Han pasado cien años. Y otra vez la burra al trigo. Es el cuento de nunca acabar.

Rogelio Agrasánchez Jr. cuenta lo siguiente: eran los tiempos del cine mudo. Los inicios de un fenómeno que no haría más que expandirse a lo largo del siglo XX. Se construían las primeras salas para ver las películas que por lo pronto se exhibían en “carpas, clubes, escuelas e iglesias” y teatros. Y los mexicanos en los Estados Unidos acudían a ver cintas realizadas en México. El tren fantasma y El Cristo de oro se estrenaron en un teatro de Corona, California. En ocasiones los exhibidores le cambiaban el título a las películas para hacerlas más atractivas. En la hacienda se convirtió en Las tragedias de los pobres o Carmen fue rebautizada como La hija abandonada. También se traducía el título al inglés de tal forma que El automóvil gris se anunció como The Automobile Bandits. Incluso los empresarios del cine en no pocas ocasiones se permitieron la libertad de proclamar como mexicanas cintas que no lo eran, como The Woman God Forgot, “una hija de Cuauhtémoc, hermosa película histórica en ocho partes, de origen mexicano, que recordará a su patria”. (“El cine mudo mexicano en Estados Unidos”, en Aurelio de los Reyes —coordinador—, Miradas al cine mexicano, volumen 1, Imcine, 2017. También lo que sigue está tomado de ese capítulo.)

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Ilustración: Jonathan Rosas

Las carteleras se anunciaban en los periódicos pero también se pegaban avisos en los muros. Se prometían programas novedosos, precios bajos, regalos y rifas. Las películas se mezclaban con variedades y las salas presumían su ventilación, comodidad, elegancia. Las corridas de toros filmadas y estampas de la Revolución reunían a públicos masivos. “El cine además de negocio y entretenimiento, se convirtió en un vehículo de reafirmación de la nacionalidad. Los mexicanos llenaban las salas cinematográficas para divertirse, asomarse a lo extraordinario o conocer paisajes y sucesos de la patria”. Se explotaba la nostalgia y los cuadros históricos, el paisaje, la arquitectura y cualquier alusión a lo mexicano convocaba a los cines a los residentes en Estados Unidos. Escenas de la Revolución, la Decena Trágica, los funerales de Madero o los de Bernardo Reyes, actividades de Venustiano Carranza y otras fueron vistas en los cines estadunidenses por un público de origen mexicano. Por lo menos en 236 locales “se ofrecieron películas al público de habla hispana”: “108 en Texas, 48 en California, 26 en Arizona, 21 en Nuevo México y 33 más repartidos en varios estados”.

Pero en las cintas “gringas” se empezó a forjar un estereotipo de lo mexicano. Se trataba “normalmente” del malo, el ladrón o el asesino, el cobarde o el traidor. Muchos mexicanos se quejaban en privado y en ocasiones se realizaron sabotajes a esas películas. Pero, nos dice e ilustra Agrasánchez, fue en la prensa donde se libró “un intenso combate contra las películas antimexicanas”. Hubo quejas consulares, prohibición para que esas cintas entraran a México, pero los prejuicios raciales no pudieron ser frenados. Y esas representaciones denigrantes fueron acompañadas de prácticas discriminatorias hacia los mexicanos que asistían a los cines. “Se les sentaba en un rincón y separados de los anglosajones”. Un lector de La Crónica mandó una carta al periódico en 1911 para denunciar que en Roswell, Nuevo México, “no importa qué tan pulcro concurra un mexicano, al presentarse en la puerta tropezará con un ‘primo’ que le indica a la izquierda, departamento destinado a los mexicanos; y preséntese un ‘gringo’ de esos vaqueros con espuelas y chaparreras… echando grandes y amarillentos salivazos a diestra y siniestra… y para él no habrá reparos ningunos”. Esa discriminación, esa segregación, fue enfrentada con argumentaciones, demandas y boicots, pero la fórmula de ese apartheid no desaparecería sino pasados muchos años.

Cien años después reaparece el lenguaje y las prácticas discriminatorias. Pero ahora encabezadas por el presidente Trump. ¿Por qué resulta tan difícil erradicarlos? La discriminación supone una relación asimétrica que cincela la peregrina idea de que existen hombres superiores e inferiores. Y los primeros tienen “derecho” a dominar, someter, apartar o maltratar a los “otros”. Se trata de la derivación de prejuicios bien arraigados pero que cumplen con una función: la de satisfacer las pasiones y apetitos de capas importantes de la población. Esos prejuicios alimentan el sentido de pertenencia y crean dos universos escindidos, el de nosotros y el de los otros, en el que unos se sienten superiores a aquellos que excluyen de su círculo. La discriminación es la triste recompensa que recibe la persona que se siente superior por pertenecer a una colectividad supuestamente mejor. El misógino puede ser un bueno para nada y además estúpido, pero se cree, por definición, por encima de las mujeres. Igual que el racista que puede ser un imbécil consumado pero, eso sí, blanco y perteneciente a la comunidad dominante.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).