En los archivos presidenciales del Archivo General de la Nación se resguardan documentos que narran cómo eran las relaciones del gobierno con la prensa mexicana a mediados del siglo pasado. Por primera vez se empleaban estrategias diseñadas para desviar la atención de la corrupción política

En 2014 el director Luis Estrada estrenó su sátira de la política moderna: La dictadura perfecta. En la película los ejecutivos de televisión se unieron con los funcionarios priistas para suprimir un metraje cinematográfico de un gobernador recibiendo unas maletas de dinero de un conocido traficante de drogas. Para hacerlo, emplearon una “caja china”. La frase es un recurso literario diseñado para denotar una historia adentro de una historia. Pero aquí la utilizaron para describir una noticia fabricada que podría estar desempacada repetidamente para ocultar a la mala prensa. Los ejecutivos conspiraban el secuestro de dos niñas para desviar la atención pública de la corrupción oficial.

La película fue diseñada para enfatizar el cinismo de los nuevos ejecutivos mediáticos. Y en los dos últimos años la frase se ha transformado en un lenguaje común; los comentaristas han acusado al gobierno de usar las cajas chinas frecuentemente para ocultar las malas noticias. La caja china no es un invento nuevo. De hecho, es una tradición priista que se remonta a los 1950 y era utilizada por los primeros asesores mexicanos de imagen para frenar noticias con contenido crítico.

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Ilustraciones: Alberto Caudillo

Durante la década de los cuarenta la censura oficial de la prensa mexicana fue caótica, improvisada e involucraba una mezcla de pagos individuales, la violencia esporádica y la intervención personal de los políticos. El presidente Ávila Camacho (1940-1946) invitaba periodistas a Los Pinos para llamarles la atención sobre artículos con contenido crítico. Su hermano, Maximino, eligió una estrategia por decir más activa, la cual era llegar a las oficinas de la prensa con pistola en mano y amenazar a los periodistas de muerte.1

En la siguiente década el control oficial de los medios fue en aumento notablemente. Bajo el mando del presidente Ruiz Cortines (1952-1958) las secretarías individuales establecieron los departamentos de prensa, formalizaron los sobornos y trataron de coordinar la cobertura informativa de los asuntos controversiales. Y bajo el secretario de la prensa presidencial —el legendario manipulador priista Humberto Romero Pérez— los funcionarios desarrollaban los planes mediáticos sofisticados.

Que yo sepa, solamente existe una prueba de uno de estos planes y que todavía permanecen enterrados en los archivos presidenciales del Archivo General de la Nación, y se refiere a un evento que parece relativamente sin importancia —la subida del precio de la gasolina en septiembre de 1954—. Sin embargo, revela una nueva forma sofisticada de las relaciones públicas oficiales. La mayoría del documento expone las estrategias diseñadas para generar la cobertura positiva de la política. Sugiere que los publicistas oficiales en esa época deberían emplear las estaciones estatales de radio, editores amables, y periodistas sobornables para publicitar las causas racionales del cambio. Y aconsejó los métodos con los que los diferentes medios deberían entregar la información. Mandó a los periodistas a usar citas de miembros anónimos de la sociedad cívica que apoyaron la política. Y ordenó a los editores a expresar la campaña en términos nacionalistas. “Deberíamos usar la campaña para fortalecer el espíritu cívico del pueblo mexicano”.

El apéndice del plan —titulado “Medios Indirectos”— fue el más revelador. Aquí el secretario de la prensa alude a que el gobierno debería inventar otras historias para desviar la atención pública del alza. “Todo evento periodístico tiene un ciclo en la metrópoli, que difícilmente vive una actualidad de más de dos semanas… Sin embargo mucho se ganaría abreviándola a este tema su duración. Con ello pudo lograrse con el aliento o creación de temas laterales, completamente desvinculados del asunto…”. Entre estos “temas laterales” que insinuaron la captura de “un delincuente millonario” y una investigación “al fondo de las maquinaciones cinematográficas… un tema que captara… la atención del público”, “Una exhibición pugilística del Ratón Macías”, la depuración del “cuadro político de un algún estado”, y “remitir a Toluca [un eufemismo para “la ley fuga” o el asesinato extrajudicial] a los autores, del sonado asalto”. ¿Eran los “medios indirectos” de Romero las primeras cajas chinas? ¿Es por eso que Romero obtuvo un estatus legendario dentro del PRI? Al parecer, sí.2

El sábado 25 septiembre de 1954 unos de los boletines aparecieron escondidos dentro de los periódicos de la capital. El jefe de Pemex anunció un alza en el precio de la gasolina. Y la siguiente semana el precio subió junto con los precios de los boletos de los autobuses. Hubo protestas grandes. Pero los periódicos nacionales ignoraron esto.

Dos eventos impidieron que la noticia sobre el alza del precio no hubieran aparecido en las primeras planas. Eran exactamente los que sugirió Romero en su plan mediático —una exhibición pugilística del Ratón Macías y la detención de un delincuente millonario de la industria del cine, Gabriel Alarcón—. La pelea de boxeo tuvo lugar el 26 de septiembre en la plaza de toros del Distrito Federal. Era un evento masivo; más de 60 mil mexicanos asistieron. El Ratón (Raúl Macías Guevara) era un héroe local, un joven pobre del barrio de Tepito que había ganado 10 combates seguidos y era el boxeador más famoso del país. “La multitud se volvió loca por Macías”. Cuando ganó contra el aspirante de Estados Unidos, Nate Brooks, y dedicó su victoria a la virgen de Guadalupe “causó una conmoción nacional”. Los periódicos, especialmente los tabloides como La Prensa, dedicaron mucho espacio al combate. Para el lunes 27 de septiembre, el día del alza del precio de la gasolina, los titulares de la primera plana eran “El Ratón, Campeón de América” y “El combate del Ratón será transmitido por la radio y la televisión”. Siguieron cuatro páginas de cobertura exhaustiva. En la siguiente semana el periódico mantuvo una atención constante del boxeador, escribiendo sobre la posibilidad de un combate por el título mundial, sobre su trabajo de caridad y la ceremonia de felicitación en la universidad nacional. La Prensa también organizó una celebración de su victoria en la plaza de toros.3

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El escándalo de Gabriel Alarcón era más complicado. El 10 agosto de 1954 René Mascarúa, el jefe del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica, era apuñalado, tiroteado y asesinado afuera de su casa en la Ciudad de México. Al principio los periódicos se lanzaron con la sospecha de que fue otro líder sindical. Pero, una semana antes de la subida del precio, de repente cambiaron el enfoque. La policía detuvo a tres asociados de Alarcón —Alejandro y Joaquín Ponce de León y Felipe Antonio Trujeque—. Ellos señalaron con el dedo al dueño millonario de cines Gabriel Alarcón. Como Romero anticipó, las acusaciones generaron un circo mediático. Los periodistas nacionales llenaron las páginas de los tabloides y los periódicos más serios con historias sobre el mundo tenebroso de plutócratas y pistoleros repitieron historias sobre otros asesinatos y siguieron atentos de la policía para detener a Alarcón. El escándalo se prolongó durante semanas. Primero, la policía obtuvo una orden judicial; entonces Alarcón aplicó para un amparo; entonces el amparo fue revocado; así el millonario escapó escondido en la cajuela de un coche, y finalmente afirmó que tuvo una afección cardíaca. En la cárcel sus asociados se enfermaron, pelearon entre ellos, y cambiaron sus historias. Los editoriales se opusieron a “su imperio arrogante de impunidad” y pidieron que bajo la presidencia de Ruiz Cortines la ley no hizo una “distinción entre los ricos y los pobres”. Y los caricaturistas entretuvieron a los lectores con cartones ingeniosos sobre el caso. En uno de Jorge Carreño dos mujeres discutían sus vidas amorosas. Se leía: “Quiero encontrar un millonario”, dijo una. “No te preocupes, compra un boleto a la cárcel”, contestó la otra.4

El plan no contiene una fecha, lo que deja espacio para la interpretación. Entonces, ¿acaso el gobierno solamente explotó dos eventos fortuitos para esconder las noticias malas? ¿O Romero escribió el plan después de la muerte de Mascarúa, con lo que aprovechó para acusar a Alarcón? ¿O, escandalosamente y más probablemente, las fuerzas gubernamentales asesinaron a Mascarúa para tender la trampa a Alarcón y desviar la atención pública?

Ciertamente, hay evidencias que el gobierno fue involucrado en el homicidio. Al siguiente año el Estado incriminó a Alarcón. Él estructuró una defensa minuciosa, que sus abogados publicaron. En la defensa sostuvieron que la figura más importante en el caso era el popular pistolero José Antonio Arredondo, alias El Jarocho. Arredondo era un hombre de su época, un pistolero profesional que cruzó con frecuencia las líneas borrosas entre la legalidad y la ilegalidad. Era un ladrón, un secuestrador, un chantajista y un asesino que se quedó años adentro de la penitenciaría de la capital. Pero también fue jefe de policía en Veracruz y Morelos y llevaba consigo la credencial de la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Fue Arredondo quien se acercó a la policía con la historia de involucrar a los asociados de Alarcón; fue Arredondo quien acusó a los asociados de confesar el crimen; y la evidencia de Arredondo formó la base del caso legal del gobierno. Los abogados insinuaron que Arredondo hizo las acusaciones para chantajear a Alarcón, pero el plan evoca que Arredondo todavía estaba trabajando para el gobierno y la DFS.5 ¿La idea era tender una trampa a Alarcón y crear una caja china?

Probablemente nunca sabremos la verdad exacta. Fortuito, oportunista o maquiavélico el plan de Romero demostró que aun durante la década de los cincuenta el mecanismo publicista del gobierno era capaz de una manipulación impresionante.

 

Benjamin T. Smith
Profesor de historia de la Universidad de Warwick, Reino Unido. Su libro Stories from the Newsroom, Stories from the Street: A History of the Press in Modern Mexico, 1940-1976 será publicado este año por University of North Carolina Press.


1 E.g. Archivo General de la Nación, Presidentes, Manuel Avila Camacho, 545.2/99 José Altamirano a Presidente Ávila Camacho, 25 mayo 1942; Confidential US State Department Central Files, México, Internal Affairs, 1940-1944, Roll 65, Hoy-Manuel Ávila Camacho Controversy, 22 mayo 1941.

2 Archivo General de la Nación, Presidentes, Adolfo Ruiz Cortines, 577/163-8, “Lineas Esenciales…”, sin fecha.

3 La Prensa, 27 sept. 1954; 4 oct. 1954; 7 oct. 1954; 15 oct. 1954.

4 La Prensa, 17 sept. 1954; 18 sept. 1954; 19 sept. 1954; 22 sept. 1954; 27 sept. 1954; 3 oct. 1954; 7 oct. 1954; 14 oct. 1954.

5 Víctor Velásquez, El caso Alarcón (DF: s.e., 1955), pp. 88-103.

 

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