En un Sanborns, Casiano pide huevos divorciados con jugo de naranja. La mesera, uniformada en tonalidades pastel, le ofrece café y acepta. Es chilango pero huyó hace más de 30 años.

Quiso ser médico pero no aguantó el Semefo. Lo horrorizaban las disecciones y optó por estudiar biología. Le dolía ver gente herida, sufriendo. La lucha agraria lo llevó a Chiapas. Entre naturaleza e insurrección zapatista se enamoró. Era 1994 el estado ardía y sus entrañas también.

Dejó las armas y se puso a producir. Su impulso era la izquierda y la autonomía. Tenía una lanita. Un tal Pancho Pepe le ofreció una hectárea en tierra templada, lejos del horno de Tuxtla. Una milpa fantasma, desertificada, en la que alguna vez floreció maíz. Al centro, una casa blanca con tres habitaciones y las ventanas tapiadas. Aire acondicionado y cortinas de terciopelo. A Pancho Pepe no le gustaba ver el terrenal ni a los moscos.

Casiano encontró su suerte al romper la pared. Abrió un gran ventanal y la pintó de verde. Había un pozo seco. Comenzó por sembrar flores y arbolitos. Introdujo zarzamoras, frutillas, cuatrocientos matojos, pero se las tragaron las arrieras que no dejaron “una ni para remedio”. Luego nardos y cempasúchil. La tierra estaba agotada.

La rebelión dirigió un montón de dinero federal a Chiapas. Junto con otros campesinos, Casiano recibió unos borregos que al poco tiempo se comieron los perros. Especies locales como el venado y faisán estaban prohibidas.

Cercó con alambre de púas y llegaron los puercos. A la mayoría, como con las vacas, se les desbarrancaron. A Casiano le fue bien, se le dieron grandes, pero notó que sus trabajadores eran muy cabrones, les daba flojera bañarlos y los trataban a palazos, peor que bestias y le provocó tirria. Los sacó.

Buscó especies exóticas permitidas. Faisanes y pavos reales de origen asiático que llegaron a América acompañando a aristócratas, nobles y curas. Les construyó encierros de madera e instaló techos.

05-ejemplar

Ilustración: Estelí Meza

Aprendía poco a poco. Había una pareja de pavos reales blancos junto a una de azules. Una malla separaba los corrales. La hembra azul comenzó a pegarse mucho al lado de los pavos blancos. De pronto la notó triste. Cada vez más. La agarró y debajo del ala encontró gusanos. El macho le había acomodado una madriza por andar de cusca con el vecino. Murió. Construyó nuevos encierros con barreras visuales.

“¿Podemos pasar?”. Comenzaban a preguntar los niños. “Oiga, ¿me vende uno?”, continuaban los adultos. “Dos mil, tres mil pesos por pavo real”, negociaba Casiano. Los querían para ornato. Vendía hasta cuatro por semana y con eso levantó la producción y la granja.

Con los árboles que plantó el suelo recuperó sus nutrientes. El pozo se volvió a llenar y ni en seca desapareció. Llegaban escuelas, enamorados y familias de visita. Demandaban servicios de comida así que introdujo conejo y codorniz.

Buscó nuevos pies de cría. Tuvo que viajar a la Ciudad de México. Había pocos criaderos. Visitó importadores y lugares escondidos con montonal de animales. Las leyes eran ambiguas, se intentaba regular. Unos los compró ilegales en el Mercado Sonora.

Casiano quería productos de alta rentabilidad en superficies menores. Crear un modelo replicable pues notaba que la mayoría de los proyectos de apoyo al campo fracasaban. El dinero se perdía en la tierra y se dilapidaban recursos. No quería seguir importando modelos con especies y tecnologías ajenas.

En un aviario en Ixtapaluca encontró especies endémicas: faisán, cocolita, perdices rojas. Ahí los reproducían y daban notas de remisión. También le dieron un curso sobre cómo manejar animales y le gustó más.

Buscó más alternativas locales. El venado lo traía en la cabeza, lo pensaba como reconquista cultural. Era 1999 y en la Ciudad de México se cocinaba la nueva Ley General de Vida Silvestre que permitía la creación de Unidades de Manejo Animal (UMA).

En el norte del país existían cientos de criaderos extensivos que argumentaban era imposible hacer crianza intensiva de venado, como tendría que hacerlo Casiano en Chiapas por las características del terreno. No le importó y comenzó con ciervo rojo, un exótico permitido, y comenzó un trámite para poder trabajar con especies endémicas.

Fueron seis meses de papeles, planes de manejo, formatos que rellenar. “Aquí le falta una coma, aquí un punto, aquí debería ir con mayúsculas”. Lo aprobaron cuando el de la ventanilla le corrigió la forma y estilo.

Comprobó que por hectárea, en vez de tener una vaca, podía tener 10 o más venados. La vaca, por ser un animal doméstico, arranca el pasto y desertifica donde pastorea. Los venados, por ser silvestres, lo cortan y vuelve a crecer. Pecarís (puerco de monte), faisanes, cojilita, perdices, tortugas, con su nuevo permiso podía criarlos todos. Conservaba recursos y sacaba la paga. El pecarí, favorito en cochinita pibil, se lo arrebataban.

En una conferencia escuchó que México producía 30 mil iguanas al año para el mercado interno mientras que El Salvador dos millones y medio para el mercado internacional. De ésas, un millón y medio eran para mascota, el resto acababan enlatadas. Se capacitó y en el terreno de un conocido reprodujeron iguanas. Era su hábitat, les fue bien.

Casiano confiaba en la memoria prehispánica del gusto y en la creciente demanda de carne. Implementó un pequeño rastro en su hectárea. Aprendió cómo matar según un programa de rastros. Quedó traumado. Las cuchilladas y martillazos no eran lo suyo. “Chingue a su madre el mundo”, pensó, “todo es mejor a balazos”.

A plomazos no se contaminaba la carne ni sufría el animal. No había descarga de adrenalina al ver a un cabrón acercarse con toques. “¿Y cómo vender el hueso?”, se preguntó. No quería que los clientes pidieran como en la carnicería “pura maciza”, o sea, todo menos hueso.

Optó por cortes americanos. Piezas con hueso, chuletas con tuétano perfectas para el chambarete. La carne de venado voló en la feria de productos no tradicionales. “Invita a tu mujer, a un amigo, con unos tragos y olvídate de los chamacos”, los convencía. Lo ofrecía como exótico y “gourmet”. El primer día vendió 50 kilos. Al igual que los becerros y el jabalí, el venado entre más tierno es más sabroso. Había que matarlos entre el primero y segundo años.

Llegaron nuevos interesados. Unos, con rifle en mano, querían sacrificio. Matarlo por la foto, el trofeo. Como si hubieran ido a África. Les permitió pero tenían un tiro. Debían hacerlo debajo de la cabeza y detrás de la oreja.

El rastro de sangre atrajo a las familias de epilépticos. “Un vasito para el niño” suplicaban convencidas de que acababa con los ataques. La chanfaina, sangre con vísceras, también se vendía.

Los sobanderos también aparecieron. Unos viajaban desde Comitán. El venado tiene poca grasa que cubre los intestinos. “¿Y no vende velvet?”, preguntó otro chismoso.

Cada año el venado tira los cuernos. Entre más viejo, más crecen. Antes de madurar son casi terciopelo. Los asiáticos dicen que tiene miles de propiedades. Son tejidos de altísimo crecimiento. Algo como un Viagra. Un cuerno que crece en febrero para agosto, en septiembre ya maduró. Su precio es por gramo. Si se corta mal es una hemorragia enfurecida.

La técnica conlleva riesgo. El venado debe dormirse, mientras se corta se cauteriza. Si se caen los cuernos ya están duros. Lo intentó pero no le gustó.

Casiano termina los huevos divorciados y con una servilleta limpia sus bigotes. Los tiene largos, tupidos, canosos y con las puntas amarillas. “La gente de la ciudad son asesinos pasivos”, comentó en un taller sobre sociedad y violencia, “santos que no matan nada. Votantes que joden al resto”. Unos psicólogos lo observaron con asombro.

Al poco tiempo decidieron realizar un experimento y Casiano colaboró. Recibió en su hectárea a un universitario conflictivo, dizque anarquista, al que le gustaban los madrazos contra granaderos, las bombas molotov, con ganas de construir un mundo nuevo, alternativo.

Llegó un pedido para un banquete de 300 codornices. Aves pequeñas, frágiles, lindas y sabrosas. Ni un cuchillo se necesita para matarlas. “Se deben detener bien y arrancarles la cabeza o todo se embadurna de sangre”, le explicó. Por segundos, el animal agoniza y muere.

El muchacho no había sentido a un animal morir entre sus manos. Lloró porque estaba asesinando pajaritos inocentes en beneficio de un banquete de ricos. Regresó a la ciudad y se hizo vegano tres meses. “Qué desmadre”, le dijo a Casiano cuando abrió los ojos.

En silencio Casiano termina su café. Las noticias del restaurante advierten una nueva contingencia ambiental. Odia estar en la ciudad aunque sea de visita. Siente que hay demasiado por hacer. Extraña sus costumbres. Despertar y recortar un poco de zacate de limón. Prepararse un té y sentarse en una silla al centro de su parcela. Observar inerte hasta volverse invisible. Así puede detectar lo que está cambiando a su alrededor.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.

 

5 comentarios en “Un caso ejemplar

  1. Excelente narración que te lleva de la mano desde aquellos tiempos en que fuimos viejos soñadores del hombre nuevo hasta estos milenials que vuelan a mil x hora..saben de todo..leen de todo…pero tampoco han logrado cambiar mucho !

  2. Teresa, me gusta mucho tu forma de escribir, sencilla, casual, siento que me lo estás platicando a mi.

  3. Mi amada Teresa, mi querida ahijada. Cada artículo tuyo me sorprende por todos los conocimientos adquiridos para tratar temas tan diversos, maravillosa narrativa,excelente pluma y pasión desbordada. Tienes todos los elementos para ser una gran escritora. Te quiero

  4. ¡Qué excelente narración! La investigación es puntualísima y la redacción, insuperable.
    Felicidades, Teresa