La publicación británica Strand Magazine, en el número de Navidad de 1920, incluyó en sus páginas un polémico artículo firmado por el entonces más espiritista que novelista Arthur Conan Doyle. Lo que ahí se revelaba prometía convertirse “en un hito en la historia del pensamiento humano”. El padre literario del detective Sherlock Holmes se había convertido en una copia de carne y hueso de su popular personaje para seguir la pista de un par de fotografías tomadas en una población del norte de Inglaterra, en las que se mostraba a unas hadas jugando con dos niñas. Ese primer artículo fue la semilla de una pesquisa a lo largo de dos años, difundida más tarde en el libro The Coming of the Fairies (El misterio de las hadas, José J. de Olañeta).

Esta historia comenzó en mayo de 1920. Arthur Conan Doyle sólo tenía cabeza para atesorar cualquier información sobre hadas. Preso del estado febril en el que había caído por la escritura de un texto donde compilaba testimonios sobre personas que aseguraban haber visto a estos seres, escuchó con total atención a su amigo David Gow, redactor en jefe de la revista Light, quien le reveló la existencia de unas fotografías que podrían demostrarle a la humanidad que las hadas eran algo más que protagonistas de cuentos infantiles. Los ojos de Gow no se habían enfrentado a esas imágenes, sabía de ellas por palabras de la señora Scatcherd; “una dama”, diría el novelista, “a la que yo respetaba mucho por su erudición y sus opiniones”. La señora Scatcherd tampoco había constatado cómo eran las fotografías, pero sin duda era la persona indicada para llevar a Conan Doyle hasta un informante de primera fila. El siguiente eslabón en esta cadena era la señora Gardner, amiga de la señora Scatcherd y hermana del teósofo Edward L. Gardner, quien tenía la copia de una de las intrigantes placas colgada en el recibidor de su casa.

El retrato fue mencionado, poco tiempo atrás, en una carta que la señora Gardner le envió a la señora Scatcherd. Edward, su hermano, se había relacionado con una familia de Bradford para conocer a detalle la historia que contaban dos jovencitas. Elsie (16) y su prima Frances (10) aseguraban que tres años atrás iban al bosque para jugar con hadas. Para aumentar la diversión, un día Elsie le pidió a su padre que le prestara su cámara fotográfica y una placa. El padre, luego de prolongados ruegos, aceptó y las niñas volvieron al bosque. Frances se sentó cerca de una cascada y logró atraer a tres hadas y un duendecillo. Elsie, sin perder tiempo, los fotografió mientras danzaban. El padre ignoró la urgencia que expresaban su hija y su sobrina, y cuando al fin por la noche aceptó revelar la fotografía, confirmó que aparecían cuatro seres diminutos. Al observar la imagen, Elsie le gritó a Frances: “¡Las hadas salen en la placa! ¡Salen en la placa!”. Una de sus tías creyó en la historia que narraban y se puso en contacto con Edward Gardner, a quien le prestaron la placa. Él decidió llevarla con un especialista para averiguar si la imagen había sido alterada de alguna manera. El veredicto del experto fue que se trataba de un retrato sin trucos. Convencido del resultado, el señor Gardner pidió que ampliaran la imagen y la colocó en su casa. Al margen del estudio quedó otra fotografía que tomó Elsie; en ella se observa a Frances en compañía de un duende.

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Ilustraciones: Alma Rosa Pacheco Marcos

Estos detalles que la señora Scatcherd compartió con Conan Doyle avivaron la curiosidad del escritor y lo hicieron avanzar en su pesquisa. Ahora tenía claro que se trataba de dos fotografías y que una prima de los Gardner, E. Blomfield, estaba colaborando en el análisis de su autenticidad.

En junio de ese mismo año E. Blomfield le envió a Conan Doyle copias de las fotografías de las hadas. Y también le advirtió que fuera cuidadoso con ellas, pues Edward Gardner en ese momento no quería que se publicaran ni que anduvieran pasando de mano en mano. Al menos no hasta que terminara de investigar su origen. Arthur Conan Doyle estaba embelesado con aquel hallazgo y respondió a la señora Blomfield que si las fotografías quedaban libres de dudas técnicas “estaría encantado de tener el privilegio de ayudar al señor Gardner a dar resonancia pública a su descubrimiento”.

El siguiente paso de Arthur Conan Doyle fue entrar en contacto con quien tenía toda la información que él estaba buscando: el señor Gardner. Le escribió para explicarle “hasta qué punto me parecía esencial que se revelasen los hechos al mayor público posible y que podía efectuarse una investigación imparcial antes de que fuese demasiado tarde”.

Edward L. Gardner escribió su respuesta el 25 de junio. De las dos protagonistas del encuentro con las hadas dijo que “son muy tímidas y reservadas”, que han empezado a trabajar y que había sido difícil hasta ese momento juntarlas porque viven en distintos poblados. Y de las fotografías explicó que primero vio unas copias de muy mala calidad, defecto que no disminuyó su interés; lo que revelaban lo impresionó e insistió para que le prestaran las placas. Las entregó a dos expertos: uno en Londres y otro en Leeds. El primero desconocía el tema pero las clasificó como auténticas e inexplicables. El segundo, quien ya había hecho peritajes con el fin de demostrar trucos parapsíquicos, dio su visto bueno sin dudar. Los temores del señor Gardner también salieron a la luz: “[…] unas niñas como esas son raras de encontrar y temo que intervengamos demasiado tarde, pues sin duda llegará lo inevitable; quiero decir que una de ellas se enamorará y entonces… ¡todo se esfumará!”.

Esta carta animó la complicidad entre Arthur Conan Doyle y Edward L. Gardner, entonces miembro del comité Ejecutivo de la Sociedad Teosófica y conferenciante reconocido en el mundo del ocultismo. Doyle había descubierto a “un hombre tranquilo, equilibrado, reservado, ni excéntrico ni iluminado”. Los dos estaban ansiosos por investigar y revelar la historia de las hadas de Cottingley. Se conocieron en Londres y armaron un plan de trabajo: “él se encargaría de los contactos personales, mientras que yo daría forma literaria a los resultados de nuestra investigación. Acordamos ir al pueblo en cuanto pudiéramos para ver a todas las personas implicadas”.

El escritor recurrió a un grupo de amigos versados en asuntos parapsíquicos con el fin de obtener veredictos sobre las fotografías. A algunos les mostró las copias y a otros, cuando era posible, los originales.

Sir Oliver Lodge, uno de los especialistas elegidos por Conan Doyle, no quiso juzgar las imágenes por “las apariencias” y planteó “la hipótesis de que se había sacado una foto de los danzantes del California Classic y se había sobreimpreso sobre un paisaje rural inglés”. El escritor dejó en claro que las fotografías habían sido tomadas por “dos chicas de la clase obrera y que ese trucaje estaría fuera de sus posibilidades”. Su amigo, sin embargo, no abandonó sus dudas.

En el gremio de los espiritistas circulaban aguerridas críticas a la posible existencia de las hadas por su lejanía con los espíritus y con los humanos. Detrás de esta negativa también se ocultaba el temor a la sacudida que sufriría el debate parapsíquico dominante en aquella época. Arthur Conan Doyle recurrió a la opinión de una de esas voces dudosas: él lo nombra Sr. Lancaster. Este caballero en varias ocasiones aseguró que había visto hadas. Se dedicaba a la clarividencia y a la clariaudiencia y, por extraño que pueda sonar, tenía un espíritu guía.

El señor Lancaster respondió: “Me dice mi guía que la foto fue tomada por un hombre rubio, de baja estatura, con el pelo peinado hacia atrás; tiene un estudio con un montón de cámaras fotográficas, de las que algunas funcionan ‘con manivela’. No sacó la foto para engañar a los espiritistas, sino para complacer a la chica; ésta escribía cuentos de hadas que él ilustraba de este modo”.

Las opiniones del señor Lancaster y de su espíritu guía fueron tomadas en cuenta por Arthur Conan Doyle y por Edward L. Gardner, las cuales derivaron en nuevos peritajes. El escritor estaba entusiasmado con los hallazgos. Sin embargo, su escepticismo lo movía a “recoger elementos más tangibles antes de estar profundamente convencido”, y quería asegurarse “de que no se trataba de formas elementales concebidas por la imaginación o el deseo de videntes”.

A principios de julio el señor Gardner llevó los dos negativos al número 26 de la calle The Bridge, en Wealdstone, Harrow, donde se encontraba el estudio del señor Snelling, quien contaba con 30 años de experiencia en la Compañía Autotype y la fábrica de fotografía Illingworth. Y concluyó que: “1. No hay más que una sola toma y 2. Todas las formas de hada se movían durante la toma, que era ‘instantánea’”. Al ser cuestionado “sobre la posible utilización de siluetas de papel o de cartón, de fondos reconstituidos o pintados y todos los artificios realizables en un estudio moderno”, negó que fuera el caso de esas fotografías. Y se comprometió “a certificarlas y a poner en juego su reputación en cuanto a la exactitud de lo que asegura”.

El otro peritaje se realizó con la intervención de Arthur Conan Doyle. Llevó los negativos a las oficinas de la compañía Kodak en Kingsway, donde se entrevistó con el señor West y otro especialista de esa empresa. Ambos revisaron exhaustivamente las placas y concluyeron que no se trataba de una sobreimpresión. Dejaron claro, sin embargo, que era posible producir fotografías de ese tipo gracias a la tecnología y a los recursos con los que contaban, descartando así cualquier origen sobrenatural.

En este momento de la investigación sobre la veracidad de la existencia de las hadas de Cottingley, Conan Doyle decidió restar empeño a las cuestiones técnicas de las fotografías y centrar su atención en la vida y personalidad de Elsie y Frances.

Conan Doyle dio el primer paso hacia las jóvenes encantadoras de hadas, enviándole un libro a la mayor de ellas, Elsie. A vuelta de correo, en julio, el señor Arthur Wright, padre de Elsie, agradeció al escritor el obsequio y le aseguró que todos los detalles de esta historia serían revelados en cuanto se encontraran a finales de ese mes, cuando el señor Gardner cumpliera con la visita que les había anunciado. El escritor no pudo acompañarlo porque se encontraba preparando su viaje a Australia, en donde daría una serie de conferencias sobre espiritismo.

El 31 de julio Edward L. Gardner envió el reporte de lo sucedido durante su investigación con la familia Wright: obtuvo la autorización para reproducir y publicar las fotografías bajo la condición de que no se usaran los nombres ni las direcciones de los implicados. Se acordó que las copias circularían en Inglaterra y Estados Unidos. Quienes dieron la mala nota en esta sinfonía de buenas nuevas fueron la casa Kodak y la compañía Illingworth, al negarse a que se publicaran sus dictámenes; insistían en que era posible que las imágenes se hubieran intervenido en un estudio.

El señor Gardner simpatizó con Arthur Wright, un hombre “abierto y disponible”. En su conversación no faltó oportunidad para que el amable electricista desechara la posibilidad de cualquier truco en las fotografías, pues aseguraba que “la placa que sacó de la cámara fotográfica Midg es realmente la misma que había introducido él aquel mismo día”.

El propósito de Gardner de reunir todos los detalles posibles sobre las fotografías se cumplió con creces. La cámara que utilizaron era una Midg de placas marca Imperial Rapid de 8.2×10.8 centímetros. La fotografía donde aparecen cuatro hadas danzando en el aire ante a Frances se tomó un sábado de julio de 1917: día muy caluroso y soleado, hacia las tres de la tarde. La fotografía del duende acompañando a Elsie se tomó un día de septiembre de 1917 cerca de las cuatro de la tarde.

En una de las conversaciones entre el señor Gardner y Elsie ella le explicó que “no tiene ninguna influencia en los hechos y gestos de las hadas, y que su manera de ‘captarlas’ […] consiste en sentarse pasivamente, pensando tranquilamente en ellas, y luego, cuando unos temblores o movimientos a lo lejos indican su presencia, les hace un gesto de bienvenida para acogerlas”.

Había otro detalle que ponía en tela de juicio la autenticidad de las fotografías: Elsie sabía dibujar y lo demostró con unos modelos diseñados para un joyero con quien trabajó. Gardner le pidió que le mostrara sus habilidades artísticas. Observó que la adolescente reproducía los paisajes de manera notable pero sus reproducciones de las criaturas aladas eran “mediocres y no se parecían en nada a las hadas de las fotografías”.

Un cabo suelto menos: la identidad del misterioso hombre al que se refirió el espíritu guía del señor. Lancaster. Su descripción coincidía con los rasgos del señor Snelling, el especialista de la Compañía Autotype, a quien habían consultado algunos meses antes. “Es realmente él quien reveló los negativos de los que están sacadas las pruebas […] y trabaja en una habitación llena de máquinas extrañas con manivelas y objetos que se usan para la fotografía…”.

Antes de que el señor Gardner se despidiera de sus anfitriones recibió la promesa de que las dos primas se reunirían “dentro de pocas semanas” para tratar de sacar otras fotografías. Y apostilló su informe: “Añadiré simplemente que la familia parece no haber estado nunca tentada de hacer públicas las fotografías, y que todo cuanto se ha hecho en este sentido en el plano local no viene de ellos. Tampoco el dinero ha tenido nada que ver con el asunto”.

Por su parte, Arthur Conan Doyle escribió: “Tengo que reconocer que, tras meses de reflexión, soy incapaz de hacer un balance concreto de este asunto, pero lo que es indiscutible es que tendrá repercusiones. Las experiencias infantiles se tomarán más en serio. Habrá cada vez más cámaras fotográficas. Aparecerán otros casos bien autentificados. […] El simple hecho de pensar en las hadas, aunque no se las vea, añadirá encanto a cada arroyo, a cada pequeño valle, y hará que sea romántico todo paseo por el campo. Creer en la existencia de las hadas hará que el espíritu materialista del siglo XX salga del atolladero enfangado en el que se encuentra hundido, y hará que reconozca que la vida está llena de encanto y misterio. Una vez lo haya admitido, el mundo ya no encontrará tan difícil aceptar el mensaje espiritual [espiritismo], apoyado por hechos psíquicos, que tan a menudo le ha sido revelado ya con tanta convicción”.

Esta parte de la historia es la que el escritor narró en su artículo incluido en la edición de Navidad de Strand Magazine. El texto incluía una advertencia para los lectores sobre la identidad de los protagonistas: “hemos preferido emplear un seudónimo y no revelar la dirección exacta, pues es evidente que su vida se vería turbada por demasiado correo y visitas […]”. Arthur Conan Doyle les dio el nombre ficticio de los Carpenter y los situó en Dalesby, West Riding.

Aquel fin de año en Inglaterra fue de agitadas sobremesas. El artículo de Arthur Conan Doyle estaba en boca de todos. Mientras tanto él recibía los halagos y los insultos en las lejanas tierras de Australia.

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Los periódicos de Yorkshire fueron los más interesados en descubrir las mentiras detrás de las fotografías de hadas presentadas por Conan Doyle. Entre sus métodos de investigación incluyeron exhaustivos interrogatorios a fotógrafos que vivían en esa zona. La revista Truth despertó el enojo del escritor, pues no escatimó tinta para lanzar dardos envenenados en contra del caso, del movimiento espiritista y de él mismo. En cambio la Westminster Gazette atrapó su atención al publicar el 12 de enero de 1921 notables hallazgos acerca de la verdadera identidad de la familia Carpenter.

El enviado especial de esa publicación reconoce en su texto que fracasó al intentar “conseguir, si resultaba posible, argumentos definitivos que validasen o refutasen la prueba de la existencia de las hadas”. Sí triunfó en descubrir quiénes eran las adolescentes que decían haber visto a los pequeños seres, dónde vivían (Elsie con sus padres en Lynwood Terrace, número 31, y Frances Griffiths, también con su familia, en Dean Road, en Scarborough) y cómo tomaron las fotografías. Aunque logró que los Wright aceptaran salir del anonimato, nunca cayó rendido a los pies de sus entrevistados; siempre se mantuvo suspicaz. Más con Elsie que con los otros. A la hija de los Wright la entrevistó en la fábrica Sharpe, dedicada a la elaboración de tarjetas de Navidad. Para la memoria queda esta descripción: “Elsie es alta, delgada, con una abundante melena pelirroja en medio de la cual hay una fina cinta dorada que le ciñe la cabeza”. De ese encuentro sale en claro que tanto ella como sus padres estaban fastidiados del furor que había provocado el asunto de las hadas. Lo que más le llamó la atención al reportero es que la jovencita no pudo explicarle de dónde venían las hadas que vio ni adónde habían ido. Y su firmeza al asegurar que nadie más, excepto ella y su prima, eran capaces de convocar a las hadas.

Conan Doyle aplaudió el esfuerzo del reportero con reticencia: “El tono general de este artículo muestra claramente que el enviado hubiera estado evidentemente encantado de dar el golpe y desmontar todo el asunto. Pero era un hombre honesto e inteligente que había cambiado su papel de fiscal por el de juez indulgente”.

Otro de los medios que se subió a la ola informativa de las hadas de Cottingley fue el Evening News, en donde Georges A. Wade publicó el 8 de diciembre de 1920 una serie de testimonios de personas que aserguraban haber visto a algunas de estas pequeñas criaturas en las cercanías de Yorkshire.

El disgusto más amargo para el escritor provino de las páginas del Birmingham Weekly Post. El mayor Hall-Edwards, “una autoridad en el campo del radio”, advertía sobre la autenticidad de las fotografías. De una de éstas aventuró que las niñas podrían haber recortado de una revista las figuras de las hadas; pudieron pegarlas en un cartón y armar un pequeño escenario para las tomas. Y también temía que alimentar este tipo de fantasías en los niños podría llevarlos a manifestar trastornos nerviosos y alteraciones mentales. “No hay duda de que educar a los niños de modo que éstos aprecien las bellezas de la naturaleza es algo que se puede hacer sin alimentar su imaginación con absurdos y sensibilerías excesivas, aunque sean pintorescos”, escribió.

El señor Gardner respondió puntualmente cada una de las dudas del mayor Hall-Edwards, insistiendo en que tanto las fotografías como los integrantes de la familia implicada fueron sometidos a una investigación meticulosa.

El escritor Maurice Hewlett también envió un artículo al semanario John O’London’s con varias reflexiones sobre las fotografías difundidas por Conan Doyle. 1) Las hadas no tienen la naturalidad de los objetos fotografiados, tienen la rigidez de una pintura; 2) si estos seres hubieran estado en realidad frente a la jovencita retratada, ella hubiera dirigido su mirada buscándolas y no hacia la cámara y 3) el hecho de que el Sr. Gardner también se haya fotografiado en el mismo lugar en el que se tomaron las otras imágenes, no es prueba suficiente para creer que las hadas existen.

En el siguiente número el señor Gardner asumió de nuevo el papel de vocero del caso: “Las fotografías de los lugares, de las que publicamos únicamente una por lugar, confirman totalmente la autenticidad de los lugares, no de las hadas”. “[…] si es exacto que nos las habemos aquí realmente con hadas, cuyo cuerpo es en principio de naturaleza puramente etérea y plástica, y no con mamíferos con estructura ósea, ¿es entonces una mente realmente ilógica la que considera que su exquista gracia es una cualidad inherente a su naturaleza?”. “Para ella [Alice], una cámara fotográfica era algo mucho más nuevo que un hada, y nunca había visto una tan cerca. Por extraño que pueda parecernos, en aquel instante era la cámara fotográfica lo que más le interesaba”.

Entre septiembre y noviembre de 1920 Arthur Conan Doyle y el señor Gardner mantuvieron una intensa correspondencia en la que iban y venían novedades de Yorkshire. La excitación apresada en sobres lacrados se debió a que Frances fue a visitar a Elsie y tomaron nuevas fotografías (dos fueron tituladas: El hada que vuela y El nido de las hadas). El jueves 26 y el sábado 28 de agosto las dos adolescentes aprovecharon que el cielo se secó por unas horas y dejó que el sol saliera a su antojo. Usaron una cámara fotográfica y las placas que el señor Gardner les había enviado con anticipación. Las escenas obtenidas que más llamaron la atención de las jovencitas fueron un hada en vuelo, otra que ofrecía un ramo de flores y, por último, un nido de hadas.

Estas tres placas llegaron a casa del señor Gardner y él no tardó en compartir copias con su corresponsal en Melbourne. Para continuar con el método riguroso de verificación de autenticidad al que fueron sometidas las primeras imágenes, esta segunda serie también fue dictaminada por el señor Snelling y por los expertos de la Illingworth. Ninguno dudó en darlas por originales.

Arthur Conan Doyle respondió el 21 de octubre: “Ni usted ni yo teníamos necesidad alguna de esta confirmación, sin embargo, le va a parecer de lo más innovador al hombre de la calle aprisionado por su vida de cada día y nada interesado en la investigación parapsíquica”. Él quedó satisfecho con la historia contada por su fiel investigador y por las jóvenes. Esperó un año más para repetir la experiencia fotográfica, pero ya no fue posible. En esos meses las voces en contra dejaron de resonar y Conan Doyle archivó el caso de las hadas de Cottingley con un “dosier sólido”.

El caso de las hadas revivió en la década de los ochenta del siglo pasado, cuando la empresa Kodak solicitó al redactor en jefe del Journal of Photography, Geoffrey Crawley, un estudio sobre estas fotografías. Crawley ya se había hecho cargo de esclarecer las dudas ante las fotografías del asesinato de Kennedy, en casos de fraudes o de avistamientos de objetos voladores no identificados.

El investigador contó con los artefactos más modernos para hacer su análisis y publicó los resultados en cuatro números divididos en cinco años: el primero apareció a finales de 1982. En febrero de 1983, como salida de una de las sesiones espiritistas frecuentadas por Conan Doyle, Elsie se manifiesta a través de una carta enviada a la revista. Contó que el asunto de las hadas la había hecho estar huyendo casi la mitad de su vida. Curiosos y periodistas no dejaban de pararse frente a la puerta de su casa. Y revelaba que —¡pobres Arthur Conan Doyle y señor Gardner!— “las imágenes estaban recortadas de revistas y fijadas con alfileres de sombrero que clavaban en el suelo, entre la vegetación”. Al parecer las adolescentes ya no supieron cómo desanudar la historia y dejaron que dos adultos fueran atando cabos según sus creencias. Frances justificó que su prima se haya retractado porque no quería que las arenas del caso se removieran de nuevo. Pero ella aseguraba que las fotos eran verdaderas. Ella había visto a las hadas de Cottingley.

 

Kathya Millares
Editora.