A Vanni (ayer rey, hoy guerrillero y padre feliz), con afecto

“Yo creo que la historia te gusta. Como me gustaba a mí cuando tenía tu edad,
porque concierne a los hombres vivos y todo lo que concierne a los hombres,
a la mayor cantidad posible de hombres, a todos los hombres del mundo
en cuanto se unen entre ellos en sociedad y trabajan y luchan
y se mejoran a sí mismos, no puede no gustarte más que cualquier otra cosa”.
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—Carta de Antonio Gramsci a su hijo Delio (sin fecha)

Hace mucho tiempo que en Occidente el marxismo, como una serie de principios teóricos, está de capa caída, por decir lo menos. Desde un punto de vista histórico-político su derrumbe tiene dos hechos concretos como referencias básicas: la disolución de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín. Es decir, estamos ya cerca de cumplir tres décadas de que el marxismo perdió su referente político más importante (la URSS) y uno de los más influyentes (Europa Oriental). De la pléyade de escritores marxistas de fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX (entre ellos Kautsky, Plejánov, Lenin, Luxemburgo, Hilferding, Trotski, Bujarin, Lukács y Korsch) identifico dos que han salido bien librados del derrumbe de la doctrina marxista: Antonio Gramsci y Walter Benjamin. Con el ochenta aniversario de la muerte de Gramsci como excusa y como trasfondo, en estas líneas daré cuenta de algunos aspectos de la vida del primero y, al final, bosquejaré algunas ideas gramscianas que siguen teniendo vigencia para pensar las sociedades actuales. Cabe apuntar que el contexto histórico de Gramsci fue el del fascismo italiano de la primera posguerra. La Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y casi tres décadas de “hegemonía liberal” interponen un abismo entre su realidad política y la nuestra, es cierto. Sin embargo, Antonio Gramsci tiene todavía cosas que decirnos.

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Ilustraciones: Ricardo Figueroa

A diferencia de muchos otros intelectuales de izquierda, para Gramsci el socialismo no fue una impostación, por decirlo así. El socialismo fue una consecuencia natural de su vida. Nacido en 1891 de familia pobre en el pueblo de Ales, en la isla de Cerdeña, el pequeño Antonio enfrentó una situación difícil desde su nacimiento. Una situación que se hizo aún más difícil por una deformidad en la espalda producto de una caída cuando era un bebé (como consecuencia, sufrió una malformación y malestares físicos toda su vida; además, nunca rebasó el metro cincuenta de estatura). A lo anterior hay que añadir que su familia fue muy numerosa y que siendo un niño su padre fue encarcelado por fraude, aunque motivos políticos parecen haber desempeñado un papel importante. Durante más de cinco años la madre de Antonio tuvo que mantener a sus siete hijos y él tuvo que trabajar para ayudar con los gastos familiares. En una carta escrita muchos años después, Gramsci recuerda así aquella etapa de su vida: “Comencé a trabajar cuando tenía once años, ganando mis buenas nueve liras al mes (lo que significaba un kilo de pan al día) por diez horas de trabajo diario, incluyendo la mañana del domingo. Me la pasaba moviendo de lugar libros catastrales que pesaban más que yo y muchas noches lloraba a escondidas porque me dolía todo el cuerpo. Casi siempre he conocido el aspecto más brutal de la vida y he salido siempre adelante, bien o mal”.2 La conciencia social que Antonio desarrolló desde pequeño estuvo también muy influida por la situación social de Cerdeña. A la pobreza y la inseguridad, que eran endémicas en la isla, hay que agregar el odio a los italianos que le transmitieron los nacionalistas sardos (“Al mare i continentali!”, exclamó un Gramsci adolescente en repetidas ocasiones), las huelgas obreras de aquellos años, las enormes dificultades de los socialistas para influir sobre los trabajadores de la isla y la represión policiaca de nacionalistas, huelguistas y socialistas.

En julio de 1910 Antonio se inició en el periodismo; poco después la habitación que ocupaba junto con su hermano Gennaro en Cagliari fue registrada por la policía (ambos habían mostrado simpatía por el socialismo). En octubre de 1911 Gramsci llegó a Turín para competir por una beca universitaria; la obtuvo y optó por la filología moderna. Estos años fueron extremadamente duros para él, pues apenas tenía dinero, lo que contribuyó a que los inviernos turineses fueran una verdadera pesadilla. Fue durante sus estudios universitarios, concretamente en 1913, cuando decidió unirse al Partido Socialista Italiano. Colaboró asiduamente en el semanario socialista Il Grido del Popolo y en 1917 fue elegido miembro del Comité provisional del PSI. La experiencia en Turín y el contacto con los miles de obreros que laboraban en la ciudad impactaron al joven estudiante. En 1919 se convirtió en uno de los principales redactores de L’Ordine Nuovo, publicación que más tarde sería el órgano del Partido Comunista de Italia. La huelga general en Turín de 1920 terminó fracasando, pero abrió los ojos a Gramsci respecto a diversas limitaciones de la lucha obrera y a la manera de concebirla. Su ascenso dentro del socialismo había sido vertiginoso y lo mismo se puede decir de su trayectoria en el Partido Comunista, que Gramsci contribuyó a fundar en 1921. Esta trayectoria se vio cortada de tajo con su arresto en noviembre de 1926, a pesar de su condición de diputado.

A partir de ese momento y hasta su muerte en 1937, la vida de Antonio Gramsci adquirió dimensiones insospechadas para él. No sólo porque puso a prueba la entereza moral y física de un hombre físicamente débil, sino sobre todo porque fue su encarcelamiento el que le permitió escribir las miles de páginas que con el paso del tiempo se convirtieron en los ahora célebres Cuadernos de la cárcel, que representan una de las grandes empresas político-intelectuales del siglo XX, sobre todo si consideramos las condiciones bajo las cuales fueron redactados.3

La aproximación más superficial a los Quaderni explica por qué el fiscal fascista Michele Isgrò, durante el juicio que tuvo lugar en la primavera de 1928 en contra de Gramsci y otros líderes comunistas, expresó la conocida frase: “Por veinte años, debemos impedir que este cerebro funcione”.4 El cerebro en cuestión no dejó de funcionar, pero la condena que se le impuso a Gramsci (veinte años, cuatro meses y cinco días) truncó la vida política de uno de los opositores más capaces y decididos de Mussolini y del fascismo italiano, así como un prometedor futuro familiar (con su pareja Julca, de nacionalidad rusa, y con dos hijos que cuando fue arrestado eran muy pequeños: Delio tenía poco más de dos años y Giuliano había nacido en la URSS apenas tres meses antes).

Prácticamente toda la trayectoria política madura de Gramsci está en relación íntima o, más bien, en contraposición absoluta, con la figura de Benito Mussolini. Para ubicarnos: el Movimiento Fascista Italiano fue fundado en mayo de 1919, la “Marcha sobre Roma” es de octubre de 1922, el discurso de Mussolini sobre el abandono de las formas legales de enero de 1925 y la ley de plenos poderes al Duce de diciembre de ese mismo año.

En una ocasión, el 16 de mayo de 1925, los contendientes se enfrentaron verbalmente en la Cámara de Diputados. A juzgar por la carta que unos días más tarde envió a Julca, Gramsci consideró esa jornada como un fracaso político. No sólo por el tono tan bajo de su voz, sino sobre todo porque las constantes interrupciones de los diputados fascistas lo cansaron a tal punto que, escribió, no logró transmitir los planteamientos que se había fijado para la ocasión.5 No obstante, a juzgar por la transcripción del intercambio, éste parece haber sido bastante menos desfavorable para su causa de lo que dicha misiva refleja. Entre otras cosas, Gramsci afirmó que la supuesta “revolución” fascista no era más que la sustitución de un personal administrativo por otro (dentro del sistema capitalista italiano), criticó la ilegalidad del trato a los miembros del Partido Comunista, fustigó la falta de representación popular de los fascistas (“vosotros representáis a la minoría de la población”), así como la violencia sistemática que empleaban (“vosotros no contáis con más consenso que el obtenido a palos”); además, criticó la explotación de las masas campesinas del sur del país. Al final, exclamó: “… hay que repetirlo: tenéis que oírlo hasta la náusea, [el movimiento revolucionario] vencerá al fascismo”.6

En más de una ocasión las autoridades fascistas le ofrecieron a Gramsci retractarse de sus convicciones políticas para obtener una reducción de su pena o, a partir de cierto momento, para liberarlo. Nunca consideró tal posibilidad. Los motivos están en la carta que le escribió a su madre poco antes de que le fuera impuesta la condena:

Carissima mamma, no querría repetirte lo que ya te he escrito en más de una ocasión para tranquilizarte en cuanto a mis condiciones físicas y morales. Querría, para estar realmente tranquilo, que no te asustes ni te turbes por la condena que me impongan, cualquiera que ésta sea. Que comprendas bien, incluso sentimentalmente, que yo soy un detenido político y seré un condenado político, que no tengo ni tendré nunca nada de qué avergonzarme por esta situación. Que, en el fondo, la detención y la condena las he querido yo mismo, en cierto modo, porque nunca he querido cambiar mis opiniones, por las cuales estoy dispuesto a dar la vida y no sólo a estar en prisión. Que por eso mismo no puedo sino estar tranquilo y contento conmigo mismo.7

El 21 de abril de 1937, en condiciones físicas deplorables, Antonio Gramsci cumplió su condena. Cuatro días después sufrió una hemorragia cerebral. Murió el 27 de abril de ese año; tenía 46 años (como Orwell, como Camus).

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El pensamiento político de Gramsci fue un ejercicio constante contra simplificaciones de todo tipo, empezando por las que percibió desde joven en la obra de Marx y en el economicismo imperante en el pensamiento de izquierda de su época. Esta actitud crítica implicó una concepción mucho más compleja que la de la inmensa mayoría de sus correligionarios, tanto en Italia como en el resto de Europa. Además, mientras los demás marxistas de su tiempo se alejaban de las masas, Gramsci se esforzaba por vincularlas lo más posible con la teoría y la práctica marxistas. Estaba convencido de que ante la complejidad de las sociedades civiles de Occidente la “guerra de maniobra” (asociada a “la toma del Palacio de Invierno”) estaba condenada a fracasar. Lo que se requería era lo que él denominó “guerra de posición”. De hecho, el paso de una a otra era para él “la cuestión de teoría política más importante” de su tiempo.8 Esta guerra de posiciones era en realidad una lucha político-cultural cuyo objetivo era minar la hegemonía de los grupos dominantes y, sobre todo, crear una contrahegemonía que terminaría generando un nuevo orden moral-intelectual o “bloque histórico”, es decir, un nuevo tipo de sociedad. Es aquí donde los intelectuales se convierten en protagonistas.

En estas líneas es imposible para mí desarrollar este tema, que Gramsci analizó con agudeza; señalo solamente tres aspectos. El primero es que para él la categoría “intelectual” era mucho más abierta e inclusiva que la que existía en su época (o en la nuestra). La segunda es que así como debían existir elaboraciones sofisticadas de los intelectuales contrahegemónicos, éstos debían establecer empatía con las mayorías.9 Para Gramsci sólo la empatía permite una comprensión que posibilita el surgimiento de una sociedad distinta. Por último, para crear un nuevo orden moral-intelectual el movimiento cultural requerido implicaba un trabajo incesante en muchas trincheras para elevar intelectualmente a estratos populares cada vez más amplios.

Al arsenal de los intelectuales contrahegemónicos Gramsci lo denominó “filosofía de la praxis”. Esta “filosofía” es eminentemente histórica, no metafísica. Además, es acción, acción política, abocada sobre todo a difundir verdades que el bloque hegemónico en turno niega, manipula, tergiversa o silencia. La filosofía de la praxis, esencialmente polémica y crítica, pretende romper con el “sentido común” imperante. Sólo así es posible crear el nuevo bloque histórico que permitirá el desarrollo del conjunto de la sociedad y no de pequeños grupos.10

No es difícil darse cuenta del potencial de varias nociones gramscianas para analizar de manera crítica la sociedad mexicana actual. Por supuesto, en el mundo de hoy la lucha contrahegemónica tiene que adoptar herramientas y modalidades que eran impensables para Gramsci. Además, él concibió y desarrolló sus ideas políticas con una clase social en mente, el proletariado, que en su época tenía contornos muy definidos. Esta “centralidad proletaria”, por denominarla así, fue crucial para él y lo sigue siendo si queremos entender su obra históricamente. Sin embargo, esto no implica que no podamos servirnos de algunas de sus categorías para pensar críticamente las sociedades del siglo XXI. Al aunar este pensamiento con la praxis sociopolítica tal como él la entendió desde joven, se crean las condiciones para participar en la construcción de realidades sociales distintas, diferentes.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 Antonio Gramsci, Vita attraverso le lettere, Giuseppe Fiori ed., Turín, Einaudi, 1994, p. 387.

2 Ibíd., p. 326.

3 Los Quaderni del carcere fueron publicados originalmente entre 1948 y 1951, pero la primera edición verdaderamente crítica fue la de Valentino Garretana (Turín, Einaudi, 1975), en cuatro volúmenes. En español esta edición fue traducida y publicada en México entre 1981 y 2000, en seis tomos, por Ediciones Era.

4 Vita di Antonio Gramsci, Giuseppe Fiori, Bari, Economica Laterza, 1995, p. 268. Con relativa frecuencia esta frase es adjudicada a Mussolini, quien sí aludió alguna vez al cerebro de Gramsci, pero varios años atrás (1921), cuando se refirió al director de L’Ordine Nuovo como “un sardo jorobado profesor de economía y filosofía… un cerebro indudablemente potente”. Ibíd., p. 224.

5 La carta a Julca en Vita attraverso le lettere, pp. 108-109.

6 El intercambio entre Gramsci y Mussolini se puede leer en Antonio Gramsci, Antología, Manuel Sacristán ed., México, Siglo XXI, 1970, pp. 167-181. Esta antología, bien concebida y bastante completa, ha sido reeditada muchas veces y es fácilmente asequible a buen precio.

7 Vita attraverso le lettere, pp. 202-203 (en español, Antología, p. 233).

8 Antonio Gramsci, Política y sociedad, Barcelona, Ediciones Península, 1977, p. 217.

9 En cuanto a lo primero, Croce fue el gran contraejemplo; no obstante, Gramsci lo admiraba profundamente.

10 Sobre la filosofía de la praxis, véase la primera parte de Antonio Gramsci, Introducción al estudio de la filosofía, Barcelona, Editorial Crítica, 1985, pp. 39-64. Este libro constituye el Cuaderno 11 de los Quaderni.

 

4 comentarios en “Antonio Gramsci:
Una vida luchando por una sociedad mejor

  1. Que interesante reflexión. Se necesita de proyectas multidisciplinarios de una izquierda mas influyente. Es decir, verdaderos intelectuales orgánicos como decía Gramsci.

  2. muy lejos de los manuales y simplificaciones con las que crecí y me forme en los años 70s´,

  3. Gramsci es el autor más extraordinario de la pleyade de teóricos del capitalismo y su propuesta de la ideología es la única en todo el mundo.

  4. Antonio Gramsci, es el más extraordinario teórico y político de izquierda que he leído durante muchos años, no fue un repetidor del Marxismo, lo impulsó desde la cárcel en condiciones difíciles y creó nuevas categorías de análisis: hegemonía, superestructura, bloque histórico, etc. Felicito a Roberto Breña por este lúcido ensayo, he presenciado sus conferencias en Colmex y poseo uno de sus libros.