Me inquietan los gatos. Miran con fijeza indiferente como si nos supieran de más. Alguien debería explicarles a los perros, dice Hugo Hiriart, que no deben profesarnos esa admiración perruna, pues son infinitamente superiores a nosotros. Alguien debería explicarles a los dueños de gatos que no son en realidad los dueños, sino la propiedad de sus gatos.

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Ilustraciones: Estelí Meza

Hay gatomanía y gatofobia. No creo padecer ninguna de las dos, pero sé historias de gatos que me inclinan al horror más que a la adhesión.

No fui testigo, pero puedo imaginar con precisión el dominio de los gatos sobre los años finales de Elena Garro: un museo de olores imposibles y felinos ubicuos, absolutos dueños de su dueña.

Conocí los estadios iniciales del dominio de los gatos sobre la vida de Carlos Monsiváis, aquella entrega elegida de su cuarto y de su biblioteca a la proliferación de gatos sin otro pedigrí ni otro parecido que su voluntad indiferente y altiva de dominio.

Me entristece pensar que en tanto amor esclavo por sus gatos Carlos Monsiváis adquirió al menos parte de la fibrosis pulmonar que le acortó la vida. Sus pulmones, dijeron los médicos, estaban atrofiados al 70% por los miles de pelos de gato que había aspirado por años en su compañía.

Recordé al saber esto, el diagnóstico de esterilidad hecho sobre una púber por su larga convivencia con los gatos. La convivencia con los gatos produce un porcentaje de esterilidad en niñas que se vuelven mujeres rodeadas de gatos.

Recuerdo de los primeros días de residencia en mi casa, hace 20 años, junto al bosque de Chapultepec, la persistencia de un camino de gatos que se habían hecho dueños de una caseta abandonada.

Una noche, mientras escribía con la puerta abierta al viejo patio de la vieja caseta, vuelta ahora una cochera, sentí más que escuché, pues los gatos son inaudibles, la mirada radiante de un gato midiéndome desde la oscuridad del patio, como si preguntara por el viejo refugio.

Fue como dar un salto a lo desconocido, la impresión de estar siendo mirado silenciosa pero cabalmente desde el más allá.

De Paz a Vargas Llosa

En uno de mis dos o tres intercambios telefónicos con Octavio Paz, recuerdo haberle comentado la historia de aquel gato y haber escuchado de él lo fundamental que sé sobre los gatos, a saber, que los gatos no son animales domésticos, sino pequeños tigres en acecho que no se domestican nunca. Conservan intactos bajo sus pelambres de terciopelo los mandatos salvajes de su naturaleza.

Paz debía saber mucho de gatos. Su viuda Marie Jo, bella y alegre mujer, vivía rodeada de gatos, como si supliera con ellos la presencia indomada del poeta.

Días antes de que le abrumara felizmente el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa preguntó en una cena si era verdad que la afección pulmonar que terminó matando a Monsiváis tenía que ver con los gatos.

Refirió luego, con humor memorioso, que su madre había tenido siempre una fobia cabal por los gatos, y que él la había heredado al punto de que la peor noche de su vida, la peor noche que podía recordar, era la de una cena con un anfitrión cuyo gato, consentido hasta la ceguera, como todos los gatos, decidió hacerlo víctima de sus preferencias y no cesó de rondarle las pantorrillas bajo la mesa o dar saltitos a su hombro desde el sofá, hasta configurar para él, fóbico hereditario de los gatos, la más siniestra cena de que tuviera memoria.

Nunca son mascotas

Al revés, hay personas, como el propio Monsiváis y el anfitrión de aquella noche de Vargas Llosa, que no podrían imaginarse la vida sin la compañía de un gato, o muchos gatos, y sin la gozosa servidumbre voluntaria que los gatos, como ninguna mascota doméstica, son capaces de imponer en sus dueños, acaso porque los gatos en realidad nunca son mascotas ni se domestican, sino que establecen secretamente con los humanos un juego de soberanías en el que no hay transacción: sólo saben ganar o separarse.

En la casa de huéspedes de mi adolescencia aprendí que las gatas venden caro su cuerpo, que sus amores son utilitarios, exigentes y violentos.

Lo aprendí con una gata a la que alguien puso Querry, absurdo nombre que me recuerda el más extraordinario que alguien haya puesto a una gata, el que le puso Monsiváis a una de sus últimas gatas favoritas: Miss Antropía —el mejor que se ha puesto a un gato que no era gata se lo puso Cortázar al suyo: Teodoro W. Adorno.

Querry salió un día de la casa y estuvo varias noches fuera, al punto que la dimos por perdida. Volvió una tarde por los caminos de gatos que daban a la azotea de la casa como si la hubieran quemado o torturado, flaca y turbia, la pelambre oscura y blanca de gata corriente llena de manchas y rasgones.

Estuvo escondida varios días y volvió luego a su normalidad altiva. Una noche se metió en una caja de cartón que había quedado de unas navidades y al día siguiente mi hermana Pilar, que le tenía debilidad de dueña de gatos, la encontró en su nido y vio que había parido cuatro gatitos, uno de ellos muerto.

Hay pocas cosas tan bellas como un gato bebé y pocas cosas tan inquietantes como una gata en brama haciéndose preñar en medio de la batalla. Hay que ser un gato salvaje para enredarse con una gata en brama.

Así cazan los gatos

Me lo ha contado Luis González de Alba: los animales no sólo matan por necesidad, porque tienen hambre, para comer. También matan por el gusto de hacerlo. El reino de la naturaleza es el de la violencia continua. Los gatos son ejemplos cabales de la violencia gratuita de la naturaleza. Se complacen matando a sus víctimas, con lentitud y premeditación.

Yo vi a un gato poniendo su pata de uñas como cuchillas sobre un gorrión vivo. El gorrión estaba lisiado del primer ataque del gato y el gato se entretenía haciéndoselo saber con el toque pausado de sus garras.

Me pregunto: ¿premeditan sádicamente sus torturas o sólo los miramos con ojos que saben lo que es torturar? El hecho es que animales como los gatos no matan sólo porque quieren comer o por defenderse o por defender a los suyos de un ataque, sino que matan lentamente como verdugos sádicos. Lo había cazado en el momento en que el gorrión se disponía a volar.

Así cazan los gatos. Se acercan a sus víctimas con pies de gato y las cazan con saltos de tigre y contundencia de leones. El prestigio literario de los gatos es invencible, universal. Nadie ha dejado de escribir algo sobre gatos, y entre los más altos Lope de Vega, con su Gatomaquia, y T.S. Eliot con los poemas que dieron paso al inolvidable musical CatsOld Possum’s Book of Practical Cats [...].

La verdad indomable de la naturaleza

Los gatos son apacibles aunque sean engendrados en batallas terribles y aunque vengan después de matar. Un gato puede matar en un rapto de velocidad y furia, y al segundo siguiente volver a ser un gato.

Los gatos son los animales más representativos de la verdad indomable de la naturaleza que los hombres han podido acercar a sus vidas, aparte de ellos mismos. Porque los hombres son más mortíferos que los gatos y que cualquier otra especie del mundo animal. [...]

Una amiga me contó que una de sus gatas de angora, esas gatas bizcas como diosas egipcias que deambulan indomadas e indiferentes por su casa, desarrolló la manía de rendirle tributo poniéndole al pie de la cama lo que había cazado la noche anterior. Y cada mañana ponía algo junto a la almohada, normalmente un pájaro tieso o un ratón demediado.

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Un millón de pájaros al día

Recuerdo haber leído en The Economist hace varios años que unos etólogos dedujeron por los restos hallados que los gatos de Londres mataban unos siete millones de pájaros al año.

En el pasaje final de la extraordinaria novela Freedom, de Jonathan Franzen, ungido por la revista Time, y bien ungido, como el gran novelista americano de su generación, hay un bello, divertido y terrible episodio de combate con los gatos.

Un personaje central de la novela, un conservacionista, obsesionado en particular con la protección de los pájaros, vive como ermitaño, penando sus largas penas, en un santuario natural de pájaros en las riberas de un lago que ha empezado a ser colonizado por urbanitas ricos que se mudan al lugar con todo y gatos.

El ermitaño dedica dos años a explicar a sus vecinos que deben mantener a los gatos dentro de sus casas, pues son una amenaza terminal para los pájaros del santuario.

Al pasar de los inútiles, lunáticos, conmovedores alegatos de su ermitaño, Franzen nos deja saber que hay en Estados Unidos unos 75 millones de gatos, los cuales matan algo así como un millón de pájaros al día: 365 millones al año.

La espera de la amada

No sé, la verdad, por qué incurrí en estas reflexiones sesgadas y amateurs sobre los gatos, acaso porque leyendo a Franzen recordé la Gatomaquia de Lope y fui a releer los pasajes que tenía subrayados, en particular el inmortal elogio del gato enamorado que en medio del invierno más crudo puede pasar la noche esperando a su amada indiferente, gata de “gatarrígidas orejas”.

Pienso ahora que escribí de gatos sólo para justificar la citación de ese y de otro pasaje de Lope que se corresponden entre sí, pues el primero describe a la irresistible gata Zapaquilda, por la que suspiran todos los habitantes de los tejados de Madrid, y el segundo elogia la incomparable espera de la amada, en la intemperie cruda del invierno.

Retrato de Zapaquilda

Estaba sobre un alto caballete
De un tejado sentada
La bella Zapaquilda al fresco viento,
Lamiéndose la cola y el copete,
Tan fruncida y mirlada
Como si fuera gata de convento:
Su mismo pensamiento
De espejo le servía
[...]
Ya que lavada estuvo,
Y con las manos que lamidas tuvo,
De su ropa de martas aliñada,
Cantó un soneto en voz medio formada
En la arteria bocal, con tanta gracia
Como pudiera el músico de Tracia:
De suerte que cualquiera que la oyera,
Que era solfa gatuna conociera,
Con algunos cromáticos disones,
Que se daban al diablo los ratones.

Elogio de la espera

¿Qué cosa puede haber con que se iguale
La paciencia de un gato enamorado,
En la canal metido de un tejado
Hasta que el alba sale,
Que en vez de rayos coronó el Oriente
De carámbanos frígidos la frente?
Pues sin gabán, abrigo ni sombrero,
Febo oriental le mirará primero,
Que él deje de obligar con tristes quejas
Las de sus gata rígidas orejas,
Por más que el cielo llueva
Mariposas de plata cuando nieva. 

La Gatomaquia está dedicada a “Don Lope Félix del Carpio, soldado en la armada de su majestad”, muerto poco después de escrita la obra, a principios de 1634.

Los gatos son sagrados

Publiqué varias de las notas que anteceden en el diario Milenio de la Ciudad de México y recibí un alud de correcciones y protestas. Perdí al menos un cuarteto de lectores iracundos por mi sacrílega gatomaquia. Los gatos son sagrados. Recibí también admirables explicaciones del misterio fundamental en que los gatos reposan, ajenos a la ignorancia de nuestra mirada.

En primer lugar, de la antróloga gatuna Marta Lamas, quien retiró, “con los maullidos de protesta de mis felinos”, toda responsabilidad de los gatos en la fibrosis mencionada de Carlos Monsivás. La causa de aquella fibrosis fue múltiple, explicó Marta: en primer lugar genética, pues la habían padecido otros miembros de la familia, y después libresca: por el polvo acumulado en los libros, que da lugar a una atrofia pulmonar denominada “del anticuario”.

Me corrigió también el biólogo Antonio Lazcano Araujo, diciendo que le había gustado la descripción de Paz de los gatos como pequeños tigres, pero que en realidad tigres y gatos son familias de felinos que poco tienen que ver entre sí, empezando porque los tigres no maúllan como los gatos, pero sobre todo porque sólo en los gatos se han encontrado “anticuerpos para un parásito que se llama toxoplasma”. Los gatos adquieren ese parásito comiendo ratones y “los expulsan con las heces”.

La “explicación evolutiva” de este hecho, dice Lazcano, “es espléndida y, como la naturaleza, totalmente amoral: aparentemente el parásito libera grandes cantidades de dopamina que afecta la conducta de los ratones y los hace buscar espacios abiertos, con lo que quedan expuestos a la depredación”.

Recibí también una puntual explicación del matar demorado de los gatos de José Antonio Jiménez: “Los gatos no matan por el placer de matar. Instintivamente muestran una irrefrenable necesidad de atrapar todo aquello que se mueve, por eso persiguen pelotas de estambre o cualquier otro juguete, como lo hacen con cualquier animal que se mueva y pueden engullir. Son excelentes y ecológicos plaguicidas contra ratas, cucarachas, arañas y alacranes. Normalmente sus presas de caza las llevan a ‘la guarida’, o sea que entre tantos atributos negativos habrá que resaltar uno positivo: su generosidad”.

El vigilante del amanecer

Alguien me envió también el poema sobre su Gato Loco del poeta Jaime Sabines, quien lo inmortalizó de este modo:

Lo he calumniado. Le he llamado el gato loco; he dicho que necesitaba un psiquiatra. Me he burlado de él torpemente. En cuanto empieza a oscurecer, mientras la gata se acomoda en los sillones de la sala, el gato bizco comienza su ronda nocturna… sale al patio y se pasa toda la noche, dando vueltas y vueltas, maullando, buscando algo, alguien. A las siete de la mañana, más o menos, se viene a dormir. Y así todos los días.

Me preguntaba si se sentía prisionero, angustiado o qué. Hoy me he dado cuenta que es sólo un oficio: él patrulla la casa contra fantasmas, malas vibraciones y extraterrestres. De aquí en adelante le llamaré el patrullero de la noche, el vigilante del amanecer.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador y periodista. Su novela más reciente es Toda la vida.

 

20 comentarios en “Acercamiento a los gatos

  1. El misi le amargó la cena a Vargas Llosa porque en cuanto vio aparecer al Nobel supo que no le gustaban los mininos. Si yo hubiera sido el gato habría hecho lo mismo. Por fastidiar no mas.

    • Los gatos perciben cuando alguien los rechaza o no los quiere, y entonces ¡se dedican a fastidiarlo!!

  2. Habría que hacer una antología de la gatada, como se han hecho de la luna o las moscas:

    -Los gatos pardos con el consabido gatopardismo lampedusiano.

    -¿Por qué esas máquinas básicas que sirven para cambiar llantas son conocidas como “gatos”?

    -¿Por qué quien tiene el músculo del bíceps desarrollado tiene un “buen gato”?

    -¿Porque “jugar un gato” remite al juego de las cruces (o equis) y los ceros en los dos carriles vertical y horizontal con sus respectivas casillas?

  3. Los gatos no se saben gatos. Solo existen como tales para nosotros, entonces, si no existen,¿que son esos seres que llamamos gatos? puesto que inexisten, disfrutemos con Calderón de la Barca de la vida en sueño.

  4. Yo acabo de tener a mi bebe y comparto mi casa con 6 gatos, la posibilidad de adquirir Toxoplasmosis es baja, después de años de cuidar a mis gatos y limpiar su arena, antes de embarazarme me hice la prueba y no la había adquirido. Lo cierto es que no deben ser alimentados con carne cruda, pues se produce la batería en su estomago.
    También hay reporte de que son capaces de bajar la presión y relajar a los humanos con su ronroneo. No me imaginó la vida de Carlos Monsiváis sin sus gatos, son estraordinarios acompañantes para escribir y tomar la siesta.

  5. Pase mi infancia con dos gatas: primero Casiopea, blanca y parrandera y luego con una callejera, “Bola de humo” , peleonera y fiera luchadora contra los perros de la cuadra. Mi papá les puso el nombre a ambas, a él también le fascinaban los gatos y los veía con otros ojos

  6. Además de algunos aspectos genéricos de su zoología, hay una variabilidad individual en el carácter de los gatos, tal como la hay en cualquier especie. Como individuos hay gatos dominantes (no solo machos) y subordinados, los hay muy adaptables al entorno y la compañía humana, los hay que rechazan todo contacto, los hay que son excelentes cazadores y los que temen a los ratones, además hay individuos que caen dentro de los muchos tonos de gris intermedio entre estos extremos.

    Es falso que no estén “domesticados”, la afirmación correcta es están menos domesticados que los perros. En términos mas precisos, la domesticación de los perros fue anterior a la de los gatos, y la de estos nunca involucró la selección artificial que la de los perros (que explica su gran variabilidad morfológica: del San Bernardo al Chihuahua). Esta amplia diversidad morfológica no existe en los gatos, lo cual no implica que la domesticación de los gatos no involucró una selección artificial de menor intensidad. Los perros son mucho mas diferentes de sus antepasados salvajes (lobos) que los gatos con respecto a los suyos: los gatos salvajes (wild cats) de la subespecie líbica. Sin embargo, si hay diferencias morfológicas entre los domesticos y los salvajes líbicos, y mas con el gato salvaje de subespecie europea, los cuales son de mayor tamaño.

    Quizá la diferencia mas sorprendente entre los gatos domésticos y sus antepasados salvajes es en su sociabilidad en ciertos nichos ecológicos “artificiales” (creados por humanos). En zonas de habitat humano de alta concentración de recursos alimenticios (granjas, muelles, fábricas) los gatos domésticos que habitan (y no son mascotas) forman agrupaciones sociales parecidas a las de los leones: las gatas cuidan colectivamente a los gatitos, los gatos machos defienden a sus hembras de otros machos retadores (como los leones machos). Si el retador derrota al propietario mata a los gatitos de las hembras para preñar a estas y pasar sus genes. La diferencia mayor con los leones es que los gatos no cazan colectivamente, lo cual se explica por el hecho de que sus presas son mas pequeñas que el gato (los leones cazan presas de peso mayor que ellos, lo cual requiere trabajo en equipo). Este comportamiento social no se observa en especies felineas salvajes del mismo género y tamaño, en las cuales los machos son cazadores solitarios y las hembras solo cuidan a sus cachorros.

  7. Creo que la ignorancia no está peleada con el talento literario. El pelo de gato no da fibrosis pulmonar ni causa esterilidad en mujeres ¿De donde sacas eso?

  8. Es literatura, la literatura es una forma de interpretar y de describir lo que se ve. Maravilloso ensayo.

  9. Yo quedo más confundida con todo esto de los gatos, y suspendo todo juicio, sólo sé que verlos jugar cuando son pequeños es verdaderamente un gozo y Walt Disney se queda corto en todas sus caricaturas en todas las maromas increíbles que son capaces de ejecutar. Me quedo preocupada porque aunque en la familia tenemos pena de matar hasta las moscas, y a propósito, ya sé por qué le dicen a algunas personas “mosca muerta”, aparentemente después de el crimen con un matamoscas, se hacen las muertas, y al rato levantan el vuelo como que nada y siguen fastidiando. Pues mi preocupación aparte de todo lo malo , escabroso, peligroso, misterioso y siniestro que son y aquí han mencionado los gatófobos, creo mi hermana ha caído bajo el hechizo de ellos, y en efecto ellos tienen un control de sus pensamientos y acciones, debajo de un Pointer viejo que no quiere tirar porque es resguardo de ellos en el calor y el frío extremo de Texas, hay en la puerta de su casa, bajo y alrededor del Pointer, una pandilla de gatos de todos tamaños, colores, edades, llevan a presentar a sus críos, llevan a sus invitados, otros gatos que no son de ese “aprisco” y allí todos comen y beben dos o tes veces al día. Mi hermana en sus peores días madruga para darles de comer y beber y cuando los vecinos han puesto trampas en sus casas para cazarlos, se a aventurado a salir como delincuente a media noche a liberarlos. En una ocasión le llevaron un gatito negro recien nacido, feo como pegarle a Dios, pues lo recogió, le compraba leche de gata que importaban de Canadá, le asignó una habitación que se mantenía cerrada porque los perros lo odiaban y todas las noches jugaba dos horas con Gato, así lo llamaron ella y mi mamá, era un ritual extraño que nunca he entendido, habían juguetes de gato por todas partes y cajones y gavetas donde pudiese brincar y escalar Gato en su aposento.
    Nunca he pretendido entender a los gatos, sé que hay personas que tienen sus conexiones con ellos, a mi me parecen incomprensibles, sin forma de comunicarse ni entenderlos. Son vengativos, eso si lo sé y hay gente a quienes no quieren. T.S. Elliot decribió todas sus personalidades. Yo sólo me relacioné con una gatita de angora tierna y cariñosa que me regalaron de adolescente por pasar mucho tiempo enyesada de todo el torso y estar sola, le puse Saadia, la vi pelear cuerpo a cuerpo con una rata de su tamaño, y ella ganó al primer round. Después del Janet la encontramos con la columna rota y Lau y yo la inyectamos para que no sufriera más. Es toda mi experiencia de estos acompañantes enigmáticos…y todo lo que de este artículo me ha hecho reflexionar y disfrutar grandemente.

  10. Estoy en total desacuerdo con ud, creo que se han satanizado a los gatos por muchos siglos y la ignorancia acerca de ellos a alimentado ideas falsas hasta nuestros días, al grado de decir que causan esterilidad, fibrosis pulmonar??, toxoplasmosis, etc, etc, sería bastante sano informarse exactamente sobre éstas enfermedades y no poner a los gatos como causantes de ellas, porque es bastante irresponsable escribir un artículo basado en especulaciones y malinformar a la gente que no los conoce bien y darle armas a los antigatos para profundizar en su maltrato hacia ellos.

  11. 53
    Camino a mis recuerdos de la infancia con mi abuelito, llegué a mi encuentro con los gatos! Estos enigmáticos seres que ejercen en mí una magnética fascinación…
    Y en aquella casa llena de recuerdos felices, sucedió mi primer encuentro con ellos.
    Por aquellos años, en los primeros de la década de 1960, se podía vivir con las puertas abiertas de las casas… y así, en la de mis abuelitos podíamos entrar mis primos y yo, sin horarios, restricciones ni protocolos. Solo entrábamos y ya! Traspasábamos el umbral a la felicidad en aquella casa con zaguán de piso de cemento rojo y sendos macetones de helechos al fondo, una destiladera de piedra, donde se filtraba el agua más fresca y pura que podíamos beber, cayendo a un jarrón de barro en el que introducíamos una taza del mismo material, sostenida por el asa, para no meter las manos en el agua . También, mobiliario del zaguán, un par de sillas metálicas, con descansabrazos tubulares y respaldo en forma de abanico. De ahí pasábamos al patio, y alrededor de él, dormitorios. El de la derecha, era, en invierno la casa de los gatos y lugar de nacimiento de las nuevas camadas.
    Llegaba mi abuelito del mercado con bolsas repletas de delicias, para todos.. y los gatos no eran la excepción…!
    Después de las bulliciosas y deliciosas meriendas entre primos, con ese café de la abuelita, cuando ya todos se habían retirado y regresaba el silencio y las primeras sombras de la noche, era el turno de los gatos…
    Una especie de ritual cotidiano se realizaba en esa casa antigua de altas paredes y piso de ladrillo… Sacaba mi abuelito un gran paquete envuelto a manera de rollo, en papel periódico… Se dirigía al patio y yo tras él. Ahí observaba cómo desenvolvía ese paquete que dejaba al descubierto una segunda envoltura de papel canela o estrassa, como le conocen algunos y otra más de papel encerado, para dar paso a una gran cantidad de carne molida que mi abuelito traía de su carnicería para los gatos.
    Bajaban puntual y sigilosamente de la azotea, unos, por la ventana del cuarto que los abrigaba, otros, por las láminas que hacían de techo en el lavadero… puntualmente iban llegando a la cita, como si tuvieran un cronómetro, o tal vez la rasgadura de las envolturas mas el aroma de la carne al aire les avisara.
    Sostenía mi abuelito el paquete abierto en su mano izquierda, mientras tomaba un puño de esa carne molida con la mano derecha y lo arrojaba al piso de ladrillo del patio, los primeros gatos en llegar se acercaban al festín, luego lanzaba otro puño más… después, dirigía el paquete de carne hacia mí, invitándome a seguir su ejemplo. Tomaba yo un puño de carne lo lanzaba al piso, en donde no hubiera gatos, para que llegaran otros más a tomar su alimento…
    En pocos minutos, se ocultaba el ladrillo del piso para tapizarse de gatos, todos negros, de pelo brillante y sedoso, producto de tan nutritiva alimentación… Era un espectáculo gratamente impactante… pieles negras, suaves, peludas que de pronto se adornaban de amarillo cuando los gatos levantaban sus cabezas, con sus ojos abiertos, en busca de más alimento …
    - ¡ Abuelito, llenan todo el patio! – me atreví a comentar.
    - Asintió con una sonrisa y me contestó: -“Vamos a contar cuántos gatos caben en el patio”.
    Contamos por grupos, desde donde inicia el patio a partir del zaguán hasta el lavadero. En voz alta, al mismo tiempo que yo me acercaba para irlos señalando con el dedo: -“uno, dos, tres … doce, trece, catorce … veintiuno, veintidós, veintitrés… treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis… cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve.. cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y tres!!! Miiiau!

    • Me hubiera gustado conocer algunos de esos gatos. Yo pensaba que los gatos no comían carne ¿qué carne les daba?

  12. Muy interesante y ameno ensayo. Me quedé con la inquietud de que los gatos pueden transmitir enfermedades, porque mi hija tiene uno llamado Feodor, y al que, en definitiva, le caigo mal. En realidad, la antipatía es mutua. Me admiran las facultades gimnásticas de los gatos y su increíble eficiencia y eficacia operacional. A mí sólamente me gustan los gatos en las películas de caricaturas, como Los Aristógatos, y Don Gato y su Pandilla. Vaya pues una felicitación a Héctor Aguilar Camín por tratar este tema, sin fobias ni filias.

  13. Como ya lo escribieron yo nomás los dibujo, como a los perritos que siempre acompañamos los Caricaturistas, mi familia es gatuna,mis hijos,sus parejas y mis nietos, a mi esposa si le gustan pero en casa preferimos las aves,pero en libertad.

  14. Me encantaría tener un gato de pelo azul, de pelo corto, muy tranquilo y educado, bueno hasta dos me animaría a tener, pero soy sola en un departamento que poco tiempo ocupo, ya saben, solo para dormir. Es mi gran anhelo.

  15. Creo que la experiencia de tener un gato es irrepetible; todos los gatos son distintos. En mi calle vive un gato negro y peludo; mas bien parece un perro guardián, por su tamaño y mirada. Cuando llego noche de trabajar, mientras todos en la calle duermen, solo veo el reflejo de la luz del coche en las pupilas dilatadas de “sombra”, su nombre. Ningún perro entra a la privada, ni tampoco ningún supersticioso. No es mi gato, es el gato de todos los vecinos.