¿El fin del agua
y la Ciudad de México?

Naturaleza, espacio y tiempo en el Sistema Lerma

Alejandro de Coss

 

 

La Ciudad de México se enfrenta a una profunda crisis en el abastecimiento de agua. Ésta tiene múltiples aristas: entre el 30% y el 40% se pierde en fugas; el agua está repartida de forma desigual, con lugares en las que sólo está disponible por unas horas al día, y su agotamiento es veloz. Los cálculos de expertos y funcionarios dicen que en 40 o 50 años los pozos subterráneos que la abastecen en su mayoría se agotarán. Asegurar nuevas fuentes externas es cada vez más difícil: el agua es cada vez más escasa y la oposición social a su apropiación crece. El futuro del agua en la ciudad es uno de escasez1 y el Sistema Lerma es un ejemplo atemorizante de ello.

El agua y la ciudad

El Sistema Lerma fue construido entre 1942 y 1951 para abastecer de agua a la Ciudad de México desde el Estado de México, y comisionado por el entonces regente Javier Rojo Gómez2  durante la presidencia de Manuel Ávila Camacho. Se concluyó en el sexenio de Miguel Alemán Valdés, bajo la regencia de Fernando Casas Alemán. Entonces, el Lerma captaba las aguas que daban origen a las hoy casi extintas lagunas de Lerma. Una ampliación fue realizada en 1967, perforando pozos profundos en la zona de Ixtlahuaca de Rayón. Hoy, el Lerma aporta aproximadamente el 9% del agua3 de la ciudad y su zona metropolitana, los cuales viajan por un túnel que inicia en Atarasquillo, atraviesa la Sierra de las Cruces hasta un lugar llamado el Borracho, para después ser llevada a Chapultepec y distribuida a la ciudad.

En este complejo sistema de abastecimiento de agua, las labores diarias de mantenimiento y control de las tuberías, los pozos y los tanques evidencian tres procesos que se entrelazan: el agotamiento de la naturaleza; la creciente incapacidad del Estado-nación de organizar el espacio, por un lado, y el tiempo, por el otro. Estos tres procesos ayudan a entender la crisis del agua que vive la ciudad, y que sólo amenaza con agudizarse. Además, aquélla sería parte de una crisis mucho más profunda: la del modelo de desarrollo económico y social imperante en México. Eso no es todo. En las grietas del sistema Lerma se asoman nuevas formas de organización que no sólo no garantizan un futuro sustentable, sino que pueden apuntar a un colapso aún mayor.

 

 

 

 

Lerma: la producción del agua urbana y el agotamiento de la naturaleza

Algunas partidas militares abandonadas pueblan la zona de Lerma, en el Estado de México. Son pequeños complejos, rodeados de cercas de alambre, que quedan como testigos mudos de un tiempo en el cual el ejército resguardaba el acueducto del Sistema Lerma. Esa es la historia que me cuenta Moctezuma,4 un trabajador de SACMEX que se ha erigido en el cronista de la oficina de Villa Carmela, en Lerma. En 1997, cuando el Departamento del Distrito Federal dio paso a ser el Gobierno del mismo, los militares se fueron.

Aunque la relación cambió, parte del agua de la ciudad se sigue apropiando aquí. Más de 300 pozos extraen el agua que viaja a la ciudad —aunque mucha se queda en los campos, industrias y casas de Lerma. Esta agua no es una que se encuentre en estado puro, esperando a ser capturada por los trabajadores de SACMEX. Al contrario: el agua en proceso de urbanización es una que está hecha por el trabajo humano desde un inicio.5 Es un agua regida por los acuerdos que existen entre la Ciudad y el Estado de México, que obligan a la primera a abastecer a poblados ribereños del acueducto. Está también hecha por los pozos, sus fallas y problemas, y por la acción política de técnicos, burócratas y pobladores que reclaman derechos sobre ella.

Es un martes al medio día y estamos en San Nicolás Peralta. Específicamente, en el pozo que está en el centro del poblado. Hay una placa que marca la fecha de su inauguración: 1971. Su función no es la de abastecer agua al acueducto, sino a la comunidad. Hace tres días que eso no sucede. La delegación de agua potable del pueblo está ahí. Hablan con Jonás, que opera la grúa de SACMEX y es vecino de San Nicolás. Mientras bromean, deciden cuántos refrescos, cervezas y comida deben traer para los trabajadores. Se deciden por un par de caguamas, dos Coca-Colas, un refresco de limón y pollo rostizado.

Nuestra tarea es cambiar el motor, o al menos eso dice Jonás. Demetrio, el sobrestante, no está seguro. Él cree que tal vez sea necesario cambiar todo el pozo. El pocero está de acuerdo. Los pobladores le dijeron que en los últimos días la maquinaría estuvo vibrando y haciendo un ruido poco común. Al final, un mensaje del ingeniero en jefe, Miguel Ángel, lo resuelve todo: sólo se cambiará el motor.

Mientras trabajamos, varios niveles de política están ocurriendo al mismo tiempo. El primero es el de la reciprocidad y el don.6 Los miembros de la delegación y los habitantes dan comida como agradecimiento por el trabajo, pero también obligan a su realización a través de los obsequios. Toda la negociación ahí ocurre en una tensa amabilidad. Mientras las mujeres mandan por la comida y la bebida, los viejos, muchos de ellos antiguos trabajadores del Sistema, inspeccionan las labores.

Esta interacción política ocurre en el marco de una más general. El último acuerdo que gobierna la relación entre la entidad hoy llamada SACMEX y las comunidades aledañas al acueducto fue firmado en 1971; el primero data de 1966. Ahí se establecen con claridad las obligaciones del DF en esta relación. Entre ellas, está el abastecimiento de agua a varias comunidades, incluida esta del municipio de Lerma. A pesar de que no hay nuevos convenios, que el Distrito Federal ya dejó de existir, y que las necesidades hídricas de Lerma han cambiado por la explosión demográfica e industrial de la zona, la responsabilidad no desaparece.

sistema de aguas

Los acuerdos son remanentes de otra época. Entonces, la figura presidencial (fuera Alemán, Díaz Ordaz o López Portillo) estableció unos términos del intercambio que daban a la ciudad preeminencia por encima de la zona rural del Estado de México. Estos seguían la misma lógica de la primera fase del Lerma. La ciudad, en tanto sede de los poderes federales y centro de la nación, tenía prioridad en satisfacer sus crecientes necesidades hídricas. Su población había aumentado en gran cantidad, en medida como resultado del acto originario de la nueva narrativa nacional: la revolución y el éxodo rural a la ciudad. El Lerma era una nueva etapa en la expansión hídrica de la ciudad, con miras a satisfacer sus necesidades presentes y futuras.

Hoy, el agua en Lerma escasea. La zona ya no es esa que aparece en las fotos que adornan el reporte que se emitió al inaugurar el Sistema. El paisaje de la zona es testigo del cambio. Las lagunas han dado paso, en muchos casos, a casas precarias, fraccionamientos lujosos, fábricas transnacionales y talleres mecánicos. El agotamiento del bosque significa que hay menos recarga del acuífero, me explica María, una joven estudiante de ingeniería que hace sus prácticas en el Sistema. Eso se refleja en pozos cada vez más profundos. En Almoloya del Río, colocamos una bomba sumergible que había sido reparada por una empresa privada en Guanajuato. La profundidad del pozo era de unos 40 metros. Emiliano, el más viejo de este grupo de trabajadores, me dice que antes el agua salía tan pronto como cavaban. Hoy hay que buscarla cada vez más lejos. Además, las bombas suelen tocar suelo, llenarse de lodo y descomponerse; los pozos, en ese caso, se clausuran.

La escasez del agua es un límite para el modelo de desarrollo urbano de la Ciudad de México. Éste parte de un supuesto ideológico, me dijo Pedro, un operador de radio en otras oficinas de SACMEX: “la idea central es que el agua es infinita”. Lerma es prueba de lo opuesto. A pesar de la moratoria a construir nuevos pozos en la zona (rota, además, por la multitud de pozos concesionados por Conagua a industrias y grandes fraccionamientos de lujo), el agua sigue sin recuperarse. El agotamiento parece irreversible.

Al mismo tiempo que límite, la escasez es consecuencia del modelo de desarrollo que he mencionado. La expansión de la Ciudad de México, que incrementa su demanda, así como la transformación de Lerma en una zona industrial urbanizada son sus causas más evidentes. Detrás de ellas hay una más profunda y fundamental: la lógica con la que opera el desarrollo capitalista en el espacio. Éste genera, a través de su éxito, las condiciones que ponen en entredicho su supervivencia.

La deforestación, como María me comentó, es un problema mayúsculo. Los caminos que son construidos en aras del desarrollo económico reducen las áreas de captación de agua pluvial. Lo mismo sucede con la deforestación provocada por la tala comercial, el desarrollo urbano y la expansión de la industria en Lerma. El agotamiento del agua sucede por la expansión de un sistema que requiere necesariamente del líquido para subsistir. Es decir: el éxito del sistema, que consiste en ampliar el circuito de acumulación de capital y el de subsumir la esfera de la reproducción social dentro de la misma lógica, implica que las condiciones en las cuales se creó se transforman, poniéndolo en riesgo.

Captacion pluvial

El fin del agua urbanizable no ocurre sólo por la combinación de factores geológicos, hidrológicos, demográficos, urbanísticos e infraestructurales. Además de la contradicción que genera el modelo de desarrollo, que agota los recursos que requiere para reproducirse en este mismo acto, existen numerosas resistencias sociales que se le enfrentan. El ejemplo de Xochicuautla, un poblado que hoy lucha por evitar la construcción de una carretera de cuota sobre un bosque que consideran sagrado, es uno paradigmático, pero hay muchos más en la zona. Por ejemplo, en el Sistema Cutzamala, el Frente Mazahua en Defensa del Agua detuvo la construcción de una presa en Temascaltepec, Estado de México en 1997. Entonces, la comunidad, liderada por mujeres, tomó la planta potabilizadora Los Berros, impidiendo la producción del agua urbana.7

Las resistencias de estos pueblos y muchos otros son también una consecuencia del modo de desarrollo, que les ha excluido y explotado históricamente. Emiliano lo sintetiza mientras hablamos en el patio de maniobras de la oficina de SACMEX: “la gente ya no está dispuesta a entregar su agua a cambio de muy poco”; ya han visto cómo ésta se termina en otros lugares.  A ese hecho básico se suman muchos otros, articulados en torno a una concepción de la tierra como un ente vivo con el cual se tienen relaciones de reciprocidad y que además está ligado fuertemente a la memoria colectiva de los pueblos.8

Vuelvo a las palabras de Pedro: “el problema del agua es ideológico”. Yo agregaría que el problema también es material y que ambos polos son inseparables. No sólo hay una idea del agua infinita, sino un modelo de desarrollo económico y urbano que sigue expandiéndose bajo esta premisa, generando las condiciones para su debacle. Los recursos que la Ciudad se apropió por un costo bajo,9 hoy se vuelven escasos no sólo por su disponibilidad hidrológica, sino por su creciente inviabilidad política y técnica. La naturaleza se agota con relación a la función que tiene en la reproducción de la Ciudad, la industria y sus lógicas.

Una semana después de cambiar el motor, estamos de nuevo en San Nicolás Peralta. El domingo la bomba reventó. El día que lo instalamos, después de prenderlo, comenzó a hacer un ruido fortísimo. Era, supongo, el que los pobladores habían escuchado. Demetrio me explicó que lo que se escuchaba eran las flechas, que hacen que la bomba funcione y el agua suba, golpeando las chumaceras, que son los soportes que las mantienen al centro de la tubería. Todo hacía pensar que las chumaceras al fin se habían reventado. El trabajo de desmontar un pozo es pesado. Implica quitar el motor y su base, desensamblar las tuberías —en este caso, 19—, quitar las flechas y, al final, sacar la bomba.

El trabajo toma unas cuantas horas. Los obreros bromean. Me dicen que si no les dejamos el agua funcionando, no nos van a dejar salir. Pronto me doy cuenta que no será así. El episodio de la comida se repite; las redes afectivas de Jonás nos respaldan. Esto no se repite en otros pueblos. Emiliano y yo recordamos un episodio en el que los pobladores de Santiago Analco secuestraron por unas horas al jefe de la zona, el Ingeniero Martínez, hasta que el servicio de agua les fue restablecido. Los trabajadores también han sido retenidos hasta que el agua vuelve o los pobladores tienen garantías de que el servicio estará funcionando pronto.

Esta política ocurre a un nivel de menor coherencia ideológica que la de Xochicuautla o la zona mazahua de Temascaltepec. Sin embargo, en todos estos casos el conflicto nace de la forma particular en la cual la naturaleza ha sido producida en la zona. Es una mezcla entre la expansión urbana que sirve a la acumulación de capital y la labor del estado que actúa para satisfacer sus necesidades, aun cuando en el largo plazo los recursos que utiliza para ello se agoten. Los trabajadores, en este escenario, no son sólo empleados del gobierno, sino su cara más cercana y sus negociadores políticos de base. El estado se hace material en los pozos, acueductos y tuberías; su mantenimiento y reproducción requiere de la labor de los trabajadores. Sin embargo, y a pesar de todo su esfuerzo, el fin del agua urbanizable no parece un proceso reversible.

 

Espacio, estado y agua
en la Ciudad de México

La crisis del agua no se reduce a una historia del agotamiento de la naturaleza. Es también una que se refiere a la creciente incapacidad del estado de mantener materialmente estas infraestructuras que le hacen una entidad palpable. Esto se observa en la forma en la que los trabajadores solucionan los problemas de la infraestructura hidráulica del Lerma. También es posible verlo en la manera en la cual los datos sobre el sistema se generan y distribuyen. Ahí priman la improvisación, la experiencia como guía de trabajo y la ausencia de recursos materiales como constante. Es una crisis del estado como organizador del espacio.

Trabajo

Los trabajadores coinciden en que las cosas antes eran diferentes. Los materiales eran abundantes, me dice el Doctor, uno de los ingenieros de la zona Poniente de SACMEX. Ahora, tienen que pagar con su dinero las copias que sacan a los formularios que se utilizan para llenar las órdenes de trabajo. Cuando deciden hacerlo a través de los trabajadores administrativos de la oficina, en el poniente de la ciudad, las cosas salen mal. Esto es al menos lo que añade Martín, el dibujante, a la conversación. Si quieren que las copias salgan, hay que dar dinero a los trabajadores, que piden siempre para sus gastos. En más de una ocasión les han dado un número insuficiente de copias, que además vienen mal hechas.

Martín me pide acompañarlo a sacar copias. Llevamos varios formatos. En las manos yo traigo los que se usan para las órdenes de trabajo, que en esta oficina normalmente se refieren a fugas, y las que sirven para dar permisos de faltar a trabajar por cuestiones urgentes: el médico o una cita en la escuela de los hijos. Martín lleva sus propios formatos. En ellos, anota los niveles que tienen los tanques de distribución, la cantidad de agua que entra a la ciudad por el Lerma y el Cutzamala y la cantidad que se distribuye a las distintas delegaciones de la Ciudad.

La manera en la cual los formatos de niveles de agua son completados es un ejemplo perfecto de improvisación. Como la de un músico, ésta no sucede en el vacío. Todo lo contrario. La improvisación en el espacio laboral requiere de un saber detallado del medio. Implica que el trabajador conozca de memoria las formas en las cuales, en este caso, el agua fluye y se comporta. El formato es un diagrama de la infraestructura hidráulica en el sistema poniente. En él, se observan sus pozos, tanques, plantas de rebombeo y trifulcaciones. A un lado de cada una de las infraestructuras, hay un recuadro vacío. En ellos, Martín coloca los números que corresponden ya sea al nivel del pozo, a la cantidad de agua que pasa o a la que es distribuida en determinado punto.

Primero, Martín llena algunos recuadros de memoria. Coloca números que parecen arbitrarios; no lo son. Martín me dice que esos son los tanques que se mantienen constantes. Aquí resulta difícil saber si de hecho son constantes o deberían serlo. El hecho es que esos números son los que sirven para apuntalar todo el cálculo. Después de estos números, se añaden los que vienen de los lugares donde existe medición constante. Los operadores de tanques, pozos y plantas de rebombeo envían sus datos por radio a la oficina. Ahí, se anotan en formatos sobre los cuales Martín calcula promedios. Los promedios son los números que se utilizan en el diagrama. Así, sabemos cuánta agua entró a la ciudad, cuánta llegó a las infraestructuras que tienen niveles constantes y cuánta a los que tienen medidores.

El siguiente paso es el más complejo. Martín lleva a cabo un ejercicio de equilibrismo matemático. Tomando en cuenta los datos que tiene, los que asume y lo que ve (en las oficinas hay una caída artificial de agua, que normalmente está vacía; hoy no, lo cual supone que hay más agua), comienza a llenar los datos. La idea es que el agua total del Sistema debe estar ahí, repartida entre la infraestructura existente. El Sistema está interconectado y compuesto por ramales. Por ejemplo, el agua que va a Polanco está conectada con los tanques de Tacubaya, con los de Azcapotzalco, los de la Condesa y los de Legaria. El agua que entra en ese ramal debe repartirse de acuerdo a una lógica clara. Ésta es dictada por la capacidad de los tanques, la demanda existente, las dimensiones de las tuberías y el comportamiento histórico del Sistema.

A pesar del esfuerzo de Martín por explicarme, la forma en la cual llena los datos me parece aleatoria. A un ojo externo el funcionamiento no le parece evidente. Mientras más avanza, comienzo a ver la lógica. Es una suma cero. En ella no hay fugas, tomas ilegales o fallas en el Sistema. Es una representación ideal del mismo. Funciona a partir del conocimiento que Martín ejerce y de los requerimientos de las oficinas centrales. En numerosas ocasiones dice que quisiera que algunos tanques tuvieran medidores, de forma que no dependieran del cálculo o de la información de los operadores. Sin embargo, esto no es así. La forma de hacerlo entonces es usar la experiencia en una improvisación ensayada miles de veces que resuelve creativamente el problema de la falta de información puntual.

Una vez llenado el formato, hacemos la cuenta inversa. El agua total, 14,010 l/s, está ahí. No tenemos fallas en el cálculo. Esto es tomado como un éxito por Martín. Ahora, corresponde asignar cantidades al Lerma y al Cutzamala. Se sabe, por ejemplo, que toda el agua que va a Tlalpan es del Cutzamala. El resto es de los dos. Tomando en cuenta lo que entra por uno y otro punto del Sistema, se saca un porcentaje. El Cutzamala aporta poco menos del 70% y el Lerma poco más del 30%. Después se calcula cuánta agua va a cada delegación o municipio: Naucalpan, Atizapán, Tlalnepantla, Azcapotzalco, Miguel Hidalgo, Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Iztapalapa, Tlalpan, Benito Juárez, Álvaro Obregón y Cuajimalpa. Una vez calculado, se le aplica el porcentaje del Lerma y Cutzamala para saber cuánta agua aporta cada Sistema por entidad territorial-administrativa.

El agua es un elemento que físicamente se rehúsa a estos cálculos. Los números fijos en la hoja de Martín no pueden representar la fluidez del líquido, que se mezcla y viaja de formas distintas a las lógicas que se obtienen de la deducción en un papel. La obsesión de la medición se encuentra con un límite claro. El estado no es capaz de saber con certeza cuánta agua aporta cada Sistema, a dónde va y cuánta se pierde. No lo es no sólo por la falta de medidores, información actualizada y control sobre las fugas. También sucede porque el agua se resiste a la estabilización, aunque esta labor de control es esencial para la organización social del territorio. Las cuentas de Martín son una lucha entre la vocación organizativa del estado y la inestabilidad inherente al agua, a su medición imprecisa y a sus usos ilegales, invisibles en el papel.

El doctor, el ingeniero Vázquez, Rivas y yo vamos rumbo a Santa Fe. Atrás viaja el ingeniero, el jefe, sentado en una silla sobre la caja de la camioneta. Adelante vamos el doctor, segundo al mando, Rivas, que maneja, y yo. Vamos al tanque Ponderosa, que podría estar vacío. Lo sabemos porque un edificio de lujo presentó una queja. El agua se terminó, incluyendo la de su gigantesca cisterna. Pasamos frente al fraccionamiento antes de parar y vemos una pipa de doble remolque llevándoles agua. Rivas y el doctor comienzan a hablar sobre este proceso. El doctor dice que el agua viene de los manantiales que manejan los pueblos de la zona de Álvaro Obregón y Cuajimalpa. Aludiendo que son para uso de la comunidad, lucran con la escasez de agua en Santa Fe, lugar que siempre tiene dinero para comprar agua. Rivas no está de acuerdo. Para él, está claro que el agua es robada de tomas ilegales en el mismo Sistema, que son operadas por trabajadores, y que son toleradas por los jefes.

Sea como sea, es evidente que el agua que llega a las cuentas de Martín no considera este mercado informal del agua. En él, el agua ha sido privatizada; es el dinero el que manda y hace la diferencia entre tener y no tener. Otra cosa que tampoco entra en las cuentas son las redes de distribución ilegales que algunos de los edificios más nuevos en Santa Fe tienen. El doctor es quien me cuenta esta historia: los desarrollos pagan cantidades desconocidas, pero asumimos grandes, de dinero a los jefes de SACMEX. Ese dinero sirve para que permitan que los desarrolladores tomen agua directamente del acueducto de Lerma. El agua, supuestamente, sólo puede venir de redes de distribución y no de abastecimiento. Este líquido, robado con la aquiescencia de las autoridades, es catalogado como fuga.

La capacidad del estado de organizar el territorio es cuestionada aún más por procesos como estos. La planeación, de por sí mínima en la Ciudad de México, da paso al poder del dinero y a la fuerza transformadora de la corrupción. Es ésta, en muchas ocasiones, la que determina quién puede beber agua, cocinar y bañarse en casa. El agua es un factor que da forma a la desigualdad urbana. Los ricos en el poniente, donde el líquido es abundante. Los pobres en el oriente, donde es poca y sucia. Esta es la fórmula que muchos trabajadores plantean cuando hablamos del tema. A esa desigualdad geográfica, se suma la que es provocada por la existencia de edificios con cisternas, spas, albercas y jardines, que en ocasiones toman el agua que es robada del sistema, ya sea por complicidad de los jefes o por la de operadores que manejan tomas ilegales.

Probablemente una entidad que administre el espacio con conocimiento perfecto y eficiencia total sólo existe en los sueños de ortodoxos de la izquierda y la derecha. El estado carece de las herramientas técnicas y de la capacidad de controlar el poder del dinero. El mercado opera con éxito en la obscuridad y en el reino de la desigualdad que ve al agua como una mercancía más. Al agua le sobra fluidez y se resiste a ser medida, rastreada y cuantificada. Se mezcla, rompe las tuberías, se escapa por fisuras y no puede vencer, por sí sola, las leyes de la gravedad.

En este escenario, los trabajadores de SACMEX tienen la labor fundamental de mantener y estabilizar al sistema. La estabilización sucede a través de los números que son calculados, de la información obtenida de los radios en los tanques, pozos y plantas de rebombeo y de su estandarización en formatos dados. El mantenimiento sucede, como en Lerma, con herramientas insuficientes, materiales inadecuados e infraestructuras decadentes. Ya he hablado de la estabilización. Ahora daré un ejemplo breve del mantenimiento. También en lo cotidiano se construye la creciente incapacidad del estado para organizar el territorio.

En la esquina de Palmas y Periférico había una fuga. El agua estaba filtrándose al estacionamiento de un corporativo desde el domingo. Era martes y la cuadrilla, encabezada por el Gallo, fue llamada para apoyar los trabajos. Yo iba armado de cámara, pluma y cuaderno. Ellos, de picos, palas y una bomba para extraer agua que se echa a andar con un pedazo de cuerda. Cuando llegamos, había ya obreros trabajando ahí. Habían roto el pavimento, mostrando las entrañas de la ciudad. El agua salía de entre las grietas, pero su origen no estaba claro.

El Gallo y uno de sus compañeros, Juan Carlos, se pusieron a trabajar. Con picos ayudaron a romper el pavimento que seguía en pie. Mientras tanto, la bomba succionaba agua y la arrojaba sobre la calle. Al cabo de un rato, dieron con la fuga. El agua salía con mucha presión. El Gallo pidió que fueran a cerrar la válvula, más arriba sobre la avenida Palmas. Yo fui con ese grupo. Cuando llegamos, encontramos la caja de válvulas con la tapa rota. Estaba medio cubierta de agua; tenía la caja una fuga menor. Rápidamente cerraron la válvula y bajamos.

Por más que el tiempo pasaba, el agua no dejaba de fluir. La válvula hace mucho que dejó de cerrar por completo. El Gallo tuvo que usar un brazalete, que son dos trozos de metal que se colocan alrededor de la tubería, y luego aprietan con tornillos y tuercas. Unos metros debajo de la nueva compostura, había otra igual. Esta había sido hecha hace un año. El agua siempre encuentra la forma de salir. El espacio se desordena todavía más a causa de la falta de mantenimiento de un sistema viejo que sobrevive con la improvisación y la creatividad de sus trabajadores.

El estado no rige, absoluto, sobre el espacio. En el tema del agua, probablemente jamás lo hizo. Los reportes del Lerma mencionan que desde el inicio hubo fugas, tomas ilegales y cálculos imprecisos.10 El sueño de controlarlo todo es uno moderno, hecho material en este Sistema Lerma, que enorme se extiende por debajo de la tierra. Las pérdidas de agua no son parte del diseño original. Tampoco son parte del conteo diario. En el sueño moderno, el agua está controlada por el estado, que la ordena a la par de la sociedad y el espacio. En esa utopía, el estado no sólo prescribe el ahora. También el pasado y el futuro son objetos en su proyecto. Esa labor de construcción del tiempo también se puede analizar a partir del Sistema Lerma.

corquis

Tiempo, imagen y estado: el agua ausente en el cárcamo del Río Lerma

La revolución mexicana es múltiple. Dentro de ella coexistieron tendencias antagónicas, a veces en conflicto, a veces cooperando.11 La diversidad de procesos no sólo se refiere a las divergencias entre zapatistas, carrancistas y maderistas. También incluye a los movimientos estéticos coetáneos a la lucha armada y a su institucionalización política. El muralismo mexicano es la referencia obligada, aun cuando dentro de él hubo divergencias. Rivera ponía en el centro al obrero; Siqueiros a la nación. Uno era trotskista, el otro intentó matarlo. Las diferencias son muchas y más profundas y complejas; volúmenes completos se han dedicado a ellas. La revolución estaba abierta y en disputa. No había destino, sino lucha ideológica y política. Así también en el muralismo.

Ricardo es un guía que trabaja para el Museo de Historia Natural y Cultura Ambiental (MHN) de la Ciudad de México. El MHN es el administrador del Museo del Cárcamo del Río Lerma. Mientras el guía habla, va construyendo una historia sobre la historia que cuenta el mural Agua, origen de la vida en la tierra. Pintado por Diego Rivera, cubre las cuatro paredes del Cárcamo y su suelo. Hasta 1991, las aguas del Sistema Lerma pasaban por el Cárcamo en su camino a la Ciudad de México. Desde esa fecha y hasta 2010, el espacio estuvo cerrado al público. Dentro, lo que aun sobrevivía del mural pintado por Rivera en 1950 estaba cubierto por moho, impermeabilizante y pintura; el resto estaba casi desaparecido.

Todo eso lo cuenta Ricardo. A través de su discurso, el mural va cobrando un sentido en el devenir de la historia del México posrevolucionario. Así, Rivera habría usado la teoría de Alexandr Oparin sobre la chispa de la vida. Al fondo del cárcamo, que es un rectángulo abierto en su parte superior, se encuentran los primeros microorganismos, naciendo en el caldo primigenio a partir de la interacción entre electricidad y compuestos químicos. La teoría no era aceptada abiertamente en aquel tiempo. Era la Guerra Fría y las teorías de un científico soviético despertaban sospechas en la Academia estadounidense y en el mundo capitalista. La elección de Rivera, además de tener vocación científica, tenía intencionalidad política.

La historia del mural es una de evolución y progreso. Los microorganismos van dando lugar a organismos complejos mientras suben por las paredes norte y sur del cárcamo. Se convierten en ajolotes, serpientes y mantarrayas. Los animales rodean la zona pélvica de una mujer asiática y un hombre africano. A través de ellos, Rivera parece afirmar un origen común en una obra que enaltece la labor constructora del régimen emanado de la Revolución. La historia de la naturaleza se entrelaza con la de las sociedades, como el agua que es extraída en Lerma se entrecruza con la geografía de la Ciudad de México y sus redes de influencia.

El progreso viene de la mano de los trabajadores. Ricardo hace énfasis en su labor. A los costados del túnel por donde entraban las aguas, que está coronado por las manos color bronce de Tláloc, están dos grupos de trabajadores. A la derecha, son dos que trabajan con instrumentos rudimentarios y con su casco dan agua a una familia pobre. A la derecha, son dos uniformados con herramientas mecánicas que dan agua a una mujer rica y a un niño que tiene en sus manos juguetes y un mono como mascota. El régimen revolucionario y sus trabajadores igualan las diferencias sociales a través de la acción de proveer agua a una ciudad sedienta.

La guía de Ricardo tiene apoyos en las tablas impresas que están en el museo. Éstas explican qué es el Sistema Lerma, cómo pasaba por aquí y qué quiso decir Rivera en su mural. También hablan de la necesidad de pensar en la escasez del agua y colocan la narrativa del agua ya no dentro de la justicia social de la revolución, sino dentro del discurso de la sostenibilidad y el cambio climático. Dentro del recinto también hay un libro en el cual las voces de políticos, burócratas y otros expertos dan forma al cárcamo como museo.12 El impulso revolucionario de Rivera se ha convertido en patrimonio cultural de la ciudad.

La estética revolucionaria del muralismo sólo puede adquirir fijeza en el presente. El mural era pensado como estrategia didáctica y revolucionaria. Hoy se convierte en pieza de museo. Ahí implica otra forma de educación y otra idea de revolución. Si la del mural vivo estaba abierta, como la revolución en construcción, la del museo es cerrada; es útil para construir una idea de revolución fija, a la cual podemos ver como algo que ya ha pasado. El mural se transforma en una pieza arqueológica, similar a la prehispánica que la nueva nación emanada de la revolución utilizó para construir una identidad común.

El mural no está solo. Junto con la Fuente de Tláloc, que está afuera, es un templo al agua. Al menos eso nos dice Ricardo. Ahí, el líquido adquiere una ontología que le hace ser más que un recurso. Tláloc, dios en la fuente, nos cuenta una historia del agua como creadora de vida. Al mismo tiempo, sus pies hablan de una historia de progreso, en la que un águila parada sobre un nopal, representando a la Ciudad de México, está sedienta. Es el año 1942. Las aguas del Lerma están aún del otro lado de la Sierra de las Cruces y el águila cava un túnel a través de ella. En contraste a esa escena, elaborada con reminiscencias de la pictográfica precolombina, está la de la planta del pie izquierdo de Tláloc. Ahí se observa al águila bebiendo agua y ésta fluyendo desde más allá de las montañas a través de un túnel. La sed de la mítica ciudad es saciada a través de su acción y de la gracia del dios-naturaleza.

Sin embargo, esto es sólo la mitad de la historia. Si Tláloc-dios es el que crea el agua, es su versión de hombre la que la otorga a la ciudad. Ello lo hace simbólicamente. Sus manos, que están arriba del túnel por donde entraban las aguas, atraviesan la tierra. De ellas sale el agua que los trabajadores reparten en la escena representada por el mural. El agua es recurso, es don divino y es fruto del trabajo revolucionario de los obreros. Es derecho de todos y propiedad de nadie, salvo de ese dios que se transforma en hombre para ser parte del progreso y la construcción de la justicia social.

El templo, que hoy no es más cárcamo, sino museo, parece una visión nostálgica de ese pasado revolucionario. La añoranza del agua que ahora no es más que recurso. Esa que fue desviada y desapareció de la vista pública y de la construcción visual de una narrativa de futuro. El templo que fue abandonado y recuperado por un nuevo régimen. En ese, ya no está siendo parte de la construcción ideológica de la nación. Al contrario, presupone que ese trabajo simbólico y material es parte de un pasado que hoy también puede convertirse en mercancía. La revolución mexicana y su discurso estético transformados en pieza de museo.

Pero la estabilización implica desestabilización. A pesar de todo intento, el cárcamo no es un lugar cerrado herméticamente. Uno de estos espacios abiertos es creado por los visitantes. Durante las visitas, las preguntas afloran. El juego didáctico del museo invita al visitante a ver el patrimonio como algo vivo y en lo cual él tiene injerencia. Eso puede desequilibrar algunas de las nociones oficiales del espacio, reviviendo su faceta política, siempre presente en el trabajo de Rivera.

Hay una historia que expone la dimensión política del espacio y que Ricardo disfruta mucho. Raquel Tibol acudió a la inauguración del espacio y gustaba también de visitarlo. En una de esas ocasiones, Tibol aseguró que el desgaste del mural, ocurrido apenas dos años después de su inauguración, había sucedido por una disputa ideológica. Miguel Alemán, quien era presidente al inaugurar el Lerma, no habría querido esperar a que la pintura secara no por las necesidades hídricas de la ciudad, sino por su desprecio al comunista Rivera. La historia oficial no dice eso. En teoría, lo que sucedió es que los estudios del Instituto Politécnico Nacional habían juzgado mal la resistencia del poliestireno usado para pintar el mural. Rivera habría lamentado esto, responsabilizando al arquitecto Rivas y pensando que habría sido mejor usar mosaico, como lo hizo en la Fuente de Tláloc, que está frente al Cárcamo.13

Historias como esta surgen cuando los visitantes interactúan con el guía. Las preguntas abren espacios que desestabilizan la fijeza del espacio, convertido en patrimonio. Sin embargo, esa desestabilización es limitada. En todo caso, abre el pasado para entenderlo como algo que no fue homogéneo en un inicio. La indagación suele buscar explicaciones a una política que aparece como ya cerrada. La disputa queda reducida a un anecdotario histórico y deja de ser un reclamo pasado que moldea los deseos de futuro y la acción en el presente. El espacio, sin agua, parece un recordatorio de la renuncia del estado mexicano a su intención de organizar el tiempo. En una escala mayor, resuena con la extensión indefinida del presente14 en detrimento de la creación de porvenires futuros. En este caso, se expresa en una estética convertida en museo y que está siendo constantemente despojada de su intención revolucionaria.

fugas

Para los ingenieros, el cambio fue simple. El agua se desvió con un bypass hacia un nuevo cárcamo. Éste se encuentra detrás y debajo del primero. De ahí, el agua se distribuye a través de cuatro compuertas a los cuatro tanques de Dolores, de 50,000 m3 cada uno. Para los restauradores no fue así. Hubieron de quitar capas de limo, óxido e impermeabilizante. Pintaron el piso, destruido en un 80%, a partir de fotos y bocetos. Crearon un objeto patrimonial, tutelados por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), que hoy es un museo escasamente visitado. Enmarcaron al patrimonio ya no en la fluidez de las aguas, sino en la estabilidad precaria de la historia monumental.

Sacar al Cárcamo, su mural y su fuente, del curso del presente que moldea el futuro, para llevarlo al presente que usa el pasado como memoria mercantil, implica cambios que van más allá de este espacio. El más importante y que ya indiqué es el fin del estado como organizador del pasado y del futuro. El maquillaje de cifras —sean de agua, dinero o muertes— que es labor cotidiana del régimen, busca cambiar el significado del presente. La vocación mesiánica del estado posrevolucionario está completamente ausente. El agua ya no fluye de las manos del dios ni es repartida por heroicos obreros que no distinguen de clase. En su lugar, fluye por debajo de la tierra y es distribuida inequitativamente, creando geografías de desigualdad pobladas por tomas ilegales, aguas contaminadas y tanques vacíos.

No sólo la revolución no cumplió su labor igualadora; el régimen que emanó de ella, y aun se hace nombrar como el de la Revolución Institucionalizada y el de la Constitución de 1917, ya no busca eso. Atrás quedó el sueño moderno de la justicia social. En su lugar se instauró uno de la opacidad, del agua invisible y de la infraestructura que sobrevive por la labor artesanal del obrero y a pesar del apetito voraz del funcionario y el desarrollador urbano. Las aguas ausentes del Cárcamo son un recordatorio vivo del fin de una época y de un ahora que no da paso a ningún futuro. Es el reino del siempre presente y de la memoria como una nostalgia que resulta más atractiva en tanto más rentable. Es el museo que no tiene promoción porque fue construido por la administración pasada de la ciudad, cuya memoria quiere ser sepultada por la actual. Es una veleta en el vaivén de un régimen que ha abandonado toda pretensión a construir un futuro común y se interesa sólo en administrar un presente cada vez más privatizado.

El fin de la naturaleza y del estado como lo conocemos

Tenemos una proclividad a ver el fin de una era en cada esquina. Hay una proliferación del pensamiento epocal.15 Internet, el colapso de la verdad y el cambio climático todos nos marcan una transición que nunca llega. Eso no quiere decir que no ha de llegar. En el caso de la Ciudad de México, el fin parece estar cerca. Al menos eso creen los trabajadores de SACMEX. Hay quienes dicen que la Ciudad será abandonada, como sucedía en la época prehispánica. Otros creen que la agonía se prolongará por más tiempo, en la espera de que otras fuentes sean aseguradas. Mientras tanto, la riqueza seguirá significando acceso al agua y será, en turno, construida por ésta. La naturaleza cada vez más escasa sólo refuerza la estructura desigual del espacio urbano y de la sociedad.

El fin de la naturaleza no significa que el agua ya no exista. En el caso de la Ciudad, significa un agotamiento de las fuentes actuales y una creciente resistencia a la apropiación de nuevas. Lo primero es causado por una mezcla de procesos de deforestación, sobreexplotación de acuíferos, proliferación de industrias y acaparamiento de agua por parte de una élite urbana y periurbana. Lo segundo es causado por la emergencia de movimientos sociales que reclaman derechos sobre el territorio; por la imposibilidad, ya sea financiera, técnica o política, de traer agua de nuevas fuentes a la ciudad, y por la prevalencia de la ideología del agua infinita y del consumo irrestricto.

futuro

A la par de este proceso, hay dos que se entrelazan y se construyen en conjunto. Uno es la incapacidad del estado de ordenar el espacio. La imposibilidad que tiene de asegurar nuevas fuentes de agua es un caso de ello. Las comunidades ya no ven el estado y la nación una entidad y una identidad que les incluye y actúa en su interés; tal vez nunca lo hicieron. La infraestructura colapsa y su mantenimiento depende la improvisación, la creatividad y el trabajo precario de obreros desmoralizados. El estado no puede tampoco organizar el espacio de forma eficiente como una entidad material.

El segundo es el abandono del futuro por parte del régimen. El estado deja de ser un ente plural, conflictivo, que da pie a la lucha por definir el porvenir. En lugar de ello, vive en una extensión del presente en la que la lucha parece ser por la fama, la fortuna y el éxito de individuos que son caras visibles de grupos que actúan con una lógica privada. La legitimidad no sólo del régimen, sino del estado como vía para hacer política, desaparece sepultada bajo las carretadas de dinero que desvían ilegalmente el curso del Lerma y construyen una ciudad al filo del Apocalipsis.

Siempre hubo futuro fuera del régimen. No hay un pasado idílico en el que el estado mediara perfectamente los conflictos de clase. Lo que sí parece haber, al menos en la dimensión estética, es un momento en el cual se pensó que el estado podía ser un instrumento de justicia social. Ahí, actuaban los obreros, técnicos y artistas, usando un pasado interpretado libremente para construir un futuro en el que la libertad era común. Eso no ocurrió en la práctica y hoy ha sido marginado de la ideología. Quedan sólo memorias nostálgicas de un futuro que nunca llegó.

Volver al pasado como estrategia es una fantasía irrealizable. La naturaleza explotada por el espacio urbano ya no volverá. El estado que controlaba todo a través de una burocracia totalizante ha perdido su legitimidad. Su organización del tiempo, en donde el estado y su partido único se erigieron como sujetos de la historia, parece condenada a ser mera repetición melancólica. El progreso puede haber perdido su poder como generador de táctica y futuro. Lo que no desaparece es el devenir y, con él, el desenvolvimiento de los límites de un modo de construir sociedad, poder, ciudad, naturaleza, identidad y estado. Toda solución que busque construir igualdad y sustentabilidad está obligada no sólo a imaginar y representar nuevos futuros posibles, sino a construirlos y mantenerlos materialmente. El cómo no está predeterminado. La imprevisibilidad reina en tiempos preapocalípticos.

 

Alejandro De Coss
Maestro en Sociología por la London School of Economics, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina.

Notas

1 Una revisión de este problema se encuentra en Jonathan Watts, “La crisis del agua de la Ciudad de México”, The Guardian.

2 La solicitud de Rojo Gómez da pie a discusiones relevantes. Entre ellas, destaco una en la que la Secretaría de Agricultura y Fomento, que tutelaba las aguas federales, se cuestiona si debe tratar al Distrito Federal como equivalente de la nación o como un ayuntamiento. La mera duda indica que el DF gozaba de una posición privilegiada, al ser sede de los poderes federales y estar bajo administración directa del presidente. Esto marcará la historia del Lerma, al ser la Ciudad siempre prioritaria en el abastecimiento de agua. Cfr. Oficio a la SAF, Fondo Documental Aguas Nacionales, Archivo Histórico del Agua, 1949, libro no. 232, legajo no. 2342

3 Perló Cohen, Manuel y Arsenio Ernesto González Reynoso (2009). ¿Guerra por el agua en el valle de México? México: UNAM-PUEC.

4 Los nombres de los trabajadores han sido modificados para preservar su anonimidad.

5 Dos textos que plantean esta perspectiva sobre la naturaleza son: Neil Smith, Uneven Development: nature, capital and the production of space, Athens University Press, Athens, 2008; Jason W. Moore, Capitalism in the Web of Life: Ecology and the Accumulation of Capital, Verso, Nueva York, 2015.

7 Cfr. Marcel Mauss, The gift: the form and reason for exchange in archaic societies, Routledge, Londres, 2002.

7 Cfr. Anahí Gómez-Fuentes, “Estado y política hidráulica en México: el conflicto de los indígenas mazahuas”, Agua y Territorio, 2014, pp. 84-95

8 La antropóloga peruana Marisol de la Cadena desarrolla esta oposición política y ontológica en su trabajo sobre pueblos indígenas en los Andes: De la Cadena, “Indigenous Cosmpolitics in the Andes: Conceptual Reflections Beyond ‘Politics’”, Cultural Anthropology, 2010, pp. 334-370

9 Una reflexión profunda sobre la necesidad de una naturaleza barata para el desarrollo capitalista se encuentra en Moore, op. cit.

10 Cfr. Claudia Cirelli, La transferencia de agua: El impacto en las comunidades origen del recurso. El caso de San Felipe y Santiago, Estado de México, Tesis de Maestría, Universidad Iberoamericana, México, 1997, pp. 65-66

11 Una revisión interesante, que parte de la idea de la revolución como un cúmulo de revoluciones, y de la obra de Rivera y los muralistas como una acción política que no puede ser reducida a los intereses del grupo en el poder, se encuentra en la edición especial de la revista Third Text, vol. 14, 2014.

12 El agua, origen de la vida en la tierra: Diego Rivera y el Sistema Lerma, Arquine – SEDEMA, México, 2012.

13 Daniel Vargas Parra, “Apuntes para la iconografía de un mural”, El agua, origen de la vida en la tierra: Diego Rivera y el Sistema Lerma, p. 70

14 Luciano Concheiro desarrolla esta idea en su libro Contra el tiempo: Filosofía práctica del instante, Anagrama, Madrid, 2016.

15 Cfr. Mike Savage, “Against Epochalism: An Analysis of Conceptions of Change in British Sociology”, Cultural Sociology, 2009, pp. 217-238