No estoy muy seguro del momento en que surgió mi interés por los animales silvestres, y nunca me había detenido a pensarlo. Mis papás (médicos cirujanos de profesión) me inculcaron el respeto por la vida y, necesariamente, eso permeó en mi mente, derivando en un gran aprecio por los animales y su ambiente. Buscando alguna pista al respecto, recientemente me reencontré con un cuento llamado “El niño y el tigre” que escribí a los nueve años de edad para un concurso y que publicó mi escuela primaria en una colección de libros “De niños para niños”. En este cuento narro la historia de un niño y un cachorro de tigre: casualmente, al final el protagonista cura al tigre, que había sido herido por un oso. Seguramente en ese momento ya me veía curando tigres y otros animales del zoológico. Si bien acompañaba frecuentemente a mi papá a su trabajo como médico, la primera cirugía que recuerdo en un animal la realizó mi papá en el patio de la casa cuando yo tenía 12 años. Ésta consistió en extirparle unos tumores a mi gato; afortunadamente sobrevivió.

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Ilustraciones: Estelí Meza

Estoy seguro de que mi gusto por los animales silvestres fue generado y reforzado, al igual que en mis colegas y en muchos de mis alumnos, con las frecuentes visitas a zoológicos, parques safari y acuarios. Esto representó nuestro primer contacto real con especies silvestres, y muchos de nosotros no hubiéramos tenido esa oportunidad de no ser por los zoológicos de la Ciudad de México. Seguramente también influyeron algunas series de televisión de la época, mismas que trataban sobre animales silvestres al cuidado del ser humano, por ejemplo, delfines (Flipper) y canguros (Skippy). Uno de estos programas fue Daktari, palabra en lengua swahili que significa “Doctor”, filmada a finales de los años sesenta. Daktari era el veterinario de un centro para el estudio de comportamiento animal en África del Este, y era increíble verlo trabajar y anestesiar leones, elefantes, rinocerontes y muchos animales más. Años después, en la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, algunos de los profesores nos denominaban, con un dejo de burla, los daktaris a los pocos estudiantes que teníamos una clara inclinación por los animales silvestres, ya que la carrera se enfocaba principalmente a los animales domésticos y de producción, y teníamos pocas oportunidades de incursionar en otra área.

Como estudiante de medicina veterinaria intenté entrar como voluntario al Zoológico de Chapultepec; sin embargo, no fui admitido debido a que, de acuerdo con los encargados en ese momento, solamente aceptaban gente con experiencia en el área y obviamente yo no cumplía con ese perfil. Yo me preguntaba, ¿cómo habrán adquirido esa experiencia fuera de un zoológico? Al final de la carrera hice nuevamente el intento, ahora como prestador de servicio social, y por fin logré ingresar. En mis primeros meses me asignaron al área de cuarentena del hospital veterinario para apoyar a un cuidador de animales que hacía labores de limpieza y alimentación de los animales hospitalizados o recién llegados al zoológico. Paradójicamente, al inicio no tuve contacto con la labor de los médicos veterinarios. Hoy en día lo agradezco profundamente, toda vez que me permitió aprender de uno de los cuidadores de animales del zoológico con mayor experiencia, el señor Lupe Sánchez, quien me orientó y enseñó el manejo rutinario de muchas especies, del peligro y las dificultades que enfrentábamos todos los días, cómo capturarlos, cómo acondicionar cada jaula (con paja, cajas, ramas), los alimentos de cada especie, la forma de proporcionarlos (enteros o picados), cómo limpiar y desinfectar, cómo defecan y orinan normalmente, cómo se comportan para distinguir cuando hay un problema y, en general, todos los detalles que implica el mantener especies silvestres en cautiverio. A partir de ese momento tuve la oportunidad de continuar trabajando en los zoológicos durante casi 19 años, lo que me permitió conocer desde su interior los pros y los contras, las dificultades y los logros, la felicidad de un nacimiento y la tristeza del fallecimiento de algún animal que conocimos y procuramos desde que era tan sólo una cría. Sobre todo pude conocer y convivir con muchas especies a las que posiblemente, si no hacemos algo al respecto, las generaciones del futuro no conocerán más que a través de libros, fotografías o videos.

La vida del ser humano ha estado ligada a los animales desde el inicio de nuestra existencia: el gusto por los animales es intrínseco al ser humano. En la historia de todas las culturas alrededor del mundo surgieron en algún momento las colecciones de animales silvestres, principalmente ligadas al poder y distinción de las clases sociales de elite; los animales silvestres constituyeron símbolos de prestigio para la nobleza, representando para ellos verdaderas “joyas vivientes”. Posiblemente la primera colección de animales silvestres existió en la ciudad Sumeria de Ur hace aproximadamente cuatro mil 300 años. Posteriormente, los reyes egipcios mantuvieron colecciones de monos, felinos silvestres, antílopes, hienas, gacelas y cabras salvajes. Muchos de estos animales provenían de los tributos ofrecidos a los reyes por sus súbditos. Hace alrededor de tres mil 500 años el faraón Tuthmosis III y su tía, la reina-faraón Hatshepsut, contaban con una colección de animales silvestres exóticos en los jardines del templo de Karnak. Organizaban expediciones para recolectar animales silvestres, incluyendo monos, guepardos, leopardos, aves y una jirafa. Se sabe que un león acompañaba al faraón Ramses II a las batallas. Asimismo, hace tres mil años en China, el fundador de la dinastía Chou construyó un zoológico como parte de un gran parque natural al que le llamó “El Jardín de la Sabiduría”. Los persas mantenían cotos de caza, llamados paraísos. Los griegos mantenían animales en reservas privadas más pequeñas llamadas theriotrophia (“tierras para alimentación de mamíferos”). El manejo de animales de caza fue adoptado por los romanos en el primer siglo a.C. Estos parques se conocían con el nombre de vivaria o leporaria (“zona de conejos”), aunque se sabe que tenían también cerdos silvestres, venados, cabras salvajes, muflones e inclusive antílopes exóticos. En México la grandeza de la Casa de las Fieras del emperador azteca Moctezuma Xocoyotzin fue documentada por los conquistadores españoles hacia 1520. Años después los zoológicos proliferaron en las principales ciudades del mundo, e inició la historia de los zoológicos modernos que conocemos, como los de Viena, Austria (1752), París, Francia (1793), Londres, Inglaterra (1826), y Nueva York, Estados Unidos (1864). Curiosamente, el zoológico de Londres abrió sus puertas primero a los artistas y científicos de la época (incluyendo al reconocido naturalista inglés Charles Darwin), y fue sólo muchos años después que se permitió el ingreso al público en general. Por increíble que parezca hoy en día, algunos de estos primeros zoológicos, tanto en Europa como en Estados Unidos, exhibieron seres humanos (exposiciones etnológicas) provenientes de diferentes regiones del mundo para mostrar sus diferencias con la cultura occidental en cuanto a su estilo de vida y costumbres.

La primera piedra del Zoológico de Chapultepec se colocó el 6 de julio de 1923 a partir de la iniciativa de don Alfonso L. Herrera, notable científico mexicano considerado el padre de la biología en nuestro país y pionero de la teoría del origen de la vida que, en palabras del investigador ruso Alexander I. Oparin (autor del libro El origen de la vida): “[Herrera] fue un gran innovador que se adelantó a su tiempo”. Al igual que los zoológicos del siglo XIX y principios del XX, los objetivos en ese momento se centraron en mostrar un museo de historia natural viviente, organizando a los animales de acuerdo a su taxonomía (aves, reptiles, carnívoros, herbívoros, etcétera) y desarrollando temas sobre la diversidad de especies y adaptaciones para la vida. Las exhibiciones eran simplemente jaulas en donde lo importante era mantenerlos vivos y reproducirlos. A mediados del siglo XX, los parques zoológicos sufrieron importantes transformaciones, desarrollando temas como la ecología, los hábitat de los animales y la biología del comportamiento. Surgió el interés por el manejo cooperativo de las especies y el desarrollo profesional de estas instituciones. Los exhibidores se desarrollaban a manera de dioramas o simples escenarios, con muy poca interacción de los animales con los elementos del mismo. Actualmente en el siglo XXI los zoológicos continúan evolucionando y son considerados verdaderos centros de conservación, desarrollando una temática ambiental sobre los ecosistemas y la sobrevivencia de especies, las relaciones sustentables del ser humano y la naturaleza, los valores de los ecosistemas y la necesidad de conservar la biodiversidad. La forma de mostrar a los animales es a través de exhibidores de inmersión, diseñados con ambientes naturalistas “compartidos” dentro y fuera de los exhibidores, mediante los cuales el ser humano siente que forma parte del mismo ambiente en el que habitan los animales como una unidad inseparable. Esto constituye uno de los mensajes educativos fundamentales de cualquier zoológico.

El objetivo o misión primordial de los zoológicos hoy en día es la conservación integrada, que se logra a través de actividades relacionadas con la ciencia e investigación, el manejo de poblaciones, educación y capacitación, colaboración y comunicación, sustentabilidad, ética y bienestar animal. Este concepto tiene por objeto que todas las actividades que se desarrollan en un zoológico se relacionen estrechamente con la conservación, vinculando las acciones en cautiverio a la conservación de especies en vida libre. Un ejemplo es la reproducción del cóndor de California (Gymnogyps californianus) en el Zoológico de Chapultepec, logro que no se había presentado en la historia de los zoológicos de México y que ha permitido que este año se envíen tres crías de esta especie para ser liberadas en la zona de conservación del cóndor en la Sierra de San Pedro Mártir, Baja California. Esto vincula el trabajo en cautiverio directamente con la conservación en vida libre del cóndor de California, especie que se encuentra en grave peligro de extinción y cuya población en México se perdió durante más de 70 años. Además de Chapultepec, la Ciudad de México cuenta con otros dos zoológicos que colaboran para apoyar estas acciones. El Zoológico Los Coyotes, inaugurado en 1999, trabaja con diversas especies silvestres nativas del Valle de México, desarrollando (entre otras funciones) una importante labor educativa. Asimismo, el Zoológico de San Juan de Aragón, inaugurado en 1964, es muy reconocido por haber conservado una de las “familias” o líneas genéticas del lobo mexicano, el “Linaje San Juan de Aragón”, que ha sido fundamental para la recuperación de esta especie a través del programa binacional México-Estados Unidos. Otras especies nativas de México en cuya conservación trabajan los zoológicos de la Ciudad de México incluyen al teporingo o conejo de los volcanes (Romerolagus diazi) y al ajolote de Xochimilco (Ambystoma mexicanum). En su conjunto, los tres zoológicos de la Ciudad de México reciben más de nueve millones de visitantes al año.

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Hoy en día una gran cantidad de estudiantes se preparan para apoyar proyectos de conservación a través de la medicina y el manejo de las especies silvestres. En este sentido, muchos profesionistas que se dedican a la conservación en vida libre iniciaron su preparación y capacitación en algún zoológico. Un ejemplo es la médica veterinaria zootecnista Diana Ramírez, quien realizó un voluntariado de varios años en el Zoológico de San Juan de Aragón. Asistió a las clases de la licenciatura que yo impartía en los zoológicos, hizo su servicio social en el Zoológico de Chapultepec y posteriormente desarrolló su tesis sobre monos saraguatos en el Zoológico de San Juan de Aragón. Actualmente la doctora Diana labora como médica veterinaria en la isla de Borneo en Malasia, atendiendo animales silvestres decomisados y apoyando la conservación de orangutanes y muchas otras especies nativas de la isla. Este ejemplo se repite también con biólogos y médicos veterinarios, entre otros profesionistas, que apoyan proyectos de conservación en diferentes áreas naturales de México y que se inspiraron y capacitaron en algún zoológico. Este importante impacto de los zoológicos es difícil de cuantificar.

Los zoológicos en la actualidad ya no son lo que solían ser: cumplen funciones muy diferentes a los fines para los que fueron creados en su momento. La evolución de la sociedad ha sido acompañada de forma paralela por la evolución de los zoológicos, apoyando la necesidad de conservar la naturaleza y todos sus elementos, situación que se ha vuelto una prioridad para nuestro planeta. Un reciente estudio demuestra que la recuperación de al menos 25% de 68 especies silvestres que se encuentran en riesgo, amenazadas o en peligro (de acuerdo con la Lista Roja de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza), y cuyo estatus mejoró, alejándolos de la extinción, se logró gracias a los esfuerzos realizados en los zoológicos a través de programas de recuperación de especies. Los zoológicos continuarán evolucionando y seguramente encontraremos nuevas formas de apoyar la conservación de las especies silvestres a través del cautiverio.

Necesitamos conocer a detalle las funciones de los zoológicos para que nuestra sociedad, en su conjunto, contribuya y apoye su transformación para apoyar la sobrevivencia de muchas especies silvestres, cuyos hábitat continúan destruyéndose en forma acelerada a manos del ser humano, y que no tendrán una segunda oportunidad si no se cuenta con esta importante herramienta para conservarlas: el cautiverio.

Literatura consultada

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Gual-Sill, F., Garza, J., “Zoológico de Chapultepec, Alfonso L. Herrera”, en: Bell, C.E. (ed.), Encyclopedia of the World’s Zoos, Fitzroy Dearborn Publishers, Chicago, Illinois, 2001, pp. 1433-1436.

Gual-Sill, F., Rivera Rebolledo, A., Tinajero Ayala, R., Menéndez Martínez, P., Pérez Garmendia, S., Ortega Sáez, J.C., Calderón Figueroa, J., Cifuentes Calderón, P., Ramos Ramos, P., Olivera Ávila, C. (eds.), Centros de conservación del siglo XXI. Los zoológicos de la Ciudad de México. Memorias 2001-2006, noviembre de 2006. Registro de Autor: No. 03-2006120513120200-01. 86 pp.

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Rothfels, N. Savages and beasts. The birth of the modern zoo, The Johns Hopkins University Press, USA, 2002, 268 pp.

WAZA, Building a future for wildlife–The world zoo and aquarium conservation strategy, 2005, p. 72.

 

Fernando Gual Sill
Médico veterinario zootecnista y maestro en ciencias. Coordinador de la licenciatura en medicina veterinaria y zootecnia. Profesor-investigador titular “C” de tiempo completo en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco y profesor de medicina y zootecnia de fauna silvestre en la UNAM.

 

3 comentarios en “Repensando los zoológicos

  1. Para mi, y seguramente para muchos, el primer contacto con animales salvajes “de verdad” fueron los circos. Después Africam Safari, mismo que ahora resulta poco accesible para el común de los mortales, y esto debido justamente al tipo de trabajo que realizan, y que irónicamente no facilita que las generaciones actuales de niños puedan conocer en vivo a especies más allá de los animales domésticos. Y es una lástima, porque difícilmente atenderán y cuidarán aquello que no conocen.

    • Yo nunca en la vida he ido a un Africam Safari ni algo parecido, solo una vez al zoológico, pero ahora soy estudiante de Veterinaria y anhelo cuidar de la fauna silvestre, ahora veo lo importante que son sitios como ese y otros parecidos, lo importante que son para animales amenazados, y lo importante que es para la sociedad, el simple hecho de saber que existen lugares como ese. ¿porque dificultaría el interés a los niños en la actualidad? si esa labor no solo esta en instituciones como estas, sino también en la educación que los padres dan a sus hijos

  2. Hey doc!!! Gracias! Es un maravilloso ensayo!! Y muy motivador para los nuevos veterinarios !… un placer leerte y mando desde acá mil abrazos y saludos !
    Diana Ramirez

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