Existe una lógica reticencia de muchos planificadores urbanos, gestores de ciudad y equipos de gobierno locales hacia el concepto de ciudades inteligentes, sobre todo en países con municipios de bajos presupuestos, como los que tenemos en México, ya que su puesta en marcha exige una importante inversión que muchas ciudades no se pueden permitir ni siquiera en aspectos tan básicos como el asfaltado de sus calles o en la canalización de las aguas.

Sin embargo, si hacemos un repaso de las grandes innovaciones que fueron disruptivas en su momento y que cambiaron la forma de entender la ciudad, todas ellas exigieron grandes sumas de inversión que han sido ampliamente amortizadas y que hoy se consideran imprescindibles: la electrificación e iluminación de las ciudades, las redes de telecomunicaciones, la aparición del vehículo a motor y de los grandes medios de transporte masivo permitieron el éxito y el crecimiento de las ciudades.

Hasta el día de hoy, en que la concentración de población en las ciudades está creando auténticos monstruos urbanos, megalópolis, que cada vez son más complejas de gestionar: abastecimiento de agua, energía, transporte, calidad ambiental, seguridad. Todos esos problemas se hacen infinitamente complejos en las grandes ciudades.

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Ilustración: Patricio Betteo

Pero al igual que en el pasado tuvimos soluciones —que en ocasiones y por un uso no siempre bien planificado han contribuido precisamente a generar nuevos problemas— en el último cuarto de siglo han surgido nuevas tecnologías en el ámbito de las telecomunicaciones que han supuesto de nuevo una enorme modificación de la forma en la que entendemos la ciudad: las nuevas redes de comunicaciones: celulares, internet y la conectividad de objetos —el llamado internet de las cosas— pueden contribuir a la solución para resolver los grandes problemas de las megalópolis.

La adopción de una innovación de este tipo siempre conlleva un gran cambio social: hace tan sólo 20 años hablar desde un teléfono mientras se caminaba por la calle era considerado casi ciencia ficción.

La red GSM empezó a desarrollarse en 1991, Internet Explorer salió en ese mismo año, la democratización de los teléfonos celulares es del año 2000, al igual que el wifi. El primer iPhone se comercializó en 2009, hace apenas ocho años. Y una gran parte de los usuarios de celulares en México —más de 70%— tiene datos en sus teléfonos y terminales inteligentes.

Sin duda, el celular inteligente ha profundizado muchísimo en nuestras vidas cotidianas. Gente de todas las condiciones socioeconómicas cuentan hoy día con teléfonos inteligentes, ya no es algo exclusivo de estrellas de Hollywood.

Hoy sería casi impensable trabajar —y para muchas personas vivir— sin el uso del celular y de internet. El Smartphone se ha convertido, especialmente en las grandes ciudades, en una especie de equipo de supervivencia básico.

Estamos asistiendo a una verdadera revolución de la información, en la que su producción e interpretación masiva permite la proliferación de aplicaciones celulares que, como Waze o Uber, solucionan radicalmente la vida cotidiana de millones de usuarios, y con muy poco tiempo de maduración. Airbnb, por ejemplo, es la empresa que cuenta con la mayor oferta de plazas hoteleras del mundo. Ninguna empresa mayorista en el sector turístico, por más madura que sea, cuenta con semejante capacidad. Y Uber se ha convertido en pocos años en la mayor empresa de transporte urbano del planeta.

Por otra parte, este cambio social es cada vez mejor asimilado, sobre todo por los jóvenes y los hoy llamados “nativos digitales”, personas que nacieron en las últimas dos décadas y que probablemente no conocieron el teléfono fijo o los televisores de tubo catódico. Hoy día toda esa generación no concibe tener que desplazarse a una oficina bancaria a hacer una gestión. Y es probable que la generación de nuestros hijos nunca tenga que pisar una.

Ante el precario contexto laboral actual en muchos países los nativos digitales buscan una forma de independencia que las nuevas tecnologías les pueden ofrecer. Si en generaciones pasadas las aspiraciones de la clase media eran trabajar en una oficina, con un sueldo seguro, el perfil de nuestros jóvenes busca la flexibilidad, el trabajar como freelance desde casa, o cualquier otro lugar que no sea una oficina, en esquemas de networking posibles gracias a internet.

En 2012, 80% de las empresas en Estados Unidos tenían esquemas de home office, ¿no es mucho más inteligente una ciudad en la que no se tengan que desplazar millones de personas todos los días con traje y corbata a oficinas donde van a estar haciendo cosas que podrían hacer perfectamente en cualquier otro lugar? Eso es lo que nos permiten la gestión de la información, la internet de las cosas y las nuevas redes de telecomunicaciones.

Incluso las representaciones tradicionales de estatus social y económico están cambiando como consecuencia de la adaptación tecnológica y los nuevos estilos de vida que propone la innovación tecnológica. Cada vez más el estatus está desvinculado a la propiedad: ahora muchos presumen no de tener la mejor bicicleta del mundo sino de utilizar la bicicleta municipal, incluso de no tener vehículo. Tampoco es necesario vivir en una gran casa familiar en los suburbios, están apareciendo nuevas formas de convivencia que inciden de manera importante en nuestras necesidades y hábitos de consumo y que son en gran parte posibles gracias a la información que nos proporcionan las redes.

Volviendo a las megalópolis, éstas tienen una serie de retos muy importantes, es difícil clasificarlos porque cada una tiene los propios, pero son comunes: la necesidad de asegurar el abastecimiento de energía limpia, el transporte, la provisión de servicios, la seguridad, la gestión del agua y saneamiento, la gestión presupuestal, la capacidad de respuesta ante desastres naturales, la gestión de sus residuos, la equidad social y el empleo.

Aquí están los grandes retos donde considero que hay una oportunidad para generar aportaciones desde la internet de las cosas y la gestión masiva de información (big data), posible a través de las nuevas redes de telecomunicaciones.

Las ciudades inteligentes pueden captar información, procesarla, distribuirla y generar respuestas. Hoy es posible, por ejemplo, conectar los ordenadores de a bordo de los vehículos (que desde 2005 son obligatorios) con semáforos especiales que pueden predecir afluencias de vehículos y coordinar todos ellos para generar una “onda verde” que permita agilizar el tránsito de forma puntual en una avenida.

Aunque de nuevo esto pueda parecer ciencia ficción, este tipo de soluciones son posibles, los sensores existen desde hace tiempo —y cada día se inventan nuevos—, y los Smartphones son fuentes masivas de información muy valiosa para organizar de forma más eficaz y eficiente las ciudades: el reto está en cómo captar y manejar de forma inteligente toda esa información; en el diseño de procedimientos de respuesta y mejora de los procesos urbanos con herramientas que ayuden a la toma de decisiones prácticas, en tiempo real y de forma despolitizada.

Con estos antecedentes, ¿por qué considero que las ciudades deberían adoptar el modelo de Smart City?

Es preciso antes hacer una distinción. Anteriormente hemos hablado de la internet de las cosas, de las redes de telecomunicaciones, de sensores (sean éstos Smartphones o dispositivos de hardware instalados en las ciudades), de plataformas de software para el procesamiento de información. Estos elementos constituyen entre todos las soluciones tecnológicas urbanas. Son los sistemas de apoyo en la toma de decisiones de gobierno, las plataformas de software que tenemos en los centros de control y que ya existen.

La Smart City, en cambio, se refiere al uso de la información que es capaz de captar y transmitir toda esta infraestructura, a la provisión de servicios a los ciudadanos de forma eficaz y eficiente, a la gestión de la ciudad, al bienestar de la sociedad y a la participación de la iniciativa privada con soluciones que corren sobre esta infraestructura. La Smart City tiene que ver con involucrar a los ciudadanos para opinar y contribuir a mejorar la gestión de las ciudades por parte de sus gobernantes, y también con la oportunidad para generar nuevas oportunidades de desarrollo social, cultural y económico.

Por tanto, las razones para invertir en la conversión tecnológica y “Smart” de las ciudades son al menos las siguientes:

1. Porque en coordinación con la infraestructura de servicios públicos tradicionales pueden contribuir a resolver los grandes problemas básicos de las ciudades: la información sobre la calidad del agua o del aire en un determinado momento puede poner en marcha protocolos de actuación para paliar sus consecuencias; la gestión del agua o de la energía para abastecer picos de demanda; o la organización dinámica de rutas para recoger la basura de la forma más eficaz y ocasionando el menor trastorno para el tránsito.

2. Porque abre la puerta a una economía abierta y colaborativa, que esencialmente es urbana: internet hace mucho más interesantes y eficaces las ciudades. Si una de las más importantes funciones de la ciudad es permitir el intercambio de oportunidades a través de la aglomeración, internet refuerza con creces su efecto a través del acceso a la información en tiempo real que nos ofrecen los Smartphones conectados a redes celulares de alta velocidad. Por ejemplo, aunque hayamos pasado antes mil veces por delante, quizá no sabíamos que el changarrito de la esquina de Alfonso Reyes y Tamaulipas es el sitio con las más deliciosas tortas de la Ciudad de México, según la valoración de los usuarios de Tripadvisor. O que a dos cuadras de tu casa pueden ofrecerte un servicio que antes te tomaría días encontrar.

3. La ciudad inteligente fomenta la participación ciudadana y la transparencia en la gestión. La Smart City incorpora al ciudadano como una parte activa de la ciudad, permite que acceda a información sobre su gestión y funcionamiento, y que sea capaz de responder en tiempo real ante ella —bien a través de las redes sociales o de sistemas y expresar su opinión sobre cómo se están gobernando las ciudades.

4. La Smart City permite reorganizar la ciudad en tiempo real para dar respuesta a eventos concretos, como pueden ser, por ejemplo, cambios en los sentidos de las calles o en la sincronización de los semáforos ante un evento deportivo o cultural masivo.

Si trasladamos esta pregunta a nuestro entorno, ¿qué capacidad tiene la Ciudad de México de convertirse en una ciudad inteligente? La Ciudad de México es una de las megalópolis más grandes y también problemáticas del planeta. Algunas de sus manifestaciones, como la contingencia ambiental que sufrimos durante casi una tercera parte del año 2016, nos urgen a buscar soluciones efectivas a corto y largo plazos.

Por otra parte, 50% de la población en México es menor de 25 años, con una gran capacidad de adaptación tecnológica. Existe también una grandísima concentración de universidades y expertos en el área metropolitana. Hay una amplia base cultural emergente y un importante crecimiento de las artes audiovisuales, así como de servicios financieros. Y hay una altísima proporción de la población que utiliza Smartphones. Todo esto nos indica que tenemos una gran oportunidad para poder utilizar con éxito las soluciones urbanas tecnológicas que ya existen en el mercado, para buscar con inteligencia una mejor gestión de nuestros problemas.

No sólo es la Ciudad de México sino todas las ciudades del país las que tendrán la oportunidad, tal vez no en toda su extensión, de comenzar a implementar las nuevas tecnologías para poco a poco convertirse en las ciudades inteligentes.

 

Álvaro Porcuna
Director de Urban Solutions en Ikusi-Velatia.

Este texto fue presentado en la Reunión General de la Academia Mexicana de Ciencias: Ciencia y Humanismo II.

 

Un comentario en “Ciudades inteligentes:
Apuesta por la gestión transparente

  1. Tecnológicamente, Es correcto. Socialmente le veo un gran Faltante, el Impulsar la Cultura y la Convivencia Familiar en los Días de Asueto.