A la semana de su muerte comenzó a circular el libro póstumo de Tzvetan Todorov, El triunfo del artista. Un ensayo histórico y filosófico relativamente breve en el que confluyen las ideas fundamentales de la mayoría de sus libros. Más que una síntesis es, literalmente, una conclusión.

Ahí están sus dos grandes épocas de investigador: la primera en la que se ocupaba de la arquitectura de las obras artísticas, como le gustaba describir a su etapa de semiólogo, y la segunda, donde se vuelve un pensador con preocupaciones sociales, un historiador de las ideas con un interés especial en el pensamiento político, en la experiencia totalitaria, en la insumisión y en la relación del arte con su momento histórico. Aunque su último libro se ocupa de un periodo histórico muy preciso, tanto las preguntas que propone como las ideas que explora y nos presenta son pertinentes hoy y apuntan hacia un futuro inmediato. Por eso, El triunfo del artista, escrito finalmente durante los años en el que el autor sabía de la gravedad de su enfermedad, adquiere el valor de testamento intelectual y moral.

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Ilustraciones: Izak Peón

En él estudia las relaciones complejas y disparejas entre el poder y algunos creadores excepcionales durante los primeros años de la revolución soviética. Se subtitula La Revolución y los artistas. Rusia 1917-1941. El epígrafe es una cita de Pascal, que adelanta la idea principal del libro: “La grandeza de la gente de espíritu es invisible para los reyes, los ricos, los capitanes…”. Todorov relatará y analizará varios combates entre el poder de Lenin y de Stalin y creadores que, de diferentes maneras, quisieron creer en la Revolución. Aunque sus actividades pertenecen a dos ámbitos humanos muy distintos, a la hora en que se enfrentan el poder aniquila meticulosamente a cada uno. A medio libro asegura: “El régimen gana cada batalla puntual pero perderá la guerra. A la larga, los artistas prevalecen sobre los líderes políticos”. Al final del libro aclara la naturaleza de ese triunfo: “Los detentores del poder son capaces de destruir a aquellos a quienes quieren someter. Pero no tienen ningún dominio sobre los valores estéticos, éticos y espirituales que hay en las obras producidas por ciertos artistas. Antes como ahora, sin esas obras la humanidad no podría sobrevivir. Y en eso reside el triunfo de los héroes frágiles de nuestro relato”.

La última vez que tuve oportunidad de conversar con Todorov acababa de entregar a la imprenta su libro Insumisos. Siete relatos de vida de personas de diferentes ámbitos que le resultaban admirables por haber dicho no a los poderes que los pusieron a prueba, incluso con violencia. Todorov enfatiza que en todos los casos que le interesa relatar los protagonistas insumisos se niegan también a odiar al enemigo, no desean su muerte ni la justifican. Ni siquiera cuando la de ellos mismos estuvo amenazada. Uno de esos personajes, la antropóloga Germaine Tillion, incluso desde la cárcel anhelaba “una justicia despiadada con el delito pero compasiva con el delincuente”. Es muy interesante que Todorov no vea a estas personas admirables —Mandela, Tillion, Hillesum, Pasternak, Solzhenitsyn, entre otros— como héroes que hicieron una elección consciente y voluntaria. Asegura que no elegimos la persona que somos y mucho de lo que nos forma se nos escapa. Lo que en cada caso fue decisivo es haber experimentado un mal extremo. “Como si la asfixia asegurara la respuesta de la fuerza del espíritu, como si la falta radical de humanidad preludiara el brote de su manifestación más esplendorosa”.

En aquella ocasión Todorov me relató que al escribir Insumisos el caso de Pasternak le despertó la inquietud de analizar con más detalle la seducción de los creadores soviéticos por la idea de revolución. Y no dejaba de ver un vínculo que merecía ser analizado entre la idea nietzscheana de creer que la voluntad lo puede todo y la facilidad de ser seducidos por una dictadura que promete moldear voluntariamente a la humanidad hacia un futuro promisorio. Transformación tan radical que justifica incluso matar o morir por ella.

La ilusión del triunfo de la voluntad era, según me explicó, una premisa de la ilusión de los intelectuales y creadores por las dictaduras. Tzvetan puso el tema en la conversación porque acababa de leer, en la edición búlgara, su lengua materna, mi libro sobre André Gide y su Regreso de la URSS. Le había llamado especialmente la atención el prólogo de Octavio Paz, “La verdad contra el compromiso”. Y me explicó que en su siguiente libro trataría de ir más a fondo en la anatomía de la idea del compromiso social de los intelectuales como una forma de sumisión voluntaria. En efecto, es uno de los temas candentes hasta ser trágicos en El triunfo del artista.

Tzvetan recordaba que cuando nos conocimos en París, varias décadas atrás, yo acababa de publicar en una revista francesa un ensayo sobre el director Serguei Eisenstein donde exploraba sus relaciones con el poder soviético y cómo éstas incidieron directa o indirectamente en el fracaso de su proyecto mexicano. Un elemento fundamental fue la seducción del escritor millonario Upton Sinclair, productor y dueño de ¡Qué viva México!, por el régimen de Stalin. En la que contaba tanto su idealización de Stalin como líder de un nuevo mundo, como las regalías gigantes que por derechos de autor Stalin había ordenado que le pagaran. Todorov me contó que incluiría a Eisenstein en su nuevo libro sobre las relaciones de los creadores con la revolución pero que se ocuparía sobre todo de todo lo que sucedió a su regreso de México. La filmación de El prado de Bezhin, que es un elogio de la delación y pena de muerte de los padres por los hijos en nombre de la revolución.

En aquella época yo era un estudiante y Todorov era ya un muy conocido investigador y maestro. Compartíamos haber sido alumnos de Roland Barthes y él comenzaba una relación amorosa con mi compañera de clase, Nancy Huston. Era el otoño del siglo XX, cuando Todorov llevaba un poco más de una década y media de trasterrado de Bulgaria a Francia. París era el lugar donde comenzaban a caer una a una como monedas falsas las ilusiones que alimentaron desde todos los países la fe en que era posible construir un paraíso en la tierra, y que su promesa de justicia e igualdad justificaba todo: la represión e incluso el asesinato de quienes se opusieran a los regímenes estalinistas en el mundo.

La palabra de más alta resonancia moral era disidencia. Y París era la metrópoli de los disidentes. O como los llamó desde mucho antes el escritor ruso Zamiatin, de los disonantes. Como poco antes lo había sido de los revolucionarios tercermundistas. Muchos de ellos pronto convertidos en villanos de la historia en sus propios países. El caso terrible de Pol Pot, educado en el ámbito revolucionario parisino antes de asesinar a seis millones en Cambodia, o del Ayatola Komeini, recibido y celebrado como héroe tercermundista en París antes de establecer “sorpresivamente” su dictadura islámica asesina en Irán, eran cada día más candentes.

Buscando antídotos al conformismo pro soviético del Partido Comunista Francés, defensor permanente del régimen del Gulag que, de nuevo y definitivamente, había documentado Solzhenitsyn, muchos intelectuales a la izquierda de la izquierda quisieron creer que Stalin había distorsionado las ideas de Lenin (en vez de reconocer como se ha documentado después que era su ejecutor más fiel y moderado) y se volvieron fanáticos creyentes de sus dogmas y de una dictadura “marxista leninista” supuestamente más pura, la de Mao Tse Tung. Hasta la gente de la revista Tel Quel dedicaba increíblemente elogiosos números especiales, relatos de viajes ilusos y libros entusiastas a la China maoista. De la que Pol Pot era finalmente un pálido remedo.

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A fuerza de acoger exilios de múltiples horizontes y bajo el fuego de un deber de inteligencia cada vez mayor ante las evidencias, se fue fundiendo como hielo en verano la fe tenaz que sostenía todo aquello. El despertar de los países del bloque soviético, con Polonia a la cabeza, fue un sismo incesante que culminaría con la caída del muro de Berlín.

En ese momento bisagra, mientras los últimos marxistas de la revista Pensamiento: revista de estudios racionalistas, dirigida por Louis Althusser, daban clases furibundas antes de matar a sus esposas o suicidarse, Milan Kundera era un discreto profesor checoslovaco exiliado en provincia, en Rennes, que venía a París una vez a la semana a dar una clase deslumbrante sobre Kafka. Entonces, Kundera retraducía lentamente sus libros acotando la tremenda voluntad de estilo de sus primeros traductores. Kostas Papaioannou, el disidente del comunismo griego que descubriera a Octavio Paz la existencia del Gulag desde el final de los años cuarenta, daba su seminario semanal sobre las paradojas del pensamiento marxista. El gran filósofo polaco de la ironía, Leszek Kolakowski, venía de Oxford a París con frecuencia y publicaba sus tres volúmenes indispensables de Las principales corrientes del marxismo.

En el mundo de los estudios literarios, en pleno furor por el análisis de las formas, Todorov había introducido a los formalistas rusos en Francia. Había traducido sus textos fundamentales y se había convertido en el difusor de las ideas de Mijail Bajtin y sobre todo de Roman Jakobson. Había introducido un aire liberador en eso que en la época se llamaba estructuralismo y que se acercaba a un callejón sin salida. Alimentó de ideas novedosas y de un rigor inusitado incluso a sus maestros. Participó, como Foucault, Deleuze, Chatelet, Rancière y tantos otros en la utopía educativa que fue la Universidad de Vincennes, producto del movimiento del 68, muy pronto desaparecida. En veinte años publicó una decena de libros fundamentales que todo estudiante de poética tenía que conocer, incluyendo el utilísimo Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, escrito con Oswald Ducrot. Este lingüista riguroso, especializado en la argumentación, que por cierto tiene una alumna mexicana brillante, Luisa Puig, le demostró que la ciencia literaria no era tal. Que la lingüística y la literatura estudiadas a fondo conducían hacia ámbitos distintos. Al comenzar los años ochenta, después de un viaje a México, leyendo las crónicas de la Conquista, Todorov descubre un nuevo continente de estudios. El tema de la otredad. El encuentro de culturas distintas lo apasiona. Y en 1982 publica La conquista de América. La cuestión del otro. Ensayo bisagra sobre el cual su obra se abrirá hacia nuevos horizontes.

El tema de la alteridad estaba presente en Francia dentro de los estudios de lo que entonces se llamaba “el imaginario” de una cultura. Se usaba tanto en la Nueva Historia como en la filosofía. Todorov propone una tipología de las diferentes maneras de relacionarse con las culturas distintas. Recuerdo el entusiasmo de Todorov en el momento de ese descubrimiento. De alguna manera, al hablar del encuentro con una cultura distinta estaba hablando de sí mismo. Sin decirlo abiertamente, se sentía feliz de ser un desplazado que analizaba el sentido de los desplazamientos. La mirada sociológica de Edward Said en su libro Orientalismos, publicado un poco antes, le parecía llano e insuficiente. Pero lo retaba a formular un juicio moral más sutil. En ese libro surge el tema de la ética de la historia que nunca abandonará sus investigaciones.

En su esfuerzo por ir más a fondo conceptualmente continúa su examen de otros pensadores de la alteridad, sobre todo franceses y escribe Nosotros y los otros. Libro hermano del anterior, donde queda establecido un método que alimentará a partir de entonces toda su obra: con cada pensador establecerá un diálogo que lo lleva no sólo a exponer ideas sino a confrontarse personalmente con ellas, a llevarlas al presente, a establecer un examen ético de su pertinencia. Su inspiración para dedicar una atención especial y continua al diálogo activo y sus consecuencias es el método “dialógico” de su maestro Mijail Bajtin. Esa exigencia intelectual y vital lo llevará a lo largo de los años y los libros a recorrer de ida y vuelta el camino que va de su juventud bajo una dictadura socialista a su madurez como testigo alerta de las paradojas de la historia contemporánea y de la necesidad de insumisión en todas las sociedades.

Si bien hay una diversidad de culturas que debemos comprender cada vez más a fondo y cada vez de manera sutil, ninguna diferencia, ninguna tradición y ningún proyecto de sociedad justifica la crueldad, la dominación, la exclusión, la violencia, el asesinato, el sacrificio humano. Las generalizaciones culturales a ultranza y las uniformizaciones matan. También lo hacen los relativismos extremos. Poco a poco irá formulando una antropología que no se ocupe de culturas aisladas sino de La vida en común. Una antropología general, dice él, que trate de comprender tanto la fascinación por los tiranos como la identificación con las víctimas, el orgullo o la entrega, el odio o el amor a los otros y a la verdad. La fragilidad de la felicidad y la facilidad de su destrucción.

En su análisis de la intolerancia violenta hacia los migrantes, El miedo a los bárbaros, explica cómo ese temor convertido en pasión dominante en los países que reciben a esos migrantes es lo que amenaza con convertirlos en bárbaros. En ese libro de 2008 es visible ya el fantasma que para nosotros es evidente en la exacerbada barbarie racista de Bannon y su trompeta Trump. Porque es un fantasma que habita nuestro tiempo y no está ausente de muchos otros países, incluido México. En la incomodidad, incomprensión y ceguera de nuestros gobernantes modernizadores hacia el México profundo late muy viva esa misma pulsión, desgraciadamente.

Cuatro años después, continuando con esa línea de reflexión, Todorov escribirá Los enemigos íntimos de la democracia. Íntimos porque no vienen del exterior sino del interior de nuestras sociedades. Uno de los enemigos más grandes es el economicismo a ultranza: cuando un país es gobernado por economistas que enarbolan sus ideas como teología salvadora y como último sentido de la vida comunitaria. La política de convivencia y de bien común, de salud y de educación y sobre todo de diversidad cultural es subordinada ciegamente a la macroeconomía donde siempre el bienestar de pocos, cada vez menos, será la prioridad implícita.

El segundo enemigo de la democracia es el mesianismo de quienes creen tener la razón sobre los otros, la fórmula de salvación de una sociedad. Y están dispuestos a imponerla por la fuerza a todos. Ya en su libro Memoria del mal, tentación del bien había explorado esta pulsión de imponer una idea del bien en las sociedades totalitarias. En este libro lo explora en las sociedades democráticas y descubre que es la misma pulsión avasalladora.

El tercer enemigo es el populismo y la xenofobia, la manipulación de las masas por líderes corruptores de ilusiones que convierten a la democracia en marketing, que alertan los instintos humanos más bajos, como el odio a los diferentes, la sed y abuso de poder y la corrupción total aceptados como inevitable normalidad.

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Todorov invita a repensar e ir más allá de la aparente oposición entre las sociedades patriarcales opresivas y las sociedades ultraliberales deshumanizadas. Es mentira que unas sean cerradas y otras abiertas. Entre ambas hay cada vez más vasos comunicantes, nudos, laberintos. Nosotros sabemos que México es prueba de ello. Con cierta tristeza y con asombro, Todorov se dio cuenta de eso en su última visita a México en 2014. Lo que él describió dos años antes a propósito de Europa, deseando una primavera europea como las primaveras árabes se revelaba ya como una enorme inocencia. Él había añorado un espíritu de rebeldía que buscara y encontrara nuevos caminos, pero incluso las primaveras árabes se develaron como groseras recuperaciones de lo espontáneo por los fundamentalismos y por el salafismo en todos los frentes.

Para Todorov, en momentos de la historia como el que vivimos, hay que volver a las lecciones básicas que nos ofrecen el arte y la literatura. Contra los heroísmos y valentías estereotípicas mayúsculas una y otra vez Todorov opondrá los valores de lo minúsculo radiante que surge cada día. En su libro lúcido sobre la pintura holandesa del siglo XVII, Elogio de lo cotidiano, sienta las bases simples y profundas de una lectura de la plenitud humana captada por los artistas y vuelta lección vital a lo largo de los siglos. El arte, como la poesía, son indispensables para mostrar el camino de lo posible.

Las relaciones complejas entre arte y moral serán examinadas en su libro sobre Rembrandt: el arte o la vida. Y en el que escribió sobre Goya: a la sombra de las luces, nos recuerda con el artista español que los valores de justicia, verdad y libertad vivirán siempre y cuando no olvidemos a los monstruos que las amenazan.

El triunfo del artista se ocupa de todos estos temas en un díptico que comienza haciendo una tipología de los artistas rusos de la primera mitad del siglo XX y su relación con la idea de revolución social, de revolución en las artes y con los poderes revolucionarios. La segunda mitad del libro se ocupará exclusivamente de un artista, el pintor Kasimir Malevich. No es casualidad que Malevich haya sido a la vez admirado sin límites por sus dos maestros Bajtin y Jakobson, aunque cada uno de ellos viviera posiciones distantes con respecto al poder soviético.

El deseo de revolución entre los artistas no es inmediatamente violento. Pero la idea de que todo debe llevar a la toma del poder para hacer posible ese cambio implica la idea de que deben ser suspendidas “las normas que rigen la vida social: matar deja de ser un crimen y se convierte en un acto meritorio siempre y cuando se haga en el combate contra el enemigo”. El “enemigo del pueblo” diría Lenin de todo enemigo del grupo en el poder, los bolcheviques. En el momento de tomar el poder, escribió: “Esconder a las masas la necesidad de una guerra de exterminio, sangrienta, desesperada como meta inmediata de la acción futura sería engañarnos y engañar al pueblo”.

Para que la violencia fuera posible y aceptada fue indispensable que los artistas rusos vivieran creando antes una descripción del mundo en términos apocalípticos. Todo se describía en una fase de irremediable descomposición. Detrás de su canto de una catástrofe inminente todos los artistas quedaban listos para recibir cualquier promesa de cambio, por más burda, violenta o destructora que fuera. Todas las artes y especialmente la literatura se vuelven anunciadoras de eso que el estalinismo llamaría “El futuro radiante de la humanidad”.

Pero había que barrer con lo existente para crear un mundo nuevo. Todorov señala que el mismo ánimo prepara tanto la revolución soviética como el advenimiento del fascismo alemán y del italiano. Y es justamente el punto en el que Todorov coincide con François Furet en su Pasado de una ilusión. Fascismo y estalinismo se alimentan de la misma sangre, de las mismas ilusiones, de la misma fe que todo lo justifica. Todorov propone que con el tiempo y la distancia una y otra forma dictatorial no sólo dejarán de ser vistas como opuestas sino que dejarán de ser consideradas tan sólo bajo su evidente forma de enormes crímenes contra la humanidad y serán estudiadas como formas de la religión. Las revoluciones instalan una nueva sacralidad en el seno de la sociedad que es el ejercicio de los poderosos en nombre del pueblo, de las masas proletarias, de la Revolución.

Los revolucionarios, como los artistas de vanguardia, se sienten demiurgos que pueden crearlo todo de nuevo. Actúan como una humanidad más evolucionada que los demás y con derecho a definir la nueva sacralidad que regirá las vidas de todos. Pero los vanguardistas muy pronto perderán su derecho a pensarse semidioses.

El otro pensamiento de fe movilizadora es la idea de la fuerza de la voluntad. La materia existe para ser moldeada. Lenin es el gran escultor de la humanidad, es “la voluntad de potencia” en acto. Y todos los obstáculos que encuentre esa voluntad deben ser eliminados. El proyecto social mesiánico justifica asesinar a todas las rebeliones de las nacionalidades que quisieran independizarse de la revolución soviética. En una noche de 1918, en un pueblo de Ucrania, Trotsky asesinó a mil 800 independentistas. El hombre debe ser moldeado. Puesto que según el marxismo hay que rebasar el modo de producción campesino para llegar a un modo de producción superior, se justifica asesinar a fuego y hambre a millones de campesinos para pasar a ese modo superior. “La combinación de la tecnología y la voluntad llevarán a la transformación del hombre superior en algo más eficiente que las máquinas”. Los escritores y artistas deberán ser “ingenieros de almas”. Toda una sociedad convierte o pretende convertir a cada persona en verdugo y en víctima a la vez de un sistema, de un engranaje. ¿No es así como ciertos economistas que se dicen neoliberales piensan a nuestra sociedad?

Otro aspecto fundamental del momento histórico descrito por Todorov y que se relaciona directamente con lo que vivimos hoy en día tanto en el espectáculo trumpiano como en otros gobiernos nuestros es una variante de la voluntad nietzscheana que obliga a describir la realidad en términos que no corresponden con la realidad. Stalin decía, “no hay hechos, sólo interpretaciones”. Y su descripción de la realidad se apartaba de la experiencia de las personas pero se imponía por la fuerza o por la fe como una nueva realidad. “Un mundo creado por el verbo debe imponerse a la conciencia de los habitantes de un país en lugar del mundo que ellos mismos observan. Así la exigencia de verdad deja de funcionar”.

La práctica de instalar una narración ficticia adquiere el nombre de una doctrina estética: el realismo socialista. Sólo tienen sentido los escritores y artistas comprometidos que sean realistas y cuenten las historias como deben ser y no como son. “Porque la historia obedece a leyes inamovibles y el futuro es más importante que el presente”. Claro que en esa creación el verdadero autor último es el líder político. Sólo él decide y crea y regresa, sólo él y sus palabras son verdaderas.

La revisión histórica de Tzvetan Todorov es acuciosa y constantemente es narrativa porque trata de encontrar los elementos vitales que movilizan a las ideas. Sigue a la vez su método de diálogo de otras ideas con él y con el presente. Lo que siempre lo hace apasionante. Nos ayuda a comprender lo que hicieron otros en otro tiempo y lo que ahora vivimos. En nuestra última conversación me preguntó sobre un proyecto de novela relacionado tanto con mi libro sobre Gide como con algunos de los temas que le ocupaban. Le dije que, a diferencia de su proyecto (que después sería este libro), y de otros ensayos míos que él conocía, yo trataba ahora de explorar la vida de un personaje que había gozado y padecido esas ilusiones del siglo de cambiar al mundo pero que no fuera un artista. Que de alguna manera la resistencia y la debilidad está en todos y en todos es posible experimentar la necesidad de resistir al mal. Y sobre todo que no quería contar con personajes buenos en mi historia. Le interesó mi intento de utilizar estructuras presentes en la artesanía como metáfora de una estructura literaria apropiada al relato. Le describí una blusa deshilada artesanal y cómo la convertí en solución de la novela. El tema de las formas lo seguía apasionando. Y la pasión artesanal del texto, es decir del tejido, era para él no un territorio circunscrito a lo que ya se ha hecho sino a lo posible.

Me preguntó también sobre mi urgencia de escribir sobre ese periodo y sobre esos temas, hoy que el Muro de Berlín ha caído. Me aventuré a decirle que muy probablemente me movían las mismas urgencias que él sentía al ocuparse de ellos: más allá de la razón biográfica, en su caso, la evidencia de que monstruos muy similares a los de aquella época acechan constantemente a la nuestra. En su epílogo al Triunfo del artista, Tzvetan nos confirma: “Si me me he ocupado de esta evocación no es solamente porque el destino de mis personajes es conmovedor y su historia es muy dramática, o porque como habitante de un país totalitario en mi juventud el tema me interese; lo hago también porque pienso que este pasado que ya cumple un siglo y que sucedió en un país desaparecido, la Unión Soviética, tiene algo que enseñarnos a los habitantes del siglo XXI”. En aquella ocasión me dijo también esa idea insistente en su libro: el arte, la poesía, la pintura, incluso más allá de la insumisión misma, seguirán siendo aquellos objetos sin cuyos valores éticos y estéticos no se podría asegurar la sobrevivencia integral de los humanos. Y los poderosos difícilmente sabrán apreciarlo.

 

Alberto Ruy Sánchez
Ensayista y narrador. Entre sus libros: La luz del colibrí, Decir es desear y Elogio del insomnio.

 

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