Parásito. El simple término irrumpe la paz mental de manera estrepitosa: despierta ansiedad e incomoda, puede ser incluso que provoque cierta aversión, que se acentúa considerablemente si el título va acompañado por un agravante calificativo que lo demarque como endógeno o proclive a utilizar los interiores del Homo sapiens como morada. Visiones fugaces de morfologías aberrantes, criaturas obtusas propias de pasajes dantescos o del imaginario inestable de H.R. Giger. Lombrices viscosas con fauces repletas de ganchos dispuestos para anclarse dentro del tracto digestivo; larvas esquivas que migran por el torrente sanguíneo hasta alcanzar órganos vitales; espaldas laceradas por el avance del intruso bajo la dermis; ojos cegados por la aparición de un contorno serpentoide detrás de la retina.

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Ilustraciones: Estelí Meza

Pocas manifestaciones zoológicas más perturbadoras que el espeluznante cisticerco, capaz, entre otras proezas infames, de penetrar los linderos cerebrales y producir ataques epilépticos por su calcificación involuntaria. Ni qué decir de las filarias, que obstruyendo vasos linfáticos de extremidades y testículos generan hinchazones descomunales y los rasgos de deformidad propios de la elefantiasis. Malaria, mal de Chagas, leishmaniasis: cuadros clínicos con efectos devastadores producto de la irrupción de distintos protozoarios tropicales en el organismo.

Difícil no sentir cierta angustia al considerar la posibilidad de que alguna bestia semejante profane nuestra integridad física y se albergue dentro de los tejidos que nos pertenecen, las vísceras usurpadas y convertidas en paraje idóneo para la propagación del invasor invertebrado. Paranoia constante. Numerosos frentes de batalla rutinarios en la ciudad; hortalizas regadas con aguas negras, quistes extraños en la carne magra, gusano del sushi. El queso de puerco inspeccionado con desconcierto. Los hábitos higiénicos del taquero vigilados con incertidumbre y escalofrío al recordar que buena parte de los vermes en cuestión se transmiten por la secuencia ano-mano-boca.

Sin embargo, resignarse a la noción de que la vasta diversidad de parásitos se inclina hacia aquellos que causan daño sería una concepción sumamente acotada de la realidad. Existen una infinidad de seres vivos cuyas adaptaciones los han llevado a valerse de nuestra intimidad anatómica para poder subsistir. Tan sólo en el intestino de la persona promedio la amplia gama de especies presentes supera al inventario de tipos de aves reportados para México (poco más de mil especies).1 Visto como bioma, el cuerpo humano se asemeja más a las poderosas junglas del Borneo que a la estepa siberiana. Somos un entorno salvaje repleto de fieras minúsculas: herbívoros, depredadores, simbiontes y comensales partícipes de una intrincada red trófica. Ácaros en las pestañas, hongos en el cuero cabelludo, nematodos sobre la piel y bacterias en absolutamente todos los resquicios de nuestro ser.

Literalmente, hay millones de especímenes distintos que nos llaman hogar; tantos que se estima que de cada 10 células corporales apenas una es propiamente humana. El resto conforma una taxonomía desquiciada que recubre cada centímetro de nuestra fisionomía desde el nacimiento. Nos referimos, por si hubiera duda, al microbioma humano: tan dependiente e inseparable de nosotros como nosotros de él. Una amalgama heterogénea de entidades intrínsecas al sujeto orgánico que nos define.

Claro que algunos de los ejemplares comprendidos en el conjunto, dadas las circunstancias, pueden llegar a destacarse como patógenos cruentos; pensemos en el caso de Helicobacter pylori, una bacteria violenta que causa úlceras hemorrágicas, gastritis severa, y en los casos más extremos cáncer estomacal. No obstante, en su inmensa mayoría las especies que nos habitan representan asociaciones neutras o benéficas para el individuo. De hecho, figuran como agentes biológicos indispensables si es que se pretende llevar una cotidianidad plena: constituyen una fracción primordial de nuestra identidad inmunológica y desempeñan un papel fundamental dentro de las posibilidades metabólicas que nos han llevado hasta donde estamos —si suprimiéramos su ayuda, por ejemplo, no podríamos descomponer y asimilar los nutrientes vegetales.

Sin ir más lejos, a juzgar por las tendencias científicas recientes, la biota que nos acompaña posiblemente sea casi tan importante para cada uno de los miembros que componen nuestro linaje evolutivo como los mismos genes.2

Pero dejemos por un momento el plano que compete principalmente a doctos en materia de microbiología y volvamos a concentrarnos en los organismos que abrieron este ensayo: helmintos y protozoarios. O si se prefiere una aproximación menos hermética a su perfil: gusanos planos, redondos, segmentados o de cabeza espinosa y algunos eucariontes3 unicelulares, cuya condición existencial reside en allanar las entrañas ajenas para obtener refugio, sustento y lograr perpetuarse.

Huéspedes furtivos de la carne; inquilinos lovecraftianos capaces de secuestrar la mente de sus anfitriones y controlar su voluntad.4 Todo en pos de completar un ciclo de vida descabellado —que usualmente involucra atravesar por múltiples estadíos larvarios y corromper en el acto a dos o más especímenes pertenecientes a distintos grupos de fauna— antes de que el intruso consiga sus fines.

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Tenias de varios metros de largo que, tras pasar por el puerco, se alojan en las tripas humanas; lombrices que, comenzando dentro del perro, terminan en el pulmón del dueño homínido; amibas amorfas que infestan la cavidad abdominal del infante; toxoplasmas que, manipulando el comportamiento del roedor, consiguen ser devorados por un gato (su hospedero definitivo) y en ocasiones terminan instalados en el cerebro del ciudadano incauto.5

Para el naturalista poco versado probablemente el asunto no llegue mucho más lejos que el temor infundado por el riesgo latente de enfermedad y, por consiguiente, no se alcance a vislumbrar la relevancia de estos engendros. En tal instancia, estigmatizarlos se apuntala como la respuesta más viable. Pero no nos equivoquemos: en el mundo silvestre ellos son quienes reparten el juego. Su estrategia evolutiva ha probado ser tan exitosa que no existe ser vivo que no cuente con un bestiario particular de especies que lo parasiten y que, debido a ello, esgriman una influencia directa sobre sus números. El doctor Guillermo Salgado, del laboratorio de helmintología de la UNAM, opina que, de forma similar a la presión impuesta por el límite de recursos, los parásitos funcionan como reguladores del tamaño y densidad de las poblaciones, y tienen así un impacto determinante sobre la ecología y la biodiversidad en sentido amplio.6

Aunque quizás ese aspecto valdría ya como argumento suficiente para elaborar una posible defensa contra su difamación pública, estos pequeños monstruos no se limitan a esculpir el panorama biótico de los ecosistemas, sino que, en una dimensión mucho más pequeña, cada día se les considera como una variable de índole más significativo dentro de nuestra ecología personal y funcionamiento óptimo de la maquinaria fisiológica.

En países desarrollados, donde la higiene alcanza sus grados más notables y las lombrices intestinales no son más que un ingrato recuerdo del pasado, la alta prevalencia de mal de Crohn, colitis, gastritis, apendicitis y demás padecimientos inflamatorios crónicos del tracto digestivo —así como asma, alergias y otros trastornos autoinmunes— parece estar ligada, justo, a la falta de contacto ocasional con los vermes. De acuerdo con la doctora Ana Flisser, de la Facultad de Medicina de la UNAM, es recomendable mantener un sistema inmunológico activo y nutrido, que de vez en cuando cuente con tareas de las cuales ocuparse; de otra manera se corre el riesgo de que las defensas se tornen en contra de uno mismo o reaccionen exageradamente a agentes no nocivos, causando afecciones drásticas sobre el paciente.

La llamada inmunomodulación no es una idea que goce precisamente de gran popularidad por parte de los organismos de salubridad pública más conservadores (mismos que durante las últimas décadas se han esmerado por aniquilar a los tripulantes de las entrañas), pero lo cierto es que durante cientos de miles de años hemos coexistido con nuestros gusanos y borrarlos completamente de la ecuación está probando ser una enmienda más problemática que confrontarlos intermitentemente.

No hace falta recalcar que algunos de ellos poseen dotes biológicos con consecuencias francamente nefastas, sin embargo, otros podrían resultar favorables. Al menos en esa dirección se encaminan las evidencias de cada vez más estudios que han corroborado que el tratamiento con algunos tipos de helmintos resulta eficaz para tratar cuadros severos de colitis ulcerante, mal de Crohn, asma, diabetes e incluso paliar los síntomas de la esclerosis múltiple.7

Si bien el mismo Louis Pasteur declaraba “mata a los microbios y matarás al hombre”, fue necesario que transcurriera más de un siglo para que comenzáramos a apreciar realmente qué tan esenciales son para nuestro organismo las criaturas que nos habitan. Incluso la temible Helicobacter pylori recibió recientemente el indulto de su sentencia como enemigo despiadado y el rol particular que desempeña dentro de la flora intestinal ha sido revalorizado por los mismos investigadores que en un principio se encargaron de satanizarla.8

Derribar la teoría imperante —y sobra decir, errada— de que la mayoría de gérmenes nos causan daño, es una faena compleja. El paradigma de la higiene exacerbada no es uno fácil de poner bajo tela de juicio, menos aún cuando entran al cuadro lombrices y el resto de parásitos macroscópicos. Eso dicho, es factible que en tiempos venideros atestigüemos la resurrección de los gusanos interiores como parte integral de nuestro bienestar. Al final ese ceviche dudoso del mercado podría ser la clave. Por ahora, lo único que queda aconsejar es abstenerse de tomar fármacos antiparasitarios o antibióticos cuando no sea estrictamente necesario y secundado por un diagnóstico apropiado —nada peor que las campañas de desparasitación preventiva una vez al año—, pues tales bombas farmacológicas implican un ataque masivo contra todos los integrantes del microbioma que nos acompaña y declarar así la guerra a nosotros mismos.

 

Andrés Cota Hiriart
Biólogo y escritor. Ha publicado Faunologías, aproximaciones literarias al estudio de los animales inusuales y El Ajolote, biología del anfibio más sobresaliente del mundo.


1 De acuerdo con datos de la Conabio hay mil 96 especies de aves en México.

2 Numerosos grupos de investigación que se dedican al tema han cambiado, entre otros aspectos, el modo en el que ahora vemos el apéndice, el sistema inmune, el florecimiento agrícola, la domesticación animal y la evolución de nuestra especie en general.

3 Células que cuentan con núcleo bien definido (como las de protistas, animales y plantas).

4 Para ver algunos ejemplos fascinantes de estos parásitos remitirse a la charla de TED: http://bit.ly/2rbr44k

5 Se calcula que aproximadamente una de cada tres personas en el planeta cuenta con T. gondii como pasajero dentro sus tejidos. Generalmente se nos considera como hospederos casuales, pues no figuramos en el esquema necesario para el parásito, que lo que ansía en realidad es llegar al gato. Sin embargo, declara el divulgador Rob Dunn, no hay que olvidar que durante la mayor parte de nuestra historia hemos figurado como parte común del menú de distintos felinos y, por ende, como hospederos intermediarios propicios para el ciclo de vida del toxoplasma.

6 En parte, gracias a la falta de parásitos y de depredadores, es que las especies introducidas desatan debacles ambientales y figuran actualmente como la segunda causa de pérdida de biodiversidad a nivel mundial, ver: http://bit.ly/2rp0HIK

7 Rob Dunn, The Wild Life Of Our Bodies. Predators, Parasites and Partners That Shape Who We Are Today, HarperCollins Publishers, 2011.

8 Michael Specter, “Germs Are Us. Bacteria make us sick. Do they also keep us alive?”, The New Yorker, octubre 22, 2012. http://bit.ly/2rENhcy

 

5 comentarios en “Conviviendo con los parásitos

  1. Analizar el papel de los parásitos en la biología humana y sobre todo, revalorarla, es una gran tarea que tenemos los científicos. Sin duda falta mucho por aprender. Las investigaciones recientes sobre el microbioma humano, son un reflejo de lo mucho que aprendemos de nuestra ecología interna y a la vez, de lo que nos falta por entender. Creo firmemente que, como especie, estamos ligados profundamente a este plantea y éste artículo es una buena muestra de cómo formamos parte de la red trófica, del ecosistema entero. Gracias Andrés! me encantó!!

  2. Excelente reportaje, explicito e interesante, que permite al lector familiarizarse con la fauna y flora del ser humano

  3. Felicito a Andres Cota en primer termino por ser biologo y en segundo lugar por escribir de esa manera tan amena las cuestiones biologicas relacionadas con el ser humano que han sido y siguen siendo tabu para la inmensa mayoria. Lo felicito sinceramente pues esta labor contrubuye a situar al ser humano en el lugar que realmente ocupa es decir, es uno mas en la diversidad biologica de este mundo.

  4. Gracias Andrés Cota por estas líneas. Justo hoy me diagnosticaron infección estomacal. Al oír la lista interminable de medicamentos que la doctora anotaba en mi receta entré en pánico. Cuando hizo el diagnóstico preguntó donde como regularmente, si tengo contacto con mascotas, si me lavo las manos adecuadamente, en fin. Este artículo me devolvió la calma. Excelente trabajo de divulgación científica, por supuesto lo compartiré en redes sociales.

  5. Me parece un excelente tema explicado clara y puntualmente por un gran divulgador de estos tópicos, y que nos ayudan a aproximarnos a la ciencia, aunque sea desde muy lejos, a personas neófitas en esas cuestiones.