Escribe Alain Finkielkraut: “Mi suegro me contó un día la siguiente historia: una joven vive en una isla sometida a la vigilancia maníaca de su padre, que la encierra en un castillo. A pesar de todo, llega a enamorarse de un joven. Éste, que debe marcharse de la isla, la presiona para que, con desprecio del peligro que corre, haga cuanto pueda para reunirse con él. Con ayuda de la criada la joven se evade del castillo y sube a una barca; unos bandidos atacan la barca y, al final, muere. Una vez terminado el relato, mi suegro, no sin malicia, me preguntó: ‘¿Quién es el responsable de la muerte de la joven?’. Cavilé, me rasqué la cabeza, dudé si unos u otros. Y finalmente dije que el primer responsable era el padre. Otras respuestas son posibles pero, como yo, todo mundo se olvida de los bandidos, que son los autores del crimen” (Lo único exacto, Alianza Editorial, Madrid, 2017).

He realizado el experimento con algunos amigos y conocidos. El villano preferido es el padre, pero alguno contestó que el pretendiente, otro que ella (asumiendo que era mayor de edad) e incluso uno me contestó que los tres. Al parecer no vemos lo elemental, lo obvio: los culpables son los bandidos.

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Ilustración: Jonathan Rosas

La ficción de Finkielkraut venía a cuento porque en Francia, luego de que el PSG ganó el campeonato de futbol, los dirigentes del equipo invitaron a los seguidores a celebrar el triunfo en la plaza de Trocadero. Pero “la fiesta degeneró en violencia, pillajes y agresiones. Balance: 30 heridos, un millón de euros en destrozos, 47 detenciones, 23 personas puestas a inmediata disposición judicial”. En menos de lo que canta un gallo se acusó al prefecto de policía e incluso al Ministerio del Interior; “se fustigaron el amateurismo y la incompetencia”. También fue señalada de supuesta ineptitud la alcaldesa de París. Lo curioso —digamos— es que los que cometieron los desmanes desaparecían del mapa de los culpables.

Tengo mi propia intuición de lo que sucede: muchos, para ser políticamente correctos, actuamos como “sociólogos” y confundimos explicar con justificar. Al parecer los hinchas del PSG querían ajustar cuentas pendientes con la directiva del equipo —nos informa Finkielkraut—, y buena parte de los vándalos eran personas migrantes o hijos de migrantes que vivían en zonas pobres. De tal suerte que no fue difícil activar el resorte explicativo de que la violencia no era más que el resultado del agravio, el maltrato y la segregación. El problema es que por esa vía la explicación —que quizá sea cierta o por lo menos tenga altas dosis de verdad— de manera sutil se desplaza hasta convertirse en justificación.

Lo hemos visto en México. Grupos de energúmenos agrediendo a la policía y cuando ésta reacciona parece que el desencadenante de la reacción no hubiese existido. Se abroga, diría nuestro autor, parte de la realidad, no vaya a ser que nos califiquen de autoritarios. (Entiéndase: no se trata de defender los excesos de la policía, las violaciones a los derechos humanos, las situaciones donde los “justos pagan por los pecadores”.) Pero si se sustrae el catalizador de los acontecimientos, si se disculpa o se mira para otro lado cuando se lanzan piedras, palos, bombitas molotov contra los policías, no sólo se es parcial, sino que se comete una grave falta ética con derivaciones políticas. Ética, porque cerramos los ojos ante lo que resulta inconveniente para nuestras convicciones; y política, porque los principales culpables son relevados de su responsabilidad.

Algo similar (me) pasa cuando en el combate —mal planeado y peor ejecutado— contra las bandas delincuenciales éstas desaparecen del discurso y toda la culpa se coloca en las llamadas fuerzas del orden. Primero la cura en salud: no estoy afirmando que éstas no hayan cometido graves violaciones a los derechos humanos, que no existan ejecuciones extrajudiciales, que no deban denunciarse los desaparecidos; y que todo ello merezca ser investigado y sancionado. Sino que policías, soldados y marinos (también sé que los dos últimos deberían poco a poco y dentro de un proceso bien planeado regresar a sus cuarteles) están donde están porque poderosos grupos de delincuentes más que equipados trafican con armas, drogas, personas, cobran derechos de piso, chantajean, secuestran, asolan territorios completos hasta convertirse en estados dentro del Estado. Y quien omite esa realidad sesga invariablemente las conclusiones.

También puede existir otra explicación para ese tipo de “análisis” que apenas me atrevo a esbozar. Somos como niños rebelándose contra la autoridad. Se trata de la satisfacción que los infantes sienten cuando arremeten contra sus padres o profesores. Un gozo primario que aumenta la autoestima. Y ahora que la autoridad está por los suelos el deporte de pegarle es no sólo barato sino rentable. ¿Hemos pasado del miedo atroz a la autoridad a la irreverencia infantil?

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

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