“Agresivas, asesinas que desangran a sus víctimas…”: José Luis describe a las orcas. “Su canto aterraba a los antiguos navegantes, pues como los lobos, cazan en manada. Pueden matar ballenas azules, jorobadas. Les muerden las aletas y cola hasta cansarlas. Al abrir la boca un macho les arranca la lengua. Saben que es el filete más grande del mar”.

El 2 de febrero de 1986, a las 14 horas, en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, José Luis aterrizó junto con una pequeña orca a la que rebautizaron como Keiko. Escoltada por guardias y el sonido de las sirenas la ballena se instaló en un estanque de Reino Aventura sobre la sierra del Ajusco. El trayecto completo fue televisado.

Raúl Velasco emitió un programa especial de bienvenida. Querían que Lucerito montara a la ballena mientras cantaba “Keiko ballenita de alta mar”. La ballena no estaba entrenada y entre los cables y luces que rodeaban su piscina, decidió no moverse.

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Ilustraciones: Estelí Meza

Con anabólicos la animaron. Lograron que diera brinquitos y una vuelta al estanque. Keiko no era el primer mamífero marino que habitara en la cuenca de los antiguos lagos del altiplano mexicano. Un cirquero lo había intentado con Malvina, una ballena argentina que instalaron en el pabellón Azteca, frente al estadio de igual nombre.

La alberca no estaba lista y murió casi dos semanas después. Culparon a la altura. Un Aurrerá en Cuautitlán Izcalli decidió exhibir focas y delfines como gancho de venta. Fue tal el éxito que floreció una nueva industria.

Un departamento de pesca de entonces abrió el acuario de Aragón. En la Torre Latinoamericana con 35 peceras estaba “el acuario más alto del mundo”. Luego otro más pequeño en Coyoacán. En el norte de la ciudad Divertido y en la tercera sección de Chapultepec, impulsado por la familia Hank, apareció Atlantis.

El Distrito Federal era único en tener tantos acuarios. Muchos ejemplares murieron. Los expertos no sabían cómo manejar las nuevas especies. José Luis, un joven veterinario recién egresado, se acercó a Convimar, empresa a la que Hank había concesionado algunos acuarios, y solicitó trabajo.

Se integró al equipo. Convimar también manejaba el Cici en Acapulco y Selva Mágica en Guadalajara. Aunque algunos parques eran concesionados, los animales eran privados. Convimar hacía captura. Eran los primeros, un monopolio. La reglamentación era muy básica así que impulsaron la creación de una norma oficial para el manejo, captura, transporte y exhibición de mamíferos marinos.

José Luis debía asesorarse con biólogos e investigadores de distintas universidades para saber dónde capturar. No había registro de qué especies habitaban en México. Descubrió que “un recurso no utilizado, es uno olvidado”. Tomaban entre seis y diez delfines al año. Lobos marinos también. La empresa invertía en realizar estudios poblacionales, sobre calidad del mar y de metales pesados.

Poblaciones costeras, de aguas someras, como las de Campeche les funcionaban. Delfines que ya convivían con barcos y pescadores. De pueblos como San Esteban sacaban lobos marinos. La comunidad los percibía como un problema pues les ahuyentaba la pesca. Los mataban a palazos.

Abrieron centros en Cancún y Cuernavaca. Todavía les faltaba mucho por conocer a las especies. Eran pioneros en una ciencia sobre manejo en cautiverio y reproducción. Hicieron protocolos, fichas técnicas y pruebas genéticas.

El parque de diversiones Reino Aventura contactó a Convimar para traer una ballena. Algunos se opusieron por la altura. Creyeron que moriría como Malvina. José Luis fue el encomendado a buscarla. No era fácil, para principios de los ochenta había menos de cien orcas viviendo en cautiverio.

Viajó a Londres. Había una orca llamada Nemo que un grupo de activistas quería rescatar. La negociación falló. Entonces viajó a un parque cerca de las cataratas del Niágara en Canadá. El dueño tenía orcas. Canadá ya había prohibido la captura en sus costas por lo que las había comprado en Islandia. Al comprar cuatro le habían regalado una más. La más pequeña. Un macho sumiso, al que el resto golpeaba. Llevaba dos años en el parque acuático. Había llegado de cinco años. Un cachorro de tres metros y medio.

José Luis preguntó por ésa. “Llévensela, me quitarán un problema de encima”, respondió el dueño. Kishka, su nombre original en Canadá, costó alrededor de 200 mil dólares. Con los gastos del transporte sumaron casi 350 mil. En cautiverio las orcas llegan a vivir entre 40 y 45 años. En libertad viven menos pues las condiciones son adversas.

Para instalarse en México Keiko debía volar sobre territorio estadunidense y la reglamentación del espacio aéreo no lo permitía con mamíferos marinos. Rentaron un avión y anunciaron transportarían un motor. Junto a José Luis viajaban más veterinarios, entrenadores y especialistas en manejo.

Keiko viajaba en un contenedor con hule espuma y una camilla especial para soportar su peso fuera del agua. En el mar la presión las sostiene. Afuera se les puede aplastar el corazón. Por ser mamíferos respiran con pulmones. Lo más importante era evitar que se le secara la piel.

Rápidamente Keiko se convirtió en la mascota más famosa de México. Lo visitaron más de 25 millones de personas. Era más popular que Tohui, el panda mexicano, segundo en nacer en cautiverio en el mundo. Aunque el parque estaba diseñado para recibir 12 mil visitantes llegaron a tener 37 mil en un día.

Junto a Hugo Stiglitz y Susana Dosamantes filmaron Keiko en peligro. Era una ballena muy dócil. Pasaba el día flotando en una esquina. Algunos entrenadores se frustraban y lloraban. “¡La ballena no quiere hacer nada!”. Entonces José Luis jugaba con ella a la pelota. Eso le gustaba. Él notaba que venía con trastornos de captura y malos tratos. Tenía que entretenerla y trabajarla psicológicamente.

Cada 20 días le sacaban sangre. Estaba en buenas condiciones. Había llegado con un papiloma. Algo como un mezquino tamaño ballena, como una verruga de bruja. Un tumor benigno que con el estrés crecía pero no ponía en riesgo su vida.

José Luis era uno de los pocos médicos veterinarios en el mundo a cargo de una orca. Vivía junto a su estanque. “¿Qué quieres hacer?”, le preguntaba su esposa. Siempre era ir a verla, también de noche.

Una mañana se tragó una boya. José Luis iba en la carretera rumbo a Acapulco cuando la noticia le llegó por biper. Regresó. Otras veces no quería comer y cancelaba sus actividades. Los dueños pedían siete shows en temporada alta. No se podía, era mucho, José Luis tenía que explicarles y convencerlos de que no. Entonces el locutor presentaba a Keiko, daba una vuelta, explicaba que tenía cólico y el público la despedía. Nadie se quejaba. Con verla un segundo se hechizaban.

Asistía a todos los congresos para saber qué pasaba con las otras orcas en cautiverio y compartir su conocimiento. Sus delfines ya se reproducían. Eso significaba que las condiciones iban por buen camino.

El pescado lo importaban de Estados Unidos. Una compañía especializada se los enviaba. Peces que recién capturados se congelaban. De mares fríos. Llegaban como paletas. En la pesca mexicana no se congelaba tan rápido. Arenque, capelán, macarela. Con Keiko probaron cerca de 17 especies distintas que no se habían probado en orcas. Nunca comió más de 45 kilos al día. En Argentina había una que comía hasta 85 kilos. Su temperatura estaba a 20 o 21 grados, cuando debía estar en 16.

Mantener a un delfín costaba más que a varios elefantes. Reino Aventura cambió de socios y lo rediseñaron. Una nueva propuesta de guion cinematográfico llegó a manos del director de comunicación y la aceptó. La nueva administración quería hacer un poco de dinero mientras el parque estaba en remodelación.

Cuando el guion llegó al delfinario José Luis montó en cólera. Se negó y negó pero su voz no tuvo peso. Rajarse, según las letritas del contrato, les costaría miles de dólares más. Hubo pelea y el nombre de Reino Aventura no apareció en los créditos.

El director de Warner Brothers lo invitó a comer al San Ángel Inn. No probó bocado. Era un guion antianimales en cautiverio, antiparques. Era el acabose y José Luis lo sabía. La renta de Keiko se fijó en 35 mil dólares. Cada día de filmación costó 21 mil a la productora. José Luis se opuso a que en varias tomas utilizaran a Keiko. Tuvieron que construir un robot que costó 890 mil. Logró agregar a la negociación la compra de un enfriador para que el agua quedara en los 16, 18 grados necesarios.

“Oiga doc, ya trajeron la copia de Keiko”, le dijeron a José Luis que no quería participar en nada de la filmación. Fue a ver la réplica. Era idéntica, con todo y el papiloma.

Keiko creció a seis metros y la alberca le quedó chica. Debían invertir entre 10 y 14 millones de dólares. No era imposible pero el riesgo era grande. Había que mover a Keiko en grúa, cualquier percance, como una caída, podría matarla. Los nuevos socios aceptaron construirla siempre y cuando se consiguiera a una orca hembra para que le hiciera compañía.

José Luis asistió a la premier de Free Willy en Houston. Lo acompañaron sus hijos. El más pequeño salió llorando: “¡Papá! ¡Papá! ¡Hay que salvar a la ballena!”. “No seas pendejo”, le contestó enfurecido, “¡es la que tenemos en casa!”.

De la noche a la mañana todos los que la cuidaban eran “villanos”. Llegaban miles de donativos de niños de todo el mundo de cinco y 10 dólares. Cartas pidiendo “liberar a Willy”. “¡Estoy hasta la madre de tu pinche ballena, te la regalo, para el miércoles no la quiero ver!”, le gritó al teléfono una madrugada uno de los socios de Reino Aventura a José Luis. Era lunes. Estaban desesperados. “Pues muchas gracias”, le respondió y colgaron. Hablaba del animal al que había dedicado su vida.

La ballena se convirtió en una papa caliente. La crisis se expandía. Tampoco consiguieron una hembra. Al principio José Luis aceptaba las entrevistas. A lo mejor la alberca no era ideal pero tenían que defender lo que tenía. Después los medios se pusieron más feroces y tuvieron que contratar a un agente de Televisa.

La presión internacional aumentaba. Alguien propuso que se liberara en Tequesquitengo, que salaran el agua. México enfrentó una nueva devaluación. “¡Asegúrame que no morirá al moverla!”, insistían los socios de Reino Aventura.

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Sea World ofreció un millón de dólares pero su médico se negó al enterarse del papiloma que portaba. Aunque lo habían reducido de 60 centímetros, al tamaño de una corcholata, ya tenían suficiente con el de sus ballenas.

Michael Jackson se mostró interesado. La quería en su rancho Neverland. Fue una plática entre representantes en la ciudad de Nueva York. Cuando contempló sus necesidades, se retractó. Entonces tocó la puerta un biólogo con tenis y jeans pero de tipo abusado. Había trabajado para que se controlara la pesca de atún, utilizar nuevas redes que permitieran a los delfines salir brincando.

No quería comprarla, quería liberarla. Le pusieron una condición: “si consigues un parque que muestre con documentación formal de que eso es posible te la donamos”. Desapareció y volvió tres meses después. Traía un millón de dólares de donación y un terreno en el acuario de Oregon, donde podrían construir una alberca temporal de 10 millones de dólares para Keiko, enseñarla y liberarla.

No dijeron más y José Luis voló junto a Keiko. Venía congelado. Ya pesaba tanto que la transportaron en agua. Desde otro vuelo Discovery Channel grababa un documental. Se detuvieron por gas en Arizona. Aprovecharon para grabar, querían que pareciera que la ballena y los documentalistas viajaban juntos.

Al decir adiós José Luis quebró en llanto. “Doctor, vuelva a llorar frente a las cámaras”, pidieron los documentalistas y les destruyó la cámara.

El acuario de Oregon era pequeño. Algunas tortugas, tres lobos marinos y peces. El traslado costó 18 millones de dólares. Su fama era internacional y los niños asistieron. Pasó dos años junto a sus entrenadores mexicanos hasta que lograron hacer el cambio de manos.

Poco a poco la gente olvidó a la ballena y se acabó la lana. Keiko pasaba el día arrinconado con tres meses de sol al año. Contactaron al gobierno islandés para trasladarlo a un corral en el mar. Primero se rehusaron por el papiloma. No podían meterlo entre una población sana. El biólogo apretó las negociaciones. Prometió curarla y situar a Islandia en el mapa turístico de los americanos. Entonces aceptaron.

Las lesiones desaparecieron y viajó a Islandia. Intervinieron distintas fundaciones internacionales. “Keiko está muerto”, anunció por teléfono una amiga a José Luis en la Ciudad de México. Tras su liberación, lograron confirmar por GPS que se había acercado a algunas manadas de orcas. Siempre regresaba en busca del contacto humano.

Había aprendido a nadar junto a un barco y ahora los buscaba. Se aproximó a niños por las playas de Noruega. Los pescadores amenazaron que lo matarían pues les espantaba la pesca. Con más barcos lo expulsaron. Su cuerpo apareció inerte en una playa. Muerte por neumonía, diagnosticaron.

Keiko vivió en libertad no más de dos meses. El resto lo pasó en encierro. Calculan llegó a cumplir 27 años. Nunca aprendió a cazar, ni a alimentarse con pescado vivo. Tiempo después José Luis visitó Tailandia. En un taxi colectivo dos alemanes le preguntaron a qué se dedicaba. Les contó que era veterinario y su relación con Keiko.

El taxista escuchó con atención y en silencio. Al día siguiente quedó en recogerlo para llevarlo a otro lado. José Luis se sorprendió cuando en el vestíbulo del hotel lo esperaba el taxista con más de 30 niños y niñas. Se le enchinó la piel. Todos recordaban a Keiko, la ballena que liberaron.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.

Juan Pablo García Moreno
Editor de nexos en línea.

 

13 comentarios en “El viacrucis de Keiko

  1. Bella crónica que, me parece, nos humedece los ojos a los que conocimos a esta orca y nos peleamos alguna vez por sentarnos en las primeras filas para que nos salpicara. Gracias por el recuerdo, aunque nos obliga a reflexionar sobre la dignidad de los animales… y sobre la frialdad del hombre: “Doctor, vuelva a llorar frente a las cámaras”. 0.o’

  2. Un relato muy triste, pero verdadero, nunca pensaron en Keiko, sólo en los beneficios económicos.

  3. Una historia muy triste, pero muy agradable de leer. Hace reflexionar.
    Espero que publiquen muchos más escritos tuyos. Gracias, Teresa

  4. Me sentí feliz de encontrar este artículo que tratara sobre un tema que siempre me apasionó tanto y lograr aprender más detalles. Siempre me llamará la atención las ganas de Keiko de regresar a lo “conocido” aunque ese lugar no fuera su origen, su naturaleza. Como nos suele pasar a varios por la vida…

    • Srita. Aida , Keiko nunca quiso regresar a la naturaleza ni con los suyos prueba de ello es que seguía a barcos y buscaba la compañía fe la gente acercándose a los poblados de la costa de Islandia, y no lo aceptaron nunca y lo corrían. Murió desolado, de tristeza y de hambre. Lo mismo quieren hacer con los Delibes que están en cautiverio, si los liberan se van a morir.

      • Gustavo, eso es falso y falaz. Se documento que pudo cazar por si mismo (peces y aves), y ademas se integro a una manada con la que estuvo conviviendo por meses… con ellos llego hasta Noruega. La necropsia arrojo que probablemente esa enfermedad la adquirió por el contacto con la manada silvestre. Hasta la aleta dorsal logro recuperar!

  5. Teresa, muy interesante tu artículo. Muchas Felicidades.
    Me gusta mucho leerte. Me hiciste recordar viejos tiempos. Qué pena es ver el maltrato a los animales.

  6. Me enorgullece mucho tener de primo al Dr. Solorzano. Un hombre apasionado desde pequeño por los animales y un ser que ha luchado por la libertad de ellos. Saludos a él con todo mi respeto. Un abrazo “Tote”

  7. Bravo!!! ya extinguimos al pájaro carpintero imperial y vamos por la vaquita marina! si se puede! si se puede!

    PD Lucerito no anduvo en un escándalo hace poco porque mató no se que animal en una caceria?
    no pus guau! Chidos nuestros politicos-empresarios y élites nacas con tapete de leon en la sala.

  8. Me gustó la crónica y la historia. Sólo que el dato de que las orcas viven más tiempo en cautiverio que en estado natural, pareciera que es falso. Si acaso, varios estudios no han podido concluir de forma definitiva este punto.

  9. Yo fui de niño muchas veces a verlo y siempre tome fotos, lloré siempre porque no fui elegido para tocarlo y verlo de cerca; mis padres siempre me comentaron que era muy cruel tenerlo en cautiverio, cuando salió la pelicula me llevaron al cine y me compraron la pelicula en vhs, recuerdo que en menos de un año no servía mas el casette por tantas veces que la ví, lloré cuando se fue y siempre mantuve el deseo de ir a Islandia a verla, pero bueno crecí y vi lo complicado que era, me parece que su historia es triste pero que esté donde esté millones de niños (en aquel entonces) la recordamos con mucho cariño y hoy sabemos que todos nos opondríamos si quisieran poner otro animal tan majestuoso para exhibirlo.
    Me parece por el artículo que a pesar de los intereses económicos, hubo algunas buenas intenciones, lástima que en nuestro país pocas veces triunfan las buenas voluntades, hasta donde sé es la única experiencia de una ballena que regresó al mar desde el cautiverio, ojalá se hagan más intentos y se logre con todos los animales en cautiverio por al rededor del mundo.