Vivimos en un sistema social que insiste en asignar el género de una persona de acuerdo a sus genitales. La urgencia por depositar expectativas de “el niño o la niña” que está por nacer o que ya nació, lleva a las personas que están a cargo de su crianza y a la sociedad que le rodea a imponer roles, estereotipos y reiterarles las dinámicas sociales, muchas veces sin cuestionar si éstas son machistas, racistas, clasistas, misóginas, xenófobas, homo-les-bi-transfobas o si están atravesadas por cualquier forma de aversión.

La orientación sexual, la identidad  y expresión de género, la diversidad corporal por características sexuales1 que no respondan a los estándares hetero y cisgénero2 normativos son motivo de distintas dimensiones de violencia y marginación.

Encontramos como “normal, aceptable y deseable” en una persona la alineación entre su sexo, género, práctica y deseo. Es decir, si el sexo de una persona refiere a un pene se espera que su identidad sea la de un hombre, que su expresión de género sea masculina y su orientación sexual sea heterosexual. Caso contrario, si es una persona con vulva se espera que su identidad sea la de una mujer, que su expresión de género  sea femenina y su orientación sexual sea heterosexual. Esto se traduce a un sistema político, jurídico, social, cultural y médico que opera desde esta lógica, generando diversas formas de exclusión, discriminación y violencias para quienes no cumplen con esta expectativa de “normalidad”.

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La lucha histórica que han emprendido personas de la diversidad sexual a lo largo del mundo ha encontrado un rumbo muy específico dentro del reconocimiento, exigibilidad y ejercicio de los derechos humanos como una herramienta indispensable frente a las violencias sistemáticas por parte del Estado, las dinámicas sociales aversivas, las prácticas médicas patologizantes e incluso frente a los discursos de odio religiosos.

El movimiento de defensa de derechos humanos que  personas intersexuales, trans, lesbianas, gays, travestis, transgeneristas, transexuales, no binarias y de género no conformista han convocado, parte de una serie de reivindicaciones por derechos y libertades dentro de los espacios públicos y privados.

A nivel regional, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en 2015 publicó su informe titulado Violencia contra personas LGBTI, donde señala que La violencia que enfrentan las personas lesbianas, gay, bisexuales, trans3 e intersex es diversa resaltando que la violencia se intensifica con base en la etnia; raza; sexo; género; situación migratoria; edad; situación de defensor o defensora de derechos humanos; y la pobreza.

Dentro de la disidencia sexual, las personas trans somos quienes enfrentamos dimensiones más severas de discriminación, exclusión y precarización por nuestra identidad y expresión de género la cual no responde a las expectativas sociales.

En mi caso, como en el de muchas mujeres trans, la expectativa social es que por mi genitalidad, mi identidad sea la de un hombre. Sin embargo, no es así. Desde la infancia encontraba un gran sentido de identificación con las mujeres, en la adolescencia encontré el valor y las herramientas para expresarlo en mi familia y a la sociedad. En el caso de mi familia tuve aceptación y por parte de la sociedad poco a poco me di cuenta de los retos.

La realidad de muchas mujeres trans dentro de sus familias les obligan a huir, migrar, desplazarse y encontrar estrategias para sobrevivir. Una persona trans llega a asumirse trans o iniciar un transición identitaria y de expresión de género en cualquier momento de su vida, factores como la exclusión, discriminación y violencia en el ámbito de la familia, de la educación y de la sociedad en general, intervienen en las decisiones del día a día. Así mismo, la CIDH respalda la cruda cifra sobre la expectativa de vida de las mujeres trans en la región que es de 30 a 35 años de edad.

Esta cifra nos atraviesa a las mujeres trans que vivimos en distintos contextos, no podemos omitirla cotidianamente al trazar nuestro proyecto de vida.  El salir a las calles con miedo te lleva a una frontera donde sentir orgullo de quien eres, luchar por tus derechos y libertades, sumar esfuerzos contra las violencias, sensibilizarte, sostenerte a lado de aliadas y aliados se convierte en la opción más cercana para transformar esta realidad.

En ese sentido, tener herramientas para  una vida solvente e independiente es un reto cuando las formas sociales contienen sesgos que niegan tu identidad, tu expresión de género y las decisiones sobre tu cuerpo.

En 2012, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) puso en marcha el proyecto “PRIDE”,4 con el objetivo de realizar  estudios sobre la discriminación contra los trabajadores y las trabajadoras LGBT alrededor del mundo. Contó con una metodología  de investigación estructurada alrededor del Programa de Trabajo Decente de la OIT: principios y derechos fundamentales en el trabajo; promoción del empleo; protección social; y diálogo social, y así determinar los obstáculos particulares a los que se enfrentan los trabajadores y las trabajadoras LGBT.

Dentro de las conclusiones se enfatizó que:

Las personas transexuales son las que enfrentan las formas más severas de discriminación laboral. Muchas de ellas declararon ser rechazadas en la entrevista de trabajo debido a su apariencia. Entre los problemas que enfrentan en el lugar de trabajo, cabe citar la imposibilidad de obtener un documento de identidad que refleje su género y su nombre; la reticencia de los/as empleadores/as a aceptar su forma de vestir; la disuasión de utilizar baños acordes con su género; y una mayor vulnerabilidad al hostigamiento y el acoso por parte de sus compañeros y compañeras de trabajo..

Son estos datos los que nos devuelven a la pregunta sobre: ¿cómo es que solventan su vida la mayoría de las mujeres trans? y  continuando con las conclusiones de la OIT nos reafirma: “los trabajadores y las trabajadoras transexuales (en particular, las mujeres trans) se ven completamente excluidos/as del empleo formal. Por ello, en algunos países, la única estrategia de supervivencia que les queda es el trabajo sexual.”

Estos datos a nivel mundial de la OIT coinciden con las realidades en el continente. Un ejemplo de ello son las historias retratadas en el documental colombiano “Putas o Peluqueras” (2011) dirigido por Mónica Moya y José Luis Sánchez Hachero, que  retrata la vida de mujeres trans en Colombia y su relación con el trabajo sexual. Las experiencias de cada una de las mujeres trans que participan con sus testimonios es imprescindible para dar una mirada la situación de mujeres trans en América Latina y podría atreverme a decir que en el mundo. En el documental destaca la participación de Diana Navarro quien es una activista trans que se encuentra en la defensa de los DDHH de las mujeres trans y trabajadoras sexuales; en el documental relata su camino por el trabajo sexual. Ella, al igual que muchas mujeres trans trabajadoras sexuales, reivindican y posicionan de forma política la palabra puta para referirse al modo de emplearse en las calles.

Soy negra, marica y puta.

Yo no me puedo olvidar que soy negra, yo no me puedo olvidar que soy travesti, yo no me puedo olvidar que ejercí prostitución… y que eso fue lo que me humanizó y me dio plata para estudiar, pa’ viajar y pa’ construirme como persona.”

La precarización y violencia sistemática orilla a las mujeres trans a tener opciones limitadas al momento de emplearse teniendo como alternativa  más viable ser: putas, peluqueras o la protagonista en espectáculos nocturnos, en su gran mayoría son las alternativas que se presentan en un panorama limitado. Estos espacios no son casualidad; la situación familiar, en los centros educativos, los procesos administrativos, el acceso a una identidad, la situación territorial, racial, de etnia, de pobreza, migratoria y las dinámicas sociales en las calles interseccionan generando una vida con mayores obstáculos. Si bien estos espacios son la opción más viable,  una de las características que tienen, no sólo encuentran solvencia de manera directa, los lazos afectivos son resignificados, nombrando familia, hermana, madre, hija a otras compañeras trans. En palabras de Diana Navarro:

Nosotras creamos un tipo de familia nuclear…
Nosotras somos muy solidarias… en el momento que se necesita ahí estamos todas…
Ese es un rasgo de las trans, un poco por todo lo que nos ha tocado vivir…
Nos ayudamos, nos envidiamos, nos odiamos, nos amamos.

Durante el documental existen diversos matices frente al ser putas o peluqueras; los que más resaltan son dos: uno de ellos es reivindicar y dignificar ambos trabajos, exigir obligaciones al Estado sobre seguridad social y protección a sus derechos humanos; y el segundo es que existan más y mejores oportunidades laborales, no sólo esas dos opciones, evidenciando que de fondo existen factores sistemáticos que primero deben ser atendidos.

Al norte del continente las cosas no cambian mucho. Un caso particular es el de Linda Thomson de 59 años quien a mediados del 2016 salió de prisión en Cheyenne, Wyoming, EEUU. 37 días después robó un banco; al salir esparció los billetes en la calle y esperó sentada a la policía. Linda explica que al no encontrar espacios donde laborar o refugiarse, volver a prisión fue la alternativa más cercana a eso que llamamos volver a casa.

Linda en prisión logró generar comunidad con otras mujeres trans, que pese a que existe un sistema que no reconoce legalmente su identidad y expresión de género, otras mujeres trans y ella lograron tejer una red de apoyo mutuo.

En ese mismo año, a finales de 2016 Paola Ledezma y Alessana Flores, mujeres trans, menores de 30 años, fueron asesinadas en la Ciudad de México. Ambos casos siguen impunes. ONGs, colectivas, activistas trans y feministas se convocaron en distintos espacios para exigir al al gobierno de la Ciudad de México justicia y no repetición de los crímenes de odio. El fondo de ambos casos evidencian la violencia sistemática que hemos mencionado; ambas eran mujeres trans, menores de 30, migraron de manera interna de sus estados natales a la capital, con una trayectoria escolar trunca, sobrevivientes de situaciones de pobreza y ambas fueron asesinadas en el ejercicio de su único medio de solvencia: el trabajo sexual.
 
Retomando la reflexión que nos deja “Putas o peluqueras”, el punto no es abolir ni sentenciar y mucho menos criminalizar estas dos actividades. Es garantizar que quien lo ejerza sea una opción más y sea realizado bajo una protección íntegra de derechos. Así mismo, ampliar las oportunidades laborales y atender las denuncias y demandas de fondo.Es importante aquí la voz de quien lo ejerce y ese es un principio para abordar las problemáticas.

Los contextos laborales para las mujeres trans son diversos y contrastantes.  Por un lado, existimos mujeres trans que tenemos oportunidades para acceder a la educación profesional con el apoyo de nuestra familia, otras compañeras ocupan cargos públicos, incluso científicas como Diana Gutiérrez que ocupa el cargo de Secretaria Académica del CINVESTAV del IPN, por mencionar algunos casos. Sin embargo, son mínimas las historias de mujeres trans donde se cuenta con apoyo pero los desafíos sociales y frente al Estado siguen siendo los mismos.

Desde de Red de Juventudes Trans México hemos identificado casos de jóvenes trans en el país, que vienen de otros estados a la capital a buscar mejores oportunidades. La gran mayoría tienen contratos temporales, por honorarios o realizan actividades a corto plazo que les remuneran sin un salario fijo, sin seguridad social y sin reconocimiento pleno de sus actividades académicas, pese a que tengan licenciatura u otros grados.

En el caso de muchas mujeres trans mayores de 50 años, es de la misma forma grave. No cuentan con seguro social que les permita en algún momento pensionarse, generar antigüedad en algún empleo fijo. Es alarmante el silencio en el que mueren en el abandono social, Estatal y familiar en la vejez.

El marco jurídico que rige nuestro país a nivel internacional, federal y local pese a tener avances relacionados al derecho a la no discriminación, está trunco en lo que se refiere a los derechos laborales. En México, pese a existir algunas cifras sobre el ejercicio de labores remuneradas y no remuneradas de las mujeres, que son alarmantes y motivo de protesta, no toman en cuenta la identidad de expresión de género de las mujeres, su orientación sexual, ni la diversidad corporal que viven.
 
Para transicionar paso a paso a un ejercicio pleno de derechos laborales para todas las mujeres de manera amplia es indispensable sumar a los cambios estructurales a las mujeres trans. Esto implica generar una verdadera inclusión a la hora de legislar, documentar y hacer un diagnóstico sobre la situación del ejercicio de derechos laborales, generar políticas públicas, acciones afirmativas en el sector público y privado.

Es urgente que quienes se asumen como aliados y aliadas de las personas trans realicen un ejercicio de conciencia en las dinámicas cotidianas que realizan. Mirar a las personas trans sólo como un entretenimiento, como personas que satisfacen, como mero objeto de estudio, como un medio para la obtención de algún beneficio político, institucional, académico o lucro es replicar las violencias y precarización que este sistema ha normalizado.

Identificar nuestras transiciones es un primer ejercicio para generar empatía, compartir herramientas que sumen esfuerzos para que las mujeres trans tienen acceso a una vida digna es un gran principio. En la situación laboral preguntémonos si en nuestro espacio laboral existen las condiciones para que cualquier persona que deseé transicionar en su identidad de género, expresión de género lo pueda hacer sin vivir discriminación.

Este 8 de marzo mujeres diversas nos daremos cita retomando la memoria histórica que nos convoca cada año a exigir mejores condiciones laborales, sueldos justos, más y mejores oportunidades y la atención a cada una de las demandas frente a la precarización.

El paro de las mujeres trans necesariamente será diverso, con dolor frente a los asesinatos, organizadas frente a la marginación, con rabia y alegría por ser quienes somos. Será en memoria de las ciento de mujeres trans asesinadas por Estados y sujetos  feminicidas y en una suma de voces reconociendo que las mujeres habitamos distintos cuerpos.

Este 8 de marzo #NosotrasParamos.

 

Jessica Marjane
Estudiante de derecho de la UNAM y fundadora de la Red de Juventudes Trans.


1 De acuerdo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la orientación sexual refiere a la atracción erótico afectiva de cada persona; la identidad de género es la vivencia interna de cada persona de asumirse como mujer, hombre o ninguna de esas dos categorías; la expresión de género se refiere a la manifestación del género de la persona, que podría incluir la forma de hablar, manerismos, modo de vestir, comportamiento personal, comportamiento o interacción social, modificaciones corporales y tiene que ver con las prendas que vistes, los modales, etc.; la diversidad corporal por corporal por características sexuales se refiere a una amplia gama de representaciones del cuerpo. Es decir, no sólo existen vulvas y penes, hay estados intersexuados.

2 Cisgénero.- Cuando la identidad de género de la persona corresponde con el sexo asignado al nacer. El prefijo “cis” es antónimo del prefijo “trans”

3 De acuerdo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos; Personas trans, es el término paraguas frecuentemente utilizado para describir las diferentes variantes de las identidades de género (incluyendo transexuales, travestis,47 transformistas, entre otros), cuyo denominador común es que el sexo asignado al nacer no concuerda con la identidad de género de la persona.48 La identidad de género no la determinan las transformaciones corporales, las intervenciones quirúrgicas o los tratamientos médicos. Sin embargo, éstos pueden ser necesarios para la construcción de la identidad de género de algunas personas trans.

4 La discriminación en el trabajo por motivos de orientación sexual e identidad de género: Resultados del proyecto PRIDE de la OIT.