“¿Y cómo te va?”, preguntó Crescencio sobre mi venta gitana de galletas con caramelo en una casi esquina de la colonia Juárez. “No tan bien”, respondí ante la poca demanda. Al toparnos, conversábamos. Buscaba nuevas formas de hacer dinero mientras que él caminaba rumbo al Metro. “¿Por qué no hacemos brujería?”, ofreció una mañana.

Acepté. Dentro de la habitación hay que quitarse los zapatos. Crescencio es de pocas palabras, piel blanca y camina encorvado. El sol lo lastima. A los que cruzan la puerta los llama ahijados. La luz de la vela ilumina. Los nuevos rascacielos lo han dejado en penumbra.

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Ilustraciones: Estelí Meza

Un escritorio de madera con libros de sus consultas, un sillón con terciopelo oscuro, tabaco regado por el suelo, botellas de aguardiente, cráneos de aves, plumas y cientos de recipientes variados con colores, olores, texturas. Pide me siente en una silla.

Frente a mí, recarga la espalda sobre una almohada y la pared morada. Alrededor vibran tótems y santos. Secretos envasijados. Guardan tierra, tripas, flores. Es brujo babalawo. Quinta generación religiosa de un esclavo que como miles atraparon en África y vendieron en Cuba.

Los traficantes los engordaban, embarcaban y drogaban con hierbas. Los sacerdotes transportaron sus deidades en semillas. Las tragaban y atesoraban en las entrañas. Al llegar a América muchos brujos fueron perseguidos y a algunos los mataron.

En secreto, con naranjas y mecate, los sacerdotes construyeron sus primeros oráculos. Al ser capaces de manejar espíritus y animales, en Cuba, se hicieron consejeros. En nombre de los expulsados pidieron permiso a los amos para practicar su culto. Éstos accedieron con la condición de que no usaran las imágenes que acostumbraban sino a los santos de la Iglesia.

“Agarra un gallo, le das vuelta y lo avientas a la calle…”, recomendaba uno que confirmó a cientos de ahijados. A través del sacrificio resolvía problemas terrenales. Encantaba con la idea de que el propósito de los animales era servir a los humanos. Sanar sus miedos y sufrimientos. Germinaron linajes y charlatanes.

“¡Concéntrate! ¡Repite lo que quieras!”. Crescencio ha notado que mi mente deambula. Con la mano esparce un polvo sobre un plato de madera y unos cuernos de venado. Sus pantalones están manchados. Canta y reza en dialectos africanos.

Una fotografía decora. Es de su padre. Cuando era un niño lo descubrió con las manos ensangrentadas de pollo limpiando unas jícaras. “¿Por qué no le haces el santo de una vez a tu hijo?”, recomendó el padrino de su padre durante un viaje a Cuba. Tenía seis años.

Fueron siete días de encierro. Lo raparon y le confeccionaron un traje de gala blanco con flamas. Por cada santo un sacrificio. Entre gallos, gallinas y palomas mataron casi 40. Chivos y borregos, 15.

Los cadáveres los sacaban, levantaban y si eran de cuatro patas destazaban, quitaban la piel, cortaban y las carnes se presentaban a las deidades. Algunas las comían.

“Dale la chiquita”, recomendaron para su primera matanza. Eran raros los niños sacerdotes, luego se multiplicaron. Tenía poca fuerza y le dieron una gallina de guinea grande y bravucona. Peleó. La venció girando, mareando y golpeando contra el pie.

Debía perfeccionar su estilo. En casa de unos sacerdotes se curtió. Hacían cientos de ceremonias. Ellos también tenían un puesto en el mercado. “Agárralo así”, le explicaban y participaba. Entonces le “entregaron el cuarto”. Ya podía matar, destazar. No se podía rajar.

Al fondo de su clóset sus trajes con estampados africanos. Quiere ir a Nigeria pero sabe que la cosa está que arde. “Hay que sacrificar unas vacas para que los espíritus se vayan a otro lado y puedas ocupar el sitio”, decía una bruja a un europeo que quería urbanizar un bosque de baobabs en el Senegal.

No le creyó. El primer árbol que talaron derramó sangre, del segundo brotaron dos caballos, uno blanco y uno negro. Las casas se hicieron. Poco a poco los trabajadores murieron. Por pavor comenzaron a armar el tabique con sangre. La familia del constructor se accidentó. Él terminó ciego.

“Dos gallinas coloradas para que te vaya bien”, concluye el oráculo sobre mi caso.

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Crescencio tenía que hacer unas compras, algo “chiquito y con bigotes” para otro cliente y lo acompañé al Mercado de Sonora. En el pesero se queja del pecado religioso, el sacrificio innecesario para cobrar. “¡¿Por qué no les das importancia a mis problemas?!”, le han gritado los clientes más locos. Entonces termina agotado. Quieren ver espectáculo o creen que no se curarán.

Cubanos, argentinos, franceses, africanos rondan. Los concheros buscan piel de chivo para tambores. Unas tortugas se venden como piedras verdes. También llegan chinos. Quieren las gallinas más gorditas y las meten en costales. Los visitantes más carroñeros llevan la carne vieja, enferma, negra y barata de los chivos. La disfrazan de borrego y exhiben como barbacoa.

Nos abrimos paso entre mirones y guacales. 20 gallinas mínimo dentro de cada uno. Mojadas, cagadas, pisoteadas. El sonido se compone de aves, llantas de diablitos de carga y gritos. Los gallos intentan marcar territorio con su quiquiriquí. Perros. Unos ladran, otros duermen. Se montan. Los gatos tiemblan. Sus miradas me encuentran. Patos, pollos, periquitos, palomas. Un ejército de garrapatas.

Para los males de la cabeza se recomienda un sacrificio de palomas. La sangre de pescado para tratar problemas psicológicos. Las branquias se extraen con algodón y cuchillos.

En otro pasillo pululan las brujas. Con cejas, ojos, labios delineados, rímel escurrido y faldas entalladas. Velas, pétalos de rosas, amuletos, inciensos. ¿Qué querías?, ¿un trabajo? Diga, pregunte, puede pasar, vea, te pactamos, yo no le miento, somos cien por ciento. El amarre está en dos mil pesos. El que sí funciona en dos mil 500. Cada una se esconde en su guarida. El negocio es “amarrar” y luego destripar.

Un bote con sapos, chochos, serpientes, arañas, libélulas y más se llama carga. El paquetito “tumba trabajos” evita consultar a las brujas.

Es temprano, no han llegado los patrones. Un cráneo de borrego cuelga sobre un corral. Saleas. Agua turbia encharcada. El pollito 20 pesos. La gallina de guinea en 250, la grande 270. El tlacuache entre 600 y mil pesos. Chivo 750. Un loro africano, de criadero, alrededor de 70 mil. Los cuidadores, al ver algo inerte, lo avivan empuñando la jaula.

El mercado abrió puertas a finales de los años cincuenta, cuando querían desplazar a los tianguis de las calles. Vendían animales de granja para comer. Un dueño notó que la gente se paseaba para verlos, tocarlos. Así vendía más. Metió especies exóticas y silvestres.

Los animales llegaban de Veracruz, Chiapas, criaderos legales y clandestinos. Las leyes cambiaron y las mañas también. Para 2010 eran pocos los animales que mostraban. El tráfico salió del mercado. El celular lo agilizó.

Los escasos operativos arrastraban cachorros cadavéricos de leones, tigres, tucanes, loros y víboras. Decían que los liberaban. Todos aseguran que se los repartían.

Entraron más palomas, codornices y aparecieron los religiosos. Buscaban de todo para matar. Lo prohibido, favorito. Algunos empleados enfermaron, se quejaron del “brujazo”. Otros se especializaron en destazar.

Los brujos explican qué quieren y cómo. Los pacientes también. Al zopilote, contra el cáncer, deben matarlo y el paciente beber la sangre de inmediato. Luego lo despluman y cortan como si fuera pollo. Se cocina y come completo en casa.

La merma es prohibida. Una vez murieron 100 codornices. ¿Qué hacemos? Los vendedores las cocinaron y compartieron. Cuando muere un chivo, en una bodeguita oculta los parten, arrancan el corazón y lo meten en alcohol. Las patas se hacen cepillos. Ojos y cerebro también se venden como remedio.

Del suelo al techo cientos de gallinas enfiladas en guacales. Abajo un corral atiborrado de cabras flacas. Una pisa a otra intentando robar el poco alimento de las gallinas. El vendedor espera la venta masticando un taco. Se limpia lamiendo.

Un hombre con verrugas en el cuello pide ocho gallinas negras, las más agresivas. Entre las piernas de la gente comienza a degollar. Vierte la sangre en la coladera. Ahora, asegura, sus dioses están satisfechos.

Rateros, actores, matones, magistrados, luchadores, abogados, políticos, policías y vendedores que se conocieron ahí se han hecho familia. Los que se creen más malos salen con víboras y arañas venenosas.

“Descuartizó y mató”, leyó un trabajador desde su puesto. Pudo reconocer al autor. Era un cliente que pedía gallos “bien chingones” para pelear. Regresó enfurecido pues uno murió. Lo amenazó. Lo metieron al tambo pero al año volvió por más gallos.

En un buen día venden 100 gallos. Uno malo, 20, 30. Palomas de color, 300; blancas,100. Como 50 chivos y 20 borregos. Sábados y domingos es cuando la gente descansa y hacen más brujería. En año nuevo hay limpias masivas y se acaban los gallos. Vuelven hasta mediados de enero.

Algunos intrépidos han logrado a escapar. Pericos, tlacuaches, pájaros y halcones que ahora anidan en edificios y rascacielos, alimentándose de desperdicios humanos. Una víbora de cascabel conmocionó al mercado. Movieron todo. Amaneció muerta en el basurero. Se fue a lo oscurito y encontró veneno de rata.

Unos cantan y rezan alrededor de una niña junto a los tacos de guisado El Galán. Parada obligatoria de los religiosos con sus animales recién comprados. Dice el dueño que por ahí nunca ha pasado un brujo, “sólo especímenes que pican los ojos y se van”.

En otro pasillo la mudez de las plantas. Sopalilla para limpiar la sangre y deshacer los barros. Tumba vaquero para la migraña y los nervios. Tabaquillo para reumas y el dolor de cabeza. Pata de león para los granos. Romerillo para el dolor de muelas. Muite morado para el susto y flor de manita o mano de león para el dolor de corazón.

En la habitación las gallinas coloradas esperan dentro de una caja con hoyos. También está un pollito embolsado y arrinconado. Su sangre cumplirá otro encargo. Algunos trabajos requieren más. Un enclenque cachorro de león se vende en 45 mil. Los amarran y con un cuchillo en la yugular los desangran. Luego les vuelan la cabeza.

Otros cultos prefieren los changos. Completos o por partes. Una cabeza de mono, la mano de un gorila. Sapos para curaciones. Plumas.

La temperatura se ha elevado. Silencio. Crescencio, con un cuchillo cebollero, corta un trozo de papel bond. Lo embarra con manteca de cordero, hoja “elegante” de malanga, pan, huevo y más de no sé qué. Rompe el huevo y pela los ojos con cara de susto. Pellizca poco de entre su laboratorio de hierbas.

Una araña atraviesa el suelo. Por la luz de la vela su frágil cuerpo engorda. Al envoltorio de papel le escupe ron. Guarda cientos de plantas, listones y granos de maíz. El incienso se mezcla con el olor a estiércol de las gallinas.

Introduce la mano en la caja y arranca con fuerza unas plumas. La gallina refunfuña. Más cantos y rezos. Para encontrar los ingredientes de sus pócimas visita bosques y hospitales. Saca las dos gallinas pico abajo. Me pasa una. La sangre en la cabeza las atolondra.

Jala sus patas hasta tocar el pico y con un movimiento brusco y preciso atraviesa el pescuezo. Pide que me acerque y vierte la sangre sobre una vasija blanca. Repite la acción con la segunda. Escucho un crujido. Las gotas caen sobre imágenes talladas, tibores de porcelana, semillas, piedras de río, fotografías y más ofrendas ajenas.

Degollados, los cuerpos se aferran al movimiento y retuercen por el suelo. Las patas se aflojan y vuelven a cerrar. La espina dorsal salta como un proyectil del cuello. Un cuerpo se caga.

Las cabras se agarran como a un costal. Crescencio busca ser rápido, limpio. Si el cliente sufre, tarda más. Ha tenido que gritar para que el animal se deje asesinar. Con las uñas, agua y las yemas de los dedos debo limpiar la sangre que ha comenzado a coagularse sobre el suelo. La vela se termina como un pelo al chamuscar.

Debo deshacerme de los cuerpos. Dejarlos en un puente, un cruce, un río, una esquina. El oráculo exige un panteón. “¡Vas!, gritó un amigo, y lancé a las gallinas degolladas desde la calle. Su vuelo lo interrumpió un alambre de puas”.

“¿Y? ¿Mejor?”, vuelve a preguntar Crescencio frente a un estacionamiento. “Tuve que parar”, respondo; los policías querían llevarme. Entre la banqueta, un rastro de sangre con agua y burbujas de jabón viaja hacia la calle. Sale del fondo de un restaurante. Gritos, claxonazos, mujeres en tacones atraviesan la calle, vendedores de tacos, tamales y boleros nos rodean. La ciudad respira y la muerte es una ley de vida.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.