuerpo a cuerpo.

Actualmente ya no se usan cerbatanas para ciertos animales. Se les entrena y permiten la inyección a cambio de algunas golosinas y apapachos. A los elefantes se les puede recortar las uñas, aplicar vacunas y hasta tomar muestras de sangre, con su completa cooperación, lo que disminuye mucho el estrés tanto de animales como de veterinarios. El adiestramiento es trabajo arduo y se realiza permanentemente para que el animal esté listo para realizar los ejercicios que permitan vacunarlo o tratarlo adecuadamente.

En una ocasión tenía la guardia de la tarde, el último recorrido para observar a los animales antes del anochecer. Tenía el tiempo calculado de manera que cuando estaba oscureciendo terminaba el recorrido. Cuando regresé tranquilamente al hospital pasé frente al exhibidor de leones, un gran foso semicircular, que permitía ver al león a la misma altura que nosotros, ojo a ojo. Caminaba un poco distraído, pensando en cualquier cosa, cuando sentí que todos mis vellos del cuello y espalda se erizaban, era un frío que recorrió mi espalda. Me paralicé y giré despacio para ver a mis espaldas. Una leona me estaba acechando, me seguía a hurtadillas, cazándome en total sigilo. Ella estaba en su exhibidor, el foso perimetral me protegía, pero me veía claramente y yo a ella, sin ninguna barrera visual y a las pupilas.

Dejó de acecharme y se sentó mirando a otro lado, inocentemente, como si nunca me hubiera estado cazando. Esa sensación de frío en la nuca debe ser lo último que sienten sus presas en vida libre.

Desde mis primeras experiencias en el zoológico hasta 30 años después cuando me retiré, cada día ha sido una aventura, una experiencia intensa donde conviví con animales fabulosos, tratando siempre de mantener su salud y bienestar. Tuve la oportunidad de ejercer mi profesión como zootecnista, como médico y cirujano, un privilegio que no me canso de agradecer.

En aquella época solamente había una materia optativa, clínica de animales de zoológico, se impartía en los últimos semestres de la carrera. Realizar un voluntariado en el zoológico, bajo la supervisión de profesionistas experimentados, me permitió formarme como médico de fauna silvestre. De hecho, fueron los zoológicos los que produjeron a los profesionistas que desarrollaron tanto la medicina como el manejo sostenible de fauna silvestre en nuestro país. Esos médicos veterinarios y biólogos que aprendieron y se especializaron en la práctica directa en los zoológicos mexicanos forjaron los académicos e investigadores que hoy imparten clases de licenciatura y posgrado en diversas universidades del país y el extranjero.

Cada día trato de motivar a mis alumnos y colegas a que acepten el reto y dediquen su actividad profesional en pro de la fauna silvestre, tanto en cautiverio como en libertad.

 

Gerardo López Islas
Ejerció como médico veterinario, jefe del Servicio Médico Veterinario y finalmente como Líder Coordinador de Medicina Preventiva y Terapéutica en el Zoológico de San Juan de Aragón por 32 años. También es profesor de Fauna silvestre y de Etologia de la FES-C. Participa en el programa de recuperacion del lobo mexicano.  

 

16 comentarios en “ Veterinario de zoológico

  1. Un honor haber estrechado la mano del maestro y aprender de el durante mi breve estancia en Aragón al inicio de mi carrera, sobre todo entender gracias a su enseñanza y sus anécdotas el importante papel que juega el veterinaro de vida silvestre y los Zoologicos en la conservación de la biodiversidad mundial. Personas como el han marcado no solo nuestras vidas, también han contribuido a transformar la educación veterinaria en México.

  2. Gracias Doctorneo Gerardo, usted fue el primero en darme la oportunidad de vivir esta excelentevivencia de trabajar en el zoológico!
    Muchas gracias!

  3. ¡Estupendo relato! Ha sido muy emocionante leer e imaginar tu labor en el zoológico. Felicidades por tu gran vocación, es inspiradora. Y las ilustraciones de Estelí, me encantaron.

  4. Maravilloso!! Y de gente como usted! Con esa gran pasión aprendi yo !!…. nunca olvidare esas enseñanzas y consejos…. sin duda , el mejor mentir de fauna silvestre q tuve!!…. saludos!!

  5. Doctor, gracias por su relato, grandes experiencias que son parte de un gran profesional como usted y su amor por los animales. Felicidades .

  6. Es encantador estar en la clase de clinica de animales de zoológico en Aragón yo en mi primer clase tuve la fortuna de estar cerca de una pantera negra me acerqué y comenzó a ronronear

  7. Felicidades compañero Gerardo Islas. Te leo y me transporto a las letras de David Tylor en su libro Veterinario de Zoológico, inspiración en mis primeros años de la carrera. En los programas de “Todas las criaturas grandes y pequeñas” del Dr. James Herriot. Ojalá esta publicación de Nexos llegue a muchos jóvenes. Te felicito por las amenas letras, pero sobre todo por una vida profesional tan exitosa y productiva. Y que siga así formando nuevos profesionales con ética y buena instrucción, en el progfama de rescate del lobo mexicano y en todo aquello que te involucres. Un fuerte abrazo!

  8. Pues que le puedo comentar Doc. Solamente agradecerle por darme la oportunidad de laborar con usted y el poder trabajar de voluntaria dentro del zoológico, aprendí muchas cosas, y en verdad de todos los maestros que tuve en la facultad siempre me acuerdo del gran “Ursus” . Gracias por compartir sus conocimientos con nosotros.

  9. Me encantó tu relato Doctor, cuantas experiencias vivimos a tu lado como nuestro mentor y amigo, sigues siendo mi sensei favorito y el zoológico de Aragón una segunda alma matter que recuerdo siempre con inmenso cariño!

  10. Felicidades Doctor Gerardo y gracias por recordanos las bases de la clinica de Fauna Silvestre

  11. Mi estimado Doctor. Siempre estaré en deuda con usted. Agradecido de por vida por ayudar a formarme en está grandiosa profesión y por ser una persona nada egoísta para ofrecer sus conocimientos a las nuevas generaciones. Un abrazo!

  12. Excelente historia muy entretenida, más conocer a la persona de la historia un gusto, muchas felicidades

  13. Es maravilloso leerlo y aprender de sus historias de vida, debería escribir más, me quede esperando más aventuras, estoy segura que nadie mejor que usted transmite esa emoción, expectativa y satisfacción al realizar su trabajo, Gracias Doctor, es un honor conocerlo y ser parte de su familia =)

  14. Doctor para mi es un honor haberlo tratado, conocido y haber aprendido de usted,y sobre todo darme el privilegio de ser mi asesor . Aprendí tanto en mi estancia en el zoo, que pese a que me dedico a otra cosa, no pierdo la esperanza de unirme al gremio dela fauna silvestre. Excelente y motivador su relato ☺

  15. En muy grato saber que un compañero de la generación 78/83 tenga una carrera tan exitosa, yo no trabajo con esas especies pero me gusta mucho saber de ellas….. Felicidades Gerardo por tu labor con los jóvenes Veterinarios y tu aportación a los animales.